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06 de junio 2022

Osvaldo Mario Nemirovsci

Diputado Nacional mc – PJ Río Negro

VAMOS A FONDO: EL DEBATE SOBRE EL TÉRMINO “NACIONAL Y POPULAR”

Tiempo de lectura: 5 minutos

Hablar como parte y anfitriones del llamado campo nacional y popular presupone dos condiciones: ser los únicos que abrevan del valor nacional y poseer siempre las mayorías electorales, única forma hoy de verificar la calidad de tributarios exclusivos de lo popular. En verdad, ambas categorías son mucho más compartidas que peculiares.

La forma de interpretar, amar o entender la Argentina reconoce más de una posibilidad por lo que ser “nacional” admite también diversas asequibilidades no siendo patrimonio único de ninguna tradición política. En cuanto a lo popular se puede tomar desde su misma definición como algo “perteneciente o relativo al pueblo” o en su etimología desde el latín, popularis, que siempre como adjetivo habla de algo o alguien famoso, conocido, estimado. Y si lo incorporamos a detalles políticos se acepta su calidad de popular como mayoritario, más representativo.

En este último sentido vemos que esas condiciones de mayorías y representación mutan, en las democracias liberales electivas, de acuerdo a las cifras de cada elección, dando así cierta transitoriedad a los términos. O sea que no existen formaciones políticas que ocupen siempre este espacio de lo nacional y popular. Salvo que ganen todas las elecciones y lo hagan perpetuamente.

"La forma de interpretar, amar o entender la Argentina reconoce más de una posibilidad por lo que ser “nacional” admite también diversas asequibilidades no siendo patrimonio único de ninguna tradición política"

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Puede tener sentido como una especie de gentilicio político, muy cómodo para las ideologías, pero incierto para la certeza histórica, en donde agregamos a las identificaciones partidarias un “sinónimo” agradable como es de ser “nac y pop”.

Entonces los peronistas siempre seremos el “campo nacional y popular” y jamás lo serán quienes no abreven en nuestra estricta doctrina, permitiendo en carácter de locatarios utilizarlo a algunas formaciones aliadas y cercanas como el progresismo, cierta izquierda y aquello que se acerque según las oportunidades políticas.

Tal vez la intensidad permanente de la militancia y la vida política no otorguen mayor trascendencia a las formas que adoptan consignas, denominaciones o nombres, pero éstas tienen gran importancia en la formación de ideas y consolidaciones de estructuras personales y colectivas en lo político.

El sentido de pelear por una denominación épica, gloriosa y bella como la de nacional y popular es algo incitante a la buena militancia. Y despierta emociones e ímpetus que, de no brindar esa pelea, no existen. Si ya somos los únicos nacionales y populares, es un horizonte menos que debemos alcanzar, y eso afloja los ánimos, debilita los entusiasmos y, peor, construye una falacia.

"no existen formaciones políticas que ocupen siempre este espacio de lo nacional y popular. Salvo que ganen todas las elecciones y lo hagan perpetuamente"

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Las palabras y sus significantes indican posiciones, objetivos, significados y modelan rumbos políticos. No es lo mismo tener incorporado como verdad absoluta y creer a pie juntillas que existe un único campo popular y que en ese campo solo estamos nosotros y los amigos, que considerar con variadas amplitudes otras perspectivas.

Hay un interesante trabajo de la lingüista y científica bielorrusa Lera Boroditky (investigadora y profesora en el campo de la ciencia cognitiva cuyo trabajo se enfoca en el área del lenguaje y la cognición, contribuyente a la teoría de la relatividad lingüística), en el que desarrolla una Teoría del realismo ingenuo donde afirma que “el lenguaje moldea al cerebro y la forma en que pensamos” por lo que concluye que derivan de nuestras palabras y escritos aquello que en forma de ideas expresamos luego.

