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22 de mayo 2024

Diego Mauro

UNA REVOLUCIÓN AVANZA EN LA IGLESIA CATÓLICA

Tiempo de lectura: 7 minutos

En Dignitas infinita la Iglesia sostiene que la dignidad humana es absoluta, al tiempo en que reconoce que su comprensión sobre el tema ha ido cambiando con el paso del tiempo. Desde el punto de vista de la historia del catolicismo es una afirmación revolucionaria y desafiante.

En abril de este año, apoyado por el papa Francisco, el cardenal Víctor Manuel Fernández al frente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe dio a conocer un nuevo documento titulado, Dignitas infinita.[1] Como sugiere el título, el documento sostiene que la dignidad humana, dada por Dios, es absoluta e inalterable en su esencia y que le corresponde a todos los seres humanos más allá de sus condiciones y circunstancias. A su vez, el documento pide a los católicos combatir la “cultura del descarte” que afecta cotidianamente la vida concreta de los seres humanos y analiza algunas de las principales faltas: la pobreza, la violencia contra las mujeres, la eugenesia planificada, la marginalidad, el aborto, la discriminación. En una entrevista, Fernández explicó que el documento “recoge el pensamiento de Francisco sobre el valor infinito de cada persona humana más allá de toda circunstancia. En esto el pensamiento de Francisco es radical: cada ser humano tiene un valor inmenso e inalienable, aunque tenga discapacidades, aunque sea un migrante, más allá de su orientación sexual, porque nada le puede quitar esa dignidad. Esto tiene consecuencias en cualquier tema que se trate y es la base del humanismo social del Papa”.

El documento generó inmediatamente mucho debate dentro de la Iglesia católica y también, como suele ocurrir con la Iglesia de Francisco, puertas afuera. Desde un primer momento, los sectores tradicionalistas del catolicismo salieron rápidos de reflejos a cuestionar los alcances del concepto de dignidad y, más terrenalmente, a criticar a su principal autor intelectual: Víctor Fernández. Para estos grupos, la mano derecha del papa es un enemigo de peso y consideran que su llegada al otrora Santo Oficio, significó el cruce de una línea roja por parte del pontífice. Si miramos las cosas desde su punto de vista es cierto. Francisco pateó el tablero con la designación de Fernández y está claro que a través de ella busca asegurar la continuidad de los lineamientos teológicos de su papado después de su muerte o renuncia. Al mismo tiempo, las críticas de conservadores y tradicionalistas apuntan también al contenido.

Una posición que coloca a la Iglesia a tiro de las críticas conservadoras que acusan a Fernández y a Francisco de dejar entrar por la ventana el relativismo. Fernández se defiende: no hay relativismo porque las verdades son únicas

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Para el tradicionalismo, Dignitas infinita ata de manos a la Iglesia y le impide actuar como censor moral. Además, argumentan, las afrentas analizadas en el documento no se jerarquizan y se colocan en serie como si tuvieran la misma importancia. ¿Es la pobreza y la exclusión, la violencia contra las mujeres o la discriminación ejercida sobre los miembros de los colectivos LGBT una afrenta a la dignidad comparable con el aborto o el rechazo de las verdades de la fe? ¿Qué pasa con el arrepentimiento que, desde su punto de vista, debe exigirse a los católicos? ¿Qué hay del castigo? ¿Puede tolerar la Iglesia que sus fieles pequen sin consecuencias? Para Francisco esas preguntas tienen poca importancia y erran el blanco. La Iglesia no está para juzgar ni para llevar la contabilidad moral de las personas: no hay un debe y un haber donde los sacerdotes tengan que anotar los pecados de su grey. Ninguna de esas tareas tiene sentido porque la Iglesia que defiende Francisco se define por la misericordia y el acompañamiento de todo aquel que así lo pida. Jesús no la instituyó para perseguir sino para predicar el amor al prójimo. En esta línea, Fernández explica que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe que preside no tiene nada que ver con el otrora Santo Oficio y sus lógicas persecutorias. Lo dijo explícitamente cuando asumió, citando al propio Francisco. Recientemente, a su vez, volvió sobre el tema para concluir que, si en las últimas décadas no han surgido grandes teólogos, esto ha sido, al menos en parte, porque la Iglesia se dedicó más al control que al estímulo y desarrollo del pensamiento católico. En los grupos tradicionalistas estas declaraciones son como una declaración de guerra. El cardenal Gerhard Müller, por ejemplo, acusó directamente a Francisco de “hereje”.[2] En este sentido, no sorprende que, como se hizo público meses atrás, sacerdotes de esta tendencia pidieran “rezar más fuerte” para que lisa y llanamente el pontífice muera.[3]

