Un momento...

23 de junio de 2026

23 de junio de 2026

23 de junio de 2026

UN PACTO AL BORDE DEL ABISMO

María Constanza Costa

@constanzacost
Mundo
Tiempo de lectura: 6 minutos

El Memorando de Entendimiento (MoU) firmado entre EE. UU. e Irán no fue una capitulación formal, pero se convirtió en un símbolo de la debilidad de Washington. Trump había exigido una rendición incondicional por parte de Irán, agitando la idea de un cambio de régimen en Teherán y terminar con el programa nuclear iraní; lo que obtuvo, en cambio, fue un pacto bajo presión, muy lejos de las metas proclamadas al inicio del conflicto. La elección del Palacio de Versalles como escenario para la firma del acuerdo acentuó esa imagen de debilidad, y hasta Emmanuel Macron parecía disfrutar de este momento oscuro para Trump, tras meses en los que el presidente estadounidense había presionado y humillado a los países europeos.

En ese contexto, la decisión de Trump de retirarse parecía inevitable; no tenía alternativas viables y prolongar la guerra solo habría profundizado el caos económico. El conflicto ya estaba desgastando la paciencia de la sociedad estadounidense y amenazaba seriamente las perspectivas republicanas en las elecciones de medio término.

A esta altura, todos los análisis coinciden en que el verdadero error de Trump no fue poner fin a la guerra, sino haberse involucrado en ella desde el inicio, bajo la creencia de que una intervención externa daría el golpe final al régimen iraní. Por el contrario, el liderazgo iraní salió fortalecido. Una élite más militarizada, nacionalista, joven y pragmática tomó las riendas del país y ahora supervisa el cumplimiento de las negociaciones. Este poder renovado no solo cuenta con cohesión política, sino que, a partir del cumplimiento del pacto, dispondrá también de recursos económicos: los puntos centrales del acuerdo ofrecen a Irán un alivio inmediato mediante la liberación de miles de millones de dólares en activos congelados y, posteriormente, la creación de un fondo de 300.000 millones destinado a su reconstrucción.

El verdadero error de Trump no fue poner fin a la guerra, sino haberse involucrado en ella desde el inicio, bajo la creencia de que una intervención externa daría el golpe final al régimen iraní.

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Durante décadas, las sanciones contra Irán han sido el principal mecanismo para aislarlo económica y políticamente, restringiendo su acceso a mercados, finanzas y recursos estratégicos. Levantarlas abre la puerta a que Teherán recupere oxígeno financiero y transforme su posición regional. Las medidas impuestas por Estados Unidos y sus aliados bloquearon las exportaciones de petróleo, principal fuente de ingresos del país, reduciendo dramáticamente su presupuesto estatal. Además, congelaron miles de millones de dólares en activos retenidos en bancos extranjeros, lo excluyeron del sistema financiero global (SWIFT), prohibieron la venta de equipos vinculados a energía nuclear, defensa y aviación, y catalogaron al Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica como organización terrorista, afectando a empresas y entidades asociadas.

En su defensa del nuevo pacto con Irán, Trump insistió en que era “mejor” que el firmado por Obama, aunque sus argumentos resultaron poco convincentes. Entre las supuestas ventajas mencionó la reapertura del estrecho de Ormuz y la promesa de diluir el uranio enriquecido al mayor nivel —un punto que aún no está claro cómo ni cuándo se implementará—. Incluso evocó el asesinato del general Soleimani (ocurrido en 2020) como un antecedente de su “victoria decisiva” contra Irán. Sin embargo, el acuerdo concede a Teherán mucho más.

Irán podrá reanudar la exportación de crudo y gas, lo que impactará en los precios internacionales y en la competencia con Arabia Saudí y Emiratos. También tendrá acceso inmediato a miles de millones de dólares en activos congelados, destinados a reconstrucción y gasto interno. La apertura atraerá inversión extranjera, incluso de empresas estadounidenses, del Golfo, asiáticas y europeas en sectores energéticos, logísticos e industriales. Además, se normalizará el comercio exterior y se recuperarán rutas vitales para el tránsito energético mundial. En ese marco, el pacto abre la posibilidad de que Teherán ejerza un control parcial sobre el estrecho de Ormuz, con la facultad, en un plazo de 60 días, de imponer tarifas a los buques que atraviesen esa vía estratégica.

En este memorándum, los países del Golfo aparecen como financiadores indirectos de la recuperación económica iraní. La creación de un fondo privado de 300.000 millones de dólares otorga a Teherán un alivio significativo tras años de sanciones. Para Arabia Saudí, Emiratos y Kuwait, el desafío es doble, por un lado, evitar que ese flujo de inversiones genere un desequilibrio estratégico que comprometa su seguridad; por otro, aprovechar su peso energético y financiero para condicionar el acceso de Irán a los beneficios del pacto.

