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15 de junio de 2026

15 de junio de 2026

30 de agosto de 2025

UN REY PARA TUCUMÁN (2DA PARTE)

Emmanuel Montivero & Facundo Cabral

@emmanuelm94 @facucabral
Historia
Tiempo de lectura: 12 minutos

Ramón Bautista Ortega Saavedra (1941) nació en Mercedes, un pueblito creado alrededor del ingenio homónimo en el departamento de Lules, el interior del interior tucumano.

La historia de Palito es la de un hombre que logró salir del surco, desde changuito, fue consciente de la pobreza estructural que lo rodeaba y para ayudar a su familia trabajó en un cementerio limpiando féretros, lustró zapatos, vendió cubanitos y a los 14 años se tomó un tren hacia Retiro persiguiendo un sueño solo acompañado por una valijita de cartón que le duró hasta la primera lluvia.

Su ascenso al estrellato es conocido, y no está en la intención de este texto recordarlo, nos alcanza mencionando que llegó a sus puntos más altos con el Club del clan y las más de 30 películas que protagonizó, en “Yo tengo Fe” de Enrique Carreras (1974) se lo puede ver interpretando pantallazos de su biografía.

Sí nos interesa pensar en esta historia cómo es que llega un hombre así a la política. En otras palabras: ¿es el hombre el que busca a la política o es la política la que busca al hombre? ¿Podemos pensar a la política como un actante que desea ser poseída por hombres y mujeres cuyas vidas parecían destinadas a otros menesteres?

La irrupción de Frank Sinatra y la polémica en torno al contexto político de su llegada agudizaron las contradicciones de una sociedad que comenzaba a perder la paciencia en el quinto año de la dictadura militar

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Lo cierto es que, si bien Palito nunca se había involucrado en la política, durante los años 70 fue cuestionado por hacer películas cómicas con el financiamiento de los gobiernos de facto. Para un sector de la sociedad, artistas como Ortega o Carlitos Balá colaboraban con la dictadura siendo funcionales a crear cierta atmósfera de normalidad. Durante los tempranos 80, en su rol de productor, decide traer a Frank Sinatra a la Argentina, “La Voz” nunca antes había pisado el continente, fue una apuesta fuerte que no terminó del todo bien, la siempre escurridiza economía bimonetaria argentina le había jugado una mala pasada, el dólar, ¿cuándo no?, había dado un salto en el marco de una devaluación feroz del ministro de economía Lorenzo Sigaut en el gobierno de Roberto Eduardo Viola.

Durante los diez días que duró la visita de Sinatra el dólar subió un 400%, el presupuesto actualizado de la gira se hizo insostenible, Palito terminó en la ruina económica y, según relata, tuvo que vender todas sus propiedades y trabajar varios años para terminar de saldar su deuda. Y no fue solo plata, Ortega reconoce que algunos referentes de la cultura local y periodistas identificados con el “progresismo” boicotearon su evento por considerarlo como una ofrenda al capitalismo foráneo y un favor a la dictadura en plena transición a la democracia.

La irrupción de Frank Sinatra y la polémica en torno al contexto político de su llegada agudizaron las contradicciones de una sociedad que comenzaba a perder la paciencia en el quinto año de la dictadura militar. La revista Humor oficiaba de trinchera en esa batalla cultural y aprovechó el malestar generalizado para convocar al Festival de Música Popular Argentina que, bautizado como el “festival anti-Sinatra”, contó con un estadio Obras repleto y representó un hito en la emergencia de la denominada trova rosarina.

Fragmento del debate (septiembre, 1991). Archivo personal de Ariel Céliz

Después de semejante contratiempo Ortega necesitaba un cambio de aire. Además, había prometido construir -con las ganancias que no fueron- una escuela en Tucumán, y así fue que junto a su esposa Evangelina y sus 6 hijos partieron rumbo a Miami. La vida de Palito ya había dado una vuelta completa y lo tenía migrando nuevamente en busca de otros horizontes. El recuerdo de aquella valijita de cartón se dispara y cierra el acto.

Existen al menos dos versiones sobre la motivación de Ramón “Palito” Ortega para dejar la ciudad de Miami e instalarse en Tucumán, para competir, ganar y finalmente gobernar la provincia. Las dos coinciden en ubicar a este infortunio con Sinatra en la gestación de la idea.

Hacemos justicia si comenzamos con la versión que él mismo da de los hechos. Se trata de un artista sensible que nunca olvidó su pago y al ver que alguien que ni siquiera era oriundo de la provincia –en efecto, Bussi era entrerriano- se encaminaba a ganar las elecciones, decide buscar la forma de cumplir su promesa de construir una escuela y da el salto a la política electoral.

