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UN HOMBRE DE TODOS LOS TIEMPOS

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El nacimiento de Juan Domingo Perón a la política no vino escrito con la tinta indeleble de un mandamiento dogmático. El origen del peronismo no fue el alumbramiento ideológico de una identidad política unívoca para setenta años de historia argentina: hubo ideas, sí, también hubo una doctrina para adaptar esas ideas al paso del tiempo, pero el rasgo conceptual constante de la construcción del peronismo es la experiencia personal e intelectual de Perón frente al proceso político nacional e internacional en el momento en que las cosas sucedían. Perón no era Lenin: no era un teórico empeñado en inculcarle sus ideas al proceso social, sino un seleccionador de experiencias políticas contradictorias entre sí, pero actuales y útiles para fundar (y mantener) un poder político y una hegemonía social.

Como en El Aleph de Borges, el Partido Justicialista de 1946 fue el producto de la sucesión vertiginosa de experiencias e ideas políticas reconfiguradas en la cabeza de Perón con el fin de “la toma del poder”: por esa plural línea de tiempo pasaron el orden estatal roquista, la sustitución de importaciones de Justo, el normalismo de Sarmiento, la Carta del Lavoro de Mussolini, el proletarismo rural del herrerismo uruguayo, el Estado Novo de Getulio Vargas, el régimen reformista de Carlos Ibáñez del Campo, la organización estatal del poder del PRI mexicano.

Perón se nutría, en la víspera del ’45, de diversos modelos políticos y doctrinarios contemporáneos como insumo intelectual para la elaboración del “partido peronista”, sin dejarse atraer por la copia ideológica de algún régimen político en particular. El peronismo inicial no tiene como eje conceptual la imitación del fascismo, el nacionalismo, el anti-imperialismo o el laborismo. Cualquiera de estos rasgos ideológicos lo define menos que un aspecto político personal de la condición militar de Perón: el peronismo del ’45 entra al sistema político con la vocación de instaurar un orden en la política, la economía y la sociedad a través de una hegemonía y no de la violencia. El peronismo es ordenar, y ordenar es conducir. Perón siempre pensó al peronismo a partir de la política de la conducción antes que de principios ideológicos y doctrinarios inmóviles en el tiempo. Para graficar esta esencia, Antonio Cafiero solía decir que el peronismo era como la fe católica o la pasión por Boca.

Perón no era Lenin: no era un teórico empeñado en inculcarle sus ideas al proceso social, sino un seleccionador de experiencias políticas contradictorias entre sí, pero actuales y útiles para fundar (y mantener) un poder político y una hegemonía social

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1.El peronismo con Perón

El Perón de octubre del ’45 ya no es el Perón del GOU. El fin de la guerra desplaza a Perón hacia una nueva etapa política, en la cual el partido militar (estado corporativo “fascista” + ejército) no alcanza para forjar una hegemonía democrática de masas. Perón no construye un partido-estado de castas como el franquismo, sino que se desplaza del partido militar del GOU hacia un formato laborista de partido-estado de bienestar. Un Estado técnico (Figuerola) con sistemas de gestión (salud, educación, vivienda, acción social) antes que de castas profesionales, que se galvanizaría con un elemento corporativo dinámico: un sindicalismo centralizado pero representativo y ágil en las bases de la clase obrera. Esa eficacia “basista” era un rasgo central de la cosmovisión sindical de Perón, porque suponía mantener a raya con absoluta legitimidad popular a comunistas, socialistas o anarquistas de la conflictividad social y consolidaba la naturaleza hegemónica del poder peronista: una naturaleza que no estaría presente en el sindicato vertical franquista, en el modelo corporativo fascista o en el sindicalismo del PRI, modelos sindicales sin “base” que necesitaron compensar su falta de profundidad hegemónica con sistemas políticos de partido único. Perón no copiaba ideologías o modelos políticos, sino que los rearmaba en función de su experiencia personal y las necesidades hegemónicas de la política argentina. El peronismo fue quizás, como ningún otro fenómeno político, la experiencia personal de Perón aplicada a cada fase de la contemporaneidad política del país.

