Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

11 de marzo de 2026

UNA BATALLA TRAS OTRA

Diego Valeriano

@corderoeditorok
2 Minutos
Tiempo de lectura: 4 minutos

Bajó del tren y le escribió a Claudia para avisarle que, como los bondis venían muy explotados, se volvía caminando. Era una mentira a medias: sí, venían explotados, pero no se volvía caminando por eso.

Un par de horas antes, cuando saludó a sus compañeros del laburo, sabía que era la última vez que los iba a ver. El taller mañana no iba a abrir. Nadie lo dijo, pero era clavado que mañana no iba a abrir. No había mercadería, no había pedidos, no había plata y el dueño apenas aparecía.

Salió del grupo de WhatsApp del laburo, agarró las pocas cosas que tenía en su casillero y no quiso ir al kiosco a tomar una birra para ver entre todos -los pocos que quedaban- qué mierda hacer con el tema de los sueldos atrasados.

—¿Qué pasa que no venís?
 —Quedé con Clau que la acompañaba al médico.
 —Después te cuento qué vamos a hacer.

Sabía que era la última vez que iba a ver a sus compañeros. La última vez que se tomaba el 181 a Ramos, el tren a Merlo y el bondi a su casa. Mejor a casa vuelvo caminando, pensó cuando bajó del tren.

Un par de horas antes, cuando saludó a sus compañeros del laburo, sabía que era la última vez que los iba a ver. El taller mañana no iba a abrir. Nadie lo dijo, pero era clavado que mañana no iba a abrir

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Hay un momento en la vida, piensa Raúl mientras camina desde la estación a la casa. Mira el teléfono: tiene dos llamadas del Negro que seguro quería contarle cosas que habían decidido en el kiosco, pero no le interesa escucharlo. Hay un momento en la vida que debe ser este, que ya está. 

Compra una lata, cruza la avenida, elige el camino más largo para llegar a la casa. Le hace tan bien caminar que tendría que haber venido caminando desde Caseros. ¿Qué le voy a decir a Clau?

A sus veinti largos, para la época en que todo se fue a la mierda, se quedó sin trabajo en la Massalin. Primero se fue a la mierda el país y después su vida o al revés. Con Claudia va a ser distinto, suspira; aunque en realidad no es un suspiro sino otra cosa más violenta. Una forma de respiración más violenta.

Camina, inspira, hay un momento en la vida. El aire entra, el pecho se le abre, el diafragma baja y el cuerpo se llena de oxígeno. Todo parece agrandarse un poco. Camina, expira. El aire sale, el diafragma sube, el pecho se relaja y el cuerpo se vacía. Que debe ser este y queda apenas el silencio del aire que se fue.

Lo echaron de la Massalin, no pudo seguir pagando el alquiler, los suegros les dejaron poner una casilla en el fondo de su casa en Mariló y todo siguió empeorando. Hay un momento en la vida… Con Claudia va a ser distinto.

Compra otra lata y se sienta en la plaza. Mira el teléfono que lo tiene explotado de wasaps de los del taller. Le escribe a Clau que está en camino, pero que casi no tiene batería, y apaga el teléfono. Mañana cambio de número. 

En el terreno de los suegros se le hizo imposible. Se la hicieron imposible. Se puso imposible él y se tuvo que ir a vivir solo a una pensión en Flores. Lo que más le dolía al principio era que no le dejaban ver a Natanael; con el tiempo se acostumbró. Se acostumbró a no verlo crecer.

Perdió todo vínculo con su hijo. Él culpa a la familia de la madre; la familia a él. Clau, las veces que salió el tema, culpa a la época. “Todo era muy difícil en esa época”.

A Natanael hace muchísimo que no lo ve. Diez años, tal vez un poco más. Supo, por el Facebook, que es abuelo de una nena. Una vez le escribió, le clavó el visto y lo bloqueó.

Camina y habla solo. 

—Por suerte ahora no tengo pibes a cargo y Clau banca.

—En esa época no te hiciste cargo de Natanael.

—Quise, pero no me dejaron.

No se pregunta qué va a hacer ni de qué va a vivir. Poco le importa eso. ¿Qué edad tendrá mi nieta?

Perdió todo vínculo con su hijo. Él culpa a la familia de la madre; la familia a él. Clau, las veces que salió el tema, culpa a la época. “Todo era muy difícil en esa época”

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De la pensión de Flores se fue a un departamentito pasillo al fondo en Caseros y, cuando más o menos se acomodó de nuevo con el laburo en Edenor, se compró un terreno en Parque San Martín. Eso fue para la época en que conoció a Claudia. Antes de terminar la casita ya estaban viviendo juntos ahí. No fueron malos años, tampoco demasiado buenos, nunca terminaron la casa como ellos querían, pero la equiparon bastante bien. 

Cuando la empresa dejó de trabajar para Edenor y empezó para Edesur se le hizo imposible el viaje, de Merlo a Varela, sin auto, pueden ser tres horas; así que tuvo que renunciar. Gracias al Negro consiguió el laburo en el taller bastante rápido, apenas unos pocos meses que le parecieron eternos, pero Clau bancó.

Apura la lata. Mira con extrañeza el paisaje que lo rodea. Una plaza sin árboles, sin juegos, sin nadie. “Ahora voy a tener tiempo de venir a la plaza.” Cruza al kiosco, compra otra y vuelve a sentarse. “Ahora tendría tiempo de venir a la plaza con mi nieta.” 

Hay unos pibes fumando en la esquina y el humo dulce lo tienta. Se acerca, fuma un par de secas, les dice de invitarlos un par de birras, pero los pibes rechazan con respeto. “Ya nos tenemos que ir don, gracias.”

Hay un momento en la vida que debe ser este. Que ya está. Que poco se puede hacer.

Clau lo despierta de manera suave. Se había dormido sentado en el banco de la plaza; tenía entre las piernas la cuarta lata a la mitad.

—Me llamó el Negro, preocupado por vos. Imaginé que podías estar acá.
 —Perdón, es que… ¿qué te dijo?
 —Nada que no sepas ¿Vamos para casa?

Hay un momento en la vida que debe ser este. Que ya está. Que poco se puede hacer, salvo dejarse llevar. Compran un par de latas más, unas milas de pollo y vuelven caminando a la casa.

—¿Podemos pegar porro con tu sobrino?

—No creo, pero le pregunto.

2 Minutos