18 de junio de 2026
La discografía de Mercedes Sosa es un recorrido por la convulsionada historia argentina. Es una obra monumental con más de treinta discos, que recorre su pensamiento ideológico de izquierda su mirada humanista, su defensa de los derechos humanos, su sueño de una América Latina unida, su cosmovisión indígena y su espíritu ligado a la madre tierra.
Reencontrarse con esa voz, es atrapar el inconsciente colectivo que se repliega en esas melodías que hoy suenan como clásicas y nacieron en su garganta. Es redescubrir un repertorio de autores fuera del radar, o el paladar urbano más colonizado por el rock anglo.
En el día que se cumplen noventa años de su nacimiento, un 9 de julio de 1935, en la provincia de Tucumán, esta selección de discos -un recorte de su obra- atraviesa diferentes períodos de su vida interpretativa. Del país interior a la canción universal. De la zamba bailada en patio de tierra a las canciones de rock de la primavera democrática. De los ideales gritados en voz alta por otras generaciones a la historia de la canción popular latinoamericana en las últimas seis décadas. Mercedes lo abarcó todo, lo grabó todo, fue testigo y protagonista de su tiempo, y lo reflejó en sus discos con un corazón libre, verdaderamente libre.
Canciones con fundamento (1959)
Mendoza fue el primer refugio cultural del matrimonio de Mercedes Sosa y el músico Oscar Matus a fines de los cincuenta. Allí son respaldados por la intelectualidad y bohemia cultural de los cincuenta: los escritores Antonio Di Benedetto (autor de Zama), y Alberto Rodríguez, el pintor Carlos Alonso y el poeta Armando Tejada Gómez, con el que tejerán una hermandad que daría como resultado el manifiesto del Nuevo Cancionero en 1963. Decididos a salir al mundo de la canción popular se mudan a Buenos Aires en 1958. Tocan en peñas y reuniones de artistas que se realizan en la casa de la madre de Carlos Alonso, que cocina las empanadas. Para difundir su trabajo graban su primer disco de forma independiente, a través de ediciones El grillo, creado por Matus. En este primer álbum, Mercedes Sosa es la profeta que aventura un nuevo camino para la canción popular argentina y latinoamericana. La tucumana graba “Chacarera del 55” de los Hermanos Núñez, una crónica de la bohemia tucumana de la que Mercedes formó parte, canta por primera vez “El cachapecero”, “El jangadero” y “El cosechero” de Ramón Ayala, que se convertirá en uno de los autores más populares del folklore, y reflejará su vínculo con Uruguay con el tema “Ki Chororo” de Aníbal Sampayo. El disco servirá de plataforma para mostrar cuatro canciones de la dupla de Oscar Matus y Armando Tejada Gómez, entre las que estará la notable zamba “La de los humildes”, donde canta: “Zambita para que canten, los humildes de mi pago. Si hay que esperar la esperanza, más vale esperar cantando”.
En Canciones con fundamento, Mercedes planta bandera y ofrece los indicios de la huella que dejará en la música popular de todo el continente.
Yo no canto por cantar (1966)
En 1965, Mercedes llegó a Cosquín buscando mejor suerte para su rumbo artístico. Había grabado La voz de la zafra para RCA en 1961 que no corrió la mejor suerte, así que desde entonces estaba sin sello, se había divorciado de Oscar Matus y tenía al pequeño Fabián a su cuidado. Los conjuntos salteños como Los Chalchaleros y Los Fronterizos, dominaban el boom folklórico de los sesenta. Mercedes no estaba dispuesta a moverse de un repertorio profundo que revelara a nuevos autores más preocupados por contar la vida cotidiana que el paisajismo. Esa noche del 31 de enero de 1965 que tembló la tierra y todo el país la escuchó a cantar “Canción del derrumbe indio”, la historia cambió. La Negra consiguió su primer contrato con el sello Philips, participó de un disco de Ernesto Sábato y Eduardo Falú, y grabó Yo no canto por cantar. El título era otra declaración de principios, a pesar de su status de nueva estrella de la música popular. Afiliada al PC, su camino estaba claro. Elegía canciones, como escribe Juan José Manauta en el arte de tapa del vinilo, que “expresan el oscuro, desgarrado y sangrante corazón del hombre”. Doce canciones, incluida la pieza de Fernando Figueredo Iramain que la consagró en Cosquín, que sueñan con un regionalismo crítico, conectada al terruño y al sueño de una América Latina unida: “Tonada de Manuel Rodríguez”, sobre versos de Pablo Neruda, “Los inundados” de Guiche Aizemberg y Ariel Ramírez, “Canción para mí América” de Vilgietti, y quizás una de las zambas más hermosas que cantó la Negra, escrita por Hamlet Lima Quintana, “Zamba para no morir”.
