Un momento...

23 de junio de 2026

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SKAY: EL JINETE EN LA TORMENTA

Fernando Rosso

@RossoFer
Al fondo a la izquierda
Tiempo de lectura: 5 minutos

En la historia larga de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Skay Beilinson no entró por la puerta principal, pero dejó una marca en las paredes, en el humo, en la memoria física de quienes estuvimos ahí.

Durante años, cuando se habló de la banda (más aún en las últimas semanas), la luz cayó casi siempre sobre el Indio: la voz, la palabra, el misterio mayor. Era lógico y, a la vez, injusto. Porque si el Indio fue el oráculo, Skay fue la corriente eléctrica que permitía creerle al oráculo.

Los Redondos fueron una sociedad estética antes que una voz y un acompañamiento. Una forma de organizar una liturgia pagana donde cada parte cumplía una función precisa: la voz como enigma, las letras como contraseña, el arte de Rocambole como iconografía, la Negra Poli como inteligencia estratégica de la autonomía, y Skay como arquitectura sonora. Cada pieza parecía conocer el tamaño exacto de su sombra. La guitarra de Skay también fundaba las canciones porque no era un mero adorno o un complemento. Les daba calle, filo, amenaza, elegancia sucia. Las hacía caminar o correr al ritmo del más puro rock and roll.

Ahí estuvo su aporte más profundo: Skay construyó una manera argentina de hacer sonar el rock. Una guitarra que podía ser blusera, stone, psicodélica, ricotera, pero nunca calco y copia. No era virtuosismo de vidriera, de esos que muestran los dedos como quien muestra una credencial. Era economía, tensión, fraseo, pulso. Y estilo, mucho estilo. La nota justa en el lugar donde el cuerpo de las multitudes necesitaba caer. La guitarra como bisturí, como serpiente, como motor de la misa. Skay entendía el valor de una pausa, la sensualidad de una nota sostenida, la violencia de un acorde seco. Mientras otros guitarristas se exhiben como atletas, él tocaba como un narrador.

El Indio decía y Skay abría el túnel. Escuchar a Skay en Los Redondos implica entrar en una materia densa. En “Jijiji”, la guitarra parece abrir una compuerta hacia una fiesta peligrosa. En “Todo un palo”, avanza con el paso de una multitud que aprendió a desconfiar de todo y de todos. En “El pibe de los astilleros”, hay una dureza obrera, portuaria, un metal emocional que golpea desde abajo. En “Masacre en el puticlub”, la guitarra se vuelve navaja de novela negra. En “Un ángel para tu soledad”, aparece una melancolía de ruta, de estación vacía y domingo por llover, de madrugada que todavía busca a quién perdonar. La prueba material de que el misterio también necesita una mecánica interna. Sin Skay, muchas canciones seguirían siendo grandes canciones. Con Skay, se volvieron territorios únicos. Skay era capaz de ordenar el pulso de la ceremonia. Los riffs y los fraseos arman el suelo sobre el que se agita la muchedumbre. Hay una memoria popular de esos acordes: miles de cuerpos saltando al mismo tiempo. El rock, cuando funciona de verdad, también es una enseñanza física.

La reivindicación de Skay no exige achicar al Indio. Al contrario: permite entender mejor la dimensión de lo que hicieron juntos

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La Plata aparece en esta historia como algo más profundo que una dirección de origen. Skay viene de una ciudad donde el rock argentino se mezcló con talleres, artes gráficas, comunidades, contracultura, militancias laterales y experimentos colectivos. Antes de Los Redondos estuvieron La Cofradía de la Flor Solar, Diplodocum Red & Brown, Rocambole, Guillermo Beilinson y una trama que pensaba la música como parte de una vida distinta. Los hermanos Beilinson habían pasado los años 1967/1968 en Europa, participaron de algunas revueltas del Mayo francés, luego viajaron a Londres y tuvieron el privilegio de ver a Jimi Hendrix en vivo. Volvieron a La Plata con discos inconseguibles y un amplificador Marshall, un verdadero lujo para la época. De toda esa historia europea y platense viene una sensibilidad: la banda como experiencia total, el recital como acontecimiento, la independencia como práctica cotidiana, la estética como forma de organización. En Skay se escucha algo de esa genealogía. Su guitarra parece traer memoria de galpones, sótanos, rutas, bares, carnavales raros, revuelta y revolución. Nunca buscó la velocidad como espectáculo vacío. Su potencia estuvo en la frase justa, en la espera, en el tono. Skay conoce el valor del espacio: deja respirar la canción, aparece cuando debe aparecer, se retira cuando el tema necesita sombra.