Esta idea se puede formular diciendo que la lengua da forma al pensamiento. Muchos expertos en el tema identifican este concepto con el llamado “relativismo lingüístico”. Es una suerte de circulación de ida y vuelta donde lo que hablamos penetra en el cerebro y luego vuelve a la glotis desde donde vocaliza ese nuevo pensamiento.

En cuanto al “realismo ingenuo” la experta en neurociencia no aporta mucha novedad, pero sí ratifica algo que olvidamos a menudo y que es la percepción de la realidad: “Todos creemos que vemos el mundo como realmente es. Esta idea es lo que llamo realismo ingenuo: creer ingenuamente que yo mismo experimento la realidad como realmente es”.

"Si ya somos los únicos nacionales y populares, es un horizonte menos que debemos alcanzar, y eso afloja los ánimos, debilita los entusiasmos y, peor, construye una falacia"

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El problema con eso es que otras personas ven el mundo de manera diferente, y si crees que ves el mundo tal como es, tenés que creer que esas otras personas están equivocadas. Esta es una creencia realmente poco saludable, tanto sobre uno mismo como para otras personas, porque sus propias ideas sobre el mundo son un producto del entorno lingüístico, el entorno cultural y su propio entorno personal. Y lo mismo es cierto para todos los demás con los que interactuás.

Todos nosotros estamos experimentando el mundo como una construcción. En algunos casos, podemos alinearnos con terceros, en otros casos no, pero no hay garantía de que ninguna de las cosas que creemos sobre el mundo sea realmente cierta, de una manera profunda.

Para ubicar este tipo de tema en el peronismo, veamos que siempre nos debe resultar interesante abrirse a entender si es bueno o malo manifestar desacuerdos y, sobre todo en el mundo de la política, entender que la polémica, la porfía, la disputa son parte integrante de cualquier escenario donde se dirimen modelos de dominación, objetivos de poder y defensa de intereses sectoriales.

Cuando se toma una posición se está manifestando la propia subjetividad de quien lo hace. Es un momento de libertad y hasta de creación. En un debate público, en mesas redondas, en asambleas y en el mano a mano de la discusión es importante no ceder a la tentación de callar lo que se piensa y se cree. Una controversia enriquece el tema tratado, moldea capacidad de tolerancia y ayuda a descubrir variables sobre lo que pensamos. Es útil a los efectos de una práctica democrática en la escala que fuera.

Lo importante es no caer en la sacralización de las ideas por más certeza que de ellas se tenga. Al lado de nuestra seguridad y convicción habrá certidumbres distintas sostenidas por otros. El mantener con firmeza una posición no inhibe de ponerla en juicio ante otras; lo trascendente puede ser el discurso con que se manifiestan las ideas propias.

"hay que poner en juicio el hecho de ser en exclusiva el espacio nac y pop de toda la política"

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Por eso, aunque me imputen de llegar a lo herético e incluso las hermosas almas del peronismo, que verbalizan glorias históricas más ajenas que propias, me acusen de apóstata de frases, digo que hay que poner en juicio el hecho de ser en exclusiva el espacio nac y pop de toda la política.

El lenguaje es nuestro contexto más cercano. Somos los que hablamos (o escribimos) y en ese sentido podemos utilizar las palabras con la potencia que le demos. Hay un poder explícito e implícito en cada término y está en cada uno aplicarlo. Por eso el general Perón era un sobredotado charlista y un excelente escritor. Precisamente por darle valor y calidad a las palabras que utilizaba.

Estas aproximaciones científicas son válidas en la vida política. Apropiarse de esto como cierta verdad es una buena forma de combatir la soberbia, las auto referencialidades y las cerraduras prietas de ideologismos inamovibles.

Desde el mínimo sentido del humanismo y de principios empáticos, el pensar que otros pueden tener razón, que otros pueden confrontar sus miradas con nosotros sin acceder inmediatamente a la categoría de traidores, es un paso adelante. Al peronismo, o al menos a este peronismo de hoy, le viene bien. Sin duda.