Mercedes no estaba dispuesta a moverse de un repertorio profundo que revelara a nuevos autores más preocupados por contar la vida cotidiana que el paisajismo
Mujeres Argentinas (1969).
Mercedes llega a este álbum conceptual, uno de los primeros para la dupla de Ariel Ramírez y Félix Luna, después de haber grabado una tríada inmejorable de discos –Hermano (1966), Para cantarle a mi gente (1967), y Con sabor a Mercedes (1968)-, que le dieron la solvencia interpretativa, la madurez artística y la seguridad para encarar una obra tan ambiciosa. Era un álbum revolucionario en sintonía con lo que sucedía en la Argentina en materia política y cultural: fue el año del Cordobazo, la movilización obrero estudiantil que se enfrentó a la dictadura de Onganía, la edición de los primeros discos de Almendra y Manal y el estreno de “Balada para un loco” de Piazzolla y Horacio Ferrer. En Inglaterra, Los Beatles se empezaban a despedir con Abbey Road y Los Who editan la ópera rock Tommy. En Estados Unidos millones de jóvenes se reunían en Woodstock para celebrar el sueño hippie de amor y paz. De ese fermento cultural surgió Mujeres argentinas, un álbum a la altura de una época de ebullición creativa, que comenzaba con un acorde sostenido del órgano de Héctor Zeoli y la voz de Mercedes que atravesaba ese nuevo horizonte de la canción con una plegaria que dibuja el paisaje virgen del Chaco: “Monte sin flor / Indiada y tolderías / campos de espinas / amargura”.

Las ocho composiciones de Ariel Ramírez y Félix Luna, sobre motivos de inspiración folklórica -zambas, cuecas, vidalitas, polcas, milongas, chacareras- reivindica el protagonismo de las mujeres en la historia argentina: la anónima gringa chaqueña, que pobló la región del litoral, Juana Azurduy, una de las guerrilleras que lucharon por la emancipación del Virreinato, Rosarito Vera Peñaloza, pionera de la docencia, Dorotea Bazán, la cautiva que no quiso volver a la civilización, Alfonsina Storni, la poeta, Manuela Pedraza, la tucumana que peleó en las invasiones inglesas, Guadalupe Cuenca, la viuda de Mariano Moreno, y Mariquita Sánchez de Thompson, dueña de la casa donde se cantó por primera vez el himno nacional argentino.
Es un disco con un audio moderno teñido por la atmósfera melancólica y los trazos épicos de una ópera folk, gracias al ensamble formado por Ariel Ramírez en clavecín y piano, Kelo Palacios en guitarra, Jaime Torres en charango, Héctor Zeoli en órgano y Domingo Cura en percusión. La voz de Mercedes Sosa tiene un registro épico. Encendida por su juventud, da con la talla para esas melodías inmortales y esos complejos arreglos orquestados en el piano de Ariel Ramírez, que utiliza instrumentos como el clavecín que aporta una fragancia psicodélica. Mujeres Argentinas, no es un álbum cualquiera. Entró en la historia por ser la primera vez que Mercedes grabó “Alfonsina y el mar” y la transformó en una de las mejores canciones de todos los tiempos.
