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Tiempo de lectura: 7 minutos

Se dice que la historia de la literatura empezó cuando alguien salió de su aldea y volvió para contarlo, o que toda narración empieza con alguien llegando o alguien yéndose de un lugar. La poesía no funciona con la lógica de la narración, aunque pueda servirse de ella y viceversa, es quizá un movimiento más intensivo que extensivo. Aunque de distinta naturaleza, tienen el rasgo constitutivo de un movimiento.

Crecí junto al río Paraná, en Paraná, capital de Entre Ríos. Pertenezco a la última generación que conoció la vida sin internet. Mi infancia transcurrió en una era aún analógica pero con el despunte de aparatos tecnológicos que ingresaban a hogares de clase media por tráfico de parientes que viajaban a Estados Unidos. Antes de que la pequeña empresa de mi papá cayera en desgracia, mi familia tuvo una lancha en la que salíamos los fines de semana; a veces acampábamos en una isla, donde pescábamos y hacíamos fuego. En esa época vacacionamos algunos veranos en Brasil, días enteros de viaje en un Fiat Duna rojo, parando a descansar en la frontera. Mis tres hermanxs iban sentados en el asiento de atrás y a mí, por ser la más chica, me tocaba ir acostada en la luneta. Me hacía la que no pero me gustaba, con la cabeza apoyada en una almohada, iba leyendo algún libro de Mafalda o la revista Genios. Cuando viajábamos a Villaguay (“Ciudad de encuentros” según su lema oficial, por ubicarse en el corazón de Entre Ríos), a visitar a mis abuelos, me tocaba ir sentada en el baúl, viajaba mirando hacia atrás por el parabrisas con una perspectiva distinta a la de los demás, escuchando cassettes regrabados en un walkman, mirando la estela que el auto iba dejando y espiando la vida interior de los autos que coincidían a la misma hora en la misma ruta. Si veíamos aparecer un control policial, me pasaba ágilmente al asiento, haciéndome lugar entre los cuerpos sudorosos de mis hermanos adolescentes. Hoy resulta impensada semejante negligencia vial. Si nos poníamos quejosos, mis viejxs se indignaban: ¡mirá el paisaje!, ¡disfrutá! 

A los 18 elegí por intuición o azar irme a estudiar a Rosario, que no conocía. Sentí curiosidad por saber cómo era vivir en una ciudad con mucha oferta de actividades, llena de personas desconocidas, con muchas carreras universitarias, con museos y cines, con grandes monumentos, con casonas antiguas perfectamente conservadas y altos edificios espejados, con librerías, shoppings, bares para todos los gustos, ropa moderna y mucha juventud. Tres horas era una distancia perfecta para cuando quisiera volver a mi casa familiar, y lo hice una vez por mes durante varios años, en colectivo. Mi cuerpo se adaptó a esas tres horas, que podía pasar con la mirada suspendida en el movimiento del campo, una especie de estado zen, pensando en algo o en nada. Hay gente que si pudiera anularía esos fragmentos de tiempo “perdido”, así como hay gente que hace uso de la opción “eliminar silencios” en los audios de wasap. La poesía es exactamente lo contrario a eliminar silencios. 

Me encanta ser un punto de vista en eyección, quieto y móvil a la vez, y suspenderme en la sensación de lejanía con lo que se dibuja en el horizonte, o más acá: luces, chimeneas, casas abandonadas, antenas, montoncitos de árboles, animales en manada, perros arrieros, tractores manejados por niños, familias trabajando la tierra. Admiro la vida rural; mi abuelo era de la zona arrocera de San Salvador y por él conocí un tipo de bondad y nobleza difícil de encontrar en la ciudad. Compartir un momento con él no requería de palabras, me costó entenderlo.

"Crecí junto al río Paraná, en Paraná, capital de Entre Ríos. Pertenezco a la última generación que conoció la vida sin internet."

