21 de julio de 2026
La escritura automática en la que un espíritu dictaba una obra literaria no era algo inaudito en la Europa finisecular: varios creyentes y escritores se pensaban médiums de un fantasma que guiaba la pluma. Esta práctica, que comenzó en la época victoriana y resurgió después de la Primera Guerra Mundial, consistía en sesiones espiritistas para comunicarse con los muertos mediante una ronda de gente en mesas o el tarot, algo que fascinaba a la sociedad occidental.
Una pareja exitosa de clarividentes fue la de W. B. Yeats y su esposa, Georgie Hyde- Lees, que oficiaba como la médium. Los espíritus le dictaron a Yeats, a través de su mujer, cuatro mil páginas de material y oficiaron de materia prima para sus poemas. Los escritos sobrenaturales que Georgie le transmitió a Yeats se publicaron en un libro que se llamó A vision, con autoría y foto de Yeats, sin referencia a la coautoría (espiritual, imaginativa o real) de Georgie.

Georgie Hyde-Lees no fue la única escritora espiritual a la que privaron de la coautoría. Lady Doyle, la esposa de Arthur Conan Doyle, también era médium entre los del más allá y su marido. Y si bien no disfrutó de verse como coautora, Conan Doyle la puso en las migajas de la dedicatoria de Pheneas Speaks, el libro que reunió sus textos de escritura automática: “Hace ya cinco años que mi esposa recibió por primera vez el gran don de la escritura inspirada”.
En un momento actual, con el auge de los talleres de escritura y la escritura automática por medio de la IA, encontrar literatura es como buscar una aguja en un pajar. Todos quieren contar su historia personal
Lo cierto es que, bajo la luz de estas sesiones espiritistas, las mujeres escribieron grandes historias, llenas de imaginación, personajes y diálogos durante la época victoriana. Si tenemos en cuenta el contexto, no es de sorprender: el imaginario victoriano las consideraba un recipiente vacío a través del cual los espíritus transmitían sus mensajes o guiaban la escritura automática. Varias mujeres eran médiums y se dedicaban a estas prácticas.
Con el tiempo, cuando el espiritismo se insertó en ámbitos considerados cultos, muchas mujeres se acercaron a estos rituales porque les permitía escribir en espacios legítimos para escritores varones y lograr la publicación de alguna novela. Una de ellas fue la francesa Marguerite Eymery, más conocida como Rachilde.
Rachilde, la escritora que no fue ghostwriter
En el prólogo de la reciente traducción y edición de la novela La torre del amor (2025), publicada por la editorial La parte maldita, Diego Muzzio cuenta que Marguerite Eymery tomó su seudónimo Rachilde de un caballero sueco del siglo XVI con el que tuvo contacto en una sesión de espiritismo. Si bien comenzó a escribir en 1875, se hizo conocida con su novela erótica en 1884, Señor Venus, un libro por el que fue a juicio y recibió una condena por inmoral, que Rachilde no cumplió.

Más adelante, en 1899, apareció La torre del amor, de clima oscuro, tenebroso y fantasmal, en la que se ve la relación opresiva entre un hombre y un viejo en el faro de Ar-Men. En el 2019, Eggers hace la película basada en el libro: pretenciosa y poco lograda. Volviendo a la historia de la novela, en una parte, el protagonista dice: “Y de golpe subo. Ahora me encuentro a quince metros por encima de las olas. Veo la figura de una vieja que avanza hacia mí, una horrible figura de vieja con párpados rojos. ¿Qué es esa vieja? No conocí ni a mi abuela, ni a mi madre. ¿Ya estoy muerto para que me aparezcan fantasmas? Resbalo de nuevo”.
La creatividad de Rachilde en su escritura y la historia de la relación de los personajes en un faro monstruoso se vincula con una atmósfera opresiva creada por el mar, como personaje fantasmagórico. Los personajes, la historia y la atmósfera se encuentran insertos en una estética finisecular que se caracteriza por la vuelta a la imaginación, a la creatividad y al uso de los símbolos.
Una pareja exitosa de clarividentes fue la de W. B. Yeats y su esposa, Georgie Hyde- Lees, que oficiaba como la médium. Los espíritus le dictaron a Yeats, a través de su mujer, cuatro mil páginas de material y oficiaron de materia prima para sus poemas
En el siglo XIX, a su vez, el inconsciente y el subconsciente se convirtieron en un campo de estudio y apareció la psiquiatría como campo médico-científico. La locura tomó lugar y la histeria, ligada a las mujeres, también. Dentro de aquella cultura misógina, más el auge del feminismo y el miedo a esta nueva mujer, aparecería la figura de la femme-fatale. Propia del imaginario decadente, surgió la idea de que las mujeres corrompían a la sociedad, los valores tradicionales, las familias y traían los males a los hombres y, ya que estamos, a la humanidad.
En este contexto, Rachilde tuvo un lugar extraño dentro de la esfera literaria: fue estereotipada como una escritora misógina. Esto tiene que ver, por un lado, con que ella tenía una visión universalista de la literatura, no ligada a su sexo biológico. Por el otro, en aquel entonces, la literatura de temática femenina era considerada inferior y algunos críticos suponen que Rachilde, para no quedar reducida a esa idea y ser desprestigiada, firmaba sus tarjetas como hombre de letras. De esta manera, fue respetada como tal por los escritores varones contemporáneos: un hombre de letras con reputación, decían.

Nadie puede negar la astucia de Rachilde para meterse en el ámbito literario de la época, pero tampoco hay que negar que su relación con la masculinidad venía desde su infancia y continuó a lo largo de su vida: en París, por ejemplo, pidió usar ropa de varón porque le resultaba más cómoda. Este carácter andrógino le permitió escribir, publicar y ser reconocida en un campo con poco lugar para las escritoras mujeres que o bien eran médiums ghostwriters de sus maridos o bien, feministas con temas femeninos considerados menores desde una perspectiva machista. De lo que no se percataron fue de que Rachilde, en realidad, era una transgresora del determinismo sexual de la época (algo que se puede ver en los personajes de sus novelas). La escritora que nunca quiso ser ghostwriter de otro y eligió ser la foto de sus propios libros.
Como era de esperar, varios investigadores descubrieron que Rachilde nunca fue el nombre del caballero fantasma que había conocido en la sesión de espiritismo, sino más bien su seudónimo tuvo una motivación literaria y biográfica: childe podría haberse inspirado en el héroe byroniano Childe Harold y Ra- quizá fueuna forma de acercar a su padre, a quien idolatraba, a la figura del dios Sol.
En un momento actual, con el auge de los talleres de escritura y la escritura automática por medio de la IA, encontrar literatura es como buscar una aguja en un pajar. Todos quieren contar su historia personal. Hay más escritores que personas, me dijeron a modo de chiste la otra vez. Quizá vivimos en una época de oro que me estoy perdiendo en la que todo lo que se escribe es brillante, imprescindible, potente. En esa búsqueda, en mí búsqueda sobre qué leer, aún trato de hallar algo de creatividad en la literatura. Quizá, como dice Cynthia Rimsky, en La vuelta al perro: “La literatura (…) se sostiene en la ficción de que en un pajar podría hallarse la obra maestra perdida”.



