Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

18 de julio de 2026

VIGO

Gonzalo Sarasqueta

@gogosarasqueta
La pelota no se mancha
Tiempo de lectura: 5 minutos

Despego los párpados, me froto los ojos arenosos y ahí está, con esa sonrisa pilla: “¡España, España, España!”, salta y canta ceceando, con dejo madrileño. “¿Cómo que España? Hoy juega Argentina, hijo: ¡Argentina contra Inglaterra!”, lo corrijo con mi habitual malhumor mañanero. A ver si entiende la gravedad del evento. “¡A jugar, papá! ¡A jugar!”, me ignoran sus 28 meses. Desde la cocina, Lucía, mi pareja, intenta mediar: “Es por el Mundial; le están enseñando a cantar eso en el jardín”. ¿Eh? Yo no firmé ninguna autorización de colonización futbolística. Mi mambo engorda.

Arrancamos para la guardería. Paradito en el coche (nunca va sentado), Vigo va descubriendo Chamberí. Después de un par de cuadras, enciende la rocola. Empiezan los mangazos musicales para que se los ponga desde el celular: “Mica” (Rueda Mágica, de Fito Páez), “Anstronn” (Louis Armstrong), “Billy Enans” (Bill Evans), “Los Rorírez” (Los Rodríguez), “Tomatito” (ese sí le sale perfecto). Hasta que interrumpo Los 40 principales con un “¡Argentina, Argentina, Argentina!”. A ver si pica. Nada. Nada. “Tesoro. Pon Tesoro, papá”, la patea afuera.    

Mi cabeza es una ruleta de preguntas. ¿Puede mi hijo tener dos patrias? ¿Existe el plural de patria? ¿Qué carajo es la patria: el fútbol, el acento, los dolores, la educación sentimental, los viejos, la inocencia, el deseo, el barrio, el humor, el paladar, los amigos como le puso Aristarain en la boca a Luppi en Martín (Hache)—, la infancia o los colores? ¿O todo eso junto? ¿De qué está hecha esa ficción que todos escribimos, pero de la que nadie puede reclamar sus derechos de autor?  

Cuidarte siempre a vos en la derrota.

Hasta el final, del final.

Es la depresión sin épica.

La depresión sin épica.

Cierra el recorrido rutinario la voz cavernosa de Santiago Motorizado. A Vigo siempre le gusta llegar con ese tema. “Ha ganado Messi”, lo recibe la maestra con un abrazo lleno de cariño. Y cuando estoy esbozando una sonrisa de complicidad y agradecimiento, remata, sin querer queriendo: “Aunque el domingo va a ganar España”. Dolió. Calambres en el alma. Y se vuelven más agudos cuando saliendo hago las cuentas: lo esperan nueve horas con esa melodía; nueve horas diarias frente a las cinco que pasa con nosotros. No dan las cuentas, nunca dan: cuando cierran las cuentas monetarias, las afectivas presentan un agujero fiscal. La verdadera frazada corta del capitalismo.     

Abatido, vuelvo pateando a casa. “¿Puede haber una patria de origen y otra de adopción? ¿Se le enseña la patria a un hijo? ¿La patria es una causa? ¿Podemos defender más de una a la vez o eso afecta la calidad de la tarea?”, sigue pedaleando en mi cabeza el enano obsesivo (que a veces es peor que el fascista).

Cruzo la inerte y seca tarde estival de Madrid. Nada para rescatar. Ni un mail. Empate en cero con la pantalla de la computadora. Reel de aquí, meme de allá: el algoritmo te afana el tiempo como nadie. Es la ansiedad, seguro; sí, hoy echémosle la cupa a ella. Cuenta regresiva para El Partido. ¿Quién puede producir algo en la víspera de la verdad más absoluta?   