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Aunque si tuviera elección no volvería a subirme a un colectivo, prefiero caminar o andar en bici en la ciudad, viajar en tren o en auto, desde que mi abuela me otorgó su impecable Fiat Uno modelo 94. En los tiempos inaugurales en que devine poeta, me subía a una bicicleta o a un colectivo y me asaltaban versos, hilos de los que tiraba y salían poemas flotando por el aire, me montaba en esas músicas raras que se trenzaban en el movimiento de mi propia traslación. Los repetía en mi mente, los memorizaba, descartaba partes, hasta que por fin adquirían cierta forma orgánica. Atada a esa dinámica inaugural,  todavía me quedo esperando que suene esa música desde donde sea que vengan los poemas. Detenido el movimiento de traslación en el último año y medio, tuve que descubrir e inventar formas nuevas de llegar, nuevos rituales, lo cual implicó cuestionar mis propias afirmaciones. Además, mi memoria no funciona igual. 

Me preocupo por mi memoria y la de mi especie, me enojo cuando mi novio no se acuerda de cosas que vimos, me irrita que ante una incógnita surgida en una conversación grupal alguien tome su celular y guglee la respuesta que olvidará apenas apoye su cabeza en la almohada, ¿qué sentido tiene? Es como poner a conversar computadoras que se tiran datos entre sí. Los modos de hablar también se van desterritorializando hacia una distopía verbal en la que todos acabarán hablando un castellano neutro con un repertorio acotado de frases. La gracia de las fotos viejas es que nadie sabía posar, no se tenía un manejo deliberado de la expresión facial. Hoy las cámaras frontales son espejos permanentes en los que la gente domestica su gestualidad, mimetizando las caras del mainstream. 

"Hay gente que si pudiera anularía esos fragmentos de tiempo “perdido”, así como hay gente que hace uso de la opción “eliminar silencios” en los audios de wasap. La poesía es exactamente lo contrario a eliminar silencios. "

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En diciembre de 2019, el último verano de la vida de antes, estuve por primera vez en Resistencia, Chaco, por un festival de poesía. Con un grupo cruzamos un mediodía a Corrientes, para almorzar a orillas del Paraná y aprovechar unas horas libres. Fuimos en tres o cuatro remises dedicados a hacer ese tramo. Me vigoriza el vértigo de los puentes, es como quitarse de golpe las anteojeras de la urbe y quedar suspendida flotando en esa nada de agua, sentirse estúpida por las preocupaciones estúpidas y abandonar el nerviosismo del viaje. Es raro encontrarte un río que conocés tanto, en otro punto geográfico, acunando a otra ciudad, a otra costanera, con otra fisonomía, otros árboles, otras actividades náuticas, otros barrios de pescadores; es como descubrir a una persona conocida en otra faceta de su vida. Ese día espléndido, soleado, sobre la arena limpia de una playa vacía, una poeta me tiró el Tarot. Le pregunté por mi 2020 y me salió “El Ermitaño”. Mucha gente piensa que es una carta negativa porque lo relaciona con la soledad, me dijo, y probablemente implica soledad, sí, pero fíjate que el ermitaño tiene siempre un farol, también es iluminación, reflexión, introspección. Acepté el desafío. 

Ese enero de 2020, como todos los eneros desde que no vivo allá, lo pasé en Entre Ríos. El río estaba muy bajo, habían aparecido zonas arenosas nunca vistas por donde la gente se mandaba caminando, creyendo que iba a poder cruzar hasta la isla y plup!, cada dos por tres tenía que ir prefectura a rescatarlos. También el túnel subfluvial había mostrado su malla protectora que las autoridades tuvieron que salir a explicar; creí que su aspecto de lomo de cocodrilo gigante era una obra hasta entonces sumergida de un arquitecto genial, pero resultó ser una pura casualidad. En la tele pasaban imágenes de un crucero varado en las costas italianas del mar Mediterráneo con algunos argentinos a bordo y empezaban a aparecer los contadores de contagiados y muertos en China. Desde Rosario me llegaba un mensaje sobre un aguará guazú perdido en la ciudad a cuatro cuadras de mi casa.

