01 de julio de 2026
1
Aunque suene extraño quizás LAM sea el mejor programa político-cultural de la época. Tal como en su momento lo fueron Tiempo Nuevo, Hora Clave o Mediodías con Mauro, en los años ochenta y noventa. O Intrusos en los albores de los años dos mil. A diferencia de los dos primeros -que eran muy políticos, salpicados, apenas, con un poquito de show para salpimentar a la audiencia-, tanto el envío de Mauro Viale como el de Jorge Rial mostraron la otra cara de lo que importa a la hora de votar: con qué decide entretenerse, y posicionarse, mucha gente cuando se supone que no piensa en política.
Mientras que el programa de Mauro era un desfile de personajes decadentes que habían participado de los años de la “pizza con champagne” que tan bien habían caracterizaron al menemismo, el de Rial era la ventana indiscreta de lo que se había roto en esos años y que permitía la entrada a nuevos miembros a la farándula menos glamorosos -desde participantes de reallity shows hasta chicas pulposas que harían las veces tanto de modelos de lencería como de vedettes, reemplazando en el deseo masculino a las reinas de los noventa: las top models dolarizadas-. Lo impresionante de estas emisiones, además de ser una usina de disputas, es que tenían mucho rating a la hora del almuerzo, un horario imposible de imaginar como prime time pero que, con el aluvión de desocupados, a consecuencia de las políticas económicas de los noventa, engrosaron el rating, integrando, además y para siempre, a los hombres a un tipo de programación (el chisme y la pelea) a una hora que solía ser típicamente femenina hasta entonces: el mediodía. Recordemos que Susana Giménez años antes había sido lanzada al estrellato televisivo justo en esa franja.
LAM, en cambio, en tiempo de pluriempleo, lleva el chisme a la noche, a la hora de la cena y la distensión, aunque esa relajación signifique contiendas de panelistas, entre dimes y diretes, por cuanto escandalo entre famosos aparezca. Y donde cada integrante del panel, defendiendo o atacando a algún implicado en un escándalo, deja sentada su postura moral que muchas veces, en un rulo fabuloso, también queda asociada a alguna postura política.
Antes de ser panelista, Latorre acuñó una de sus frases más célebres: “chupé la correcta”, durante una de sus primeras peleas en una un set televisivo, marcando un punto de inflexión en su carrera
Quizás si se hubiese prestado más atención al devenir del Wandagate tal vez se hubiera podido comprender a magnitud de la ola conservadora. Es que en estos tiempos veloces los cambios de humor social tal vez se trasluzcan a mayor velocidad vía posturas sobre un chisme más que en situaciones profundas. Cabe recordar, allá lejos y hace tiempo, como el “te cargaste otra familia, zorra” de haber sido leído políticamente, sin prejuicios, hubiera permitido observar como la ola conservadora no era solo un asunto de varones jóvenes, aquí mismo en 2021, se escribió sobre cómo importaba la familia en tiempos donde algunas instituciones parecían prescriptas. La defensa del público a Wanda y el encono con la China eran un gran termómetro social. Ya no avergonzaba no ser sorora y criticar en público a otra mujer espetándole “robamarido”. La idea de la culpabilidad masculina en estos menesteres había dado paso a “los dos son culpables”, como se estilaba hasta 2016. Las nuevas teorías feministas de responsabilidad sobre infieles no habían calado y la tercera en discordia, de saber que el susodicho estaba comprometido, también cargaba con la culpa. Una gran alerta para la política oficialista que, al no prestarle atención a los verdaderos discursos públicos, se perdió de cerrar el ministerio de la mujer para abrir el ministerio del despecho, lo que hubiera sido más seductor entre muchas de las electoras.
