20 de julio de 2026
Estar en el lugar de los hechos es un privilegio, aunque a veces accidentado, privilegio al fin. Así como estar cerca de una situación trascendental aporta detalles, pero hace perder profundidad de campo, narrar el primer impacto recortando las secuencias posteriores puede dar como resultado impresiones injustas. Pero nos tocó eso: llegar al lugar cuando pocos lo habían hecho. La primera foto de lo que será una larga película.
Estamos de casualidad en Roma el 21 de abril cuando al despertarnos nos enteramos de la muerte del Papa Francisco. Triple connotación: año del jubileo, lunes de Pascua y cumpleaños de Roma (número 2778). Armamos las mochilas, preparamos las cámaras y salimos. La ciudad sigue su inercia habitual: gente comprando en el mercado, tomando un café expreso de parados o paseando al perro. Pero estamos seguros de que, al llegar a las inmediaciones del Vaticano, todo cambiará drásticamente. Y la verdad es que aún no: veinte minutos en total de filas para entrar a la iglesia católica más importante del mundo, tres horas después de la muerte del Papa. Si bien en la Plaza de San Pedro y en la basílica hay bastante gente, no parece ser más que la habitual en cualquier día turístico del año. Las distintas filas avanzan rápido, con sus esquemas de seguridad y protocolos habituales. Quizás lo distintivo puede encontrarse en las pequeñas delegaciones -peregrinos de todo el mundo que están en la ciudad justamente por ser año del Jubileo- que cada tanto aparecen cargando sus cruces de madera y entran a la Catedral sin hacer filas, guiados por voluntarios con pecheras verde manzana.
El dolor tiene sus propios tiempos; y los resortes de una estructura tan enorme (y burocrática), también
Fiel a una época desangelada, donde pocas cosas conmueven universalmente, la muerte de Francisco parece -ahora y aquí adentro, en la primera foto– obedecer a esa lógica; en el lugar más sagrado, el culto está prácticamente ausente. Las contadas caras tristes, rezos y llantos controlados, se diluyen entre las selfies adolescentes, las familias con cochecitos, turistas orientales con lentes de sol, zapatillas de running y celulares de última generación, o los grupos de visitas guiadas contratadas con tres meses de anticipación. ¿Puede realmente nada cambiar, aunque todo cambie? Quizás sea muy pronto para saberlo.

Mientras observo, me cuesta conciliar este lugar -este Vaticano, esta Catedral- con un mensaje como el de Francisco (“una Iglesia pobre para los pobres”). Cuesta asimilar la riqueza que desborda de piezas de oro y mármol en cada rincón con un discurso que ubique a los pobres del mundo como sujetos centrales de la prédica religiosa. Algo desentona: es hasta irónico para muchos pensar que la Iglesia Católica haya representado este último tiempo una voz sincera de humanidad (llamando a Gaza todos los días por teléfono, visitando cárceles y nombrando a los excluidos del sistema) porque es exactamente ahí donde las instituciones -hechas por hombres- también son mucho más que quien temporalmente las preside. Justamente, la distancia que nos separa a aquellos que no profesamos la religión católica (incluso muchos que sí) y que vemos con ojos críticos el desorden capitalista financiero devenido en un camino al abismo, con la iglesia, es exactamente proporcional de la que nos acercó a Francisco. Queríamos al Papa sin el combo, porque, de algún modo, él representó lo que este edificio parece no representar: a la gente común.
Las contadas caras tristes, rezos y llantos controlados, se diluyen entre las selfies adolescentes, las familias con cochecitos, turistas orientales con lentes de sol, zapatillas de running y celulares de última generación, o los grupos de visitas guiadas contratadas con tres meses de anticipación
Al salir de la Catedral de San Pedro, ya con varias fotos y sensaciones encima, vemos acercarse más gente. De distintas procedencias, aspectos, edades. La mayoría parece avanzar sin el dolor por un muerto querido, sino con la conciencia de la magnitud del evento. En bicicleta, comiendo helado, como se va a un concierto o festival de música.
El día anterior, mientras hacíamos el obligado free tour por la ciudad, nuestra guía consultó al grupo de 30 personas que éramos, quién de nosotros había viajado a Roma por el año del jubileo. La respuesta fue cero y su conclusión una pregunta pícara: ¿dónde están los millones que iban a venir?

En la Plaza San Pedro, varias pantallas gigantes anuncian la misa por el Papa a las 19.30 horas. Unos amigos con los que nos juntaríamos a la noche (que llegaron a Roma ese mismo mediodía) nos contarán que asistieron y lograron sentarse en quinta fila. ¿Cómo es posible imaginar esa ubicación si no es por una caída considerable de la centralidad religiosa y la Iglesia católica en particular? También es cierto lo otro: un día como hoy reina el impacto de la noticia y la curiosidad ciudadana, mientras que el momento del duelo vendrá probablemente los próximos días con un velorio masivo, el entierro y la semana que el cuerpo de Francisco reposará en San Pedro para que los fieles puedan ir a visitarlo. El dolor tiene sus propios tiempos; y los resortes de una estructura tan enorme (y burocrática), también.
Francisco, que tuvo la capacidad de ser querido por propios y sobre todo por ajenos, intentó combatir el desánimo de fe incluyendo a los siempre excluidos, pero los caminos de los pobres -a menos que sean romanos- no conducen necesariamente a Roma. Por lo pronto, pareciera que los verdaderos destinatarios de su mensaje no están hoy acá. Ellos, y muchos otros, lo lloran primero por televisión.
(Fotos: Fernando Paniagua)