Empezó febrero y tocaba volver, pero decidí esperar el inminente nacimiento de mi sobrino. Con el auto cargado, pasé a conocerlo por la clínica, fui la primera persona en verlo por fuera de sus xadres, nunca había sostenido a un humano tan recién llegado al mundo, sus párpados estaban unidos, tras esas cápsulas rojiblandas aún se escondía el milagro de mirar. Tanta fragilidad me impresionó. Me despedí livianamente de todxs y salí de la ciudad. 

"Es raro encontrarte un río que conocés tanto, en otro punto geográfico, acunando a otra ciudad, a otra costanera, con otra fisonomía, otros árboles, otras actividades náuticas, otros barrios de pescadores; es como descubrir a una persona conocida en otra faceta de su vida."

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Hay dos caminos posibles para viajar de Paraná a Rosario y tienen exactamente la misma extensión, se demora lo mismo, por lo que, para elegir, cada quien debe sopesar las opciones en su balanza. Un camino tiene salida por el túnel subfluvial, ofrece una rápida vista de despedida de Paraná desde la orilla del frente, los colores de sus barrios humildes en las mejores ubicaciones, las playas y las barrancas de altura coronadas por el hotel Mayorazgo. Luego el recorrido roza las cervecerías de Santa Fe y la cancha de Colón para agarrar la autopista, con un corredor de árboles en línea y pasto cortado entre mano y mano; el resto es la llanura total: soja y soja y algunas vacas. El otro camino sale por Oro Verde (hermoso nombre, si los hay), un pequeño poblado surgido a instancias de la Escuela Rural Alberdi, la Facultad de Agronomía y algunos frigoríficos, que por su acelerada urbanización en los últimos quince años se ha vuelto ya casi un barrio de Paraná, al eliminarse la franja de campo que los separaba. Después van apareciendo las aldeas alemanas que invitan a adentrarse a sus balnearios, se abren caminos hacia la zona avícola en la que se ha filmado muy buen cine (Germania de Maximiliano Schonfeld o Crespo de Eduardo Crespo), las ondulaciones verdes de las cuchillas lisérgicas de la zona de Diamante (“colinas, pa que entiendan los porteños”, Ricardo Zelarayan Dixit). Parada para hacer pis, entrando a un camino de tierra, ante la mirada escondida de los cuises. Cambiar la yerba y seguir viaje. Carteles verdes lucen en letras blancas nombres graciosos de arroyos (“A° La camiseta”), cruce de rutas, Virgen y Gauchito Gil, entrada a Victoria –destino bienquerido por timberos y avistadores de ovnis—, la banquina empieza a invadirse de ramalcitos del río Paraná, ese curso que escolarmente concebimos como una serpiente uniforme pero que visto desde el cielo se parece más a un rayo electrificado, con miles de nervaduras. Sin notarlo, ya estamos sobre el puente Rosario-Victoria, se abre de un golpazo el río ancho con sus enormes barcos de colores primarios, sus chetos en kitesurf, lanchas estacionadas en paradores de la isla, las prominentes “torres de Messi” en la cara frontal de la ciudad. 

En ese último viaje, el tramo final antes de llegar al puente estaba completamente incinerado. Todo estaba negro excepto las brasas que aún ardían en los troncos, había cadáveres de animales indistinguibles, los pájaros no tenían dónde parar. Este espectáculo inédito se extendía por kilómetros y kilómetros, que atravesamos en silencio. 

Al día siguiente, almorzamos con una amiga en la terraza. Notamos cositas raras en nuestros vasos y platos, el aire se empezó a enrarecer, hasta que nos dimos cuenta de que estábamos bajo una lluvia de ceniza, imperceptible en un principio, por su improbabilidad. El horizonte se volvió de un gris cemento. Luego llegó la pandemia y el confinamiento.

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