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20 de junio 2024

Marco Mizzi

UN BORRADOR

Tiempo de lectura: 7 minutos

Un centro, como la oscuridad, no existe. Se define por oposición. Antes que un sitio, es un momento.

En la tensión entre una fuerza que expulsa y otra que concentra, se produce un punto cero. El ojo del huracán, el corazón del remanso, el equilibrio precario entre paranoia e ingenuidad de aquel que espera un colectivo en una esquina suburbana a altas horas de la noche, el instante que media entre lo que pienso y lo que escribo. 

***

Un mensaje de Federico Zapata me invita a armar una nota sobre la identidad de la Región Centro.

― ¿Hay una cultura ahí?

Acepto, pensando que era una buena excusa para hablar sobre temas que me gustan: el federalismo, el folklore, la búsqueda de esencias. Pero pasan semanas y aunque le doy vueltas al asunto no logro presentarle un texto coherente.

Las identidades están hechas de absolutos. Que, aunque teóricos, son drásticos. Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe, en cambio, se componen de contrastes. Hacia adentro, entre sí, y con el resto del país. ¿Qué tienen en común? ¿Qué las distingue del resto? Su oposición. Lo que no son. No son Buenos Aires. No son el Interior. Están en el Centro.

Para colmo, la misma geografía dibuja y empuja estas tensiones. Sería más sencillo si pudiéramos equiparar Región Centro con la pampa. Tomándolo así, Centro sería sinónimo de el campo. Entonces podríamos hablar sobre la matriz agroexportadora y su impacto en las superestructuras. Sería un pim pam pum:

“La Región Centro es un país dentro del país que se caracteriza por una homogeneidad en el sistema de producción. Esta estructura produce a su vez una conciencia común, anclada principalmente en el atavismo del hombre contra el desierto. Por lo tanto…”

Pero sería hacer trampa. Porque Córdoba está cortada por el eje vertical de las Sierras. Santa Fe está dividida en dos por la oblicua del Río Salado, que marca el límite sur del Chaco austral. Entre Ríos, su nombre lo dice, es en realidad una gran isla, rodeada por el Paraná, el Uruguay, el Guayquiraró y el Mocoretá, partida a la mitad por el Gualeguay, y atravesada por miles de ríos, arroyos y pantanos.

Si hay algo, no es por ese lado.

¿Qué tienen en común? ¿Qué las distingue del resto? Su oposición. Lo que no son. No son Buenos Aires. No son el Interior. Están en el Centro

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***

―No la veo.

Mientras tipeo estas líneas le escribo a Nayet Kademián, preguntando por las identidades políticas en la Región.

La politóloga cordobesa no cree que exista una esencia centrista, algo que haga decir a alguien “soy del Centro”.

―No veo al cordobés sintiéndose parte de una identidad común con un santafesino o un entrerriano, más allá de ser todos argentinos. Sí veo identidades provinciales fuertes, construidas de forma muy notoria. Pero no encuentro motivos para pensar que eso trascienda lo provincial y se regionalice. Es algo que se intenta construir desde la institucionalidad, pero no desde la comunidad ni sus prácticas.

Si existe algo así como una identidad común entre quienes habitan la Región Centro, esta es centrista. No es centrada, porque al revés que la Patagónica o la del Norte Grande, se oscila siempre fuera de sí. No es central, porque carece de potencia suficiente para imponerse. Decimos que es centrista porque es más que nada una voluntad: sueña con cristalizarse, y mientras lucha contra su propia disgregación corre el riesgo de volverse fósil.

―También hay algo que está pasando, y que creo que explica de dónde surge esta inquietud que charlamos, que es que las identidades, y también entonces la política, van teniendo dinámicas distintas, casi paralelas, entre el nivel nacional y los niveles subnacionales. Se ve con mucha contundencia: lo nacional queda cada vez más lejos, y se construye un cerco cada vez más alto para protegerse. El tema es que cuanto más alto es ese cerco, más difícil es saltarlo después.