La otra versión tiene varias vertientes, pero es la que comentan en público y en privado varios dirigentes peronistas de la época y que ya comentamos en la primera parte de este artículo. Aparece, por ejemplo, en las declaraciones del “Negro” Yoma en esta entrevista con Lorena Álvarez y ponen el acento en la viveza criolla de Carlos Menem.

Durante su primer año de gobierno, Ortega mostró poco interés en la vida del justicialismo. Delegó la relación con la legislatura en sus funcionarios políticos y su principal actividad eran las visitas diplomáticas para promover la privatización de los servicios y empresas públicas

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Si bien un sector del peronismo lo había ido a buscar a Miami para afrontar la cruzada contra Bussi; otro sector del PJ tucumano se negaba a darle el sello del partido. El entonces senador Rodolfo Vargas Aignasse comentaba que tanto Palito como Bussi eran fenómenos del descontento de la sociedad con la clase dirigente pero que, de ninguna manera estaban preparados para gobernar una provincia. En sus palabras: “uno era un general pusilánime y asesino y el otro una estrella en decadencia que venía a buscar un hueso”. A este fenómeno que comparaba con el de Fujimori en Perú, le llamaba el palito-bussismo.

El periodista local Ariel Céliz había sido un asiduo visitante al céntrico hotel que oficiaba de aposento temporal de Ortega y fue un observador privilegiado de su carrera electoral hacia septiembre de 1991. Su mayor logro periodístico fue producir el debate entre los dos candidatos en la antesala a la elección. Según él, la actitud de Bussi y el despliegue corporal ante una cámara, propio de un artista, hicieron del debate un momento definitorio para torcer el destino. No quedan registros de aquella contienda, salvo un fragmento que circula en redes sociales. Tampoco la certeza de haber cambiado el rumbo de la elección, pero ese es el riesgo de fraguar el pasado montado en fragmentos de la memoria. Lo único incontestable es el resultado. El 8 de septiembre de 1991, Ortega obtuvo poco más del 50% de los votos, aventajando por 6 puntos al candidato de Fuerza Republicana.

La victoria de Ortega fue recibida con optimismo. En vastos sectores -quizás de un alfonsinismo nostálgico- todavía merodeaba la preocupación de una deriva autoritaria. El temor a Bussi, por sus ademanes iliberales, era más fuerte que el consenso neoliberal en ciernes. En las habituales columnas de Panorama Tucumano, Rubén Rodó (una de las plumas eximias de La Gaceta) señalaba que la diferencia entre una dictadura y una democracia era el valor dogmático del voto del pueblo. Prevalecía la celebración del procedimiento sobre la herida en el mundo del trabajo. Fiel a su estilo barroco, dejaba una única certeza: Ortega gobernador era un enigma.

Llegaba el momento de armar el gabinete, uno de aquellos funcionarios que llegó más adelante a ser Vicegobernador de la provincia y que conoce al Estado tucumano al dedillo, contó que desde su perspectiva el gabinete de Ortega fue el mejor que hubo jamás en la historia del Poder ejecutivo tucumano desde la vuelta de la democracia. “Solo comparable con el gabinete de Miranda”, agregó.

El nuevo gobernador estrenaba la legislatura: eliminado el Senado provincial, el cuerpo unicameral quedaba con 40 representantes distribuidos en tres secciones electorales. La paridad de los resultados se reflejaba en la distribución: 20 legisladores del peronismo, 18 de Fuerza Republicana y 2 radicales. Como escribimos en la primera parte de esta historia, el putsch se había producido y una nueva generación dirigencial tomaba para sí la conducción territorial del peronismo.

Antes de que finalice octubre, Ortega ya se había sentado en el sillón de Lucas Córdoba. La Providencia había obrado para su retorno y tenía el desafío de hacer de Tucumán lo mismo que había hecho para sí. Como hombre común prometió ser la garantía de un implacable control de gestión y dejar de lado los vicios de la vieja política, el amiguismo y la deshonra. Entre los primeros funcionarios designados aparecían dos figuras estelares: uno de la entraña de la política como Ricardo Falú para el fortín de Educación, Gobierno y Justicia; y otra que conocemos por sus incursiones animadas con Fleco y Male, el médico Alfredo Miroli en Asuntos Sociales. Entre la herencia, Diego García continuaba en economía. Bajo la férula de Falú se encontraban dos jóvenes de alto perfil: Pirincho Jiménez (actual ministro Publico Fiscal) en la Secretaría de Gobierno y José Roberto Toledo en Asuntos Institucionales. En educación, Pola Ledesma y Carlos Alfredo Dato en la fiscalía de Estado. Si bien todos ellos acreditaban una procedencia indubitable, el reclutamiento del gabinete había sido una suerte de herejía para la vieja guardia del peronismo tucumano.

