Un momento...

03 de julio de 2026

03 de julio de 2026

31 de agosto de 2025

TREMENDO FANTASMA

Martín E. Graziano

@martin.e.graciano (IG)
Cultura
Tiempo de lectura: 6 minutos

Esta es la fábula del vagabundo y el crítico de arte. Ninguno de los dos protagonistas es el vagabundo. El crítico de arte somos todos.

Quince días atrás, Ciruelo visitó la muestra de Carrie Bencardino en el MALBA. No sabemos si recorrió cada una de las salas. No sabemos qué le parecieron los gigantescos close-ups. Las chicas y chicos en drag. Los autos distorsionados por la velocidad de la noche. Sabemos que, en su cuenta de Instagram, publicó un montaje con una de sus obras y otra de Bencardino acompañado por el siguiente texto: “visitando el MALBA me encontré con una pintura expuesta que me resultó muy parecida a una pintura mía de 2005 llamada Dragon Caller”.

Me dio ternura que, a través de un comunicado institucional, el museo saliera a aleccionar a la gente. Que la mandaran a estudiar “arte contemporáneo”. Como si no se trabajara con sampleos desde… ¿siempre? Ponele que los trovadores provenzales (que usaban la misma melodía que habían escuchado diez pueblos atrás en boca de otros para decir sus propias cosas) todavía no le dijesen sample o apropiación o cut & paste, pero incluso hasta esas palabras ya tienen un siglo. Sentados frente a su chocolate con churros, Borges y Bioy celebraban estas cosas y se reían de estas cosas en cafés cuyos dueños ya murieron, así como murieron los hijos de esos dueños y los nietos de esos dueños. La pregunta, como diría Dárgelos, es: ¿qué habría dicho María Kodama?

Bryars entendió que tenía algo delicadísimo en sus manos. Formado en los claustros de la música minimalista y dotado con una gran sensibilidad para los asuntos de la especie, escribió el arreglo con una idea madre: el espíritu en el centro

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El gesto de Ciruelo fue pasivo-agresivo. Alguien le habrá chusmeado sobre el bendito dragón, pagó su entrada y fue directo al cuadro con la decisión tomada. Entregó las pruebas a la turba de su fandom y escondió la mano. La misoginia, el hate, la bendita razón y la mera ignorancia hicieron el resto. La reacción de Bencardino fue una traición a su propia clase. En un giro interesante, había logrado meter un género históricamente desdeñado como el fantasy en el núcleo indivisible del arte contemporáneo. Sin embargo, apenas se le señaló cierta falla en el procedimiento, se refugió bajo el alero del MALBA y empujó a Ciruelo debajo del tren. Tremendo fantasma, le largó. Quién lo hubiera dicho. Después de siglos y siglos, todavía hay una grieta entre la cultura alta y la cultura baja. Por ahí pasa el tren.

Cuando empecé a leer a Don DeLillo advertí que, aunque nadie se había tomado el trabajo de señalarlo, sus libros estaban en la misma liga que los libros de Philip K. Dick. Era evidente. La información, la paranoia, el consumo, la iluminación, el esoterismo. Dos de sus novelas centrales, de hecho, trabajan con la misma materia. Hablo de Ubik y Ruido blanco. ¿Por qué los críticos no los ponían en la misma discusión? Muy simple. Porque uno eligió el circuito de la ciencia ficción y, si te querés comprar un libro del otro, tenés que revisar las tapas blancas de Seix Barral. Es decir, la literatura “en serio”. DeLillo siempre fue candidato a los premios gordos y Dick quedó “condenado” a la popularidad. Esos libros que tienen ediciones truchas en la FLIA, que la gente se manda en PDF, etc.

No estoy haciendo un juicio de valor sobre la obra de ambos (si me apuran, prefiero a DeLillo como escritor; la potencia de Dick es su visión), sino de la forma de circulación. Podés conversar sobre Dick con gente que te habla de cyberpunk, de drogas, de bandas de rock. Con suerte, de Vonnegut. Podés conversar sobre DeLillo con gente que te habla de Pynchon, de Joyce, de McCarthy. Con suerte, de Miles Davis. Las obras se tocan. Lo que no se toca es todo lo otro.

Plateado por un lejanísimo ruido blanco, el vagabundo canta su letanía con una dicción desdentada. No empieza. Ya estaba cantando cuando nos acercamos

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En algún punto de 1971, Gavin Bryars trabajaba en un documental sobre vagabundos en la estación de Waterloo y la intersección de Elephant & Castle. El tipo tenía unos 28 años. Había estudiado filosofía y después, magnetizado por Cage y toda la Escuela de Nueva York, se metió de lleno en la música contemporánea. La experiencia del rodaje le venía al dedillo. El ruido de los trenes, el pregón de los canillitas, los anuncios por altoparlantes. A veces, los vagabundos se ponían a entonar sus canciones de borrachos. Por lo general, baladas sentimentales o las arias de alguna ópera muy popular. Un viejo, sin embargo, comenzó a cantar una canción religiosa de origen impreciso. Sabemos, por lo pronto, que su primera estrofa decía así: “Jesus’ blood never failed me yet / Never failed me yet / Jesus’ blood never failed me yet / That’s one thing I know / For he loves me so” (“La sangre de Jesús nunca me ha fallado / nunca me ha fallado. / La sangre de Jesús nunca me ha fallado / es algo que sé / porque él me ama tanto”). Eran versos de alabanza, ligeramente atenuados por el adverbio todavía. Implacables.

