28 de junio de 2026
Ramón Navarro, murió a los 92 años, en Buenos Aires. En sus últimas entrevistas repetía esta frase: “a pesar de las cosas tristes de la vida, fui un hombre feliz”. En estos días, se dijo que fue uno de los grandes compositores de la música argentina -un ícono de los sesenta-, que muchos artistas aprendieron a cantar folklore con sus canciones y que para un hombre criado en un pequeño poblado riojano llamado Chuquis, consiguió varios hitos: grabó la obra conceptual Los Caudillos de Ariel Ramírez y Félix Luna en 1966, fue integrante de Los Quilla Huasi entre 1970 y 1981, compuso la Cantata riojana (1985) con el escritor Héctor David Gatica, compuso una decena de obras inmortales -“Chayita del vidalero”, “Pueblo azul”, “Chayita de los pobres”, “Zamba del cercador”-, y llegó a ser una pieza fundamental en el directorio de Sadaic, (Sociedad de Autores y Compositores), desde los ochenta y hasta su retiro.
Lo que no se dijo es que Ramón Navarro podía ser copla de carnaval, canto de pájaro, sombra de nogal y aroma de poleo y cedrón. Podía ser silencio, viento bajando por los corrales, podía ser azul de cerro, rumor de acequia en el parral, patio de la infancia, siesta de pueblo, podía ser uno con el paisaje.
-Vos te vas pareciendo al árbol, al cielo, al cerro, a la gente, a la comida, al pasto, a los yuyos, a los cabritos, uno se va mimetizando y empiezan a salir los recuerdos y nosotros metidos dentro de las canciones.
Esa era su manera de componer, esa era su manera de estar en el mundo.
“Chayita del vidalero”, su canción insignia, la compuso cuando estudiaba abogacía en La Plata. “Me cayó un día del año '53, porque me moría de nostalgia por mi pueblo. Recuerdo que la tuve que repetir varias veces porque, claro, yo no sabía escribir música”
Chuquis podría haber sido otro pueblo, como cualquier otro pueblo del interior profundo de la llamada costa riojana, una franja de cien kilómetros, dividido entre la tierra fértil y el desierto. Un bonito pueblo recostado sobre el cordón del cerro Velazco con su iglesia, su plaza, sus calles de tierra, sus parrales, su lecho de río seco en verano. La diferencia es que allí creció un cantor, un poeta, un músico, y ese pueblo ya no fue igual a otros, ese pueblo se volvió canción, se volvió historia.
“El pueblo me ha hecho lo que soy”, dijo Ramón Navarro, en el documental Un pueblo hecho canción de Silvia Majul, que pone el foco sobre una vida serena al refugio de su oficio como compositor, que recibió honores como la Orden “General Don José de San Martín” otorgada por el Senado de la Nación, a las más grandes personalidades de la cultura y ciencia de nuestro país.

Ramón Navarro nació el 14 de marzo de 1934 en Chuquis, el poblado que lo marcó. Fue el primogénito de seis hermanos que crecieron en el seno de una familia clase media. Su padre Ramón Navarro Meléndez, oriundo de Anillaco era odontólogo, pero le gustaba la música y su madre Delia Nieto Ortiz, era hija de un poeta y abogado de Chuquis. Cuando Ramón cumplió en 2014 los 80 años de edad recibió un regalo inesperado de toda la población, que decidió que las calles de la localidad llevaran el nombre de sus canciones.
De esos carnavales en su pueblo, de esos recuerdos de infancia y adolescencia rodeado por la naturaleza y los animales -corderos, patos, gallinas, pavos reales y hasta un lagarto que murió de cirrosis-, que habitaban esa casa con forma hexagonal que construyó su abuelo, donde después se quedaba la familia todos los veranos, de esas charlas con personajes del lugar, de esos atardeceres cuando los cerros se teñían de azul y de naranja, de esos recuerdos, historias, nacieron sus canciones.
“Don Rosa Toledo”, está dedicado a ese hombre que era minero, herrero y que cuando hachaba hacía un quejido para avisarle al árbol que a él también le dolía ese golpe. “Era uno de esos hombres que sabían hacer de todo. Muy grandote con una voz áspera, que se llenaba de ternura cuando le hablaba a su mujer. Era un hombre sabio sin haber estudiado. Un día para acordarme de él le escribí unas coplas y se la di a mi hijo para que le pusiera una música y quedó esa zambita”.
Desde el vino un grito sube por la tarde
don Rosa Toledo va rumbo a las casas
y su grito verde, trepa los viscales
tiene un quejido de algarrobo y tala.
