20 de julio de 2026
Menem. Carlos Saúl. El Turco. Presidente de la República Argentina por dos periodos consecutivos. Dos veces gobernador de La Rioja. Senador por su provincia. ¿Qué es esto? Solo datitos de su carrera política que podemos ver en Wikipedia. Nadie es todo esto por nada en un sistema democrático. Sobre Menem se ha dicho, escrito, analizado desde todos los ángulos habidos y por haber. Para algunos es el culpable de todos los males socioeconómicos del país. Para otros es el presidente necesario para un tiempo complejo. Criticado y elogiado: por derecha, por izquierda, de arriba, de abajo. Pero nunca indiferente a nadie. Menem fue todo: compañero y traidor, neoliberal y caudillo, corrupto y conservador, ninguneado y popular, provinciano y start system, negro feo y seductor. Menem, un hombre del poder y un icono pop plebeyo de los noventa.
No hablaremos demasiado de lo que muchos llaman “los años de la fiesta menemista”. Hablaremos, en cambio, de su innegable popularidad. Sobre todo en la clase trabajadora, humilde y la clase media de la tercera sección electoral, y sobre todo, en La Matanza, bastión electoral inexpugnable del peronismo. Ya de bebé, en mi casa había una foto de Menem en la cocina. Había una del General. Y había una del Turco.
Menem fue todo: compañero y traidor, neoliberal y caudillo, corrupto y conservador, ninguneado y popular, provinciano y start system, negro feo y seductor
Los testimonios, tanto de quienes lo quisieron como de los que lo enfrentaron, coinciden en algo: es el político más carismático que han conocido. Pero su popularidad no solo se medía en votos. Menem fue popular desde siempre, tanto en “su” La Rioja (donde aún hoy es una figura indiscutida), como en el resto del país.
En 1973 rankeaba alto entre la militancia juvenil (¿de izquierdas?). Fue de los privilegiados que trajeron a Perón a la patria en el famoso avión de Alitalia y, junto con el líder radical conservador Ricardo Balbín, el encargado de parte de los gobernadores de despedir los restos del fallecido líder en los albores de aquel Julio de 1974. Los testimonios lo ubican también en la carrera presidencial para la sucesión de Isabel Perón en las fallidas elecciones de 1976. Su presidencia era un devenir histórico.

Preso de la dictadura, fue de los peronistas que sufrieron la cárcel dignamente y siempre mantuvo su popularidad en la militancia de base que veía en él, no sólo a un peronista auténtico, sino a la encarnación de valores como el federalismo de las montoneras del Siglo XIX, la provincianía de su piel, su acento y la seducción de hombre seguro de sí mismo.
Los noventa tuvieron sus pre-noventa. El retorno de la democracia trajo consigo a un presidente radical. ¿No fue padre de la democracia también Saúl Ubaldini? Alfonsín fue padre de la democracia, pero también de la híper. No logró capear el hambre y la pobreza que venían de la dictadura: la situación se agravó. La historia reciente parece dictaminar que los radicales no pueden ni saben conducir al pueblo, y acaso tampoco gobernar la nación. Las filas indignas para retirar la caja PAN comenzaron a generar un repudio generalizado en las clases populares a lo largo y ancho del país.
junto con el líder radical conservador Ricardo Balbín, fue el encargado de parte de los gobernadores de despedir los restos del fallecido líder en los albores de aquel Julio de 1974
Este repudio se preanunciaba con la amplia participación popular en las internas partidarias del Partido Justicialista en las que Menem, hombre de La Rioja, provincia que contenía sólo el 2% de los afiliados peronistas, enfrentó a Antonio Cafiero, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, que contaba con más del 40% del padrón habilitado para votar.
Claramente, Cafiero era el aparato. Menem, en cambio, era una esperanza subterránea incalculable que se subió a los autos cafieristas para luego en los cuartos oscuros votar al riojano, al punto de ganarle, no sólo el país, sino también la propia provincia de Buenos Aires y La Matanza, donde el caudillo peronista e Intendente, Don Federico Pedro Russo, se había definido por Cafiero. “Nosotros llevábamos a la gente a votar por Menem en los autos de Cafiero”, contaba con desazón un dirigente local.
Sus caravanas por todo el país, su estampa de caudillo de a caballo y su promesa de remontar la grave crisis del “infierno inflacionario” con la fórmula “Revolución Productiva y Salariazo”, también dejaron huellas en La Matanza con su interminable y agotadora marcha desde Díaz Vélez y General Paz, pasando por Ramos Mejía, Lomas del Mirador, San Justo, Isidro Casanova, González Catán y Virrey del Pino, para llegar al acto de cierre de campaña en Gregorio de Laferrere, donde lo esperaba casi medio millón de personas. Sólo alguien que inspira esperanzas puede juntar este caudal de gente.
