19 de julio de 2026
“la ciudad ha dejado de interesarme pero quizá es a la inversa: la ciudad ocupada, quizá se ha olvidado de mí…”
Ricardo Piglia
Comienza marzo y como una alergia, como una peste que no se cura, empiezo a llorar, día por día, irremediablemente y como una llovizna persistente así tranquila, sin estridencias, me surge este estigma desde hace ya muchos años. Marzo en el inicio de la tristeza y el terror y también la pérdida de mi escudero en los años de dictadura, mi padre, el 4 de marzo de 1990 murió el que había acompañado todas y cada una de mis huidas.
Intento recordar cómo eran aquellos días después de cincuenta años, y para los que vivimos en La Plata, Bahía Blanca, Córdoba y otros lugares elegidos por los comandos de los ultra derechistas y paramilitares se nos había anticipado el terror en las calles, así y a veces porque sí, salían a secuestrar y matar, sembraron las calles de cadáveres acribillados a balazos, asaltaban a mano armada a transeúntes a plena luz del día para llevarse fundamentalmente gamulanes, muy cotizados, y automotores Citroen.
Así llegó el 24 de marzo, para muchos incautos como una promesa de orden institucional para tanta barbarie, creyeron que iban a combatir la violencia desatada y para sorpresa de unos pocos le dieron un marco a la masacre para continuarla con la organización territorial y política de las tres fuerzas armadas más todas las policías y los civiles que reclutaron de aquellas bandas de los años previos.
La vuelta a una supuesta normalidad en nuestro caso, mi pareja y yo, estuvo dada por la generosidad de un amigo de la familia que nos consiguió un contrato temporal, que resultó ser permanente, para un trabajo de revalúo, que nunca se hizo, en un ministerio, la única y contundente recomendación fue: “No hablen con NADIE”
En la última obra de Ricardo Piglia, en el tomo III de “Los cuadernos de Emilio Renzi”, describe magistralmente aquel clima que trato de evocar en estos marzos, sobre todo los de los años redondos. Así escribe:
“…Y entonces, dijo Renzi, al volver, como hago siempre que he pasado una temporada afuera del país, salí a la calle y recorrí los lugares tan íntimos para mí y tan llenos de emoción, salí a buscar el mundo donde había vivido y había sido feliz, y esa tarde de pronto me di cuenta de que los militares habían cambiado el sistema de señales de la ciudad y en lugar de los legendarios postes pintados de blanco que indicaban las paradas de los ómnibus, habían colocado carteles que decían ZONA DE DETENCION. Toda la ciudad, me di cuenta, decía Renzi estaba colmada de esas señales ominosas que estaban ahí para decir -y no decir- que los habitantes eran todos detenidos eventuales, detenidos desaparecidos en la espera, cada vez, con permiso de andar por la calle hasta que nos ordenaran alinearnos y hacer fila antes de ser trasladados…”

Así nuestros días y noches interminables transcurrían repletos de historias mínimas en el terror máximo, encuentros en la calle sin detener la marcha para decir o escuchar: levantaron a, mataron a, para transformarse con el tiempo en la desaparición de, váyanse que F está cantando, saquen todo de la casa A, no vayan a sacar el pasaporte que están secuestrando en la fila de la federal. Dormir vestidos o aprender a vestirse en un minuto, no tener un peso, comer cuando alguien nos proveía, conocer lo desconocido del exilio interno y comenzar a escuchar las fugas a través de los pasos fronterizos con documentos falsos. Ver a nuestros viejos desolados y aterrados frente a la muerte segura de los hijos, algo inimaginable para cualquier padre.
La vuelta a una supuesta normalidad en nuestro caso, mi pareja y yo, estuvo dada por la generosidad de un amigo de la familia que nos consiguió un contrato temporal, que resultó ser permanente, para un trabajo de revalúo, que nunca se hizo, en un ministerio, la única y contundente recomendación fue: “No hablen con NADIE”. Y así fue que previo al campeonato mundial del 78 nos encontramos con unos veinte jóvenes como nosotros en la nueva oficina, al verlos entendimos que también habían sido instruidos con la consigna del silencio. Durante el campeonato uno de ellos, Jorge, fue secuestrado y liberado al término de los partidos, volvió con varios kilos menos y una mirada que nunca olvidaré, nuestro jefe de ese momento le justificó los más de veinte días y pudo conservar su trabajo, gesto noble del mismo que nos pidió que no habláramos con nadie. A tu salud Vasco, que el cielo te guarde!
Dormir vestidos o aprender a vestirse en un minuto, no tener un peso, comer cuando alguien nos proveía, conocer lo desconocido del exilio interno y comenzar a escuchar las fugas a través de los pasos fronterizos con documentos falsos
Mientras lloro porque aún estamos en marzo, no me quiero olvidar de los que como el Vasco simple y enormemente nos salvaron, mi vecino Carlitos que se quedó conmigo y mi hija de meses y discutió con la patota para hacerles entender que se habían equivocado de lugar y personas, ¡y lo logró! Le debo mi vida y la de mi hija y a tantos y tantas por su silencio. No hay un solo día de mi vida que no los recuerde.
En la última película de Sorrentino “La Grazia”, su protagonista el gran actor Toni Servillo interpretando a Mariano De Santis un presidente italiano de la Democracia Cristiana que está por finalizar su mandato y mantiene un dialogo permanente con su amada esposa muerta, y dice:
“Cuando recuerdo muero…Intentaré dejarme vivir esperando nuestro próximo encuentro misterioso en lo que el mundo llama con una hermosa palabra: el más allá…”
Me he dejado vivir, fui feliz e infeliz, terminará marzo y las lágrimas se irán con él, si algo me alienta es esperar, como Mariano De Santis, encontrarlos en el más allá. No los olvido.




