Un momento...

28 de julio de 2026

28 de julio de 2026

25 de julio de 2026

UN SOLDADO SIEMPRE ESTÁ SOLO

Nicolás Gueilburt

Literatura
Tiempo de lectura: 6 minutos

Un adelanto del último libro de Nicolás Gueilburt

El auto se detuvo, abrieron la puerta y Burgos atravesó un cordón policial que lo protegió de curiosos y fotógrafos que deambulaban en las inmediaciones. Subió al auto. Cerró los ojos. Sintió el golpe sordo del portazo y se imaginó tirado en una playa tropical de cara al sol. A su lado, Ana bronceándose de espaldas con los breteles del bikini bajos, Juan saltando las olas de la última rompiente y una brisa fresca y suave soplando sobre la costa. De golpe, cambia el viento, las nubes se ponen negras, las gaviotas se espantan, las madres gritan con el agua hasta los tobillos para que los chicos salgan del mar; vuelan lonas y sombrillas y él, que se ha incorporado de la reposera, la camisa hawaiana embolsada por el viento, no puede dar crédito a lo que ve: un tsunami acercándose directo hacia ellos. Entonces, abrió los ojos.

El patrullero que lo trasladaba se hacía camino entre una multitud de fanáticos agolpada, mientras adentro el silencio era absoluto.

Estaban locos, o por lo menos, alienados. Y no habían llegado hasta ahí para pedirle ayuda psiquiátrica. El imperativo era ganar. La frustración, una fuerza viva que arrasaba con todo; un apetito voraz hecho de gritos que invadían su centro.

Alrededor, por lo cerrado de la noche, las caras parecían invisibles. Se escuchaban como una música pesada los insultos desesperados y los golpes secos en los cristales, patadas que sacudían toda la estructura.

El policía lo miró por el espejo y chistó.

—Qué quilombo que armaste. Ustedes con un silbato son más peligroso que un francotirador —le dijo.

—Si no estábamos nosotros, te mataban —dijo el que viajaba a su lado.

Él había olvidado los botines en el vestuario y mantenía la mirada en los mocasines lustrosos y brillantes. Temía el contacto visual con el exterior.

Con su bolso Adidas al hombro caminó bajo custodia por los pasillos ruinosos y, en la antesala de la oficina del comisario, se sentó un momento a esperar que lo llamasen. No necesitó cerrar los ojos para que las imágenes de lo sucedido apenas unas horas antes golpearan su mente con la fuerza repentina de un rayo.

En las tribunas habían tirado una bomba de estruendo. Por un momento, las jóvenes caras de los jugadores se le confundieron con las de sus compañeros del Regimiento de Infantería 7. Sintió un hormigueo en las piernas y pensó que iba a desmayarse; después, un incesante sube y baja de palpitantes emociones que aún persistían.

El imperativo era ganar. La frustración, una fuerza viva que arrasaba con todo; un apetito voraz hecho de gritos que invadían su centro

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En ese estado, la noche del viernes 28 de mayo de 2010, Ciro Burgos declaró en la comisaría 7a de Avellaneda.

—Usted no es ni un ladrón, ni un asesino, ¿o me equivoco? —diría más tarde el comisario Costas.

—Sólo soy un árbitro de fútbol —respondió él.

—Le voy a decir algo que nadie se anima a decir en este país: a los que impartimos justicia nos tratan como a una pelota de mierda. Porque, vamos a ser sinceros, si nosotros no lo sacamos de la cancha, usted no sale vivo. ¿O miento?

—Yo se lo dije, comisario —corroboró el policía que lo había custodiado.

Burgos se encogió de hombros y firmó el informe que el secretario del comisario terminó de tipear en una computadora de escritorio e imprimió ahí, en el momento.

—¿Algo más para declarar? —preguntó Costas.

Burgos negó con la cabeza.


—El agente lo va a acompañar a su casa. No sea que a algún fanático se le dé por hacerse el héroe.


Burgos asintió, quería salir cuanto antes.


—Quiero darme un baño y olvidarme de todo, nada más —dijo.


En verdad, se había duchado en el vestuario; sin embargo, apenas pisó la calle tuvo una idea ja: meterse de nuevo bajo la ducha y dejar de oír los gritos de la gente.

A primera hora del lunes Burgos corría cuando lo llamaron a la oficina. Cruzó la cancha de entrenamiento con la campera deportiva a medio abrir y, subiéndose el cierre para no enfermarse, porque estaba transpirado, entró en un edificio de ladrillos gastados.

Lo golpeó un intenso olor a meo, así que se pasó la mano por la frente y después se cubrió la nariz para sentir su propio sudor, y apuró el paso por un pasillo largo; las paredes tenían la pintura descascarada y en el techo se veían manchas de humedad y grietas. Pasó a una oficina de paredes blancas y piso de cerámicos.

Debajo del escudo de la Asociación Argentina de Árbitros, parado detrás de una mesa de fórmica, lo esperaba Olivares, exárbitro internacional y actual veedor de la Asociación. Era un gordo de cara redonda y piel muy blanca que siempre andaba apurado, tenía la papada inflamada, casi un doble mentón y una nariz ancha llena de pelos que sobresalían duros con un goteo incesante por un resfrío espantoso.

Saludó a Burgos estrechándole la mano, tenía las uñas largas.

—Vení, pasá, cerrá la puerta, se rompieron los caños, desbordaron los baños, es un quilombo.