La toma no fue utilizada para el corte final, pero Bryars se llevó la grabación a su casa. Puso la cinta en el reproductor y comenzó a tocar el piano sobre aquella voz. Advirtió un par de cosas. Por empezar, que el viejo cantaba en la afinación standard de 440. Quién sabe. A lo mejor había sido parte de un coro. A lo mejor, en tiempos más prósperos, había vivido en una casa con piano. A lo mejor, en una lejana mañana de otoño, había escuchado un disco cristiano mientras su madre preparaba el desayuno y selló para siempre la epifanía con su afinación. La otra revelación también fue técnica: Bryars se dio cuenta que los primeros trece compases formaban un loop espontáneo y misteriosamente impredecible.

“Me llevé la cinta a Leicester, donde trabajaba como parte del Fine Art Department”, dice Bryars. “Para poder armar un acompañamiento orquestal, puse a grabar la cinta en un rollo continuo y bajé a tomar un café. La puerta del estudio quedó abierta. En el resto del piso había talleres de pintura y cosas así. Recuerdo que, cuando volví, me encontré con que esa sala normalmente muy animada estaba envuelta en un clima de meditación. La gente se movía mucho más despacio de lo habitual. Algunos se habían sentado en el piso y lloraban en silencio”.

Bryars entendió que tenía algo delicadísimo en sus manos. Formado en los claustros de la música minimalista y dotado con una gran sensibilidad para los asuntos de la especie, escribió el arreglo con una idea madre: el espíritu en el centro. Un par de vueltas de exposición con la voz solista y luego, poco a poco, la entrada de las cuerdas, del contrabajo, de una guitarra acústica, de la tuba, del órgano e incluso de un arpa. Convocó a los miembros del Music Now Ensemble y, en diciembre de 1972, estrenó la pieza sobre el escenario del Queen Elizabeth Hall. ¿Cómo habrá sido la reacción del público?

Este viejo, castigado por la intemperie, dice que la sangre de Jesús nunca le ha fallado. Lo dice una y otra y otra vez. Las cuerdas giran y giran hasta que la pura fuerza centrífuga eleva el canto hacia donde pertenece

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Tres años después, grabó una versión con The Cockpit Ensemble y la publicó a través de Obscure: el sello de Brian Eno. Busquen ese disco. Plateado por un lejanísimo ruido blanco, el vagabundo canta su letanía con una dicción desdentada. No empieza. Ya estaba cantando cuando nos acercamos. Los ojos nublados por alguna afección sin tratar. La sonrisa de devoción. Primero llega a sus pies una pequeñísima oleada de cuerdas, como si estuviera a orillas de un charco. En la estación se escuchan pájaros. El contrabajo se mete a hurtadillas, como el albañil que busca asiento en el último tren. El guitarrista parece sentarse junto al vagabundo, que sigue cantando y cantando. Las notas del arpa como pequeñas criaturas del bosque entrando a la estación de trenes de Waterloo. Este viejo, castigado por la intemperie, dice que la sangre de Jesús nunca le ha fallado. Lo dice una y otra y otra vez. Las cuerdas giran y giran hasta que la pura fuerza centrífuga eleva el canto hacia donde pertenece. Es música que podría durar por siempre. Que debería durar por siempre. Bryars, como dice alguien, construyó un hogar para este hombre viejo. Es música llena de piedad. En esta época, donde un puñado de hijos de puta son capaces de sacarle la silla de ruedas a tu vecino o a tu mamá o a tu hijo, esta música representa lo mejor de nuestra especie. Nuestro deber es no olvidarlo.  

Antes o después, Bryars fue hasta Waterloo para encontrar a su cantante. Habló con los encargados de los puestos de diarios y con la gente de limpieza. Habló con los taxistas. Finalmente, los propios vagabundos le dijeron que el viejo había muerto. Cuatro años, en la vida de la calle, son una eternidad. Nadie conocía a su familia. Nadie sabía su nombre. Me gusta pensar que, si el Viejo hubiera entrado casualmente en el teatro donde Bryars estrenaba su obra, no habría reconocido su propia voz. Que se habría sentado en una de las butacas del fondo, se habría quitado el sombrero y lo habría apoyado sobre su falda. Que habría llorado, como cualquier cristiano, con un poco de pudor.

El vagabundo no es ninguno de los artistas.  El vagabundo es el dragón.

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