A pesar de que el acuerdo es más favorable para Irán, hay dentro del régimen voces intransigentes. Como relata el politólogo Arash Azizi en un artículo publicado por The Atlantic, un miembro del Parlamento de Teherán advirtió que la firma del acuerdo convertiría a Irán en “una colonia de Estados Unidos”. En las calles, los manifestantes más radicales clamaban por la “muerte” de los dos principales negociadores con Washington: Mohammad Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento, y Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores. Ambos fueron señalados con etiquetas lapidarias: Qalibaf como “el conciliador” y Araghchi como “el deshonroso”.

Aunque apoyó el acuerdo, un sector del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, el actor más fuerte de la élite gobernante, sigue convencido de que lo único que garantizará su supervivencia es desarrollar su propio arsenal nuclear. Tal decisión le permitiría sellar su primacía regional, consolidando un poder de disuasión que complicaría cualquier intento externo de intervención.

Por otra parte, y a pesar del escaso margen político, los sectores reformistas encabezados por el presidente Masoud Pezeshkian han logrado sobrevivir en medio de la guerra y las tensiones internas. Desde su elección, Pezeshkian chocó con los elementos más conservadores del régimen por cuestiones relacionadas con las posibilidades de negociar con Occidente, y en los primeros días del conflicto incluso se atrevió a pedir disculpas públicas a los países vecinos por los ataques lanzados contra ellos, gesto que le valió duras críticas de los sectores más duros. Sin embargo, gestionó la crisis económica provocada por la guerra, garantizando la provisión de alimentos. En ese equilibrio frágil, el presidente reformista ha conseguido sostener cierta autoridad y preservar un espacio político que parecía destinado a desaparecer.

Aun así, su presidencia está marcada por un constante alineamiento con el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, la institución de más peso en el país, más allá de sus gestos de disidencia, y terminó asumiendo y ejecutando la represión dictada por el aparato de seguridad.

Dentro del esquema de poder del régimen iraní, el nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, dejó claro que tenía una propuesta distinta al acuerdo finalmente firmado. Según sus declaraciones, su visión era más dura y menos concesiva, pero terminó aceptando el pacto después de que Pezeshkian le asegurara que respondía a los intereses del régimen y que él asumiría la responsabilidad política. De esa manera, Khamenei buscó mantener distancia para no cargar con el costo de un arreglo que muchos sectores conservadores consideran excesivo, al tiempo que preservaba su imagen como garante de la línea dura. En última instancia, si el pacto fracasa, la responsabilidad recaerá sobre el presidente, que será señalado como el promotor de las “concesiones”.

Washington atraviesa un momento de tensión evidente con Israel: los intereses de ambos aliados se han vuelto opuestos y la Casa Blanca no logra imponer disciplina sobre las decisiones de Tel Aviv. El malestar de Trump con Netanyahu llegó al punto de rozar la humillación cuando, durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca, insinuó que sería mejor que el propio gobierno sirio se encargara de combatir a Hezbollah: “si Israel no puede hacerlo sin matar a todos”.

Washington atraviesa un momento de tensión evidente con Israel: los intereses de ambos aliados se han vuelto opuestos y la Casa Blanca no logra imponer disciplina sobre las decisiones de Tel Aviv.

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A esto se suma que tanto la administración estadounidense como el gobierno israelí enfrentan elecciones en los próximos meses y necesitan proyectar fortaleza ante sus respectivos electorados. El resultado es que la dinámica regional ya no se rige por la lógica de los acuerdos o las negociaciones, sino por la fricción entre dos aliados que difieren en su estrategia militar. Netanyahu insiste en “terminar el trabajo” y confía en que una política guerrerista sostenida puede rendir frutos en el plano electoral. Trump, en cambio, es consciente de que la vía diplomática es la única salida para evitar que el resto de su presidencia quede atrapado en un callejón sin salida.

La primera ronda de negociaciones para llevar adelante el pacto se inició con un clima poco prometedor. La delegación iraní llegó con una postura dura, marcada por la hostilidad de las amenazas previas de Washington. Trump había advertido que habría nuevos ataques si Irán no frenaba a Hezbollah en Líbano y no mantenía abierto el estrecho de Ormuz. Ante ese escenario, los representantes iraníes incluso evaluaron levantarse de la mesa, dejando claro que no habría avances mientras continuaran los bombardeos israelíes sobre territorio libanés.

Más que un horizonte de paz, lo que se vislumbra es un pacto condenado a estar permanentemente al borde del abismo.

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