Un centro, como la oscuridad, no existe. Se define por oposición. Antes que un sitio, es un momento

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***

Hay dos fuerzas que operan en paralelo en la identidad de la cultura centrista.

Por un lado, lo centrípeto: en torno a un núcleo todo lo demás se arremolina y se confunde en una misma cosa. Por otro, lo centrífugo: ese mismo núcleo impele hacia afuera los cuerpos que va absorbiendo, y más lejos los lanza cuanta más densidad posean.

Tomemos el ejemplo del cuarteto, que a esta altura es uno de los aportes más importantes de lo centrista a la cultura nacional argentina, y veamos cómo operan sus dos máximos exponentes.

Carlos Jiménez es una fuerza centrípeta, que absorbe todo lo cordobés –el desparpajo, la elocuencia, el cálculo, la autonomía, el culto a la trayectoria- y al mismo tiempo lo delimita y lo limita. Rodrigo Bueno, empapado en eso, actúa de forma centrífuga: cruza las fronteras, y busca la universalidad, dejando jirones de su vida, de su identidad -de ahí su parodia gardeliana, de ahí los cambios recurrentes en la coloración de su pelo- en el camino.

Haciendo a un lado el signo biológico obvio -uno lleva medio siglo de carrera, el otro murió siendo todavía pibe- la Mona y el Potro encarnan las dos caras de lo centrista. Y hasta en sus apodos podemos encontrar un rastro simbólico.

La Mona se apropia de las sedas de la cultura, y aunque nadie lo toma en serio, divierte a todos con su performance. El Potro empuja con bríos sin tener la experiencia necesaria para saber dónde ir, y termina siendo llevado.

Lo interesante es que, sin Jiménez, el cuarteto no existiría como tal. Y sin Bueno, sólo sería el ritmo de una región en vez de ser una música nacional.  

El centrista se sitúa en esa paradoja, por otro lado, harto argentina: el choque entre lo telúrico y lo universal. Es en ese vacío donde el aire del Centro vibra con un sonido propio.

***

Releo el párrafo anterior escuchando un disco de la Mona. Al llegar a la última frase, entra el acordeón de Daniel Franco, la eminencia gris detrás del fenómeno de masas. Toca increíble.

Y entonces hago un racconto. Cuarteto, cumbia, chamarra, jota, tanguito montielero. Todos los ritmos musicales centristas se apoyan en el acordeón como instrumento central

― ¿Por qué?

Lo llamo a Homero Chiavarino, compositor e intérprete de música litoraleña. Le comento el asunto. Me promete enviar sus impresiones en un mail. Dos días después, me escribe desde su Rosario adoptiva:

“El acordeón es un instrumento increíble, porque condensa en un solo objeto a muchos instrumentos. Llega con la inmigración y enseguida reemplaza al piano en procesiones por su peso, su tamaño y la posibilidad de trasladarse tocando. Al ser un aerófono también permite reemplazar a los instrumentos de viento: flauta, saxofón, clarinete, etc. Esta condensación no se da sólo a nivel tímbrico. Porque el acordeón es armónico y melódico. En la mano izquierda tiene los bajos con acordes para realizar muy fácilmente las armonías, mientras la otra mano puede seguir la melodía”.

Interrumpo la lectura y abro una pestaña. Googleo la mecánica del acordeón. Es simple: el centro está lleno de aire. Al abrir o cerrar el fuelle, al aire se le ejerce presión o se lo libera. Desde ahí el corazón del instrumento canta. La metáfora es casi obvia.

La Mona y el Potro encarnan las dos caras de lo centrista. Y hasta en sus apodos podemos encontrar un rastro simbólico

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El mail de Chiavarino sigue:

“Quizá la identidad estética del Centro tiene que ver con eso. Podría ser una mezcla entre esencias más puras. La cultura quichua y andina que baja por el límite con Santiago del Estero, la impronta guaraní que viene desde los ríos mesopotámicos, mezcladas con la cultura portuaria que “sube” desde Buenos Aires. Considero en todo caso que esa esencia centralista, si es que existe, es la condensación de las esencias de las provincias que no son del Centro”.

