Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

20 de octubre de 2025

UN DESIERTO PARA LA NACIÓN ARGENTINA

Jazmín Bazán

@jazminbazanok
Política y Comunicación
Tiempo de lectura: 8 minutos

“Ahora lo van a tener al gran Agustín Laje hablando sobre batalla cultural. Mientras tanto, yo me voy a bañar y me visto de presidente”, dijo Javier Milei a su público en el Movistar Arena. Fue después del último tema de su repertorio: “Yo soy un liberal”, la esperpéntica reversión de una canción de Charly García.

Recordaba, por primera vez desde el inicio del show, que detrás de los covers y las capas de camperas había una novedad editorial: La construcción del milagro, su cuarta y última publicación; la excusa para el recital, ahora disponible en Mercado Libre a $35 mil, en seis cuotas sin interés y con envío gratis.

En la tapa, un Milei irreconocible: si en el escenario se enfundó en Luke Skywalker vía inteligencia artificial, en el libro adopta el gesto de Logan de X-Men, blandiendo una motosierra dorada bajo el lema “Las fuerzas del cielo”. La portada anticipa el tono: dibujado, amateur. “Me parece que voy a tener que escribir más libros para tener más de esto”, anticipaba en la charla con Manuel Adorni que cerró la jornada.

El texto se organiza en tres secciones –“Acción política”, “Fundamentos teóricos” y “El caso argentino”– y treinta y dos apartados. A lo largo de 573 páginas, el contenido recicla discursos (en su mayoría desgrabaciones de 2024 sin curaduría) y secciones de libros anteriores firmados por el propio autor, y hasta incluye capítulos en inglés (sin traducción) que repiten fragmentos ya presentados parcialmente en castellano.

El material, en rigor, tiene poco de académico. Los textos piden ser escuchados: conservan saludos, repeticiones y tics de una voz no editada para ser leída con fluidez

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Bertie Benegas Lynch (h) –que además de haberse incorporado como diputado a La Libertad Avanza cumplió su sueño de rockstar como baterista y guitarrista en la banda del concierto– redacta el primer prólogo. Allí se refiere a la “gente de bien” y a los “tibios” –en típica jerga libertaria– y retoma el eje de la batalla cultural contra el socialismo. Es que un espectro recorre el libro de Javier Milei: el espectro del comunismo. Benegas Lynch cita el Manifiesto Comunista y atribuye a su influencia la “subversión del lenguaje, del conocimiento y de la historia” en “todos los niveles del sistema educativo argentino”.

Marcelo Duclos –bajista en el escenario y biógrafo presidencial– escribe el segundo prefacio, donde advierte: “Aunque Milei, en su modestia académica, se reconoce como un divulgador, quien recorra estas páginas con atención podrá notar que, en realidad, se trata de un teórico de fuste”.

El material, en rigor, tiene poco de académico. Los textos piden ser escuchados: conservan saludos, repeticiones y tics de una voz no editada para ser leída con fluidez. Requieren un ejercicio de prosodia –medir acento, ritmo y entonación– para seguir la cadencia del orador y atravesar la parodia.

Las reiteraciones casi literales –“no existen las fallas de mercado”; Malthus como raíz del Club de Roma y la “agenda verde abortista”– convierten el volumen en un catálogo de muletillas. “Adam Smith es a la economía lo que Gauss es a la matemática, se adelantó dos siglos, él la vio primero”, repite Milei con tono de mantra. El padre de la economía clásica podría, junto con Sandro, cantar al unísono: “Tu amor me condena a la dulce pena de sufrir.”

El autor desconoce que la nación no se edificó sobre un orden sin fisuras, sino sobre conflictos: debates, combates, movilizaciones, huelgas, sindicatos, clubes y prensa que moldearon la vida pública

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La estadística y los números aparecen como credencial de autoridad, no como prueba. Por ejemplo, en diferentes tramos, el presidente asegura que el PBI per cápita se mantuvo prácticamente constante durante dieciocho siglos –“desde el año 0”– antes de “multiplicarse por quince” con la Revolución Industrial. Evoca así a un “producto bruto mundial” ajeno a latitudes, temporalidades, formaciones económico-sociales y modos de producción. Una arbitrariedad sin basamentos, entre tantas, cuya función es retroalimentar sus postulados. Antes que análisis, convicción tipográfica (fuente: Times New Roman).

