Un momento...

17 de junio de 2026

17 de junio de 2026

30 de noviembre de 2025

UNA DE MÁS

Marcelo Gantman

@marcelogantman
La pelota no se mancha
Tiempo de lectura: 7 minutos

Pintaba para ser un día más en la oficina, con otra decisión probablemente resuelta con el primer mate de la mañana, pero todo terminó en drama. El plan fue darle un reconocimiento a Rosario Central por haber sido el equipo que más puntos sacó en el año. Un mimo adicionala Ángel Di María, campeón del mundo que dio vuelta el enojo nacional y dejó Europa para jugar la liga de los campeones del mundo. En el vocabulario del fútbol, un reconocimiento es una plaqueta que le entrega uno a otro y en la foto aparecen como seis. Quitaron la manta y abajo había un trofeo que hasta entonces no existía.

Es imposible que personas que viven las 24 horas del día en la galaxia del fútbol, desconozcan lo que significa entregar una copa en una oficina de Puerto Madero. Literalmente en un escritorio. El fútbol tiene categorías descriptivas que son poderosas, universales y fáciles de entender. Institucionalizar así lo que no se ganó en una cancha, lo que no estaba en juego porque no existía, es hacer una de más. Entonces llegó el escándalo que rompió el ruido de las redes sociales y que no tomaba cuerpo en nadie en especial.

Pasó algo distinto esta vez. A veces un sistema colapsa simplemente por su propia sobrecarga; y lo que era fastidio recurrente en un fútbol sospechado de errores deliberados y constantes, se sale del cauce habitual. No puede ser que cobren ese penal. Van y lo cobran. No puede ser que esa patada no sea tarjeta roja. Van y sacan amarilla. No puede ser que entreguen una copa en una oficina. Van y la entregan.

La gestión parece apuntar a un fútbol sin dolor, en el que todos ganan, nadie pierde, todos son de primera y todos ligan algo, en la medida que no cuestionen las decisiones

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La última semana del fútbol argentino se escapó del zumbido de “X” sin que aparentemente haya pasado nada distinto a la caravana de situaciones insólitas en los partidos de ascenso, cambios de horarios que pintan turbio, designaciones de árbitros y toda la “cosa linda” que tiene el fútbol. Algo pasó. El reconocimiento XXL a Rosario Central fue la chispa que encendió este nuevo fuego con llamas más altas que otras veces. Estamos en la Argentina y se trata de fútbol, ¿qué esperaban que sucediera? Cada sector político y cada ejército de periodistas tradicionales, streamers y opinadores on demand, empezaron con la catarata de argumentos para consolidar posturas preexistentes al quilombo del día del fútbol. Asuntos de cada día que saltaron a la arena pública donde todo, a pesar de lo que diga Panamá Revista, siempre es político.

Si “X” es el territorio de quejas, agresiones, disciplinamientos y amenazas que el fútbol utiliza para la gran batalla, lo que se nota es que muchos hinchas, desarticulados entre sí, pero con capacidad de construir al monstruo de mil cabezas, se pusieron en línea para abandonar el consumo irónico y adoptar una postura más dura y cero tolerante con los manejos antojadizos del fútbol.

“¿Ustedes que són más grandes, con Grondona esto era así?”, preguntaba al viento de las interacciones un Gen Z que buscaba referencias sobre los claroscuros dirigenciales. Raúl Gámez, el eterno disidente admitido de esos tiempos, voz imprescindible del periodismo futbolero que daba “la batalla”, dice que no. Que es peor. Describe a una dirigencia que busca tener a los clubes pobres y débiles. Alineados y dominados.

Se acabó la ironía en las redes. Eso pasó. Fuimos del no trates de entenderla, disfrutala…al chiste que se cuenta solo. Ya no tanto Chiqui Tapia Masterclass, que antes alimentaba un fan engagement que usaba esas tropelías cotidianas para sumarlas al festival de las cosas divertidas, a un enojo evidente porque hay cosas que no se hacen en el fútbol. Hay una sensación de haberse agotado el crédito emocional por Qatar 2022, la revancha de Messi y el ojo clínico para detectar a Scaloni, que daba vía libre para admitir el toqueteo de los campeonatos domésticos, equipos que van arriba de una estampida de caballos del comisario. Esa línea de pensamiento es peligrosa y triste, porque funciona por contraste: hay quienes entienden que solo se desactivarían esos comportamientos si a la Argentina le va mal en el próximo Mundial.

Hay una sensación de haberse agotado el crédito emocional por Qatar 2022, la revancha de Messi y el ojo clínico para detectar a Scaloni, que daba vía libre para admitir el toqueteo de los campeonatos domésticos

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Los sucesos son lo que son y son sus lecturas. Los sectores que podemos llamar populares interpretaron de modo equivocado este escándalo. El posicionamiento ideológico hace ver cualquier cuestionamiento al torneo de 30 equipos, los fallos arbitrales, Tapia, Toviggino y la AFA como una manera de hacerle juego a las Sociedades Anónimas Deportivas. Se olvidan, o deciden olvidar, que los colores del club de fútbol son el kilómetro cero de la identidad y la pertenencia de los argentinos.

En la misma mañana, Verón rompe el silencio primero con Tenembaum y después lo vuelve a romper con Trebucq. Los dos de Estudiantes. Ernesto y Esteban no tomarían un café juntos en ninguna diagonal de La Plata, pero conversarían sobre cómo se hicieron hinchas del Pincha en el bar de la cancha de Estudiantes, con vista al campo de juego.

