28 de julio de 2026
Cuando baja la bruma el paisaje se abre, y la visión se despeja. Y las hipótesis, sobre todo las hipótesis, comienzan a circular con fuerza. La elección legislativa de hace solo dos semanas produjo exactamente ese efecto, para nada ajeno al imaginario de cualquier analista que asiste a la imprevisibilidad de un resultado que dejó al oficialismo con una holgada y sorprendente victoria, a nivel nacional y provincial. De todas esas hipótesis que se fueron anudando en los diferentes textos al ritmo de los acontecimientos y de la posibilidad misma de decir algo a medida que esa bruma bajaba, me quedo con dos que creo que sintetizan e ilustran muy bien el sentido que en cierta medida parece revelar, aunque más no sea a medias, el resultado de las elecciones. La primera hipótesis es coyuntural, aunque lo que pertenece a la coyuntura y a la raíz o estructura parece ya haber volado por los aires en el actual estado del sistema político argentino: me refiero a la idea que enlaza esa hipótesis a la siempre elemental y básica premisa de que toda fuerza política o partido que se acepte como jugador en el juego democrático acompañe su aventura electoral con un programa o un conjunto de propuestas más o menos definidas. Bueno: el kirchnerismo/peronismo falló. Falló en hacer carne esta tan esencial premisa democrática. El “paremos a Milei” no alcanzó. Pero no alcanzó no porque en rigor haya sido un mal slogan de campaña. Sino porque solo fue ese el slogan que se ofreció como propuesta. Una verdadera muestra de pobreza imaginativa, creativa, ideológica y política. Que solo puede medirse frente al peso de su propio fracaso, inverso al del éxito de su adversario.
La segunda hipótesis es, como suele decirse, más compleja. Porque repara en un aspecto del resultado de las elecciones que tiendo más bien a asimilarlo a un “efecto de estructura”. Y refiere a la existencia bien sedimentada de un universo de sentido, imaginarios, identidades y cosmovisiones que se alojan en el corazón de la carne de la sociedad argentina de los últimos 40 años, e incluso más, de la Argentina moderna: la influencia de una cierta, llamémosle sensibilidad, antiperonista, no peronista, y hoy en día fundamentalmente antikirchnerista, que compone uno de los centros gravitatorios para el “equilibrio” del sistema político. Una influencia que se notó muy bien la noche del domingo 26 de octubre cuando la remontada del oficialismo era un hecho: se despertó el voto anti, esa sensibilidad que decía, y volteó los resultados hacia el lado del oficialismo. No es que Cristina, me apuro a decirlo, haya tenido razón, sino que dijo algo obvio, pero como siempre lo obvio es víctima de lo que le da el fragor de su evidencia: el sesgo de una mirada, que a contrapelo de la propuesta fenomenológica de Merleau-Ponty, hace que la figura tape el fondo, en lugar de dejarse llevar por el efecto de contraste entre fondo y figura, para justamente evitar el sometimiento de una a la otra, y hacer lugar así a una nueva forma. En criollo: todavía una enorme porción de la sociedad civil se muestra en contra de la vuelta del kirchnerismo y de todo lo que eso significa: inflación, Estado “bobo” y festival de gasto o despilfarro. Desorden, en fin: macroeconómico, microeconómico, cotidiano. De eso Cristina no dijo nada.
Una influencia que se notó muy bien la noche del domingo 26 de octubre cuando la remontada del oficialismo era un hecho: se despertó el voto anti, esa sensibilidad que decía, y volteó los resultados hacia el lado del oficialismo
Digamos entonces que estas dos muy buenas y a mi modo de ver acertadísimas hipótesis muestran muy bien una parte de la foto (y solo habloysubrayo de la foto, porque la película todavía no termina), es decir una especie de lado A de la cinta que proyectaría esta hipotética película. Digámoslo de otro modo: estas dos hipótesis se fundan en una economía a la que se podría resumir como negativa: el oficialismo ganó sobre todo por lo que no hizo, no representó, no pudo o no quiso encarnar la oposición. Pero si lo que no hizo la oposición, que “se olvidó” de presentar una propuesta programática, y no solo electoral, y se paró, valga la redundancia, sobre el “paremos a Milei” sin otra mejor idea que esa, el oficialismo contó, o parece todavía contar, con su mayor capital político y simbólico (lo que podríamos llamar “el lado B” del resultado de las elecciones del domingo): la promesa de la Revolución, de la transformación radical de la Argentina de los últimos veinte, cuarenta, setenta y a veces cien años. Una Argentina, en efecto, que hace exactamente esa cantidad de años -sostiene el mundo libertario- está presa de un sostenido proceso de decadencia cultural y política, y sobre todo política (porque la batalla cultural es, en el fondo, una batalla política).
