Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

3 de agosto de 2025

LA CONDICIÓN ARTIFICIAL

Juan Di Loreto

@elchara
Café Panamá
Tiempo de lectura: 6 minutos

El mundo cambió. Lo sentís en el aire, en el agua, en el cielo. Ya no es lo mismo que era. Los siglos se anidan unos a otros. El siglo xx tenía en sí al xix y el siglo xxi tiene un siglo xx adentro. Hasta que uno muere del todo, lo hacen sus generaciones, que ofrecían la piel de la experiencia vital. Así, las sociedades olvidan y avanzan, mejor dicho, siguen adelante.

La Inteligencia Artificial (IA) ya atravesó todos los ámbitos de la vida. Está a punto de convertirse en una rejilla invisible de nuestro ser como humanos. Rejilla invisible que está, actúa, pero que de a poco dejamos de percibirla como algo extraño. La IA es algo a punto de naturalizarse.

Hoy debemos suponer que todos usan la IA para cualquier cosa. No es sólo en pos de la productividad como dice el mito contemporáneo. Como un imaginario de oficina, la IA vino asociada a informes y a planillas de Excel y a “revolucionar” a los trabajadores de cuello blanco. Pero ese es un uso básico, obvio, intuitivo si se quiere. Automatizar tareas, tomar notas, hacer cálculos, estructurar el informe que te piden. El tiempo es relativo. Lo que ahorraste te lo van a pedir en otras tareas. Pero eso son nimiedades en el fondo. La continuidad de otras automatizaciones ya instaladas como el corrector automático no es lo nuevo.

La IA es un piloto oculto. Es decir, que estamos delegando la capacidad de pensar

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Pero el destino de la IA tal vez no esté en la producción, hace rato que es parte de la cadena de montaje contemporánea. Si de verdad es una revolución como la agrícola o industrial tiene que cambiar algo en forma radical. La IA emerge con el sujeto que nace en el siglo xxi, sincroniza con el hombre de hoy. No necesitamos de nadie, solo necesitamos que nos dejen en paz. En algún punto todo: tecnología, política, relaciones sociales, economía erótica, mundo laboral está siendo diseñado para una supuesta autosuficiencia y soledad.

Hoy vemos muchos síntomas de un mundo autocentrado y que se basta a sí mismo. Las tendencias autocráticas en política pueden ser leídas como una expresión de esta autosuficiencia. Del militante al seguidor, del acuerdo y negociación a la obediencia sin más. Las tendencias opuestas al libre mercado, guerras y conflictos también son expresiones de la borradura del otro. En la dimensión erótica sucede lo mismo: como lo mostró hace poco un artículo de Patricia Colombera en Vayaina Mag: ya hay muchos hombres que son usuarios de bots sintéticos para satisfacer sus apetencias sexuales. La experiencia todavía es tan costosa como anónima y sin que medie un ser humano en toda la transacción. Un mundo sin otros. Pero eso no es del todo una novedad. Como demostró el psicoanálisis, el ser humano no tiene un objeto predeterminado, como los animales, de ahí la plasticidad de sus posibilidades de experiencias.

Pero esto no es solo un marco, el contexto de otra cosa. Porque la IA no es una herramienta como se cree desde el optimismo tecnológico. Lo es, pero no lo es. Seamos concretos: es una herramienta como se dijo, pero al mismo tiempo no lo es porque actúa en un terreno de la especificidad humana, el lenguaje. De hecho, las IA también se las conoce como LLM (Large Language Models), herramienta que puede “jugar” con el lenguaje, leer, escribir textos de géneros diversos (ensayo, textos formales, noticias, etc.) procesar y relacionar datos, buscar patrones, escribir líneas de comando, usar lógica, etc. Muchas de las notas que leés sobre series o crónicas de partidos de fútbol ya son escritas enteramente con IA. 

El pensar es un tránsito donde no entender nada es, exagerando, lo mejor que nos puede pasar

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Pero la clave está en ver que invertimos nuestra evolución humana: dejamos a un programa complejo el lenguaje y el pensamiento. Porque el uso de las IA generativas muestra que se usa como copiloto y como asistente, pero ya hay millones de usuarios (estudiantes muchos de ellos) que delegan completamente el leer y escribir. La IA es un piloto oculto. Es decir, que estamos delegando la capacidad de pensar.

Encender el cerebro de la IA es apagar el nuestro. No es una cuestión moral lo que sucede o una suerte de ludismo contra la máquina. Es que los usuarios, por ejemplo, alumnos, personas en el punto cúlmine de su formación y juventud, donde no tendrán más capacidades, tiempo y ganas para leer están delegando su facultad más importante. Ese momento de la vida en que te leés todo, que tendrías hacer de todo, porque al final todo te sirve. Pelear con un texto, releer, no entender, que te lo expliquen, charlarlo, estudiarlo y comprenderlo es un tesoro.

