Un momento...

20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

27 de septiembre de 2025

LA SOCIEDAD DE LOS HUÉRFANOS

Gabriela Carpineti

@gabicarpineti
Sociedad
Tiempo de lectura: 6 minutos

“¿Qué es el día, qué es el mundo cuando todo tiembla dentro de uno? El cielo se pone oscuro, las casas crecen, se juntan, se tambalean, las voces suben, aumentan, son una sola voz. ¡Basta! ¿ Quién grita así? El alma está negra, el alma como campo de tormenta, sin una luz, como un muerto bajo tierra”, el zumbido alrededor de NEFER en las primeras páginas de la novela de Sara Gallardo “Enero”, que la tiene como protagonista. Una adolescente del campo argentino que queda embarazada luego de una violación y no puede decirlo; perdida en la bola negra de la angustia que describe la autora, transcurre su verano en esa calma chicha, sólo aparente y rutinaria, tan propia de los puestos de estancia de los años ‘50. Y todavía aún en parajes y periferias urbanas. 

La infancia y la adolescencia son un amor, como dice Sara Gallardo, color tierra, nunca rosa. Son una zona de preocupación constante de toda población, de casi cualquier agrupamiento humano que debe resolver el nido y la expansión de esas vidas que empiezan. Llena de zonas mudas, entre el juego y los pánicos, llegamos a la adultez como podemos, y nos empezamos a preocupar por los que ahora son lo que fuimos nosotros alguna vez. ¿En qué mundo van a salir a divertirse, a trabajar, a estudiar, a comer, a hacerse amigos, a enamorarse, a hacer una familia propia? 

Hechos diferentes, concatenados en ese fango común que nos empantana por estas horas: la vida joven que se liquida rápido, que se vuelve intolerable, que bordea el peligro de la muerte o el encierro.

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Mientras las noticias sobre Morena, Brenda y Lara nos sigue llegando incesantemente, contradictoria, con ese periodismo que le vuela en círculo, encontré un hombre de 65 años, maestro de artes marciales, consternado por este triple crimen casi sedado al hablar de la noticia, interferido y preocupado por el presente de su hija “tan parecida a las chicas que mataron”, repetía. Horas antes de esta noticia, estaba en un intercambio de mensajes de whatsApp y llamados por una situación de adolescentes “bajo control de legalidad de la Ley 26061- ley de niñez y adolescencia-”, mejor dicho: pibes que el Estado les busca un hogar de acogimiento con otro familiar, o en una institución porque por alguna razón el Estado entiende que no pueden permanecer con su familia de origen. Me llega otro mensaje al rato: si conocía un abogado para defender a un pibe -en libertad- que va a juicio oral acusado de homicidio en La Matanza. Hechos diferentes, concatenados en ese fango común que nos empantana por estas horas: la vida joven que se liquida rápido, que se vuelve intolerable, que bordea el peligro de la muerte o el encierro. Sus edades y sus rostros, todas las décadas perdidas.

La semana anterior en una clase sobre régimen de adopciones en la Facultad de Derecho, algunos alumnos concluían como hipótesis que nuestro país no acepta la adopción por parte de extranjeros no residentes porque en este país no sobran niños y adolescentes, y además no estamos en guerras hace un siglo y medio. Comparativamente con otros países del mundo, acá hay pocos niños en estado de adoptabilidad, dicen las estadísticas y registros. Y el temor a la adopción con fines -y orígenes- ilegales, luego de la dictadura, quedó instalado. “Acá, no sobra nadie ni en la pampa ni en el mar”, decía un alumno oriundo del interior bonaerense. 

Pasan los días en Argentina. Lo que vemos, lo que vivimos, también son las erupciones de la antigua familia nuclear que conocimos allá lejos, y que irrumpe como horror en las redes y pantallas. Cada víctima nos revela entre abogados, cronistas, movileros, una familia. Un abuelo, una madre, hermanos. La implosión nos despierta y nos hunde de un solo golpe, y desnuda eso que permanece, que “vence al tiempo”: la fragilidad de las vidas golpeadas hace décadas por la descomposición. ¿Hay algo que pueda explicar este crimen? ¿Hay un repertorio y un ajuste de lenguaje que le hace “justicia”? 

Un dirigente me dijo una vez que había que denunciar penalmente a la líder del “sindicato de putas” por incitar a la prostitución en personas jóvenes. Se le pasó de moda la idea a los pocos años. Esa “fantasía de persecución”, además de políticamente antipática en sus bases feministas, componía entre las filas de su movimiento la pregunta acerca de si esas chicas que se prostituyen conforman una “economía popular”. Hay, y queda claro, actividades que aún perseguidas -pero más todavía desreguladas- por los siglos de los siglos, quedarán y a veces crecerán, porque son el mango de los que no tienen otra o no encontraron una más segura. Y también porque la rentabilidad de algunas actividades cuestionadas -por sus riesgos evidentes para quienes las ejercen- son más rápidas que otras.