En la misma línea sostiene que “para el año 2020, solo el 5% de la población global vivía en la pobreza extrema”, cifra que desmienten los datos del Banco Mundial, que la ubican en torno al 9,3%. No es un error aislado: es la forma en que la consigna suplanta a la evidencia.

Como en el show del Movistar, la primera parte del libro remite a sus raíces mediáticas: improvisación, énfasis y autosubrayado. La construcción del milagro no aporta a la teoría económica –escasea la bibilografía, no hay método, citas, ni fuentes–. Tampoco hay matemática.

Su interés está en otro lado: instalar una gesta personal, inscribir el experimento libertario en la historia argentina: y allí reside, tal vez, el núcleo más interesante y propenso a la discusión. La empresa, sin embargo, se resquebraja dentro del propio libro. Los tres bloques avanzan como compartimentos estancos: la teoría queda congelada y la política intenta forzar su aplicación sobre la realidad.

El autor desconoce que la nación no se edificó sobre un orden sin fisuras, sino sobre conflictos: debates, combates, movilizaciones, huelgas, sindicatos, clubes y prensa que moldearon la vida pública. Su mirada omite esa densidad histórica y prescinde de la sociedad civil. Desde el salario hasta el rol público, todo aparece reducido a una proyección abstracta del mercado.

Como toda aspiración de refundación, el mandatario busca dotar de “bases” a su arquitectura ideológica. No inaugura una tradición: la prolonga, aunque desfigurada. Dentro de la línea liberal (dentro de la cual se inscribe), hubo un pionero fundacional: Bartolomé Mitre, uno de sus “próceres” favoritos, que en el siglo XIX narró el origen nacional para legitimar el poder.

El historiador inventó un mito de país que después presidió. No fue neutral: escribió al servicio de las clases dominantes, de sus intereses en particular y de un Estado que necesitaba legitimarse en la letra y en el archivo. Pero hubo rigor, fuentes y controversia.

Mitre promovió la Junta de Historia y Numismática y asentó una práctica documental: una nación armada sobre papeles, no sobre eslóganes. Escribió La historia de Belgrano y La historia de San Martín y de la emancipación sudamericana –que se apoyó en setenta cajas y un mapa de colecciones que reunían archivos personales, correspondencias, memorias de campaña, mapas y croquis–. Aunque el relato sea discutible, el esfuerzo erudito fue monumental. La ambición de forjar una nación desde el archivo y el debate contrasta con el presente, que reduce el pasado a consigna. Mientras el fundador de la historia nacional polemizaba con sus contemporáneos, el presidente se autocita.

Incluso la fiebre amarilla de 1871 –que impulsó obras de infraestructura sanitaria– refuta la tesis, repetida en el libro, de que la “intervención estatal” equivale a socialismo o colectivismo

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No se trata de reivindicar al primero, sino de marcar una diferencia esencial: uno escribió para legitimar instituciones; el otro, para justificar su ausencia. El autor de La construcción del milagro no tiene la habilidad del pensador que discutía e imponía, asegurando su durabilidad. Por eso la “versión mitrista de la historia” –parcial, moldeada, con sus componentes racistas– sigue siendo materia de discusión en el siglo XXI. El intento de retrospección libertaria resulta, en contraposición, estrecho, esquemático y chata (casta era la de antes).

El presidente divide la trayectoria nacional entre un “siglo de oro” coronado en 1910 y un “siglo de humillación”; a la vez afirma que el país tuvo “déficit fiscal durante 113 de los últimos 123 años”, con lo cual corre el inicio de la decadencia hacia 1900 y superpone crisis con apogeo.

