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19 de julio 2021

Lucila Melendi

VACUNAS DEL BRASIL

Tiempo de lectura: 9 minutos

En Brasil pasan muchas cosas y en la calle nadie te las explica: el carnicero no sabe cuál es el problema de este país, la de la farmacia no se pregunta a dónde iremos a parar, y el verdulero no está preocupado por los jóvenes como vos, así que podés ir por ahí sin enterarte de mucho, pensando que no pasa nada. Eso, hasta que te tocan el timbre para pedir aceite, o te imploran que compres un maple de huevos en la fila del supermercado. Hasta que pasás por la puerta de un bar lleno de gente y por un segundo dudás si era cierto que había una pandemia, si tenías que salir con este barbijo puesto, o si ya terminó todo y nadie te avisó.

La duda se va rápido, porque enseguida te cuentan del hermano del cuñado que tenía 32 años y se murió en tres días; del colega de la madre que vivía organizando asados y se murió esta semana, y así. Los números son altísimos, pero ¿podría ser de otra forma en un país de 211 millones de habitantes? Los epidemiólogos discuten cómo —y si es posible— comparar la mortalidad por covid-19 entre países, pero para decir lo que quiero decir no hace falta tanto, alcanza con comparar las “tasas crudas”: desde marzo de 2020 hasta ahora, tanto en Argentina como en Brasil, se mueren entre dos y tres personas de cada cien casos confirmados. Es mucho, pero es una magnitud similar: en términos generales, nos pasa igual de cerca.

El inicio de la vacunación estuvo marcado por la disputa entre João Doria (PSDB) —gobernador de San Pablo, aliado de Bolsonaro en 2018 y aspirante a la presidencia en 2022— y el presidente, que dedicó meses a boicotear “la vacuna china de Doria” —la CoronaVac, resultado de la asociación entre el Instituto Butantan (SP) y la empresa china Sinovac—. El gobierno federal apostó a la vacuna de Oxford/AstraZeneca, que se testeó y produce en el país a través de la Fundación Oswaldo Cruz (FioCruz), de Rio de Janeiro. Desde el comienzo de la pandemia, cuando Bolsonaro minimizó la enfermedad al describirla como una gripezinha, Doria apostó a ser el hombre que consiguiera las vacunas para Brasil, y en enero de 2021 consiguió aplicar la primera dosis de CoronaVac a la enfermera paulista Mônica Calazans. Finalmente, la vacunación se expandió a todo el país a pesar del sabotaje encabezado por Bolsonaro, que todavía no se vacunó. En diciembre había adelantado su posición al respecto: “El imbécil, el idiota, que está diciendo que yo estoy dando un pésimo ejemplo: Yo ya tuve el virus, ya tengo anticuerpos. ¿Para que vacunarme de nuevo?”.

El 10 de marzo, cuando Lula dio su primer discurso después de ser liberado, murieron 2.286 personas por covid y el país se encontraba en plena curva de ascenso de lo que sería, hasta el momento, su último pico. Brasil había vacunado a 9 millones de personas con alguna de esas dos vacunas, a través del Sistema Único de Salud (SUS), que se extiende capilarmente en todo el territorio nacional. La Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (ANVISA) ya había autorizado el uso de la vacuna de Pfizer, pero el gobierno demoraba la firma del contrato. ¿Cómo podía ser —bramó Lula— que un país que había vacunado a 80 millones de personas en 3 meses contra la epidemia de H1N1 no hubiera vacunado aún a toda su población? “Este país podría estar investigando y desarrollando vacunas; la propia Pfizer ofreció vacunas y no las aceptamos; porque teníamos un presidente que inventó la cloroquina, que decía que el que tenía miedo de la covid era un maricón, que era cosa de cobardes. Ese no es el papel, en el mundo civilizado, de un presidente de la República”.

El gobierno de Brasil rechazó catorce ofertas de vacunas. No sólo demoró para comprar, sino que declinó propuestas concretas. Entretanto, gastó R$ 90 millones en medicamentos ineficaces, como cloroquina, azitromicina y oseltamivir. Además, relativizó la gravedad de la pandemia y boicoteó medidas de protección como el uso de barbijos o la distancia social. Brasil podría haber sido pionero en vacunar a su población y exportar vacunas al resto de América del Sur; en cambio, se convirtió en el principal foco de contagio.

El gobierno de Brasil relativizó la gravedad de la pandemia y boicoteó medidas de protección Brasil podría haber sido pionero en vacunar a su población y exportar vacunas al resto de Sudamérica; en cambio, se convirtió en el principal foco de contagio

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Lula acusó a Bolsonaro de terraplanista anticiencia, disertó sobre lo que debe hacer un presidente para cuidar a su pueblo, y remató con una sentencia que consiguió unificar a propios y ajenos en torno a un único argumento: “La semana que viene, si Dios quiere, me voy a vacunar. Yo me voy a vacunar. No me importa de qué país, si son dos dosis o una sola; yo me voy a vacunar y quiero hacer propaganda para el pueblo brasileño. No sigan ninguna decisión imbécil del presidente de la República o del ministro de Salud. Vacunense. Vacunense porque la vacuna es una de las cosas que nos va a librar de la covid”. A fines de ese mes, el Senado creó la CPI de la pandemia, una Comisión para investigar las acciones y omisiones del gobierno en la gestión de la crisis sanitaria.