“Muchas veces estoy en una reunión y cantan una canción mía, pero no saben de quién es el autor. Yo no digo nada. Disfruto eso”, contaba Ramón
“Leopoldo Silencio”, se la dedicó a un paisano que vivía solo con su rebaño en la falda de un cerro. “Nunca llegó a escuchar la grabación de esa canción así que hicimos un ritual con mi hijo y volvimos a su casa. Llevamos un grabador y pusimos el tema en el comedor. Lo llamativo es que había quedado todo igual, con una mesa puesta con los cubiertos, el plato y el vaso, como si nunca se hubiera ido”.
Si la Luna lo alumbra bajo el alero
Su cansancio lo tira sobre un jergón
Y un sueño de balidos y tintineos
Lo envuelve como el humo de su fogón
“Chayita del vidalero”, su canción insignia, la compuso cuando estudiaba abogacía en La Plata. “Me cayó un día del año ’53, porque me moría de nostalgia por mi pueblo. Recuerdo que la tuve que repetir varias veces porque, claro, yo no sabía escribir música”, le contó al periodista Cristian Vitale de Página 12. La canción es un homenaje indirecto a José Jesús Oyola, considerado el patriarca de la chaya riojana, serenatero y cantor, y a los Hermanos Albarracín, los primeros que difundieron la música riojana en la década del cincuenta.
Chayita del vidalero
Déjame la copla te entrego mi voz
Y esta cajita chayera templada en el fuego
De tu antiguo son
Venga vinito patero
Dulzón y fiestero adentro nomás
Para que un grito chayero
Suba por la sangre…
De un vidalero, de un vidalero, de un vidalero..

La canción fue grabada primero por Los Trovadores del Norte en 1964, pero cuando la escuchó Mercedes Sosa, quedó enamorada por su simpleza y la incluyó en el disco Yo no canto por cantar (1966). Cuarenta años más tarde la volvió a grabar Liliana Herrero en su disco Recuerdos de provincia (2003). “Lo que lamento es haber grabado esa única canción de Ramón. Tiene canciones para tirar para arriba. Su obra es exquisita, siempre referenciada a su tierra natal, anclada en su amor por su lugar. Ramón fue un sujeto principalmente adorable. Era un tipo dulcísimo, cordial, amistoso, amoroso. Hemos conversado muchísimo. Lo quería mucho a Horacio (González) y teníamos charlas hermosas los tres. A mí me daba gusto escucharlo y era un gran cantor. Su obra es fundamental y haremos lo que siempre se hace cuando alguien importante parte. Volveremos a escuchar cada una de sus canciones, porque es necesario volver a repensarlas y conversar y dialogar con ellas. Eso es lo que era para mí Ramón. Un hombre emocionado por su tierra, por la música y la poesía”, dice Liliana Herrero.
Ramón Navarro representó el sentir de ese riojano anónimo, el labriego que habita en los caseríos, el que cuida su majada de cabritos, el que canta solo en los carnavales, alentado por el vino y la aloja. Fue el que a través de su obra invocó a los poetas -José Jesús Oyola, Manuel j Castilla, José Pedroni, Armando Tejada Gómez y Ariel Ferraro, (sobre los versos de este último grabó en 2001 todo un disco íntegramente dedicado a su poesía)-, a los caudillos riojanos, Chacho Peñaloza, Felipe Varela y Facundo Quiroga, y a las divinidades diaguitas, que le dieron el nombre originario a su pueblo en idioma kakán.
El músico representó la riqueza humana y poética del riojano, a diferencia del imaginario distorsionado de su provincia que espejó Carlos Saúl Menem. “Siempre le dolió mucho La Rioja que se difundió a partir de una imagen presidencial y como su provincia fue saqueada a lo largo de la historia. Siempre pensé que Ramón representa la otra cara de la provincia, La Rioja del poeta Daniel Moyano, la de los Chazarreta, una familia de músicos, la de Pancho Cabral, la de los artistas plasticos, las de los que militaron el periodismo que hizo Tito Paoletti, que tenía el diario El independiente, de enorme lucidez en plena dictadura y toda gente que pertenecía a ese entorno, o espacio en el que estaba incluido Ramón. También es La Rioja de los poetas, Gatica, Ferraro, porque desde mi punto de vista, hay que poder separar una Rioja de la otra”, dice el guitarrista tucumano Juan Falú. Su obra musical fue tan importante como la popularidad que tuvo su figura en la década del sesenta.
-Nuestro país musical era entonces una peña inmensa, el folklore estaba de fiesta ponderada. En esa singular ida y vuelta, importantes artistas habían grabado algunas de mis obras, lo que me produjo una inmensa y feliz sorpresa.