Sin embargo, en ese peronismo del ’45 que se hibridaba como partido de poder y masas a la luz de diversas ideologías y poderes de época, hubo experiencias políticas más cercanas que otras: el régimen de Getulio Vargas en Brasil, los gobiernos de Carlos Ibáñez del Campo en Chile y el PRI mexicano comparten con el peronismo una noción central del partido nacional, un partido operativo que no es “de derecha ni de izquierda”, pero funda un orden de Estado. En Brasil, el Estado Novo. En México, el Estado nacional que la guerra civil revolucionaria pospuso. En el caso de Chile, Perón se identificaría con la experiencia de poder de su colega: Ibáñez había gobernado primero como partido militar (1927-31) y luego volvería a ser presidente civil por la vía de las urnas (1952-58) en una alianza democrática con el Partido Socialista. Perón admiraba la habilidad de Ibáñez del Campo para llegar a la presidencia a través de distintas formas del “partido de poder” que reflejaban a su vez la adaptación a los nuevos aires de época de la política. La experiencia de Ibáñez se retroalimentaría en espejo con la “evolución” de la toma del poder que Perón desarrolló desde el GOU hasta el Frejuli del ’73.

Estos modelos compartían características adicionales: 1. desarrollaron políticas sociales que alejaron a comunistas y anarquistas del poder y del movimiento obrero 2. Fueron un mix de derecha, izquierda, nacionalismo, militarismo, autoritarismo, participación social, corporativismo, industria nacional, sustitución de importaciones, desarrollismo 3. Una forma singular de acceso y organización del Estado: un “tercer poder” entre el capital y el trabajo.

El varguismo y el ibañismo se extinguieron socialmente con la muerte de su líder. El PRI construyó su persistencia a través de un Estado desmilitarizado primero y despartidizado después que se transformó en una máquina burocrática de gestión, y fundó una hegemonía cultural a-política a través de los estereotipos sociales del cine y la televisión.

El peronismo se fraguó en un mito cultural perenne a partir de la muerte de Evita. Un mito clasista que se derramó sobre la sociedad mediante un antagonismo profundamente cultural, intelectual y politizado, mientras el presidente Perón ejecutaba una gestión económica policlasista, que para 1951-52 ya saltaba pragmáticamente del bienestarismo distributivo al productivismo del sector privado. La muerte de Evita fortaleció una identidad política clasista que no estaba en la naturaleza originaria que Perón pensó para su partido. El “evitismo” se transformó en un componente no previsto de la hegemonía de masas, que forjó un imaginario, una épica y símbolos perdurables que le dieron al peronismo un anabólico ideológico que en el ’45 no tenía, y que sería crucial para entender la intensidad sociológica del antagonismo entre peronistas y antiperonistas. En este aspecto, la figura política de Evita haría mucho más por el antiperonismo que por el peronismo.

Perón no copiaba ideologías o modelos políticos, sino que los rearmaba en función de su experiencia personal y las necesidades hegemónicas de la política argentina

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Si el varguismo brasileño gestó un Estado y una economía proto-desarrollista sin dejar huellas político-partidarias en la sociedad y el PRI formó un Estado laico-weberiano sin proyectar liderazgos personalistas en el credo popular (ni Calles ni Cárdenas fueron Perón), en cambio el peronismo fundó su arraigo político de largo plazo en un mito cultural que se hizo carne en la fe política que surgía del antagonismo y no tanto en el legado efectivo de la economía y el Estado de la época. El derrame emocional del evitismo desbordó y distorsionó la vocación pragmática de Perón. La pasión flamígera de Eva quemó las manos de Perón y signó la caída de 1955.

Pero si para leer ese 1952 nos sacáramos de encima la pasión intelectual del antagonismo que suscitó la época y nos volviéramos a centrar en la mirada personal que Perón tenía del proceso histórico, no deja de emerger la nueva contemporaneidad que necesitaba absorber el poder peronista para mantener una hegemonía ordenada de las masas en una nueva economía. Del ’46 al ’52, el gobierno pasa del Estado de bienestar al Estado desarrollista. Perón comprende en el ’49 que se aproxima el final económico internacional de la posguerra, que la industria liviana comienza a generar más costos que riqueza.

