19 de julio de 2026
Uno, dos, cinco, diez. Los estados de Whatsapp se multiplicaban con colores violetas el domingo a la noche. El encargado, el jardinero, aquel papá del colegio, estaban ahí posteando con alguna imagen de un león, un meme de Cristina, una foto de Maradona color violeta. Un sentimiento popular, sin la vergüenza que comentaban en los reductos sobregirados.
“Estaban todos festejando”, me dice alguien con naturalidad, que es más bien apolítico, trabajador, un argentino cualquiera. Da por sentado que es un festejo de muchos. Es que sí, el microclima es matador. En otros lados se escuchaban los desgarros, los análisis, lo de siempre. Algo sucede y no sabemos qué es, no lo vemos, pero está ahí. Nos situamos en una complejidad que no existe, al final solo creemos, como decía el filósofo Merleau-Ponty, que “vemos las cosas mismas”. Pero estamos totalmente ciegos.
La trampa de lo nos rodea, de lo natural, lo de todos los días, es que es difícil de explicar, como decía San Agustín del tiempo (algo así como si no me lo preguntan lo sé, si me lo preguntan no lo sé). De ahí el tan acertado título del trabajo de Pablo Semán: Están entre nosotros. Para los sobrepolitizados se caía, era inminente; se proyectaba que todo estalle al fin, una fantasía de los acomodados, dirigentes sin perspectiva, la verdadera casta que sabe que puede atravesar otro 2001 en su posición porque no le cambia nada mientras uno ve la diferencia de precio de un arroz ceros.
Un candidato que no puede hablar en contra de Maduro, sumado a eso, el pdf (ya no es carta) de Cristina reescribiendo la historia para sí misma. Nada que no se conozca
El país no es ni puede permitirse ser Perú en lo político. Hay una suerte de homeostasis argentina, un equilibrio entre (simplificando mucho) liberales y populistas que mantiene el orden macropolítico estable. Aunque todos los partidos hayan sufrido una fragmentación, al final, los votantes se encuentran en alguno de esos polos. Por eso la avenida del medio no funciona, no termina siendo nada. Pero no porque no tenga buenos cuadros o proyectos, no es eso.
La clave está en la percepción del espacio grande de la política. El Pro desapareció el día en que La Libertad Avanza ocupó su lugar simbólico y se convirtió en el otro polo del kirchnerismo. De ahí que la campaña “riesgo kuka” haya funcionado bien. No es que eso denotaba la fortaleza del kirchnerismo, sino que lo K (así como en lo global lo “comunista”, esta idea es de Mariano Schuster) funciona como una línea demarcatoria. No es una descripción de lo que es eso. Es el nuevo orden político. Por eso cualquier titubeo es tildado de “es kuka”. El terreno está bien marcado.
Ahora, invocamos la palabra pueblo para que se ajuste a lo que pensamos. Pero no somos el pueblo, nadie y todos lo somos. Ciertos sectores se horrorizaban de lo que votó la gente el domingo. Están votando en su contra. No saben lo que hacen. La batalla cultural nos tapó el bosque de las decisiones de la gente. Por conversaciones casuales te das cuenta que la gente no desconoce cosas como el caso del Garrahan, pero hay algo más fuerte que lleva el voto para otro lado. No es que lo quieren a él, no te quieren a vos. Desconocemos las motivaciones de quienes nos rodean. Hace poco el imaginario estudiantil sorprendía a un conocido periodista económico de que no se hubiera despertado el anticolonialismo en la población por la intervención de Trump. Y sí, pasan cosas, pero se llega un punto en que estamos ciegos, es así. Nos comemos todas las curvas, que siempre son propias.
Si torcemos la mirada y vemos lo que vos votaste pueden pensar lo mismo. El escenario de Frente Patria del domingo mostraba un elenco desentendido, ahistórico, con los estertores de quién ya no se distingue de su performance. Un candidato que no puede hablar en contra de Maduro, sumado a eso, el pdf (ya no es carta) de Cristina reescribiendo la historia para sí misma. Nada que no se conozca.
Algo sucede y no sabemos qué es, no lo vemos, pero está ahí. Nos situamos en una complejidad que no existe, al final solo creemos, como decía el filósofo Merleau-Ponty, que “vemos las cosas mismas”. Pero estamos totalmente ciegos
Por el otro lado del peronismo, Kicillof tiene un trabajo enorme que hacer, porque si quiere ser el futuro candidato deberá ser una suerte de Shih Huang Ti, aquel emperador chino que anuló por completo el pasado para crear una nueva genealogía. Además de eso, Shih Huang Ti mandó a construir la gran muralla. En este caso Kicillof tiene una tarea inversa: destruir la muralla y construir puentes por todos lados. Sumando algo distinto de verdad se puede superar el empate. Pero sin una autocrítica auténtica no se puede salir adelante. Que no es echarle la culpa a Alberto.
La batalla cultural que hay que dar, tal vez, no es por el Estado y lo público, sino para que no te perciban como algo más de lo mismo. No estoy volviendo mejor, soy otro. Pero hay que serlo. Una tarea ardua y silenciosa que hay que llevar adelante. Pero también una tarea de despejar el ruido. A los mercados hay que hablarles (perdón si justo sonó La era está pariendo un corazón en tu playlist). No puede ser que la única idea sea cobrar impuestos o decir que no se va a respetar las deudas. Hay que ir un poco contra uno mismo para hacer lo diferente, hablarle al prójimo más que al semejante, (más sobre esta distinción en este texto de Horacio Bonafina). Para lo mismo ya está uno.
Pero entonces, ¿qué es lo que viene ahora? El gobierno está frente a su segunda oportunidad de verdad y tiene muy lejos las elecciones. Si acomodan los números, se manejan sin parches, si no atrasan artificialmente el dólar y ponen una tasa baja para que la rueda vuelva a funcionar, la cosa puede andar. Por otro lado, el trabajo está muy complicado. Cierres y despidos a la orden del día por el consumo y reformas que vienen que hay que estar atentos.
Por conversaciones casuales te das cuenta que la gente no desconoce cosas como el caso del Garrahan, pero hay algo más fuerte que lleva el voto para otro lado. No es que lo quieren a él, no te quieren a vos
Lo bueno de tener el sesgo de haber vivido los 90 lejos del consumo de esa época es que sabés lo que es perder en economía y política; no hay tantos lugares a donde escapar. En algún momento Argentina tiene que encontrar un proyecto de país que incluya a toda la política. Como hizo Uruguay luego de la crisis de 2001 y 2002. Los gobiernos cambian en sus matices culturales, unos un poco más pro mercado, otros un poco más a lo social, pero hay cosas que no se cambian. En el Banco Central hay un banquero, en Economía un economista… no están presos del cortoplacismo absoluto. Si recuerdan por un minuto la deriva económica del gobierno de Alberto es aterradora, después de bajarlo a Guzmán, casi no importaba quién asumiera. Se sabía que no había poder, no había nada más que aguantar y aguantar para nada.
La hora del país dice que no hay que aguantar, sólo se puede construir y construir. Pero para eso hay que tirar la casa abajo.



