05 de junio de 2026
El menemismo parece haber sido narrado en dos tiempos: primero, aquel centrado en la voluntad presidencial y luego, en la atención a su núcleo más íntimo, sean empresarios, expertos o los gestores del aparato clientelar. De esta forma, fue concebido como un tiempo de ensamblaje entre el liderazgo carismático y la constitución de elencos tecnocráticos que hicieron del neoliberalismo un orden necesario. Recientemente, se ha abierto una ruta para estudiar al menemismo más allá de la Avenida General Paz. Sin embargo, hasta sus últimos días, el sostén de Carlos Menem estuvo enraizado en la frondosa extensión territorial de la Argentina, por eso, los conflictos en Salta, Catamarca o Santiago del Estero nunca constituyeron gestos desestabilizadores para el poder presidencial. Cuando el estallido se situó en las postrimerías de la Capital Federal, aún bajo el hechizo del dólar barato, en la Argentina profunda la organización social del quilombo ya había madurado. Incluso, varios gobernadores habían abrazado la salida inexorable de la convertibilidad a pesar de la resistencia del tardomenemismo.
Los gobernadores se alinearon detrás de Duhalde y Palito Ortega con quizás una única convicción: salir de la convertibilidad con todos los resortes compensatorios disponibles. Conversando con un dirigente peronista muy cercano a Ortega desde 1992, planteaba que la única billetera abierta era la social. Quizás la comprensión de la profundidad de la herida en el tejido del mundo del trabajo haya llegado recién cuando el desenlace era irremediable pero las advertencias fueron oportunamente presentadas.
La territorialización del menemismo por toda la geografía nacional empezó en el mismo momento de su declaración de interés en competirle a Antonio Cafiero. Marcela Ferrari ha ilustrado con acierto la dinámica de reorganización del peronismo en la provincia de Buenos Aires. Otras investigadoras, como Luisina Perelmiter, Virginia Mellado, Cecilia Lascurain y Pamela Sosa, entre otras, han tomado la tarea de localizar este tipo de estudios en las provincias argentinas. En un ejercicio mucho menos exhaustivo, pero con la misma intención hermenéutica, este ensayo se centra en Tucumán, capital nacional del peronismo.
Palito sería así entonces la única figura emergente, mientras el resto permanecería bajo el agua ocultando su asociación a la decadencia y sobreviviendo gracias a una pajita que oficiará de snorkel para mantenerse con vida
El perímetro del menemismo
La relación cercana de la dirigencia de Tucumán con Menem no comenzó sino hasta su segundo mandato. En los tiempos de protagonismo compartido con Antonio Cafiero, Carlos Grosso y José Manuel de la Sota, la Ortodoxia estaba asentada en el Senado nacional y en la mitad de los distritos del país. Después de las victorias renovadoras en Santa Fe, Chubut, Santa Cruz, San Juan y Buenos Aires, pasó desapercibida el careo de Menem con Grosso y Cafiero en Entre Ríos. El riojano había bendecido a Jorge Busti que se enfrentaba al caudillo Carlos Vairetti. La coalición de Busti era principalmente renovadora y mantenía fructíferos vínculos con todos sus representantes. Sin embargo, después de imponerse en la interna, fue Menem el que lo acompañó en la caravana automovilística de la victoria. Nuevamente, la cercanía cosechaba lo sembrado.
En tierra norteña, desde septiembre de 1987, el gobernador en Tucumán era un hombre procedente de las filas de profesionales peronistas, José Domato. Su llegada a la Casa de Gobierno había sido producto de un acuerdo precario, luego de una temporada de internas de alto voltaje. Sumado a esto, la aparición rutilante de Antonio Bussi en el paisaje provincial había trastocado la distribución natural de la representación política.
En una de las primeras producciones historiográficas sobre Tucumán, Paul Groussac evaluaba al gobierno de Gregorio Aráoz de Lamadrid como un momento poco defectuoso en sus comienzos, por haber tomado el poder por la fuerza, pero cargado de virtuosismo cívico en su desarrollo. El ademán a Rivadavia, una situación favorable para la libertad de prensa y la instalación de establecimientos escolares le daban un crédito positivo al gobierno nacido de una legalidad defectuosa pero una fortalecida legitimidad. ¿Qué hubiese escrito Groussac sobre el origen del gobierno de José Domato? En principio que la fuente de su legalidad estaba viciada de origen ya que, sin tocar las reglas del juego obtuvo una mayoría -al menos- cuestionable en el Colegio Electoral. Pasado el temporal, el gobernador tenía la chance de edificar su legitimidad ante una ciudadanía que permanecía alejada de la rosca palaciega. Sin embargo, una situación económica asfixiante, el fracaso final de la estrategia de reconversión industrial y, como escribió Martín Rodríguez, la sublevación del subsuelo del Estado fueron condiciones óptimas para la ruptura del orden social conocido. En este contexto, la interna partidaria seguía siendo un asunto a atender. El equilibrio inicial entre los actores de la coalición gobernante se desarmó poco tiempo después de la asunción de Domato. La única certeza era la inminencia de un recambio dirigencial a la que se le abría una ventana de oportunidad: encabezar un putsch interno apoyado en la candidatura de Menem.
En un momento en el que los partidos no les temían a las internas competitivas, las facciones dirigenciales se enrolaban en distintas listas. No había movimientos magistrales de una reina ni canciones de los Redondos para justificar la rosca
Un funcionario todoterreno de aquel momento nos comentó que la decisión de alinearse detrás de la candidatura del riojano había sido fácil: el gobernador bonaerense había decidido concentrar su capital electoral en el AMBA y depositar la conquista de las provincias en la habilidad de José Manuel de la Sota mientras que Carlos Menem era un asiduo visitante a la provincia. Según él, había recorrido todos los departamentos de la provincia, hablaba a diario con Domato y otras figuras relevantes del peronismo local. Al final, fue una decisión sencilla. Sus palabras son concluyentes: “con el Turco sabíamos que no nos iban a dejar mirando desde afuera”.
Una de las lecciones para entender al menemismo territorializado es que parece imprescindible situarse en cada provincia para analizar la disputa entre los dirigentes, y con ello, recién comprender la estructura que sostuvo al proyecto político encabezado por el riojano. En Tucumán, la antesala que comentamos nos ilustra una situación límite y que se trasladaba a la vida partidaria. Con las intervenciones de Constanzo y un brevísimo paso del formoseño Vicente Joga, el justicialismo tucumano debía ordenarse hasta tanto se defina el candidato presidencial del FREJUPO. Joga fue el responsable de organizar la interna el 9 de julio de 1988. A la luz de los acontecimientos, no se comprende el motivo por el que Tucumán presumía un cafierismo en los sondeos previos. La diferencia fue abismal: Menem sacó el 62,5% de los 60 mil votos emitidos. Al desagregar las mesas, uno puede intuir cómo jugaron los actores departamentales, pero no quedaban dudas que aquel valor afectivo de la cercanía tuvo su peso.

