Un momento...

06 de junio de 2026

06 de junio de 2026

24 de julio de 2025

LO QUE VIENE DESPUÉS DE LA BRONCA

Maria Migliore

@MariaMigliore
Política
Tiempo de lectura: 5 minutos

Milei no va a durar para siempre. Y cuando ese ciclo se agote, lo que sigue no va a ser volver atrás.

¿Qué viene después de los gritos y las agresiones? ¿Qué nos trajo hasta acá? ¿Qué tenemos que aprender de todo esto? ¿Puede brotar algo nuevo?

En los últimos veinte años, la política argentina estuvo marcada por una disputa entre el kirchnerismo, que surgió tras la crisis de 2001, y el macrismo, que apareció como su principal oponente. Dos proyectos enfrentados que dominaron la escena y se retroalimentaron durante casi dos décadas. La pandemia marcó un punto de quiebre. Y con ella, surgió algo nuevo: Milei.

En 2001 explotamos: piquetes, cacerolas, asambleas. Lo que vino después se construyó en la calle y a los gritos. En 2020, en cambio, implosionamos: en silencio, solos, tristes y encerrados. Una vez más, la experiencia fue la de un Estado que no cumplió su promesa de bienestar y que se dedicó a defender derechos y privilegios de unos pocos.

Ahí volvió a surgir la bronca, pero esta vez lo hizo en un entorno completamente distinto al de décadas anteriores: un ecosistema digital hiperacelerado que funcionó como catalizador del descontento, que encontró un canal de expresión sin mediaciones, donde esa bronca circulaba sin filtro, y eso habilitó un nuevo tipo de discurso político, profundamente violento.

No creo que Milei sea solamente una consecuencia directa de ese fenómeno digital, pero ese contexto, combinado con una frustración generalizada ante un Estado que no dio respuestas, explica en gran parte su victoria y liderazgo.

Así como de la crisis del 2001 surgieron dos grandes procesos, hoy todavía falta que se consolide el espacio político que le discuta y supere a Milei. Pero que lo haga no desde una mirada nostálgica, creyendo que todo tiempo pasado fue mejor, sino con una propuesta de futuro.

Así como de la crisis del 2001 surgieron dos grandes procesos, hoy todavía falta que se consolide el espacio político que le discuta y supere a Milei. Pero que lo haga no desde una mirada nostálgica, creyendo que todo tiempo pasado fue mejor, sino con una propuesta de futuro.

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Para crear eso, tenemos que animarnos a hacer preguntas incómodas y asumir, por ejemplo, que Milei trajo verdad a la discusión política: la importancia de revisar el gasto público, de bajar la inflación, de ordenar la macro. Inclusive, en su cruzada más furiosa contra la famosa “casta”, no estaría mal admitir que la gran mayoría de la política estaba, y sigue estando, desconectada de su propósito inicial.

Pero, para discutirle en serio a Milei, también hay que señalar con claridad los límites de lo inadmisible de su propuesta: la deshumanización y la violencia con la que el gobierno transmite sus ideas no solo no pueden naturalizarse, sino que deberían ser un escándalo.

El modelo de país que propone es profundamente excluyente y desigual, y creo que todavía no tomamos verdadera dimensión del costo que va a implicar, para todos los argentinos, volver a construir lo que este gobierno, a fuerza de un brutal desmantelamiento del Estado, está destruyendo.

Hacer política después de Milei implica distinguir con precisión entre los acuerdos necesarios y los límites que no se pueden cruzar:

¿Bajar la inflación es primordial? De acuerdo. ¿Hay que ordenar la macro? De acuerdo. ¿Alcanza solo con eso? Más vale que no. ¿Hay que poner el foco en los derechos de las mayorías? Absolutamente. ¿Hay que sacar los derechos de las minorías? De ninguna manera. ¿Es importante tener políticas de seguridad? Sin lugar a dudas. ¿Eso significa sólo cárceles y mano dura? No. Y la lista podría seguir.

Mientras tanto, la oposición argentina se quedó sin proyecto: fragmentada, sin rumbo, repitiendo fórmulas agotadas o pérdida en debates internos que no le interesan a nadie.

El país se desarma en silencio.

Necesitamos otra cosa. Un sueño claro, una imagen de futuro: a mí me gusta creer que Argentina puede ser un país donde trabajar sea sinónimo de vivir bien. Donde cualquier familia pueda llegar tranquila a fin de mes sin hacer malabares. Donde un pibe que estudia no sueñe con irse, sino con lo que puede hacer acá. Un país donde las escuelas públicas y los hospitales vuelvan a ser motivo de orgullo. Un país que entienda que lo individual y lo común no son opuestos, sino que se potencian, que la felicidad tiene menos que ver con el éxito personal y más con quién te espera al final del día, que apostar por lo común no es nostalgia, sino la base para construir una sociedad que funcione para todos.

Para que esa imagen de futuro se convierta en realidad y deje de ser solo una promesa, hace falta una combinación de ideas y decisiones que la hagan posible.

Eso implica asumir que no se trata de una cosa o de la otra, sino de una cosa y la otra: que necesitamos una macroeconomía estable, que eso solo no alcanza, pero es imprescindible. Que hay que redistribuir, sí, pero que hacen falta más empresas. Que cualquier Argentina que soñemos necesita un modelo productivo en donde la industria ocupe un lugar central, porque no se trata de resignarse a ser solo exportadores de materias primas, sino de apostar por un país que agregue valor y lidere en sectores donde tiene ventajas reales. Que la política social tiene un rol transformador, y que no se trata solo de contener, sino de integrar. No volver al asistencialismo de siempre, sino construir políticas que nivelen el punto de partida y generen más desarrollo.

Estabilidad, producción e integración no son objetivos aislados, ni contradictorios. Son partes de una misma idea de país, y es mentira que no puedan combinarse.

Mientras tanto, la oposición argentina se quedó sin proyecto: fragmentada, sin rumbo, repitiendo fórmulas agotadas o pérdida en debates internos que no le interesan a nadie. El país se desarma en silencio.

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Es urgente que empecemos a contarnos otro cuento de nosotros mismos. Porque no se puede construir un país desde la idea de que todo está mal, que todo fracasa y que nosotros somos el problema. Si creemos que Argentina es inviable, entonces nada de lo que hagamos va a tener sentido.

Argentina tiene talento y tiene pasión. Tiene personas que saben hacer las cosas bien y que quieren hacerlas mejor. Tiene equipos de salud que sostienen sistemas colapsados, industrias que exportan al mundo, universidades que forman profesionales de primer nivel, científicos que compiten globalmente y trabajadores que, con poco, logran mucho. Tiene creatividad para adaptarse y empuje para no rendirse.

El problema nunca fueron los argentinos. El problema es que todavía no pudimos ordenar un proyecto común que ponga toda esa fuerza en la misma dirección.

El disenso va a seguir existiendo, y está bien que así sea. Lo importante es que esa tensión nos mueva para adelante, sin romper todo, construyendo sobre lo que sí funciona y mejorando lo que no tanto. Sin volver a refugiarnos en los discursos vacíos de siempre ni dejándonos arrastrar por la desesperación.

La visión es clara. Ahora viene la audacia de salir del lugar común y animarse a imaginar en serio. A mezclar personas, comunidades, proyectos; a combinar tradición con innovación, lo público con lo privado; a pensar un Estado que esté presente, pero que también funcione y dé resultados. Lo que haga falta para transformar de verdad. Eso es lo va a abrirle paso a otra Argentina. Una Argentina desarrollada y mucho más humana.

¿La buena noticia? Que ese popurrí ya está en marcha.

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