Por su parte, los sectores más progresistas, en teoría más cómodos con Francisco, tampoco han apoyado del todo el documento. Ante todo, porque lo ven como demasiado moderado, como a mitad de camino, con sabor a poco. Desde su punto de vista, es cierto, no cambia la sustancia de la doctrina y, en definitiva, no da el volantazo que alientan, por ejemplo, los sectores de la Iglesia comprometidos con la vía sinodal alemana. En este sentido, Francisco avanza, pero poniendo límites a uno y otro lado, manteniendo un difícil equilibrio. Una lógica que hemos visto en muchos momentos de su papado.

Sorprendentemente, todo este ruido político ha dejado en segundo plano lo que, al menos en mi opinión, es el aspecto más novedoso y revolucionario del documento: el tipo de relación que plantea entre historia y verdad religiosa. Uno de los grandes tabúes en la Iglesia, al que los teólogos, la mayoría de las veces, prefieren no entrar. ¿Puede la historia cambiar las verdades de la fe? ¿Si la verdad es una y revelada puede verse afectada por la historia? ¿Cómo conviven la doctrina y el tiempo? Si hay afectación, ¿de qué tipo de incidencia se trata?

Fernández no escapa al problema, se la juega e intenta defender la permanencia de la tensión entre ambos polos. Como en la dialéctica de la filosofía de Romano Guardini, que algunos biógrafos de Francisco consideran influyente en su pontificado, los opuestos conviven en una tensión permanente que, a diferencia de lo que plantea la dialéctica hegeliana, no se resuelven en una tercera instancia de superación. Verdad e historia se tensionan y la Iglesia, como todo lo que existe, no escapa a dicha condición existencial.

León XIII argumentó que, en realidad, el problema no era la libertad, la democracia, el Estado o la nación, los principales artefactos políticos de la modernidad, sino sus excesos

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¿Qué pasa entonces con la verdad?

Fernández explica que, tal como también Joseph Ratzinger planteó en su debate con el filósofo Jürgen Habermas, la verdad de la fe es única, revelada por Dios, y por ende inalterable y absoluta, pero, al mismo tiempo, la comprensión de esa verdad es histórica y, por tanto, como todo lo que existe, resulta condicionada por las circunstancias de su recepción. Una posición que coloca a la Iglesia a tiro de las críticas conservadoras que acusan a Fernández y a Francisco de dejar entrar por la ventana el relativismo. Fernández se defiende: no hay relativismo porque las verdades son únicas. La revelación no está en discusión, pero, agrega, sí puede discutirse la comprensión de esa revelación porque la comprensión es humana e histórica. Dicha afirmación está en el corazón de Dignitas infinita porque, argumenta, cuando hablamos de “dignidad humana” queda claro que “no es algo que la iglesia haya reconocido siempre con la misma claridad: hubo un crecimiento en la comprensión. Se desarrolla, se profundiza la comprensión”. Como ejemplo recuerda que 1452 el papa Nicolás V avaló la esclavitud en una carta al rey de Portugal, pero que en 1537 el papa Pablo III excomulgó a quienes la defendían por considerar que se trataba de seres humanos. A lo que concluyó: “incluso en una época de cambios lentos” como los siglos XV y XVI “un papa dijo prácticamente lo contrario de un precedente en apenas 80 años de diferencia […] Esto es un ejemplo que muestra cómo evoluciona la comprensión de la verdad y que no crece siempre con la dirección homogénea con los documentos precedentes”.[4]