Fue como si un adulto hubiera llegado a poner orden en una discusión fútil que ya llevaba demasiado tiempo. Bolsonaro apareció como el rey desnudo y Lula se dedicó a viajar por el país, visitando aliados y enemigos. Fue entrevistado por Reinaldo Azevedo, almorzó con Fernando Henrique Cardoso, agradeció a gobernadores e intendentes por su sensatez durante la pandemia, y se reunió con legisladores, organizaciones e iglesias con la disculpa de una pauta simple: la defensa del subsidio para trabajadores informales durante la pandemia, que se había interrumpido el 31 de diciembre. Repite, una y otra vez, que no es momento de pensar en candidaturas, y que su tarea es hablar con todos para construir un frente amplio.

El trabajo de articulación se reflejó en una serie de manifestaciones: el 29 de mayo, la primera. Fueron algunos, volvieron contentos. Los principales medios resolvieron que no había pasado nada, pero la dueña de un almacén rural en la zona de quintas de Petrópolis, Rio de Janeiro, se animó frente a unas clientas que criticaron al gobierno: “Dicen que estoy loca, pero yo lo voto. Yo voto a Lula. Y lo voto en primera vuelta”. Su madre asintió; los tres hombres que tomaban cachaça parados en la puerta permanecieron en silencio. La semana siguiente, el vivo semanal del presidente fue acompañado por ruidos de cacerolas y gritos aislados de “Fora Bolsonaro”, “Bolsonaro genocida” desde adentro de las casas.

El 19 de junio, cuando Brasil llegó a la marca de 500.000 muertos por Covid-19, con la Copa América en marcha, hubo otra ronda de protestas. Para una argentina criada en el culto a la Semana de Mayo, movilizarse en un país que no tiene centro es raro. Brasilia, la capital, está demasiado lejos; la mayoría de los brasileños nunca fue, sus imágenes difícilmente activen memorias emotivas. Brasilia es el nombre de un sitio futurista que atrasa cien años: un lugar donde hombres blancos de traje negocian el futuro de medio subcontinente. San Pablo es la capital financiera, pero tomarla como indicador nacional sería demasiado sesgado. ¿Qué dice San Pablo sobre la Amazonia, sobre Mato Grosso, sobre el Nordeste? No hay tal cosa como una entrada triunfal a la plaza que te ponga la piel de gallina y te deje la certeza de que estás haciendo historia. Después de manifestarse hay que componer el mosaico de imágenes regionales, hacer un esfuerzo de imaginación.

Los medios resolvieron que no había pasado nada, pero la dueña de un almacén en la zona de quintas de Petrópolis, se animó frente a unas clientas que criticaron al gobierno: Dicen que estoy loca, pero yo lo voto. Yo voto a Lula. Y lo voto en 1era vuelta

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Rose es trabajadora de casas particulares y coordinadora de la ocupación Isidora. Fue a la manifestación del 29 de mayo y fue a esta, dice que ahora hay más gente. En la ocupación está difícil: muchos casos de covid y adolescentes deprimidos, que no quieren conectarse más al celular, que no salen de la cama, que no se bañan. En Belo Horizonte, muchos autos acompañaron la manifestación con bocinazos, desde las ventanas de los edificios se agitaron brazos y banderas. Es imposible medir el silencio, pero en todo caso constituye un dato: ni una sola persona a pie, en auto o desde un edificio insultó a los manifestantes en su largo trayecto, ni arengó consignas a favor de Bolsonaro. Silencio atroz.

En 2018, pocas semanas antes de las elecciones, hubo gente que se movilizó no para apoyar a su candidato sino para rechazar a Bolsonaro con el lema “Ele não”. Habló bastante del poder seductor que consiguió ejercer, mezcla de virtú y mucha ¿fortuna?, en esa coyuntura amañada de las últimas presidenciales. Iban vestidos de violeta, porque el rojo del PT generaba rechazo. Aún así fue tenso: autos y transeúntes los abucheaban, agitaban banderas de Brasil, apuntaban con los dedos índice imitando armas, gritaban a favor del candidato inesperado.