Esa apertura estilística marcará de aquí en más todo el recorrido artístico de Mercedes hasta su legado final en “Cantora” de 2009 y se transformará en el símbolo de una canción popular unificada
Homenaje a Violeta Parra (1971)
Mercedes Sosa y Violeta Parra no llegaron a conocerse. Violeta había grabado un disco llamado Ultimas composiciones, donde estaban “Volver a los 17” y “Gracias a la vida”, entre otras, y cansada de la soledad, la pena de un amor y la dificultad de difundir su música, se suicidó la tarde del domingo 5 de febrero de 1967 pegándose un tiro en la sien. Mercedes escuchó ese vinilo apenas salió y cuatro años después, la cantora tucumana agrupó las mejores canciones de Violeta y les dio vida nuevamente, las volvió eternas y sus versiones recorrieron todo el continente y el mundo. En esa hermandad a la distancia, mediada por la cordillera, pero también por la historia trágica de los pueblos de América Latina, la artista erigió un disco que es un monumento al cancionero de Violeta para que no la olviden nunca más. Es un tratado musical de cómo se debía y podía cantar a la ternura, representar la tristeza -ese canto mudo de los explotados-, las nanas de los niños sin futuro, la vida simple castigada por el sol, la melancolía de volver a los 17 para sentir la fuerza del futuro delante de los ojos, y por fin, la sabiduría de cerrar un ciclo de vida agradeciéndolo todo.

El álbum grabado en 1971, tiene once canciones -entre ellas, “Arriba quemando el sol”, “Me gustan los estudiantes”, “Que he sacado con quererte”, “La carta”, y “Rin del angelito”- que serán un símbolo durante el gobierno socialista de Salvador Allende y servirán de banda de sonido anticipada a la noche más oscura de Chile, cuando con un golpe de Estado, asuma el poder Augusto Pinochet en 1973.
Abre el disco el poema “Defensa de Violeta”, que Nicanor Parra escribió para su hermana y que Mercedes recitará en cada concierto antes de cantar la obra de la cancionista chilena y cierra el disco con la cueca “Los pueblos americanos”, donde la voz de la Negra suena profunda y a la vez metálica como esas consignas que salen en los parlantes que se utilizan en las marchas. La Negra exhuma en su canto los sentimientos más profundos de Parra, para volverla una figura inmortal en todo el continente. Mercedes se identifica con su compañera a la distancia y ese cancionero crudo, amasado por Violeta en el trabajo como recopiladora de las coplas anónimas del folklore, que hablan de las penas de amor, la injusticia, la pobreza, la vida campesina y la esperanza de esos estudiantes, que pueden traer un nuevo aire de revolución.
Hasta la victoria (1972)
“Yo soy Ramón / aquel, que rompe las cadenas”, canta Mercedes sobre el fraseo de la milonga “Hasta la victoria”, el tema compuesto por el uruguayo Aníbal Sampayo, (autor de “Río de pájaros”, cantor, poeta y militante del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros). Es 1972 y este disco se escucha en la clandestinidad de las agrupaciones políticas proscriptas por la dictadura militar de Agustín Lanusse. “No ha de matarme la muerte / seguiré”, canta Mercedes y parece trazar un paralelo con lo que será la noticia de la Masacre de Trelew, donde se produce el asesinato de 16 jóvenes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros, presos en el penal de Rawson y capturados tras un intento de fuga. Es un álbum atravesado por la muerte de su padre Ernesto, un zafrero que trabajó en las plantaciones de caña de ázucar de origen peronista, y el clima de efervescencia social por el anuncio de la vuelta de Juan Domingo Perón, exiliado desde 1955. Será, también el año que grabe con Ariel Ramírez otra obra vanguardista: Cantata sudamericana.