Ser lo que no se es. El correo de Homero me remite a la pesadilla de Parménides. Y a la chicana política de los intensos contra los tibios de Corea del Centro.

***

Pero también me abre distintas puntas en este ovillo.

Por un lado, el temita de la inmigración. El chorro de gente que llegó a la Región durante casi un siglo y definió su personalidad. Porque con su sentido de lo económico -entendido como reducción del gasto a su mínima expresión- los inmigrantes moldearon la cultura centrista.

Al contrario que el cocoliche rioplatense, el gringo centrista habita el mundo prescindiendo de sus estridencias. Y cuando estas son inevitables, trata de disimularlas. Esa sobriedad se acopla de forma natural con la parquedad del criollo, y produce un tipo humano que se caracteriza por lo sobrio, y un sentido del cálculo que no existe en las demás provincias del país.

O así se pretende, y entonces esa mesura sobreactuada se transforma en un barroco al revés: la intensidad de lo tenue. Una búsqueda que llega a su cúspide en la literatura de Juan José Saer.

***

Al mismo tiempo, está la tirantez entre el centro y sus periferias -no en sentido peyorativo, si no estricto-.

Quiero decir: los linajes geográficos e históricos de los que el Centro reniega, al mismo tiempo que apellida. El Noroeste, en el caso de Córdoba. Y el Litoral, en lo que les toca a Santa Fe y Entre Ríos.

Quiero decir: el Puerto, que llama y seduce a la Región. En la poética del tango, las luces del Centro son una quimera y también una condena. El Centro es un lugar donde el piola busca salvarse. También el sitio donde el gil encuentra su perdición.

Hablo de esto con Claudio Lugner, agrónomo e historiador aficionado. Me atiende mientras va desde su San José natal hacia Paysandú, a cambiar las cubiertas del auto. Entre el ruido, me dice:

―Poné en la nota: lo que ocurre, el problema que tenemos es que nos creemos menos negros que los negros, pero los más negros están en Buenos Aires. Poné.

―Es un medio serio Claudio, no puedo poner eso.

Jamás el poder central permitirá que haya un gobernador de la Región Centro en la Casa Rosada. Ese fue una de las condiciones no escritas que permitieron destrabar la encerrona en que estaba Argentina tras Caseros. De ahí para acá, en política, cultura, economía o lo que quieras, es todo igual, estamos jodidos mientras no nos animemos a conducir el país nosotros. ¿Así te gusta más?

―Tiene sentido. Vos querés decir que un centrista con poder arrastra al resto de la Región atrás suyo, y si logra eso, puede romper el acuerdo que tienen los partidos del AMBA con las provincias del Interior.

―Eso. ¿Cuál es la figura más bastardeada de la Historia argentina? ¿Mitre? ¿Roca? No. Urquiza. El único que se animó a hacer esto que te digo, y todavía no se lo perdonan. Que no le perdonen los porteños o los tucumanos, qué sé yo. Pero un gualeyo o un santafesino, hasta un cordobés mirá lo que te digo, lo tiene que tener ahí arriba.

Y me cuelga.

Es simple: el centro está lleno de aire. Al abrir o cerrar el fuelle, al aire se le ejerce presión o se lo libera. Desde ahí el corazón del instrumento canta

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Después ensayo estas líneas, que podrían haber sido escritas en Colonia Mabragaña, Villa Rumipal o Puerto Gaboto. Lo mismo da porque, como la Región, no encuentran todavía un rumbo definido. 

Por ahí va queriendo: cuando la tensión se detiene, el centro desaparece. La tormenta se desata, el agua corre, la secuencia concluye, el texto se escribe. Sea.