La Iglesia en la historia

A finales del siglo XIX, la Iglesia luchaba para adaptarse a los cambios vertiginosos de la Europa de la época. Los Estados Pontificios habían sido derrotados por al ejército italiano y el papa Pío IX, encerrado en el Vaticano, declaró la guerra a la modernidad, al liberalismo, a la democracia y a los Estados nación. Cuando el humo de los cañonazos y los fusiles se disipó, los católicos heredaron una doctrina rígida e impermeable que les impedía relacionarse con el mundo. León XIII, el papa que sucedió a Pío IX, advirtió rápidamente las consecuencias de esa postura extrema y de dudoso sustento teológico. A fin de cuentas, todas las resoluciones críticas y hasta cierto punto viscerales de Pío IX habían sido el resultado de las circunstancias políticas que vivía la Santa Sede y no la conclusión de un debate teológico serio. León XIII decidió entonces salir del encierro, abrir la jaula y tender puentes con lo que ocurría en la sociedad y la política. Para hacerlo, publicó una encíclica fundamental, Libertas, en la que por un lado reafirmó lo dicho por su antecesor, pero por otro lo desdijo. En ese documento, León XIII argumentó que, en realidad, el problema no era la libertad, la democracia, el Estado o la nación, los principales artefactos políticos de la modernidad, sino sus excesos. Lo que había condenado Pío IX, explicaba, eran esos “excesos”, o, dicho de otra manera, las deformaciones anticristianas de los principios y no las ideas mismas. Pequeño detalle. Por tanto, argumentaba, más que oponerse lo que los católicos tenían que hacer era movilizarse para catolizar esos fenómenos y hacerlos cristianos. En un santiamén, como por arte de magia, León XIII tiró al fondo del río Tíber la llave de la jaula que, a las apuradas y sin pensarlo mucho, había construido su apremiado antecesor y puso al catolicismo en marcha. Lo que estaba prohibido se convirtió en un terreno en disputa que podía incluso ser algo deseable.

Con Dignitas infinita, en cierto modo, el papado de Francisco repite la lógica de aquel giro de León XIII un siglo y medio después. Reafirma que las verdades de la fe son absolutas y que su revelación es un regalo de Dios. Pero, al mismo tiempo, asume que, desde el momento en que existen, existen en la historia, y a la Iglesia y a los católicos les cabe entonces la tarea fundamental de comprenderlas e interpretarlas en diálogo con la vida de los fieles. Obviamente no es algo nuevo. Toda la historia del cristianismo es la historia de la interpretación de la revelación. Pero hasta hoy, los católicos no se habían atrevido a decirlo a viva voz con tanta claridad. Tampoco se habían atrevido a decir con tanta nitidez que ese ejercicio de comprensión debía hacerse escuchando a la grey, porque la teología, explica Fernández, debe “dejarse estimular, herir y desarmar” por el “pueblo de Dios”.[5] Con esto, Francisco busca sentar las bases de un catolicismo para el siglo XXI, capaz de evolucionar a la luz del día, sin miedos ni culpas. Un catolicismo, en términos kantianos, dispuesto a asumir su mayoría de edad.

Como en otros planos, el futuro de estas ideas es incierto. Las tensiones en la Iglesia crecen día a día. Francisco maniobra con destreza y, en parte gracias a esto y a su prestigio internacional, ha logrado mantener el rumbo iniciado en 2013. Sabe, no obstante, que la partida no está ganada y que mucho de lo que vaya a ocurrir dependerá de la elección del futuro papa. Por eso, mientras por un lado defiende públicamente a Fernández, por otro sigue atentamente la composición del cónclave que, cuando muera o renuncie, tendrá la tarea de elegir su sucesor.


[1] https://www.religionenlibertad.com/vaticano/785016277/dignitas-infinita-texto-completo-declaracion-tucho-dignidad-humana.html

[2] https://www.eldiario.es/sociedad/sector-ultra-vaticano-cruza-linea-tachan-papa-hereje-permitir-personas-trans-sean-bautizadas_1_10673833.html

[3] https://www.eldiarioar.com/mundo/curas-toledo-desean-muerte-papa-rezo-pueda-cielo_1_10970904.html

[4] https://www.religiondigital.org/corresponsal_en_el_vaticano-_hernan_reyes_alcaide/Rueda-prensa-Tucho-fernandez-dignitas-infinita_7_2659004079.html

[5] https://www.vidanuevadigital.com/tucho-fernandez-la-teologia-debe-dejarse-estimular-herir-y-desarmar-por-el-pueblo-de-dios/