En Hasta la victoria, Mercedes captura el zeigest de la época, la melancolía del pago chico, la tristeza existencial, la esperanza de la revolución, la épica de la juventud militante y los pesares del paisano, con una selección de autores como María Elena Walsh, Cuchi Leguizamón-Manuel J. Castilla, Atahualpa Yupanqui, Alfredo Zitarrosa, Tejada Gómez-César Isella, y Víctor Jara. Es un disco amparado en la raíz folklórica de zambas como “Balderrama” (tema que instantáneamente en su voz se volvió un clásico), en el mensaje social de temas como “Plegaria para un labrador” de Jara (asesinado en 1973), y que se potencia en ese gesto atrevido de cantar en voz alta la milonga “Los Hermanos” de Yupanqui, que dice: “Yo tengo tantos hermanos / que no los puedo contar / y una hermana muy hermosa / que se llama libertad”. En esa época la sola mención de la palabra libertad llevaba a la censura: entre 1973 y 1979, cuando decidió exiliarse definitivamente en el exterior, Mercedes recibió amenazas de muerte, fue llevada presa, estuvo prohibida en los festivales y su nombre apareció en las listas negras de la dictadura.

Mercedes Sosa en Argentina (1982)
El regreso de la cantora a la Argentina para una serie de diez conciertos míticos en el teatro Opera, todavía en plena dictadura militar, fue un gesto simbólico de desafío y anuncio del final de época. León Gieco siempre dice que cuando se enteró del regreso de Mercedes fue como empezar a sentir que la democracia podía ser posible. Aquellos conciertos, entre el 18 y 28 de febrero de 1982, son un punto crucial en la historia de la Argentina y la música popular: “(..) no pudo haber mejor contexto que un show no solo como apertura genérica sino democrática”, escribió Facundo Arroyo en el libro “Y un millón de manos que me aplauden”, editado por Gourmet Musical. Fue la primera vez que en un escenario confluyeron invitados del folklore, el tango y el rock, representados en las figuras de Ariel Ramírez, Raúl Barboza, Antonio Tarragó Ros, Rodolfo Mederos, Charly García y León Gieco. Esa apertura estilística marcará de aquí en más todo el recorrido artístico de Mercedes hasta su legado final en “Cantora” de 2009 y se transformará en el símbolo de una canción popular unificada.
Del país interior a la canción universal. De la zamba bailada en patio de tierra a las canciones de rock de la primavera democrática. De los ideales gritados en voz alta por otras generaciones a la historia de la canción popular latinoamericana en las últimas seis décadas
El álbum doble contiene veinte canciones, entre las que están “Solo le pido a Dios” y “Cuando ya me empiece a quedar solo”, que se van a transformar en himnos de su repertorio. Pero también en el disco convergen canciones que Mercedes fue recopilando de discos anteriores como “Gracias a la vida” de Violeta Parra, “Alfonsina y el mar” con Ariel Ramírez en piano, la chacarera “La flor azul” de Mario Arnedo Gallo y Antonio Rodríguez Villar, o “El cosechero” de Ramón Ayala con el acordeón de Raúl Barboza. El director musical fue José Luis Castiñeira de Dios (fundador del grupo Anacrusa, a quién Mercedes conoció en el exilio), en bajo y guitarras. La banda se completaba con Omar Espinoza, guitarra y charango, y Domingo Cura, en percusión.
Mercedes Sosa en Argentina, no es un disco sino un acontecimiento, el momento exacto en que la cantora regresa a su país para anunciar un nuevo amanecer democrático.
Escondido en mi país (1996)
En los noventa Mercedes es un ícono de la canción universal. En su selección de temas aparecen artistas como Sting, Nilda Fernández o Lucio Dalla. Puede ir del tango clásico como “Los mareados” a un “Vestido y un amor” de Fito Páez. El rosarino será productor incluso de su disco Sino de 1993 con un sonido más más pop, que formará parte de ese aggiornamento musical y su cercanía con otras generaciones. Lo mismo sucederá en el álbum Gestos de amor de 1994. Sin embargo, Mercedes no bajará ninguna bandera política y social. Todo lo contrario, en 1995, decide que no cantará más en Tucumán hasta que el represor Antonio Domingo Bussi deje de gobernar la provincia. El álbum, Escondido en mi país (1996), nace en ese contexto: es un regreso a las fuentes, un homenaje folklórico a su provincia usurpada, es la pausa nostálgica antes de ingresar al universo de Charly García en Alta fidelidad de 1997, (el mismo año que se presentaron juntos en el Festival de Cosquín).