Pero el o los sentidos que cubren capa por capa esta promesa de Revolución no llegan ni por asomo, como me hubiera muy bien advertido durante mis años como becario suyo en la UBA ese gran maestro que fue Emilio de Ípola, en forma de paquete cerrado dispuesto a que sea adueñado por el receptor sin más voltereta que el acto que lo consagra en su posesión como ideología. El o los sentidos que cubren esa promesa atraviesan a la sociedad, y la sociedad los atraviesa, en forma oblicua, con temporalidades y significaciones distintas. El primero y más evidente sentido es el que ya revela en buen grado la influencia de lo que la sensibilidad antikirchnerista recuerda como lo que el kirchnerismo dejó: desorden e inflación. Aunque más no sea portando la incertidumbre de quien se sabe que no sabe exactamente lo que cree saber, aún en el límite del umbral de lo que todavía no es pero podría llegar a ser, el oficialismo todavía logra encarnar la línea divisoria que separa el pasado del futuro, el orden del desorden o del abismo. Pero esta virtud, en el sentido de Maquiavelo, que posee la promesa libertaria no solo se reduce a la sola separación de ambos polos del universo de sentido en juego (el pasado y el futuro, el orden y el desorden), sino que implica también la posibilidad misma de la institución de un nuevo orden.
Todavía una enorme porción de la sociedad civil se muestra en contra de la vuelta del kirchnerismo y de todo lo que eso significa: inflación, Estado “bobo” y festival de gasto o despilfarro
Este nuevo orden condensa y sintetiza muchas cosas al mismo tiempo. Es sin dudas difícil y algo prematuro realizar el mapa completo de lo que la amalgama ideológica y cultural del mileismo posee todavía como promesa de transformación radical hacia ese nuevo orden. Pero prematuro no es equivocado, e incompleto no es falso. Propongamos entonces algunos elementos. El primero es sin dudas la composición de un orden político que excluya como lo otro de ese orden al kirchnerismo, al peronismo o más ampliamente al populismo, que en rigor son solo la expresión, y solo una parte de la expresión, sobre todo en el caso del kirchnerismo, de la casta. Pero todo orden político es también un orden simbólico, metonímico, metafórico: la casta y el kirchnerismo son también los símbolos, a veces sincrónicos, a veces diacrónicos, del Estado recaudador y regulador “que asfixia”, del Estado “bobo” que subsidia, y más importante aún: del universo de sentido histórico y cultural que sintetiza el principio de la justicia social, que se desplaza como significante en la historia argentina moderna desde el radicalismo de mediados del siglo XX hasta el Frente de Todos de Alberto Fernández. Hay ahí un entramado de sentido que todavía toca la sensibilidad no solo del electorado antikirchnerista, lo que va de suyo, sino también del electorado no kirchnerista (lo que ya define todo un panorama general de la batalla cultural: la están ganando). Pero vayamos más a fondo en el análisis. Creo que en el corazón de esa mutación simbólica y política del orden político, se encuentra una mutación más profunda: la de una forma de sociedad que se pretende separada de ella misma, recostada sobre las fuerzas productivas del individuo y de su vocación productivista, “los argentinos de bien”, los que trabajan y no viven del Estado, los que emprenden sin ningún subsidio público proyectos económicos autónomos e independientes, una sociedad, en suma, que se ordene no entorno a los “privilegios” (derechos) de una parte (la casta) de la sociedad sino en torno a las oportunidades individuales, “los méritos”, de una mayoría que hoy vive atrapada en el pasado de una concepción “colectivista” de la sociedad y el Estado. Habría, en este punto, que tomarse más en serio el universo expresivo que compone al mileismo: la batalla cultural contra el “marxismo” y el “comunismo”, que en su versión doméstica es el kirchnerismo y todo tipo de progresismo, tiene sus efectos directos en el universo que define la cosmología libertaria: los derechos sociales y colectivos son un obstáculo para el crecimiento del individuo y la prosperidad futura. La desregulación de la economía y de las distintas esferas de la sociedad en general no pretende inscribirse en las mieles de una concepción reformista de la sociedad argentina (como lo fue en el caso de Menem), sino en una que pretende cambiar de cuajo el armazón jurídico y político que sintetiza muy bien la frase fundacional de nuestra democracia contemporánea, aquella que inmortalizó Alfonsín en la asunción frente a la Asamblea Legislativa: “con la democracia no solo se vota, sino que también se come, se cura y se educa”. Hoy, para decirlo “a la manera alfonsinista”, la promesa libertaria es la de una democracia en la “que solo se vota”, “ni se come, ni se cura ni se educa” (¡de eso se ocupa el mercado!). Algo, se puede agregar en este sentido y ese es quizás el punto, está cambiando en la sociedad (y más generalmente en la política, cuya interrogación merecería un texto aparte, argentina). Y ese cambio lo está interpretando y performativamente realizando muy bien el oficialismo. Porque el reverso exacto de la credibilidad y la potencia de la promesa del mileismo: orden, mercado y progreso (individual) es ni más ni menos que el fracaso sostenido, durante los últimos 40 años, y muy especialmente de los últimos 20, de la promesa que vio nacer a la democracia contemporánea en Argentina: la promesa de una democracia con la que “se coma, se cure y se eduque”.