El pensar es un tránsito donde no entender nada es, exagerando, lo mejor que nos puede pasar. Vamos de menos a más. Es así cómo se aprende. Hace poco el Media Lab Research del Massachusetts Institute of Technology (MIT) descubrió que si usamos mucho una IA como ChatGPT para redactar textos complejos como ensayos nuestra capacidad de aprendizaje disminuye con el tiempo. Trabajar en un texto por horas es también mejorar nuestra salud, porque creamos nuevas conexiones neuronales

El uso del ChatGPT y otras herramientas IA generan una suerte de “deuda cognitiva” de nuestra capacidad de aprendizaje. La experiencia tomaba a alguien que escribía sin ninguna hiperconexión, otra que usaba motores de búsquedas como Google y la tercera utilizaba ChatGPT. El cerebro menos conectado era el que más conexiones neuronales producía, el de las herramientas de búsqueda menos y el que usaba IA era el menor de todos.  “La actividad cognitiva disminuyó en relación con el uso de herramientas externas”, concluye el estudio del MIT. Si bien este tipo de estudios recién comienzan, puede verse una pequeña luz de alarma respecto de que pueden producir una dependencia y pérdidas de capacidades para pensar, es decir, para innovar y trabajar. Creamos nuevas dependencias.

Imaginar por un segundo la mente de la IA es también asomarse al abismo de un caos que ya todos tenemos en nuestros teléfonos

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Por eso una de las grandes preguntas es cómo serán los trabajadores, los chicos recién recibidos en estos años (iba a poner “próximos años”, pero el cambio está sucediendo ahora mismo). Si en todas las clases sociales y niveles educativos se venía viendo una crisis de aprendizaje, ¿los estudiantes formados con IA qué facultades desarrollarán? Pero el tema se complejiza más aún. Está pasando que muchas empresas tecnológicas están dejando de contratar puestos juniors y esas mismas tareas son hechas por agentes que analizan datos, crean informes o realizan tareas administrativas. Hay datos que muestran hasta una caída del 70% en la contratación de estos puestos. ¿Cómo harán carrera los jóvenes estudiantes? ¿Y cómo las empresas lograran trabajadores con experiencia que lleguen a los puestos gerenciales o directivos? Mejor dicho: ¿cómo cambiarán las estructuras de las organizaciones si muchos de los puestos son realizados por agentes? 

Algo que creíamos que creaba el (plus)valor (lo sigue haciendo, obvio) está cambiando de forma radical: la apropiación del mundo, el trabajo. Sin muchas vueltas lo dice Elijah Clark, consultor de empresas en la implementación de la IA:  “Como director ejecutivo, puedo asegurarles que estoy sumamente entusiasmado. Yo mismo he despedido empleados gracias a la IA. La IA no se declara en huelga. No pide un aumento de sueldo. Estas son cosas con las que uno no tiene que lidiar como director ejecutivo”.

La fantasía clásica de la automatización y la búsqueda de rentabilidad de las empresas se da la mano. También la IA aparece en la cresta de la ola cuando la industria tecnológica, entre otras, ya viene recortando presupuestos en todo el mundo. El mismo Clark lo dice: “Me contratan directores ejecutivos para descubrir cómo usar la IA para recortar empleos. No en diez años. Ahora mismo”.

Ese momento de la vida en que te leés todo, que tendrías hacer de todo, porque al final todo te sirve. Pelear con un texto, releer, no entender, que te lo expliquen, charlarlo, estudiarlo y comprenderlo es un tesoro

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Lo que tienen los cambios verdaderos en el mundo es que son imparables. Y arrasan con todo, claro. Aquella “revolución cognitiva” que mencionaba Yuval Noaḥ Harari en su clásico Sapiens. De animales a Dioses, donde el fabricar conocimiento (es decir lenguaje) nos había separado de la biología y nos había elevado por encima de cualquier criatura del planeta, ¿dónde quedó? ¿La IA nos va a potenciar infinitamente o a hundir en el desempleo y a vivir en urbes gigantes y miserables? 

En cualquiera de los casos, la emergencia de la IA parece haber llegado para cambiar las cosas. Imaginar por un segundo la mente de la IA es también asomarse al abismo de un caos que ya todos tenemos en nuestros teléfonos. Está a la mano de todos y las preguntas del futuro ya las podemos hacer en tiempo presente. Recuerda en algún punto aquel texto de Jacques Derrida llamado La farmacia de Platón. El tema del libro es la escritura que, en su juego clásico de análisis de las palabras, Derrida recupera el término farmacón, que tiene una variedad de sentidos. Pero la clave es que tiene dos significados opuestos: se puede traducir como remedio o como veneno. Y en este punto si creemos que con la IA se puede arreglar todo: si la vemos sólo como una herramienta más, podemos caer en la ingenuidad, como dice Derrida de hacer “pasar a un veneno por un remedio”. 

Café Panamá