Para entender el viraje económico que se contiene en el plan de estabilización de Gómez Morales hay que volver a la experiencia personal de Perón: su formación militar afín a la historiografía liberal, el padrinazgo intelectual del general José María Sarobe que le inculcó el liberalismo conservador de Alvear y Justo, el aumento de la inflación que “desordenaba” la hegemonía sindical, el predominio de EEUU en la política internacional. Perón colecta intuiciones teóricas y prácticas para llegar a la conclusión de que ya no se puede “vivir con lo nuestro”. En 1952, Perón realiza un ajuste liberal para bajar la inflación del primer peronismo: achica el consumo, aumenta las exportaciones y coloca a la inversión extranjera en el eje del crecimiento productivo. Adicionalmente, incorpora a la discusión el tema de la productividad en las relaciones laborales.

Lo que no deja ver con nitidez el desborde religioso que consume a peronistas y antiperonistas es ese cambio reformista que propugna el nuevo Perón de la víspera, tratando vanamente de imponer la economía a la cultura: el salto progresivo hacia el Estado desarrollista señala el nuevo aire de la época, pero la ideologización clasista que enfrenta a la política eclipsa la consolidación del nuevo orden económico. Perón baja la inflación, pero se cae del poder porque el evitismo es más fuerte.

Esta tensión entre el mito indómito descamisado y la renovación continua de una hegemonía de poder signaría al Perón del ’55. Por un lado, la proscripción, los golpes militares y la “causa antiperonista” contribuyeron a sacralizar ese mito hasta convertirlo en una gesta formidable para la nueva juventud politizada de la década del ’60. Por otro lado, esa excesiva furia intelectual del golpe “cívico-militar” de 1955 privó de un orden político estable a la nueva economía desarrollista que el Perón liberal del ajuste del ’52 había echado a andar. No es casual que luego de que decreciera el interés social por la batalla cultural de la Revolución Libertadora, Frondizi retomara el núcleo macroeconómico de la gestión Perón-Gómez Morales: la inversión extranjera privada como motor de la economía, el salto de la industria liviana a una industria más sofisticada y competitiva (petroquímica) como motor productivo, el aumento de la productividad en el trabajo, el final cultural del descamisado y la aparición social del obrero universitario del Cordobazo. Frondizi no era peronista, pero al igual que Perón, era un político moderno que había percibido por dónde soplaban los nuevos vientos del progreso económico.

Durante la década del ’60, Perón hizo una revisión doctrinaria del final de su propio gobierno, de la experiencia frondicista y de los militares azules en el poder, y llegaría a una conclusión implícita que se puede observar en la praxis política de su retorno: en los sesenta-setenta había mucha más clase media que en la Argentina que había gobernado en el ’45. Quizás, el árbol mítico, furioso y violento del ’55 (el 5×1, los bombardeos, la quema de iglesias, la proscripción) no dejó ver y consolidar el bosque frondoso de una nueva sociedad y una nueva economía que crecían naturalmente en el mercado de la movilidad social realmente existente: clases medias calificadas, trabajadores profesionales, desempleo bajo, indigencia cero, Estado técnico “cepalino”, globalización cultural. Exiliado en España, Perón ya era consciente de que la nueva Argentina que se gestaba en la proscripción requeriría de un nuevo modelo político y una nueva alianza social para el progreso.

Para entender el viraje económico que se contiene en el plan de estabilización de Gómez Morales hay que volver a la experiencia personal de Perón: su formación militar afín a la historiografía liberal, el padrinazgo intelectual del general José María Sarobe que le inculcó el liberalismo conservador de Alvear y Justo

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El Perón del ’73 vuelve al país impregnado de la contemporaneidad europea que le toca experimentar: la socialdemocracia de Olof Palme, la democracia cristiana italiana, el gaullismo francés. Bajo la luz de esas democracias modernas, Perón construiría su programa estratégico para una nueva toma del poder: la agenda ambiental, el desarrollo económico sustentable, el abandono de los combustibles fósiles en la producción, la inserción exportadora de la pyme en la estructura económica. Ese programa de gestión convivía problemáticamente con sus fines tácticos: una acumulación a derecha e izquierda dentro del peronismo que sintonizase con los aires revolucionarios de la juventud tercermundista. Perón haría un aprovechamiento utilitario del viejo mito peronista (Evita, los descamisados) para modificar a su favor la puja contra el partido militar y volver al poder. La temprana divergencia entre Perón y Montoneros (Ezeiza, asesinato de Rucci, reforma del Código Penal) certificaba que Perón apelaba al mito para ganar pero que no lo necesitaba para gobernar. Fiel a su mirada pragmática y conductora de la política, consideraba que una vez llegado a la presidencia, lograría ordenar a la tropa y apagar los malentendidos ideológicos.