Algo cambió. En esta capital del sudeste, las manifestaciones del 20 de junio volvieron a ver gente de rojo y banderas del arco iris junto a las de Brasil, reapropiadas en un movimiento de disputa simbólica entre la izquierda y el nacionalismo antipopular. No hubo banderas del PT: sindicatos, universidades, colectivos negros, indígenas, o movimientos sociales, reunidos en torno a algunas consignas generales pero muy direccionadas: “Bolsonaro genocida”; “Vacina no braço. Comida no prato”. El argumento es el propuesto por Lula: Bolsonaro podría haber salvado a la población gestionando vacunas, y no lo hizo. En su testimonio ante la CPI, el epidemiólogo Pedro Hallal estimó que al menos 80 mil muertes fueron consecuencia de negligencias en la negociación con Pfizer y el Instituto Butantan.

Y entonces: algo pasó. La CPI de la pandemia, cuyas transmisiones en vivo acompañan hasta 500 mil personas, reveló que Pfizer se había contactado con el gobierno en marzo de 2020 para acordar la venta de vacunas. Mandó 81 correos electrónicos que fueron ignorados. Quería hacer de Brasil su caso de éxito, pero ante la negativa del gobierno entregó las vacunas a Chile. Y cuando eso ya había aumentado la ira popular, pasó algo más: el diputado Luis Miranda y su hermano, Luis Ricardo Miranda, declararon que el Ministerio de Salud estaba implicado en un esquema de compra de vacunas con sobreprecio, a través de la mediación de empresas brasileñas vinculadas a Ricardo Barros, el líder del gobierno en la Cámara de Diputados. El nombre de Barros habría surgido del propio Bolsonaro, cuando fue avisado de ese esquema, en marzo de este año, y aunque dijo que abriría una investigación, nunca avisó a la policía. El gobierno federal fue cómplice de un sabotaje sistemático a los laboratorios con representación en Brasil, para favorecer la negociación de vacunas con sobreprecios a través de sus propios intermediarios.

Las movilizaciones pautadas para fines de julio se adelantaron al día 3, y fueron mucho mayores que las dos anteriores. A los carteles de “Bolsonaro genocida” se sumaron los de “Bolsonaro corrupto”, “Não era negacionismo. Era corrupção”. Esta vez, hasta los aglomerados en bares del centro, bebiendo sin barbijo ni distancia, se levantaron de sus mesas para alentar a los manifestantes. Fora Bolsonaro.

La CPI de la pandemia reveló que Pfizer se había contactado con el gobierno en marzo de 2020. Mandó 81 correos electrónicos que fueron ignorados. Quería hacer de Brasil su caso de éxito, pero ante la negativa del gobierno entregó las vacunas a Chile

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Ahora, además de CoronaVac y AstraZeneca, ya hay vacunas de Pfizer, Sputnik y Janssen. La producción nacional garantiza el abastecimiento, y todos los que reciben la primera dosis se van con fecha para volver a recibir la segunda. No supe de nadie que se haya negado a vacunarse. La semana posterior a las últimas protestas, una encuesta de Datafolha dijo que la mayoría piensa que Bolsonaro es “deshonesto, falso, incompetente, despreparado, indeciso autoritario y poco inteligente”. El malestar es tanto que resolvió no asistir a la final de la Copa América. Poco después, fue internado por una obstrucción intestinal sobre la cual no hay precisiones, pero muchos acusan de estar siendo usada para intentar tapar los hallazgos de la CPI de la pandemia, que se prorrogó por 90 días más.

Mi amiga Marcela diseña zapatos, aprendió el oficio de su madre, Paula, una empresaria de Minas Gerais que produce calzado para varias marcas de Brasil. Paula jamás votó al PT. Ella, sus hermanos, tíos y cuñados son gente del PSDB, gente bien. En las últimas elecciones optó por Bolsonaro. Se empezó a incomodar con sus bravuconadas: la gente de bien no trata así a los periodistas. Después, se indignó con el escándalo de las rachadinhas, que implicó a la familia presidencial en un esquema de apropiación del salario de sus asesores en la asamblea legislativa de Rio de Janeiro. Hace poco, sin que nadie se lo preguntara, espetó un “Voy a votar a Lula”.

Doria inauguró el nuevo edificio del Instituto Butantan, y se prepara para estrenar la ButanVac, el primer inmunizante que no dependerá de importaciones para su realización, cuyo ensayo clínico comenzó el 9 de julio. Intenta proyectarse como el candidato de la tercera vía a partir de su gestión durante la crisis, lo cual le da ventaja por sobre Ciro Gomes (PDT). Lo emula Eduardo Leite (PSDB), gobernador de Rio Grande do Sul, que recientemente se colocó en la agenda nacional al hablar públicamente sobre su homosexualidad.

En un país donde pasan tantas cosas, especular con el horóscopo de la política es un ejercicio vano; pero, mientras esperamos, algo podemos decir: si a la madre de Marcela le gustan los candidatos de bien, como Doria, más le gustan la gente comprando zapatos y el dólar a 4 reales: el tipo de futuro que sólo Lula parece capaz de conseguir.

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