“Don Rosa Toledo”, está dedicado a ese hombre que era minero, herrero y que cuando hachaba hacía un quejido para avisarle al árbol que a él también le dolía ese golpe
No solo era un gran letrista sino un gran cantor. Su voz revelaba una capacidad técnica maravillosa: podía trepar a notas altas sin perder el fraseo dulce y emotivo, o bajar hasta registros más graves de un decir susurrante. Rápidamente llamó la atención del pianista Ariel Ramírez que lo convocó para que forme parte de su conjunto, un seleccionado de estrellas folklóricas, donde estaban, entre otros, Jaime Torres en el charango y Domingo Cura en la percusión. En 1966, grabó como voz solista la obra conceptual Los Caudillos de Ariel Ramírez y Felíx Luna junto a coro y orquesta, en una sola toma. Estaba orgulloso de ese trabajo que reivindicaba a los caudillos. “A ellos los trataron de bárbaros y asesinos, pero luchaban por un país federal”, decía.
En 1970, ingresó a Los Cantores de Quilla Huasi por recomendación de Ariel Ramírez. Era uno de los grupos más populares de la época, donde estaban Carlos Lastra, Oscar Valles y Roberto Palmer. Los memoriosos recuerdan que el público de Cosquín los sacaba en andas del escenario. No sólo eran populares, sino de una calidad que superaba la media. El propio Atahualpa Yupanqui los invitó a una gira por Europa y Asia, donde les hizo de telonero y los presentó en cada lugar que tocaron.
En 1982, fundó con su hijo el grupo Arraigo y grabó un disco, donde musicalizaba a poetas como Tejada Gómez, interpretaba piezas compuestas por su hijo Ramón y repasaba varios de sus clásicos con renovados arreglos de teclado y percusión: el álbum estaba dedicado a su hermano Carlos Navarro Nieto, que un año antes murió trágicamente cuando la crecida del río arrastró el auto en el que viajaba rumbo a Chuquis para celebrar la noche de año nuevo.
En 1985, estrenó su Cantata riojana, donde participaban referentes de su provincia como Colacho Brizuela (guitarrista de Mercedes Sosa, durante tres décadas), Pancho Cabral, Luis Chazarreta y Chito Zevallos. Le llevó tres años musicalizar esa obra escrita junto al poeta Héctor David Gatica. “Lo que no sabíamos era como iban a recibir los riojanos que alguien les cuente su propia historia”. Fue uno de los hitos en su provincia. Lo sigue siendo.
“Me acuerdo que cuando escuché por primera vez La Cantata Riojana estaba haciendo unos arreglos en el techo de una casita que habíamos alquilado en Carlos Paz y cuando puse la Cantata a todo volumen en un grabador se me llenaron los ojos de lágrimas. Fue una emoción grande sentir que estaba en La Rioja de nuevo”, dice el músico y compositor riojano Ramiro González, uno de los mejores cancionistas de su generación, que le dedicó el tema “Padre del canto: Navarro siempre contaba que conoció a Ramiro de chico cuando serenateaba con su padre el Pimpe González en La Rioja.
Navarro fue la voz del riojano en la distancia cuando exclamaba sus coplas con la voz quebrada y emocionada, con esa vieja añoranza del que quiere volver a los sitios de la infancia donde amó la vida. “Encontrar la palabra para nombrar ese recuerdo no es fácil, pero creo que lo logré”, dijo en una de sus entrevistas.
Estaba orgulloso de ese trabajo que reivindicaba a los caudillos. “A ellos los trataron de bárbaros y asesinos, pero luchaban por un país federal”, decía
Todos los años le llegaban noticias que alguien había grabado una nueva versión de sus temas. “Muchas veces estoy en una reunión y cantan una canción mía, pero no saben de quién es el autor. Yo no digo nada. Disfruto eso”, contaba Ramón. “Era un tipo humilde”, dice el compositor riojano Ramiro González. “Siempre decimos con Raly Barrionuevo que todos aprendimos a cantar nuestra primera canción con su zamba “Coplas del valle”.
El músico tucumano Juan Falú, un maestro de la guitarra, lo recuerda como un amante de las reuniones amistosas, donde circula la canción, el humor sutil y las culturas expresadas en los buenos platos. “Como artista y compositor de canciones que se han hecho muy populares, Ramón es un pilar. Conseguir que con una poseía y una música de calidad se difundan y se hagan masivas estas canciones en una época donde la masividad pareciera depender casi exclusivamente de los favores mediáticos o del peso de las industrias musicales, es todo un logro. Eso es porque el cancionero de Ramón es bello, contundente y siempre dan ganas de cantarlo, de revisarlo y repasarlo”, apunta Falú.
Ganador del premio del Fondo Nacional de las Artes y declarado Ciudadano Ilustre de su provincia, donde una avenida lleva su nombre, dijo una vez: “Creo en la memoria, no en la trascendencia”. Incluso cuando se lo cante y no se lo nombre, Ramón Navarro volverá a estar entre los viñedos, en la voz de un vidalero joven despenando un querer, en el golpe del hacha, en el perfume de albahaca durante el carnaval, en la senda que sube al cerro de su amado pueblo Chuquis. Ese es el premio. Ninguna tumba guardará su canto.