Menem, en cambio, era una esperanza subterránea incalculable que se subió a los autos cafieristas para luego en los cuartos oscuros votar al riojano
Los barrios cercanos se movieron espontáneamente “a pata”, porque a cierta hora el tren del Belgrano Sur “ya no paraban en Lafe”. Tampoco los colectivos.
Son innumerables los testimonios de vecinos y vecinas que colmaron la Ruta 21 con una fe ciega en Carlos Menem. Todos coincidían en una palabra: esperanza. Un veterano dirigente peronista de González Catán nos lo planteó con una frase memorable: “Menem era nuestro Obama. La esperanza de los negros.”
La Matanza tiene 323 km cuadrados y a finales de los ’80 su población era de un millón y medio de habitantes. La salida de la dictadura y la promesa alfonsinista de que con la democracia “se come, se cura, se educa”, se materializó en un segundo y tercer cordón pauperizado. Mientras comenzaba el cierre de las grandes empresas -fundamentalmente metalmecánicas- que agregaban altos índices de desempleo a la hiperinflación galopante. Estos sectores, víctimas del neoliberalismo pre-Menem, serán la base de sustentación electoral de la fórmula Menem-Duhalde.
No hay menemismo sin el desastre económico de Alfonsín, que con Machinea y Sorrouille, aplicaron duros ajustes que explicaban la alta tasa de movilización de los sectores de la producción (UOM) y estatales, con preeminencia del sector docente (CTERA). No olvidemos que Mary Sánchez, era además de una aguerrida sindicalista, una vecina de La Matanza.
Por otra parte, y sumado al desastre económico para los sectores populares, la opción electoral de la UCR se definía entre el liberal-progresista porteño Rodolfo Terragno y el conservador cordobés Eduardo Angeloz, quién finalmente sería el candidato. Ambos hablaban de reforma del estado como solución de los problemas argentinos, tópico éste que nada anclaba en una población pauperizada que ya no quería sacrificios sino esperanza.

Esa esperanza venía de la mano de un tipo sencillo, morocho y seductor que llegaba del interior profundo de la Patria como casi todos los habitantes de La Matanza. Un crisol de provincianos donde la alegría popular se expresaba en chamamé, cumbia y chacareras. Gente que había heredado la memoria de la marcha peronista, que de verdad tenían altares con fotos de Perón y Evita y que, con el tiempo, fueron agregando a Maradona primero y a Carlos Menem después. Todo un cuadro que simbolizaba el triunfo de lo nacional y popular sobre lo ajeno que parecía el discurso radical.
El pueblo busca un líder ante las crisis. Y el contexto de aquellos años de incertidumbre parió uno desde los llanos riojanos. Antes de ser el Menem hombre de Estado, antes de las privatizaciones, de la convertibilidad, antes de Río Cuarto, antes del conflicto de la venta de armas, antes de Carlitos Jr., antes del Pactos de Olivos, antes del resquebrajamiento del tejido social, político y económico; antes de todo esto y más, Menem fue el dirigente en el cual gran parte del pueblo argentino encarnó sus anhelos y una tan ansiada tranquilidad. Estabilidad y orden. Progreso y consumo con gruesas capas de Consenso de Washington.
Mientras el aparato productivo se rompía a pedazos, el Turco posó junto a los Stones, impresionó a la mismísima Madonna, bailó árabe en el prime time televisivo, salió pisteando en una Ferrari, jugó a la pelota, al tenis, al básquet
Durante gran parte de su presidencia, Menem utilizó su carisma para seducir a la gente. Mientras el aparato productivo se rompía a pedazos, el Turco posó junto a los Stones, impresionó a la mismísima Madonna, bailó árabe en el prime time televisivo, salió pisteando como un campeón en una Ferrari, jugó a la pelota, al tenis, al básquet. Hasta se lo vinculó amorosamente post escándalo con su ex mujer, Zulema Yoma, con algunas de las veddetes más hermosas de aquellos años. Vermut y good show para todo el pueblo argentino. El imaginario popular empatizaba con Menem. Básicamente porque, en mayor y menor medida, Menem éramos y fuimos todos. Somos esto. Pero también somos otra cosa. Que nadie se haga los rulos.
El pueblo no se equivoca. Sólo cambia de humores. Menem hubo uno solo. Y seguramente no habrá más. Fue el hombre necesario para un tiempo justo. Nada de esto le da culpas ni le quita responsabilidades, porque el tiempo es el gran ordenador de las cosas.



