Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

4 de agosto de 2024

GEOPOLÍTICA CON CULO AJENO

Martín Rodríguez

@tintalimon
Intentaré ser breve
Tiempo de lectura: 5 minutos

Mi madre decía:

Maledetto Cristóforo Colombo que descubrió la América,

y se paraba en puntas de pie, mirando el horizonte.

Italia está muy lejos.

¿Qué hacías en Italia, madre?

Ella bajaba la cabeza, entonces, escupía,

y quedaba una mancha oscura, que la tierra absorbía paciente,

sin prisa.

Glauce Baldovin

-Yo cobraba y podía darme una buena vida, podía llevar a mi esposa a comer a un lugar, como si le dijera acá, no sé, a “Don Julio”.

-¿Y dónde trabajabas?

-En una aseguradora de riesgos. Y antes que eso, muchos años en el Banco de Venezuela, del grupo Santander. El banco que expropió Chávez.  

Omar vino en la ola migratoria, pero no tan temprano, llegó en 2018. El viaje no tuvo escalas. De Caracas a Buenos Aires. Pero como si le hubieran abierto las ventanas al avión, en el vuelo se perdió algo que en la conversación aflora: él supo ser de clase media en esa Venezuela. Hoy maneja Uber por las calles porteñas y su ex esposa junto su hijo después de la Pandemia logró venir a la Argentina. La pareja se rompió, él le dice “mi ex”, pero se llevan bien, chatean mientras conversamos, y ninguna otra cosa se rompió. Nos encontramos el domingo a la mañana, el domingo de elecciones allá. A Omar no le cabía otra idea que un rotundo triunfo opositor.

Nuestra izquierda (un arco que va del cristinismo hasta el extremo) tiene a Venezuela en la cabeza y a los venezolanos metidos en la clase obrera. Pero no los ve, pasa de largo, disocia. Es curioso para quienes cada vez que se desestabiliza la política en Bolivia o Brasil, por mencionar casos recientes, exigen repudios. ¿Cómo no condenar lo obvio? En contraste, impecable la posición de la CGT. La geopolítica, cedida tanto a los “especialistas”, por momentos defecciona en un punto central: nos hace pensar el mundo sin las sociedades que padecen. Por ejemplo, los millones de venezolanos que sufren el régimen de Maduro. El 28 de julio Pablo Semán publicó un breve comentario que además da título a este texto: “Que divina la gente que hace geopolítica con la suerte ajena. Y cuando digo que gente divina digo ¡qué irresponsables! ¡qué ignorantes! ¡qué cínicos!”. El dolor venezolano lo cruzás todos los días: en las calles, las aplicaciones, los cafés, las plazas, los negocios de lo que sea, los repartidores en bicisendas, las cuevas.

¿Adónde se insertaron, en qué mercado laboral, tantos trabajadores venezolanos?

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Se filtró como la humedad en estos días y por redes sociales un deseo, digamos, ambiguo: el de que pierda Maduro y que entonces también eso desinfle la migración venezolana. Somos todo: un país de inmigrantes, de sommeliers de inmigrantes, un país integrador también. Los venezolanos que llegan a la Argentina evidentemente generan alguna resistencia en comentarios, en picas laborales, en el choque de culturas, pero ninguna sangre llega al río. A las palomas más buenas de la comunidad a veces les cuesta -aún- adaptarse a nuevos migrantes. Quizás falta un café, como diría Samid. No parece trágico. La integración no es sencilla, ni de un día para el otro. Y simultáneamente cuando arrecian, por ejemplo, las temporadas de quemas de coches en las calles de París, aflora el otro argumento con semillas de verdad: somos (¿fuimos?) un país que integra (con más corazón que economía). Nos contamos el cuento del inmigrante: abuelo tano, bisabuela gallega, tango sefaradí, guitarra mía, una mano atrás y la otra adelante. El intríngulis de Enzo Fernández hace trampa, porque si la calidad ciudadana se mide en el tenor de los cantitos de cancha, tamos fritos, patrón.

Pero la Venezuela de Maduro no es sólo un debate de las ciencias sociales acerca de cómo tipificar a una dictadura con elecciones vidriosas o a un régimen sin partido único (pero con candidatos opositores presos, con perseguidos y torturados), o si la oposición es “un canto a la democracia”. La Venezuela de Maduro sobre todo es una realidad diaria que toca timbre. ¿Quién es? Debe ser el de rappi. Vas a la puerta: 80 a 20 a que el que te trae tu hamburguesa huyó de Maduro. Bajás de la torre de marfil y Venezuela es mano de obra de la clase obrera realmente existente. Trabajadores golondrina de la economía de servicios. A los venezolanos la tierra también los absorberá, paciente y sin prisa, como el poema de la cordobesa Glauce Baldovin.   

Somos todo: un país de inmigrantes, de sommeliers de inmigrantes, un país integrador también

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Venezuela desde que gobierna Maduro transformó la vida de todo el continente. Alrededor de 170 mil venezolanos ya viven en Argentina, y la mitad en la ciudad de Buenos Aires. Algo así como el 20% de los extranjeros de esta ciudad y alcanzan el tercer grupo de inmigración, detrás de paraguayos y bolivianos. A nivel nacional, según el censo de 2022, son el 8,4% de los inmigrantes. Muchos llegaron en avión como trabajadores calificados porque cada dictadura es un mundo: el régimen de Maduro necesita de esas salidas, es una Norcorea calurosa con aeropuertos abiertos. Los venezolanos más pobres emigran a Colombia, Brasil o Panamá. Y esto que comenzó en 2014 coincidió con el asentamiento de esta crisis larga en Argentina, es decir, con un empleo privado planchado que sólo pudo subir en más de una década apenas el 4%, contrario al sector público donde el empleo trepó hasta casi un 40. ¿Adónde se insertaron, en qué mercado laboral, tantos trabajadores venezolanos? En el “rubro” que sí creció: emprendedores, cuentapropistas, monotributistas, capitalismo de plataformas, empleo informal, la parte de la clase trabajadora que votó a Milei, hombres y mujeres que están solos y no esperan nada de nadie. Así, una cosa es segura: muchísimos venezolanos desarrollan trabajos para los que están sobre-calificados. Hay también en este “detalle” una explicación a los ruidos de la adaptación: gente de clase media desplazada de su país y de su clase. Muchos de ellos fueron parte del “ejército de esenciales” de la Pandemia que llevaban comida, remedios o bebidas para que millones cumplieran el #quedateencasa. Los migrantes venezolanos están en el corazón de las transformaciones de la clase trabajadora de este país y no abandonarán acentos, arepas (ese pan de maíz cocido a la plancha) o tequeños.

La imagen de un país partido, de economía primarizada y Estado deslegitimado presenta, exacerbadamente, quizás uno de los potenciales destinos para países gestionados a través de la grieta (que no hizo más que agudizar la pobreza y obturar opciones de desarrollo). Por supuesto, Venezuela también cifra una discusión local. Y en lo que dicen del país caribeño Milei, Macri, Cristina, Llaryora o Bullrich se describen claves propias de la política argentina. Es un “píntame el mundo y me pintarás tu aldea”. Que haya paz.   

PD (digresión musical): Hace treinta años Charly pintó un disco que podría entenderse prácticamente como de música instrumental. Un poco porque el matete conceptual de “La Hija de la lágrima” fue tal que al menos sirvió de simple excusa para dejarnos esta música. Años 90: la década en que Charly no pudo matar a Charly.

Intentaré ser breve