La densidad política del Perón del ’73 pasa por su capacidad para comprender que, estratégicamente, el antagonismo peronismo-antiperonismo no construye una hegemonía ni un orden político estable para garantizar el desarrollo económico en un país de clase media. Perón apela a la unidad nacional y a una convocatoria democrática a los “enemigos políticos” del pasado porque comienza a intuir que el peronismo ya no puede construir un proyecto hegemónico aceptado por toda la sociedad. La Argentina previa al Rodrigazo tenía “demasiada clase media” como para que Perón pudiera gobernar exitosamente de acuerdo a una pedagogía populista. El abrazo Perón-Balbín era el orden político del desarrollo económico. Finalmente, Perón saca el 62% de los votos con un doble mandato social de orden: suprimir la violencia política y bajar la inflación. Ese pedido de orden no era el grito sublevado del pueblo peronista, sino el reclamo de una sociedad más amplia y civil que quería paz y economía. En ese voto del 62% emerge un rasgo líquido del futuro del peronismo: sociedad que vota a Perón sin ser peronista. La unidad nacional que proclama Perón en la víspera de su muerte plantea la convocatoria política a la clase media como eje de la nueva hegemonía.

2. El peronismo sin Perón

Si el fundamento conceptual del peronismo a lo largo del tiempo fue la experiencia personal de Perón como conductor y constructor de orden bajo la influencia de la contemporaneidad política que le tocó vivir en cada etapa histórica, ¿qué queda vigente del peronismo después de su muerte? Probablemente muy poco en cuanto a su capacidad de innovación hegemónica, convocatoria de masas, desarrollo económico o movilidad social.

Sin embargo, el peronismo de la democracia logró forjar, durante décadas, una técnica del poder que en la práctica funcionó como la hegemonía posible de un país en crisis permanente. La Renovación Peronista de los ’80 formuló la base conceptual y operativa del peronismo como un partido institucional que “cambió” descamisados por clase media, erradicó los mitos de la grieta del ’55 y adaptó a la democracia liberal de 1983 su forma de hacer política. Ese peronismo institucionalista fundó un partido de poder afín al perfume político de cada época con el fin de promover, a la misma vez, ciclos de crecimiento estable de la economía privada y control de la crisis social.

Este partido de poder fijaba el límite de cada hegemonía en la derrota electoral como el mecanismo para construir nueva representación y oxigenarse ante la clase media: el “líder” de cada etapa mandaba mientras ganaba y cuando perdía era el mariscal de la derrota desde cuyas cenizas nacía la renovación. El modelo del partido de poder garantizó dos procesos de salida de crisis y expansión estable de la economía privada: el menemismo y el productivismo de Duhalde-Remes-Lavagna-Kirchner entre 2002 y 2005.

La aparición del kirchnerismo como forma epocal del peronismo realmente existente inauguró otro idioma de la acumulación política que representó una anomalía frente al partido de poder fraguado entre 1985 y 2005. El partido kirchnerista se fundó a partir de una reversión progresiva de los postulados de poder de la Renovación Peronista: reintrodujo la cultura antagonista de “peronistas” y “gorilas”, cambió a la clase media por los pobres como eje electoral, adoptó al peronismo bienestarista de 1946-50 como un fetiche ideológico, impulsó una diplomacia ideológica (“No al ALCA”) que afectó la inserción exportadora del país, y ya no hubo “mariscal de la derrota” que suelte el poder y permita la purificación representativa.

El kirchnerismo construyó, así, una anomalía peronista: la transformación del partido de poder en un partido identitario, donde la ideología, los símbolos y el dogma cultural “evitista” están por encima de la economía, las vivencias materiales de la clase media, el déficit fiscal o la derrota electoral. El gobierno del FdT sería la conclusión práctica de este partido identitario: un peronismo conservador que produce la crisis, en vez de resolverla.