Restaba un asunto: normalizar el partido y con ello, parir a la generación protagonista de la década siguiente en la capital nacional del peronismo. Lo primero era disolver al justicialismo díscolo de la Acción Provinciana. El acuerdo preveía una distribución generosa para Cirnigliaro en el gobierno provincial y en los cargos nacionales para evitar el desorden de dirigentes ante la, cada vez mayor, amenaza del partido militar. Para fin de año, tres listas se postularon para conducir el distrito: Eduardo Castro, del Movimiento de Unidad y Renovación; Ricardo Díaz, por Federalismo y Renovación y finalmente, el hijo pródigo Osvaldo Cirnigliaro con el membrete de Peronismo Peronista, donde estaba -entre otros- el actual gobernador Jaldo. En un momento en el que los partidos no les temían a las internas competitivas, las facciones dirigenciales se enrolaban en distintas listas. No había movimientos magistrales de una reina ni canciones de los Redondos para justificar la rosca. Sólo afinidades electivas y campaña para el afiliado.
Finalmente, Díaz ganó por 1500 votos de diferencia. Por una parte, eso fue el sello de ostracismo a la figura de Cirnigliaro, por otra, la oportunidad para el putsch de la generación intermedia. Díaz provenía del FANET, una organización estudiantil nacionalista que habia sido importante en los años de Onganía, Levingston y Lanusse. Después de la dictadura, ya se había convertido en un hombre de la generación intermedia. Detrás de él, comenzaba a asomar con mayor preponderancia Julio Miranda, por entonces, un joven diputado nacional de extracción sindical y ariete del ¿menemismo? tucumano.

La situación social horadaba las posibilidades de edificar la autoridad política. A pesar de la ventaja obtenida por Carlos Menem en el Colegio Electoral, en Tucumán la presencia del nuevo partido de Antonio Bussi, Fuerza Republicana, ya era un tema preocupante. El objetivo de Bussi no era convertirse en una colectora de alguna fuerza nacional sino testear sus posibilidades en el perímetro provincial. Lejos de expresar una situación favorable para el justicialismo, las elecciones presidenciales de 1989 pusieron en evidencia lo inexorable: regeneración o esperar pasible el olvido. Inmediatamente resurgió una convocatoria cajoneada de reforma constitucional y fue programada para fines de ese mismo año. Los resultados trajeron consigo la mayoría automática de Fuerza Republicana y el primer acto protagónico de la nueva camada dirigencial.