Vigo vuelve de la escuela infantil a la tardecita y merienda en paz. A eso de las 19:30, hora de España, por fin, iniciamos la expedición hacia el bar. Nosotros, los padres, de civiles; él, con la suplente de la selección, obviamente la de Messi. Costó ponérsela. Hubo bastante resistencia. “¿Por qué yo sí y ustedes no?”, fue el mensaje camuflado entre lágrimas. Porque nosotros pensamos que a vos te falta patria y a nosotros nos sobra. ¿Cuánto educa el miedo y cuánto nosotros? Otro tango, Polaco Goyeneche.

Desde la cocina, Lucía, mi pareja, intenta mediar: “Es por el Mundial; le están enseñando a cantar eso en el jardín”. ¿Eh? Yo no firmé ninguna autorización de colonización futbolística. Mi mambo engorda.

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Arribamos y rápido armamos una guardería, donde van los hijos, en la segunda sala de Capitán Beto, el bar que este domingo se convertirá en búnker. Son más de cien metros spinetteanos en La Latina, uno de los pocos barrios céntricos de la capital que se resiste a convertirse en otra app.

Se desata el calvario; a disfrutar del cortisol.     

Gordon nos apuñala por la espalda. Como solo un inglés sabe hacerlo: ingrávido, sutil, educado, frío. Uno a cero, abajo. Tanto vacío ahoga. Necesito aire, mucho aire. Salgo a la calle y le cambio el turno a Lucía, que está tratando —en vano— de dormir a Vigo. Agarro el cochecito, pongo el ruido blanco y enfilo sin rumbo: Plaza de los Pintores, Plaza de la Villa, Calle Mayor, Cuchilleros. A la deriva. En todos los bares por los que paso hay dos tipos de comensales: los que muerden comida y los que muerden camisetas albicelestes.   

Recalo en la solitaria Plaza del Cordón. Vigo ya está en la otra dimensión. Agarro el celular. Histérico, grito los dos goles. Rezo. Simulo. Exijo. Aliento. Salto. Exagero. En fin, cositas de la soledad. 

Asoma por San Justo un carrito de golf, con una pareja oriental y un guía con auriculares y micrófono de call center. ¡Turismo, a esta hora! Bizarro, como mínimo. Momento buñueliano. Sigo con el teatro callejero. “¿Are you Argentine?”, indaga el conductor, con un inglés prestado. Asiento con la cabeza y vuelvo a la pantalla. El preguntón gira y le susurra algo al hombre que va atrás. Este, eufórico, baja del carro, prende la cámara de su teléfono XXL, se acerca trotando y se sienta a mi lado en el banco.

“But you’re not watching the game”, protesta el intruso, como si lo hubiesen cagado con la entrada. “Y no, flaco: cuido mi salud”, le sugiero con la mirada. Y actualizo el resultado en el celular: seguimos arriba, dos a uno. El tipo quería The Argentine Viral Soccer Experience y le di lo más mundano y analógico del mundo: una buena cara de orto.

Vuelvo a Capitán Beto, justo para el final. ¿Fiesta? No: lo siguiente. Abrazos, llantos, cánticos, pogo, besos, desmesura, drama. El guion es casi perfecto: solo faltaría tenerlo a upa a él. 

Regresamos a casa. Estacionamos. Bajo sus 13 kilos. Ni se inmuta; sigue desmayado. Lo dejo en la cama. “Mami, mami”, protesta, casi como un reflejo. Pero nada más, sigue de largo. Todos al sobre. Día intenso. Hay que bajar, como sea. Mañana será otro día en el planeta tierra.

Amanezco. Otra vez, esos ojos centelleantes, al costado de la cama, con los dientes separados y la felicidad estampada en la cara. Porta una pieza considerable de Lego en la mano. No sé si quiere jugar o cascarme (está en la edad de la mano larga). Reculo un poco, por si acaso. Pero no, solo quiere gritar: “¡Argentina, Argentina, Argentina!”, y se escapa por el pasillo. Lo sigo. Yendo de la cama al living, sonrío, casi tanto como en el minuto 92 de ayer. Va brincando. Y cuando cruza la puerta y pierdo de vista su espalda, se escucha: “¡España, España, España!”.  

La pelota no se mancha