Bajo la luz de esas democracias modernas, Perón construiría su programa estratégico para una nueva toma del poder: la agenda ambiental, el desarrollo económico sustentable, el abandono de los combustibles fósiles en la producción, la inserción exportadora de la pyme en la estructura económica

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¿Cuál sería la importancia de volver a Perón cuando el peronismo ya no es un partido de poder y cuando la fuerza de su identidad mítica conmueve más a sus militantes que a la sociedad? En principio, una evocación actual de Perón implicaría asumir un compromiso intelectual con los nuevos vientos de la política contemporánea. Durante muchos años, el peronismo produjo una “censura epistémica”: construyó un sentido común que caló hondo en la sociedad (el rol del Estado, el capitalismo asistido), obturó el desarrollo y terminó en crisis. Los cambios demográficos y sociales están extinguiendo el imaginario de esa vieja “Argentina peronista”. Existe un nuevo sentido común más “liberal”, que hoy capitaliza Milei, pero seguramente continuará como una cultura social más allá del destino de la experiencia libertaria. En este sentido, hay que construir un peronismo para una sociedad posperonista.

Frente a ese escenario posperonista, hasta ahora el debate actual del peronismo parece plantear dos opciones: una regeneración identitaria hacia un partido de centroizquierda, o el rescate de cierto medievalismo fundamentalista inspirado en la foto del Perón del GOU para labrar un nacionalismo anti-liberal que sueña con encontrar al Putin argentino. Ambas posturas son ideológicas, y no parecen conectar con el clima de cambio que busca la sociedad posperonista.

Proponemos una “tercera posición” de debate, quizás más austera y realista, que respete el nuevo sentido común de una sociedad bastante policlasista que vio en lo que representa Milei una respuesta difusa e irreversible a la desolación social de la inflación. Milei fue el outsider odioso e inevitable que “apareció a mano” para conjurar la crisis y recrear el partido de poder perdido. Todavía no sabemos si Milei podrá colmar esas dos demandas y transformarlas en un sistema de gobierno, pero lo culturalmente cierto es que la sociedad posperonista no le ha entregado esa misión reformista al peronismo actual, ni ha legitimado a otra figura política que no sea Milei.

Desde ese “viento de época”, el futuro de un nuevo peronismo se podrá realizar luego del triunfo reformista de la sociedad posperonista. En ese nuevo paisaje económico (contrario a la noción de crisis), un peronismo reformista podrá construirse como factor de poder del nuevo sistema político. Ese peronismo, como atisbaba Perón en el ’73, ya no podrá ser un todo hegemónico, y deberá acumular poder como parte de una coalición reformista institucional más plural.

¿Qué lugar debería ocupar el peronismo dentro de esa nueva hegemonía reformista? El centro. Pero no un centro “ideológico” que hoy quizás es un no-lugar de la política argentina, sino un centro político, social e institucional que -junto a otros partidos políticos- aporte los gobernantes, la burocracia técnica y un modelo de poder que ancle las bases de una gestión weberiana para construir la estabilidad de las reformas e ir a una sintonía fina de desarrollo que la experiencia disruptiva y radicalizada del presente no tiene entre sus prioridades de gobierno. Un peronismo que ocupe el centro social y recupere un programa para la clase media. Desde una práctica conceptual, implicaría darle una dimensión nacional al modelo que el peronismo cordobés construyó a lo largo de 25 años en la provincia. Un peronismo que además tenga fuerte presencia institucional intermedia (gobernadores, intendentes, Congreso) como para fijar las reformas en un partido de gobierno para la prosperidad económica, a la manera operativa del centrao brasileño del PMDB.

Luego de esa reconstrucción reformista del peronismo ante la sociedad, podremos avanzar en una evocación más conceptual del Perón “liberal” al “desarrollista” que nos acerque al clima de esta época para delinear una hegemonía reformista, institucional, que promueva un productivismo sin anteojeras (a veces más “liberal”, a veces más “desarrollista”) y un futuro político sin el abuso de la nostalgia y el trapicheo del recuerdo.

Juan José Amondarain, Julio Alak, Antonio Cafiero, Eduardo Menem y Eduardo Duhalde. La Plata, 1991.