2
Y fue justamente ahí donde empezó a reinar Yanina Latorre. Siendo la voz chillona de un sentido común conservador que expresó mejor que nadie a una buena parte de la sociedad que generalmente no tiene quien le escriba. Ese sentido común que terminó encumbrando, también, como presidente a Javier Milei. Pues mientras en Intratables– otro programa que ameritaría, junto a Animales sueltos, una extensa columna- se sentaron las bases económicas de la motosierra, en LAM se iba edificando la base moral para sustentar los recortes. Increíble pero real cómo un hilo invisible puede llegar a unir a Toto Caputo con la posición sobre alguna “robamaridos” para lograr los recortes más impensados de la economía. Pero a veces es así.

Cosiendo con esos hilos imperceptibles, Yanina se destacó en ese simpático serpentario que nos hipnotiza a todos, con su lengua veloz y una vida digna de Instagram -el hábitat que le proporcionó hacerse conocida cuando aún no era parte de las “angelitas”-, pues también le gusta encarnar las fantasías que se tienen sobre las vidas de una buena parte de las féminas de clases medias altas de country y barrio cerrado. Contribuyendo con sus retratos sobre su cotidianidad lujosa a la aspiración de muchas otras mujeres de clase media y media bajas que, agotadas de yugarla, pueden llegar a mirar con simpatía esa pose de la “señora de la casa”, como contracara ante el agobio de viajar horas en transporte público para ganar dos mangos fuera del hogar.
Antes de ser panelista, Latorre acuñó una de sus frases más célebres: “chupé la correcta”, durante una de sus primeras peleas en una un set televisivo, marcando un punto de inflexión en su carrera, pues esa frase ya es parte de la cultura popular y una máxima a la hora de la ironía sobre ciertos ascensos.
Quizás si se hubiese prestado más atención al devenir del Wandagate tal vez se hubiera podido comprender a magnitud de la ola conservadora
Pero en el camino a la fama, también, cosechó enemistades que fueron desde la periodista Julia Mengolini, con la que disentía por su feminismo y a la cual maltrataba cada vez que podía, hasta Estefy Berardi, una panelista a la que no tuvo pruritos en exponer como la tercera en discordia en un affaire. Convirtiéndose en una estrella del chisme solicitada por radios -llegó a trabajar en Radio Mitre con Jorge Lanata- o como cara de muchísimas marcas a las que publicita desde su potente cuenta de Instagram. Sus stories son una manufactura de chimentos constantes.
Y aunque a veces las épocas cambian y es interesante ver cómo nada dura cien años y quizás sea justamente en LAM donde queden expuestos los cambios de climas que se aproximan en medio de este ajuste sin miras de recompensa. Porque algo se está rompiendo en la hegemonía cultural del mileismo -aunque en el horizonte no haya quien recoja el descontento y solo caiga en el saco roto del ausentismo a la hora de sufragar-.

Primero, el dólar dando sustos todo el tiempo en pleno año electoral, algo imperdonable para un gobierno que se jacta de domar al billete verde, mientras la inflación del 1,6 por ciento no es percibida como tal cuando se achican los gastos, se acumulan las deudas con las tarjetas de crédito y el consumo va cayendo mes a mes. Después, una casta política, a la que ya pertenecen, aunque se sientan artistas invitados que sigue bailando en el Titanic, como si las promesas de campaña hubieran sido cantos de sirenas, y la palabra corrupción comenzando a aparecer en el horizonte.
Y por último la poca paciencia que se le empieza a tener al exhibicionismo en tiempos de pocos con mucho y una mayoría con poco. Bastó que Yanina Latorre, ante un nuevo escándalo conyugal enfrentara los rumores con cierta displicencia y cancherismo, argumentando que “era cornuda pero millonaria”- para que surgieran nuevas reacciones. Reacciones de un nuevo tiempo.
Es que habló con el bolsillo cuando todos esperaban que hablase con el corazón, despertando enojos que hasta hace un tiempo eran impensados. Como si el reloj de arena del exhibicionismo ya estuviera en tiempo de descuento. Algo que el mileismo debería tener en cuenta, pues estamos a un minuto que se empiece a pedir que los ricos también lloren. Porque ya sabemos: lo que pasa en LAM nunca queda en LAM.