El operativo pajita
Con un peronismo provincial en plena decadencia y bajo la amenaza -esta vez por la vía democrática- del retorno al poder del General Bussi, todas las fichas estaban puestas en alguna jugada salvadora del presidente Menem que venía dando sobradas muestras de su talento para producir imprevisibles.
La primera medida del Riojano para ordenar la provincia fue intervenir, el mensaje tenía que llegar claro y contundente, la provincia no podía seguir funcionando así y lo que es peor, con ese gobierno era imposible ganar una elección.
Menem encontró en el cordobés Julio César “Chiche” Aráoz el ariete para una transición relampagueante. Un Julio César no puede hacer otra cosa que restituir el orden social a cualquier costo, la intervención de “Chiche” y sus coterráneos confirmaron lo que ya se intuía, el justicialismo tucumano no era competente ni competitivo.
Todavía permanece en el terreno de la conjetura determinar cuándo el nombre de Ramón Ortega empezó a circular entre las cúpulas dirigenciales del peronismo tucumano, pero entre los viejos compañeros de la hoy llamada Convergencia Peronista circula una versión que vale la pena dedicarle unas líneas.

La victoria de Bussi parecía irremediable, el general era sinónimo de seguridad, fortaleza y dedicación, además contaba con un aliado de oro dentro de la policía tucumana, el Malevo Ferreyra, conocido por ser un duro con la delincuencia y por su ancho sombrero al estilo cowboy, sus prominentes patillas fueron famosas antes que las del mismísimo Carlos.
En el hampa tucumano se comentaba sobre las prácticas poco felices con las cuales el Malevo intimidaba a sus detenidos. El Malevo encarnaba la ley fuera de la ley e hizo del gatillo fácil su marca registrada.
Esta alianza entre un general prolijo y un policía de grandes patillas e ínfulas de Sheriff, hacían de Fuerza Republicana una alternativa seductora para un electorado tucumano hastiado de la inseguridad y la corrupción asociada al pejotismo.

Sumidos en la preocupación y la angustia de lo que se intuía como una derrota segura, un grupo de dirigentes del peronismo tucumano fueron a entrevistarse con el presidente Menem, Julio Miranda, el Cabezón Guerrero, Olijela Rivas y Cacho Sangenis, formaban parte del coro que entre lamentos vaticinaba la tragedia.
Sangenis cuenta que a Menem no le parecía perturbadora la idea de Bussi gobernador, pero que él insistió en que no se trataba solo de Bussi sino de un organizado retorno de los militares a través del voto en toda la República Argentina. Menem abrió los ojos. Con una democracia tan joven, dejar que un partido militar cobre cuerpo y legitimidad popular no era una opción deseable.
La conclusión parecía fácil, el peronismo tucumano necesitaba un candidato que no parezca peronista. Los compañeros lo entendían así y Menem con probada habilidad para instalar figuras outsiders en la política Argentina -Carlos Reutemann, Daniel Scioli- de pronto vio la luz: Tucumán necesitaba un rey.
El operativo pajita (en Tucumán al sorbete le decimos pajita) fue la puesta en práctica de la audacia del justicialismo para no dejarse vencer. Consistió en traer a Palito Ortega de Miami sin que la sociedad perciba que eran los propios peronistas quienes lo traían. Palito sería así entonces la única figura emergente, mientras el resto permanecería bajo el agua ocultando su asociación a la decadencia y sobreviviendo gracias a una pajita que oficiará de snorkel para mantenerse con vida.
Cuando el estallido se situó en las postrimerías de la Capital Federal, aún bajo el hechizo del dólar barato, en la Argentina profunda la organización social del quilombo ya había madurado
El acto de lanzamiento de campaña fue en Lules, el hijo pródigo volvía a sus pagos más profundos, la cancha de Mercedes estaba repleta. Palito no estaba acostumbrado a dar discursos políticos, se habían filtrado videos ensayando sus palabras y había quedado demasiado expuesto. Sus asesores le escribieron un texto contundente, corto y fácil de interpretar para un actor como él. Cuando subió al escenario, el cielo encapotado comenzó a bramar, el sonido grave de los truenos se confundía con la euforia del público. Palito comenzó a leer, pero cayeron las primeras gotas. Eran gotas pesadas, gotones. El discurso comenzó a derretirse en sus manos, la multitud expectante brilló en el silencio, las letras se habían convertido en pequeños canales de tinta y de los jeroglíficos no se podía extraer ninguna palabra. Casi en pánico, miró al horizonte y comenzó a cantar: “Yo tengo fe que todo cambiará”. La multitud estalló en un aplauso. El líder y sus seguidores entraron en perfecta comunión. En ese mismo acto comenzó a gestarse la victoria.
Tucumán tenía su rey para impedir el retorno del general asesino, o al menos demorarlo por cuatro años más.

(Agradecimiento especial a Julio Pantoja por permitirnos ilustrar el artículo con material de la Agencia Infoto.)