Lo palmeó en el hombro y lo invitó a sentarse.

Pensaba en cómo había llegado a ser primero juez principal y después funcionario un tipo como Olivares, cuando este tomó el control remoto y le dio play a un reproductor de DVD sobre un mueble de caña seca, ya sin barniz.

Juntos repasaron el compilado de las jugadas que el comité había editado con su actuación en la última fecha: cobrando mal una posición adelantada / desconcertado lejos de una jugada / protegido de piedras y botellas por el escudo de un policía rumbo a la manga en el entretiempo / agitado, siguiendo el juego / aturdido por la bomba de estruendo / finalmente: transpirado, a la espera de un córner, en el preciso instante en que movía los labios y cantaba.

—Qué cagada, ¿no? —dijo Olivares, y puso pausa congelándolo en la pantalla.

—No sé qué me pasó. Me salió todo mal —dijo Burgos.

—Todo no, Ciro. Pero este primer plano cantando la canción no te ayuda —Olivares lo miró atento—. Quieren que descanses…

—Necesito la plata.

—Los del comité no quieren saber nada —Olivares suspiró—. Vos sabés que sos como un hijo para mí, pero mucho no puedo hacer.

—Ese camarógrafo de mierda… —se lamentó él.

—Dejame ver, pero no te prometo nada.


Caminaba Burgos en silencio hacia la puerta de salida cuando Olivares lo detuvo.


—Dame un minuto, ahora vuelvo.


Burgos se quedó mirando la pantalla: se le veían hasta los pelos de las orejas. Pero había algo más, algo en sus ojos que no reconocía. Prefirió mirar por la ventana.

Afuera el sol se fragmentaba en haces de luz que se filtraban a través de las nubes. Sus compañeros continuaban dando vueltas a la cancha. Olivares caminaba y gesticulaba efusivo, seguramente hablando por teléfono con alguno de los que manejaba el comité.

A los pocos minutos regresó y le dijo que traía buenas noticias.

Caminaron un rato en silencio. Primero por un sendero de ciruelos pintados de cal hasta la mitad del tronco para evitar que las hormigas se subieran a la copa. Cada tanto Olivares se frenaba, respiraba hondo, se masajeaba el abdomen y retomaba el paso. Después bordearon la cancha pegados al alambrado. Más allá, Burgos divisó una calle cubierta de barro, el humo de la quema, los descampados, un carro tirado a caballo, la subida y la bajada a la autopista, los autos que pasaban rápido; al final la torre de Interama.

—En la AFA están buscando un juez internacional para una final regional —le dijo Olivares al fin—. Les hablé de vos. La gente de allá, de Rosario, dijo que no hay problema, te quieren…

Burgos se sorprendió.


—¿Liga del interior?


—Sí. Dos partidos, ida y vuelta. Hay buena plata.

—Es un quilombo… ahí pasa de todo.


—Yo después te consigo algo. No te digo un clásico, pero algo en Primera. De a poco te voy a ir metiendo de nuevo…  

Sin darle tiempo a responder ni a pensar siquiera, Olivares agregó:

—Te va a venir bien, desaparecés un poco, cambiás de aire.

Burgos miró a unos teros. Sus compañeros elongaban cerca de la zona de vestuarios. Una nube ocultó el sol. Sintió frío.

—¿Puedo elegir a mis asistentes?

—A uno. Al otro lo pone la Asociación —dijo Olivares, y siguieron caminando.

Burgos eligió a Trejo, era buen lineman, amigo leal y valiente. Había sido su compañero en Malvinas y le había salvado la vida. Sabía que, llegada la ocasión, le haría frente a cualquiera. Era todo lo que necesitaba para esta aventura.

En las tribunas habían tirado una bomba de estruendo. Por un momento, las jóvenes caras de los jugadores se le confundieron con las de sus compañeros del Regimiento de Infantería 7.

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DIARIO DE CONVALECENCIA

16 de septiembre de 1982

A tres meses de volver de Malvinas hoy comienzo, como dijo Lamberti, con mi autosanación. El tío Jacobo me llevó a verlo. Lamberti me explicó que fui víctima de un trauma y que tengo que escribir sobre lo que pasó.

Me dijo que, si escribo todo lo que me pasa en el día, cualquier cosa, lo que sea, tarde o temprano, sin darme cuenta, va a salir de adentro algo que ni sabía que existía.

17 de septiembre

No puedo escribir hoy. Cuando pienso en lo que pasó en las Islas hay como un blanco total.

18 de septiembre

Despertarme, comer, volver a dormir.

19 de septiembre

Me miro en el espejo: tengo ojeras. Reviso entre las cajas de remedios. Ni un Valium. Estoy cansado. No puedo dormir. Las vendas se me pegan. Me bañé. Me sequé la piel fea y brillante, cubierta de ampollas. Me pasé talco con la palma de la mano y me puse lento el pantalón para no lastimarme.

20 de septiembre de 1982

Imposible levantarme de la cama.

21 de septiembre

Noche de insomnio. Ya la tercera de la semana. Me despierto a mitad de la noche totalmente desvelado. Tengo la sensación de no haber dormido nada o de haberlo hecho bajo el efecto de una anestesia. De nuevo ante mí el trabajo de recordar. Anoche lo intenté: cerré los ojos, busqué una imagen, pero solo me vino una lengua morada, hinchada, estirándose como una panceta cruda. Nada más.

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