Lo que vemos, lo que vivimos, también son las erupciones de la antigua familia nuclear que conocimos allá lejos, y que irrumpe como horror en las redes y pantallas. Cada víctima nos revela entre abogados, cronistas, movileros, una familia. Un abuelo, una madre, hermanos

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¿Cuál es el límite de lo inaceptable? ¿Las edades, los estilos de vida? ¿Las evidencias que callamos- adicción- o todo aquello que sobre-narramos como “problema social” buscando el marco teórico permanente? ¿Quién puede juzgar cómo trae cada uno el pan a su casa? ¿Este estado? ¿Esta clase política de estos representantes? La manga de la hipocresía moral, esa frazada corta que también se topa con el techo de su banda: las vidas reales, que hoy también componen esa clase media laburante, más o menos desesperada, baja y no tanto, sin liquidez, con dos, tres, cuatro empleos para llegar a fin de mes y proyectar un poco más allá. 

No todo es familiar, pero la familia sigue siendo el refugio embrionario -causal y consecuente- que siempre se busca -desde lo legal y afectivo- como imprescindible desde dónde atravesar la anomia, el desconcierto, la desdicha de estar perdidos. La familia empieza y termina funcionando como ese lugar- biológica, ampliada, por adopción– donde lo que importa, como escribió Godard, “no es de dónde tomamos las cosas, lo que importa es hacia dónde las llevamos”. Esa aceptación de la vida como viene- ¿a dónde irá? que rezan los Hogares de Cristo -tan visibles en esa ancha rotonda de La Tablada- se hace insoslayable para poder hacer algo frente al desamparo de la orfandad que junto a los temblores que nos invaden ante cada noticia espantosa que pone a la perversión, el muleo, la explotación, el engaño, lo narco, la pobreza realmente existente sobre la mesa de los argentinos, nos recorren. 

“Esto no fue un femicidio”, me escribe una abogada estudiosa del tipo penal que aplicaría ante cada crimen. “Las matan porque desafiaron al negocio narco, podría haberle pasado también a tres varones de los que llaman soldaditos”, leo. “No es triple crimen, es triple femicidio, con todos los agravantes; si eran varones no hubiese habido esa saña”, sigo leyendo. El Estado que gobierna el territorio donde ocurrió el hecho no puede ser una voz más en el coro de abogados y panelistas. Hay flancos, palabras, gestos, actos de reparación y reducción de más daños -ante los ya de por sí irreparables- que no se pueden regalar a buitres y caranchos, una vez que ya aconteció lo peor. Te pido una como Estado y política decente: un orden frente al caos.

¿Es posible pensar una Argentina con tanta justicia social y mano dura combinada en su buena dosis, capaz de barrer con las condiciones de vida que posibilitan este horror? Un puente entre la seguridad de nuestras fronteras, el control de bienes, servicios, circulación de personas y el reordenamiento poblacional que mejore la calidad y las oportunidades de los modos de vida. Algo así como un match entre el derecho al futuro de Kicillof y un dormir más tranquilo mientras esperás que tus hijos vuelvan a casa cuando salen o empiezan a buscar laburo. Esa sensación que se nos instala como mirada de perro callejero con hambre, después de los brotes de muerte, de que nunca llegamos a tiempo al rescate, ¿algún día dejaremos de sentirla? Mientras no haya futuro, ¿la única salida va a ser ser puta o narco, y vivir a mil hasta encontrar una muerte temprana y trágica?, nos preguntamos con una colega.

Un tejido que no se rompe en todas sus partes por igual, que no mata a todas por igual, como se repite en exceso, y falazmente en algunos comunicados políticos con frases copy page, hablando de problemas que se comentan sin conocerse

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Una trabajadora judicial que conoció a una de las adolescentes asesinadas me escribe: “Hace mucho que ya no llegamos”. En la Italia de la segunda postguerra entre la asociación Unione Donne Italiane (Unión de Mujeres Italianas) y miembros del comunismo -el más grande de occidente- de entonces, habían ideado un operativo de trenes que llegaban a pueblos y ciudades al rescate de niños de la extrema hambruna y pobreza que habían dejado las dos grandes guerras -también los aliados extranjeros “antifascistas”- en el sur de Italia. Esa iniciativa se popularizó como “I Treni della felicitá” y más de 70 mil niños fueron acogidos por familias trabajadoras del centro y norte de Italia; muchos de ellos volvieron años después a casa en ese mismo tren, bien nutridos, de leche y miel, con escolaridad avanzada, y otros, con oficios y profesiones. No hace falta remontarse al siglo pasado ni a estados de hambruna y miseria lacerante, para hacer las cuentas de los operativos de emergencia como contragolpe a esas piñas del horror actual que nos tumban, y que necesita nuestro tejido social. Un tejido que no se rompe en todas sus partes por igual, que no mata a todas por igual, como se repite en exceso, y falazmente en algunos comunicados políticos con frases copy page, hablando de problemas que se comentan sin conocerse. El ritual para sobrevivir al espanto, a veces son flechas de número limitado para ser lanzadas en el aire; siendo niños o más jóvenes, de adultos o incluso de viejos, y otras un callejón que se nos viene encima; que pide una salida para encontrar un lugar mejor.

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