La reivindicación de Skay no exige achicar al Indio. Al contrario: permite entender mejor la dimensión de lo que hicieron juntos. A veces la cultura argentina necesita fabricar héroes solitarios porque le cuesta pensar las sociedades creativas. Pero Los Redondos fueron una máquina colectiva. Y en el centro de esa máquina hubo una dupla: una voz que tiraba imágenes como botellas al mar y una guitarra que las hacía estallar desde el océano. Reivindicar a Skay es discutir una forma de contar la cultura. La Argentina ama los nombres totales, las figuras que condensan una época, los ídolos alrededor de los cuales se ordena la memoria. Pero las grandes obras suelen nacer de sociedades complejas, de tensiones, de pactos silenciosos, de inteligencias que se rozan hasta producir una chispa. Skay fue una de esas inteligencias.

Si el Indio era el Borges de esta sociedad, el que parecía manejar la biblioteca universal, Skay puede ocupar el lugar de Arlt. El autor de Los siete locos escribió con la lengua rota de los inventores desesperados, los humillados que sueñan artefactos imposibles en piezas de pensión. Skay parece venir de esa misma fábrica nocturna: una mezcla de artesano, alquimista y fugitivo. Donde Arlt ponía ácido y fiebre, Skay puso distorsión.

La guitarra de Skay también fundaba las canciones porque no era un mero adorno o un complemento. Les daba calle, filo, amenaza, elegancia sucia

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Después de la separación de la banda, Skay hizo algo difícil: no se quedó a custodiar una ruina. Salió a tocar. Armó sus discos, sus bandas, sus canciones, su propio viaje. A través del mar de los Sargazos, Talismán, La marca de Caín, La luna hueca, En el corazón del laberinto, Espejismos: los títulos parecen estaciones de una novela de aventuras escrita por alguien que no quiere abandonar del todo la noche.

Su etapa solista permite escuchar otra dimensión. La voz de Skay, más áspera y terrenal, funciona como prolongación de la guitarra. Canta desde el camino, no desde el altar. Hay algo de viejo navegante en esa figura: alguien que atravesó una de las bandas más importantes del continente y siguió tocando con la serenidad de quien conoce el precio de las grandes luces. Ahí está el mismo guitarrista, pero también otro: más frontal, más cantor, más artesano de un camino propio. Y hay algo conmovedor en esa persistencia. Skay siguió tocando como quien sabe que el rock no es juventud congelada, sino oficio contra el desgaste. Oxidarse o resistir. No necesitó transformar cada aparición en un acto de poder. Su lugar fue más lateral, más austero, menos espectacular. Pero esa lateralidad también fue una ética.

En tiempos donde todo artista parece obligado a explicarse, Skay eligió seguir diciendo con la guitarra. Como si todavía creyera que hay cosas que, puestas en palabras, se vuelven más pobres, se degradan. Por eso su figura merece una reivindicación. No como “el otro” de una historia ya contada, ni como complemento sentimental del Indio, sino como una de las columnas sonoras del rock argentino. Skay fue parte del corazón de Los Redondos porque entendió que una canción popular no se vuelve mito solo por lo que dice, sino por cómo vibra en un cuerpo colectivo. Y esa vibración, muchas veces, arrancaba en su mano derecha.

La muerte reciente del Indio volvió a abrir la caja de los recuerdos, las devociones y las heridas. Está bien que se haya hablado de él: pocas figuras tocaron tan hondo el nervio de varias generaciones. Pero tal vez este sea también el momento de mirar al costado de la foto, donde aparece Skay con su guitarra, más silencioso, menos doctrinario, igual de decisivo.

Porque si el Indio fue la lengua del delirio ricotero, Skay fue su respiración eléctrica. Y sin respiración no hay mito que aguante.

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