Si, como sostiene, la Constitución de 1853 inauguró “medio siglo de crecimiento”, y ese “siglo de oro” llega a 1910 mientras el rojo fiscal arranca hacia 1900, la cronología se pliega sobre sí misma: esplendor y ruina conviven. La periodización deja de servir a la historia para servir a la épica: las fechas se doblan hasta encajar. Lo que está en juego no es solo el calendario, sino la idea misma de historicidad.

En su versión del pasado, “el 9 de julio de 1816 marcó el fin de la Revolución” y “en 1853 los líderes depusieron las armas para darnos una ley común”. Ni lo uno ni lo otro: la independencia no clausuró la revolución, la dispersó. Y 1853 no selló la unidad; Buenos Aires quedó al margen, las guerras civiles continuaron y la integración nacional se impuso más por la fuerza que por el acuerdo.

La unificación llegó más tarde, tras batallas decisivas (Milei parece ignorar la existencia de Cepeda o Pavón), pactos y presión militar. La metáfora de “deponer las armas” disimula la violencia efectiva que acompañó la formación del Estado. Como han señalado hasta el cansancio los historiadores, 1880 no coronó 1810, como repite el presidente, sino que inauguró otra etapa nacida de proyectos en pugna.

La Generación del 80, exaltada por él como epifanía liberal, gobernó con fraude electoral y represión obrera, sobre la base de la conquista del territorio indígena y la victoria de las armas nacionales en la Guerra del Paraguay. Además, dio forma a un Estado que intervenía, en favor del “orden” y el “progreso”, la “paz” y la “administración”. El mismo que encargó el Informe Bialet Massé en 1904 y discutió la cuestión social, la salud pública y el control urbano.

Incluso la fiebre amarilla de 1871 –que impulsó obras de infraestructura sanitaria– refuta la tesis, repetida en el libro, de que la “intervención estatal” equivale a socialismo o colectivismo. El liberalismo decimonónico actuó sobre salud, trabajo y vivienda como parte de su estrategia de orden y modernización: no por altruismo, sino por interés de clase.

En el artículo “La expansión del horizonte histórico”, Thomas Moynihan muestra que, tras la irrupción de las teorías de Darwin en el campo científico, el presente comenzó a concebirse como producto de un pasado vasto. “El arco concreto y real de la historia está circundado no solo por las formas extintas, sino también por el vasto espectro de oportunidades perdidas y posibles caminos desestimados”. Ese espesor no se borra con didactismo de revista Billiken.

Mitre promovió la Junta de Historia y Numismática y asentó una práctica documental: una nación armada sobre papeles, no sobre eslóganes

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Si los consensos democráticos cayeron, también los liberales que les dieron forma: se apagaron las disputas retóricas memorables, los golpes de precisión por derecha y los uppercuts por izquierda. Como ficciones –y facciones– que alimentaron realidad, el ensayo, la proclama y la carta estuvieron en el germen de la Argentina moderna. Halperín lo formuló con precisión: las élites del XIX disputaban ferozmente sus imágenes de “nación para el desierto argentino”.

Hoy la inversión es cruda. Las nociones que desde arriba rodean al país lucen disecadas y cubiertas de arena. Bronce sin examen. Para que vuelvan las ideas, quizá convenga volver a entrar por el canon.

En sus presentaciones, el Milei practica una glosolalia que él entendería en su primera acepción –don de lenguas–, pero que se acerca más a la segunda: lenguaje ininteligible, palabras inventadas, secuencias rítmicas repetitivas. (Glosolalia política: algo que suena a decir, pero no significa).

La performance en el Movistar puede verse como hiperbólica, pero tuvo un telón de sentido: intentó apelar al corazón argentino: Gilda, Charly, Sandro, Los Ratones Paranoicos. El problema, como en el libro, es que La Libertad Avanza no termina de comprender la materia sensible que invoca.

Quizás puede hablar porque del otro lado del ruido está el silencio. Quizás la ambición del presidente sea, como dijo en estadio, “hacer un River o un Boca”, tanto como sentar nuevas bases.

Lo primero suena más asequible. Entre lemas y autocitas para sostener el personaje, Milei hace de la interpretación liberal del pasado y el presente de la patria… un mal cover.

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