Un colaborador íntimo de Palito nos decía que sus cualidades estratégicas habían sido muy limitadas, que nunca pudo entender el funcionamiento de la política palaciega, abyecta para muchos y no por eso dispensable

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Dicen los que saben que el error de Ortega fue desafiar en corto a los tenedores de acciones políticas a largo plazo. El empréstito de confianza ciudadana inicial necesitaba respuestas más temprano que tarde. La convertibilidad era el modelo y la insolvencia atemporal del Estado la única respuesta a los problemas sociales. Prontamente García fue sustituido por uno de los personajes de estos años: Paulino Ríos, un economista procedente de la Fundación del Tucumán. Esta organización, creada en 1985, pregonaba liberalismo en la escala local. Con el mecenazgo de los hombres correctos, rápidamente se dieron cuenta que el sueño húmedo de las élites económicas de la provincia no era apostar a un partido propio ni ganar elecciones sino colocar sus hombres en los partidos de masas. El gobierno de Palito fue su momento de Overton y Paulino Ríos, el elegido para conducir la hacienda provincial.

Durante su primer año de gobierno, Ortega mostró poco interés en la vida del justicialismo. Delegó la relación con la legislatura en sus funcionarios políticos y su principal actividad eran las visitas diplomáticas para promover la privatización de los servicios y empresas públicas. La reforma del Estado, impulsada por Roberto Dromi, había descargado en las jurisdicciones lo que hasta entonces habían sido parte de sus prestaciones: escuelas secundarias y algunos hospitales pero el grueso eran las empresas prestadoras de servicios públicos, bancos nacionales y los trenes. Hasta entonces, la transferencia era recibida como un gesto de concretar el federalismo. Sin embargo, parecían no haberse mensurado los costos sociales de una descarga de déficit hacia las arcas provinciales. La respuesta de Palito fue procurar que las privatizaciones sucedieran lo más pronto posible y Ríos lo acercaba a los actores interesados en adquirir las empresas públicas.

De izquierda a derecha: Ricardo Falú, Julio Díaz Lozano, Antonio Guerrero, Julio Miranda y Jorge Yoma. Archivo La Gaceta.

El frente interno crujía a medida que se consolidaba un mosaico veneciano alrededor de la figura de Ortega. Un colaborador íntimo de Palito nos decía que sus cualidades estratégicas habían sido muy limitadas, que nunca pudo entender el funcionamiento de la política palaciega, abyecta para muchos y no por eso dispensable.

Con los puentes rotos con el peronismo legislativo, Ortega intentó acercarse al partido para colocar al siguiente senador nacional. El favorito del gobernador era José Roberto Toledo, figura crepuscular del justicialismo, y prevalecía una especie de acuerdo con la corriente interna encabezada por Julio Miranda. Frente a ellos, el vicegobernador Díaz Lozano y Antonio Guerrero. En una suerte de mini-interna, la coalición circunstancial concurrió a una votación semi secreta para designar a un único candidato y evitar la dispersión, o, mejor dicho, la traición. El orteguismo, sobrado; el sindicalismo, rezagado. Al día siguiente, la sección política de La Gaceta titulaba: “el derrotado Toledo memora a Maquiavelo: Acá hubo un traidor o es Jaldo o es Rija”.

Miranda y Ortega en un acto de campaña (1993)

Algunas veces la historia nos ofrece escenas anticipatorias. Este fue uno de esos casos. El 16 de diciembre de 1992, la asamblea legislativa dirimía entre Julio Miranda y Antonio Bussi como el próximo senador nacional. Hubo discursos memorables como el de Daniel Márquez: recordó a su padre desaparecido en 1976 y entre el reconocimiento a Miranda, le adjudicaba haber sido el principal promotor de la vuelta de Ortega. Primero la patria y el movimiento, y recién después, los hombres.

Más allá de la iconoclasia de la escena en la que un sindicalista derrota por los votos a un militar del riñón político de la dictadura, la lección parecía haber sido que Julio Miranda se consolidaba como un sucesor natural a Palito. Al estar impedida constitucionalmente la reelección, una vez que el gobernador se acomodaba en el sillón, ya se alistaba su recambio. Y eso es lo que va a marcar la segunda mitad del gobierno de Ortega.