Del lado del gobierno y aledaños también pifian. Suponen que el clamor popular de los hinchas contra Tapia y la AFA, que llegó hasta cánticos en el Movistar Arena de Calamaro, es una señal para el arribo de las SAD. La batalla de los hinchas ahí cambiaría de dirección.

Una SAD en el fútbol argentino no prosperaría porque el componente cultural que le da sentido al fútbol como acontecimiento, en nuestro país, no lo permitiría. Otra vez la identidad del club como primera piel. Sería como armar una cooperativa para comprar una franquicia de la MLS. No te van a querer.

El fútbol evita tener una conversación adulta sobre las cuestiones del dinero. Y cómo el fútbol es, entre todas las cosas que es, una ametralladora de lugares comunes para explicarlo todo, una de las cosas que se instalan por insistencia es el peligro de que los clubes sean privatizados. Los clubes son privados. Pero como a lo largo de décadas desplegaron con una eficacia notable una tarea social, se confunde esa labor con una gestión estatal. “Nos encontramos con que llegan chicos que no saben lo que es comer sentados en una mesa. No lo conocen, así como suena. Era una realidad que yo la veía venir hace años y ahora ya está entre nosotros. Tuvimos que armar un grupo de psicólogos, nutricionistas y otros profesionales para ayudar en esa adaptación. Eso también implica recursos. Pero también es una tarea, una obligación, que un club como Argentinos Juniors, debe hacer”, comentaba Cristian Malaspina, presidente de Argentinos, en un foro de la industria del fútbol en 2024.

Un campeonato de 30 equipos con dos zonas y menos enfrentamiento real entre los clubes, es la última versión de sistemas que enojan a los hinchas

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Los clubes de fútbol fueron y son puntos de contacto con barrios y comunidades que complementaron, mejoraron o reemplazaron las funciones del Estado: acceso a diversos deportes, salud, educación, mate con amigos, asados, pileta en el verano y putear en conjunto al “4” que trajeron en el último mercado de pases. Todo lo que precisa un argentino para empezar a ser. Todo gestión de privados en manos de socios.

De lo que se habla entonces cuando se habla de privatización es de la inyección de capitales ajenos a lo que produce el fútbol como hecho deportivo y como negocio. Y con principal cuidado hacia los capitales extranjeros. El fútbol argentino todavía está a refugio de un fenómeno global: la invasión de fondos de inversión norteamericanos que toman control de clubes de fútbol. Más de 100 clubes, de primera y segunda división de Europa, tienen dueños norteamericanos, en una avanzada que se cuadruplicó desde 2018. En las cinco ligas principales (Inglaterra, España, Alemania, Francia e Italia), el 34 por ciento de los clubes son controlados por propietarios norteamericanos.

Pero esa charla adulta implicaría analizar cómo los clubes de primera división, que forman parte de una industria del entretenimiento, un negocio que es global -la Argentina es tercer exportador mundial de futbolistas, detrás de Brasil y Francia, con entre 800 y 100 jugadores por año-, puede pasar de “administrar pobreza” a obtener más recursos sin necesidad de cambiar el estatuto del club, continuar como una asociación civil y no tener que recurrir a financieras ni del sur ni del norte.

La economía del país no puede separarse del destino de los clubes de fútbol. La pregunta sería, en este caso, si el fútbol es todo lo óptimo que podría ser para mejorar su situación. Un campeonato de 30 equipos con dos zonas y menos enfrentamiento real entre los clubes, es la última versión de sistemas que enojan a los hinchas. Un día un sistema de eliminación a un solo partido es la mejor manera de construir emoción y permitir que equipos como Platense tengan su posibilidad de ser campeones. Luego ese formato es insuficiente para que Rosario Central con Di María se queden con el título y se crea un trofeo para satisfacer ese deseo. Todo el mismo año.

Del lado del gobierno y aledaños también pifian. Suponen que el clamor popular de los hinchas contra Tapia y la AFA, que llegó hasta cánticos en el Movistar Arena de Calamaro, es una señal para el arribo de las SAD

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La gestión parece apuntar a un fútbol sin dolor, en el que todos ganan, nadie pierde, todos son de primera y todos ligan algo, en la medida que no cuestionen las decisiones. Es contraintuitivo: un campeonato de fútbol infantil termina siendo más competitivo y real que el fútbol profesional que escribe sus reglamentos en el agua.

Una consultora económica brasileña llamada Sportinsider publicó un reporte de finanzas de clubes de fútbol del último año. Los datos indican que el 80 por ciento del negocio del fútbol global está concentrado en seis mercados. Y acá viene lo interesante: todos los clubes de Argentina, Uruguay, Chile y Colombia, sumados, no llegan a facturar lo que ingresa un club top europeo como el Real Madrid, que reporta ingresos por 1.000 millones de euros por año. Argentina genera talento, lo exporta, pero no tiene capacidad de retener a los futbolistas que marcan la diferencia, se van con minutos de juego en primera.

Por eso tiene valor que Ángel Di María decida terminar su carrera en Rosario Central. Como Leandro Paredes en Boca. Prestigian es la palabra mágica. Pero al mismo tiempo los hinchas quieren ver un campeonato normal, con reglas de juego claras de entrada. Que el VAR sirva para detectar al elefante que pasó de largo y no a una hormiga sobre la línea de cal. Que un partido de fútbol sea lo que tenga que ser.

Cuando se trata de fútbol, nos arreglamos con poco. Quien descubra eso, se queda a vivir.

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La pelota no se mancha