Escondido en mi país fue producido artísticamente por Oscar Cardozo Ocampo y es uno de sus mejores discos de esta década. Con una mirada puesta en su provinciana y más regional, que universal, da lecciones de cómo cantar la zamba en “Si llega a ser tucumana”, de Miguel Ángel Pérez y Cuchi Leguizamón, revitaliza clásicos como la cueca “Calle angosta”, habla del carnaval riojano en “Viejas promesas” de Peteco Carabajal, representa la fuerza del monte santiagueño en “Para cantar he nacido”, integra a las comunidades originarias en “Naré bainolec” y canta motivos populares como “Ojos azules”. También estrena canciones nuevas de Teresa Parodi, Víctor Heredia y Gustavo Patiño, autor del tema que da nombre al disco. Entre clásicos de Alberto Cortéz y León Gieco, Mercedes se reserva su propio grito de tucumanidad contra Bussi en la “Zamba a Monteros”, cuando en el medio del estribillo dice: “Viva Tucumán, menos uno”.
Cantora (2009)
El siglo XXI comienza con la grabación de la Misa Criolla, su último disco para Universal. A partir de allí comienza un recorrido por las discográficas Sony y EMI, hasta quedarse sin un sello. Atraviesa una depresión y graves problemas de salud que la alejan de los escenas y estudios de grabación hasta 2005 cuando el sello Deutsche Grammophon la elige para su catálogo y le produce su álbum Corazón libre, (Grammy al mejor álbum de folclore en 2006). Tres años después y en un secreto hermetismo comienzan las grabaciones de Cantora, el primer disco de Mercedes Sosa para el sello Sony Music. Fue uno de los proyectos más ambiciosos de la artista tucumana: un álbum doble con treinta y seis canciones, donde Mercedes cantaría a dúo con invitados como Luis Alberto Spinetta, Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso, Charly García, Gustavo Cerati, Jorge Drexler, Julieta Venegas, Residente de Calle 13, Shakira, Lila Downs, Teresa Parodi, Liliana Herrero, Nacho Roldán, Fito Páez, Joaquín Sabina, Vicentico, León Gieco, Víctor Heredia, entre otros.
Los dos volúmenes se grabaron entre fines de mayo de 2008 y junio de 2009, en los estudios Ion. En ese arco de tiempo la salud de Mercedes fue empeorando y el mapa político de la Argentina y el mundo se volvió a reconfigurar: Fidel Castro le dejó su lugar en el poder a su hermano Raúl Castro, Cristina Kirchner asumió la presidencia de la Argentina y Barack Obama ganó las elecciones de Estados Unidos. El álbum terminó siendo su legado, el manifiesto artístico de toda una vida en los escenarios y uno de sus trabajos más populares: vendió cerca de medio millón de unidades, fue elegido por la revista Rolling Stone como uno de los mejores diez discos del año, y ganó el Grammy, el cuarto de su carrera.
Con el tiempo, el proyecto Cantora cobró otra dimensión emocional, porque refleja a una artista que, aún en su estado de fragilidad, a los 74 años, era capaz de tocar, por momentos, la cumbre de la música popular con su voz. Cada uno de los dos volúmenes tiene registros de un carácter irrepetible: Spinetta y Mercedes en la zamba “Barro tal vez”; el encuentro con la cantante María Graña y el bandoneonista Leopoldo Federico en el tango “Nada”, o la versión con Charly García en la casa quinta de Palito Ortega, donde grabaron “Desarma y sangra”. El álbum con su carácter colectivo y desprejuiciado es un mensaje en la botella para las generaciones futuras.