En 1993, Tucumán renovó cuatro diputados nacionales y cada partido puso en juego dos. La decisión de Ortega fue, cuanto menos, osada: su candidata, la salesiana Gioconda Perrini, en detrimento de opciones más valoradas por el círculo rojo como Paulino Ríos o incluso por él mismo, como su esposa Evangelina Salazar. Perrini se había quitado temporalmente el velo para asumir en la Secretaría de Acción Social y desde allí construyó la imagen de la doctrina social verdaderamente existente. La campaña fue álgida, con enfrentamientos constantes entre la religiosa y el ex militar. Pero Palito tenía otros planes: la lectura de la elección fue que el pueblo tucumano había plebiscitado su propio gobierno y, con el vigor del victorioso, pedía las cabezas de los dirigentes que, hasta ese momento, le habían cincelado la gobernanza. Parafraseando al “si me tiran, tiro”, Ortega criticó a Duhalde y a Reutemann por haber cuestionado su desinterés por el PJ. Al día siguiente de la elección, declaró ante Página 12: “Yo creo que cada uno es dueño de armar sus estructuras, de ampliarlas. Siempre y cuando no perturbe una gestión de gobierno. En las internas del justicialismo tucumano tuve una mala experiencia con gente que pintaba los colores de la Liga Federal”.

El año ‘95 no sólo marca la primera derrota electoral del peronismo tucumano desde su aparición en 1946, sino el retorno de Antonio Bussi al gobierno provincial a través de elecciones libres y sin proscripción alguna

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El llamado a renovar la Constitución había truncado el futuro político de todos los aspirantes a suceder a Menem. El Pacto de Olivos trajo consigo una aguja para pinchar el sueño de Ortega presidente. Su disputa con Duhalde y Reutemann -otros de los dos favoritos-, parecía haberse detenido y el objetivo no era otro que acumular al bloque justicialista para garantizar una mayoría constituyente. Los resultados eran sugestivos: se consolidaba una tercera vía con gestualidades proclives a un acuerdo con la UCR que, si bien estaba en una situación drástica en cuanto a su performance electoral, se asentaba en distritos clave para la política después de la Reforma del ‘94. Por su parte, los provincialismos hacían la pata ancha para adquirir autonomía y negociar en línea directa con el presidente.

Esta elección fue un balde de agua fría para el peronismo tucumano. No sólo había puesto en la lista a dirigentes de envergadura (Julio Miranda y Antonio Guerrero, por ejemplo) sino al star-system de reciente vinculación. Ortega y Evangelina Salazar encabezaron la lista y recorrieron la provincia como un matrimonio en campaña. A pesar de esto, Fuerza Republica -con menos volumen político- terminó ganando por 30 mil votos. La distribución final de convencionales estableció cinco para el justicialismo y el partido ganador y uno sólo para la UCR. El Frente Grande, con desempeños envidiables en los centros urbanos, no pudo capitalizar definitivamente ese descontento. Aquel cierre de lista puede dejar dos lecciones para el presente: uno, disponer a las grandes figuras de los partidos en elecciones intermedias, más que de fortaleza, es signo de debilidad. Dos, la interna requiere conceder lugar a todas las fracciones en pugna; no sólo por su representación sino, sobre todo, para que ninguno juegue para atrás. Un gesto más hacia el ordenamiento interno que para convencer a la ciudadanía.

Gioconda Perrini y Palito (1991). Archivo personal de Gioconda Perrini

El espaldarazo electoral de Bussi vino de la mano de una resignación absoluta del peronismo tucumano. El gobierno, el movimiento y el partido se movieron a velocidad crucero en el último año. La desazón de haber gastado la bala de plata e igualmente perder, trajo consigo el recrudecimiento de las internas. El año ‘95 no sólo marca la primera derrota electoral del peronismo tucumano desde su aparición en 1946, sino el retorno de Antonio Bussi al gobierno provincial a través de elecciones libres y sin proscripción alguna.  

Bussi Gobernador recibe a Menem en Tucumán. Foto: Julio Pantoja

La figura de Ortega quedó en el recuerdo de la política por su firmeza en la decisión del retorno al país y a su provincia. Hizo de la política lo que había hecho de sí mismo durante sus décadas de estrellato. Con aciertos y movimientos erráticos, fue el traductor de la gran reforma del Estado provincial. Sus habilidades blandas llevaron a cabo el sueño húmedo del mundo empresarial local. Fue promotor de figuras tremendamente interesantes para el pasado y presente de la provincia, y gestor de una incipiente profesionalización del Estado. Siempre merodea la pregunta sobre los límites de la decisión política en contextos adversos: ¿quiso pero no pudo?, ¿pudo pero no quiso? Con Ortega no hay una respuesta unívoca. Entre la voluntad y la normatividad, la virtud, la fortuna y el deseo, puede haber alguna explicación del paso por la política de Ramón Bautista Ortega Saavedra, el rey plebeyo que casi todo lo pudo.

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