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SI ESTAS PALABRAS TE PUDIERAN DAR FE

Tiempo de lectura: 8 minutos

La foto es conocida. Pipo Cipolatti y su esposa sostienen a sus hijos gemelos delante de la cruz en una iglesia del barrio porteño de Retiro. Mientras, Gerardo Sofovich, el Ruso, tiene una vela en la mano, preparado ya para el momento en el que le toque, junto a Charly, encender el cirio pascual. Entretanto, Fabi Cantilo, mira un poco desorientada desde atrás, y lo mismo hace el propio Charly, que tiene la mano en el bolsillo superior del saco. Paulina Karadagián, la hija del histórico luchador de catch de Titanes en el Ring, tiene los ojos puestos en cualquier parte. Si hubiera seis más, podrían ser los apóstoles. Una banda de rockeros y de pecadores, de rotas y de rotos, en una foto para la eternidad. Para algunos, ese día la casa del Señor fue tomada por espíritus ajenos. Pero no hay duda: si algún desprevenido paseante o algún necesitado de oración pasaba por esa cuadra preguntando “¿Che, acá es lo de Cristo?” tenía que darse cuenta de entrada: “sí, claro que sí, vos sabés que sí”.

Arrancaban los 2000. Un país estallado buscando un símbolo de paz. Charly, todavía, estaba en su etapa bélica. La de los recitales en el Roxy, el brazalete “Say No More”, el disco Influencia y los coletazos de El Aguante. Los años de la respuesta a Lanata (“yo pienso que vos sos un pelotudo”), y la banca final a Menem, su amigo, al que antes había criticado y a quien alguna vez, según el mismo dijo, le había tocado “Los Dinosaurios” para probar su humanidad. “Le arranqué un par de lágrimas. (…) Es humano. Creo que nadie lo vio llorar nunca a Mendez, salvo cuando se le murió el hijo”—dijo tiempo después. Uno a uno, como tantos otros, pasando por las pruebas humanas de García.

Prueba humana parecía, en esos años, ver a Charly encendiendo el cirio pascual con don Gerardo.  “Mi música es satánica. Acá no la puedo tocar”, decía entre risas el García que ahora tenía la misión de proteger a los hijos de Pipo. “Soy protector, pero también apiolador”. Parece joda, pero no. Los profetas, todos, eran un poco eso.

García ya tenía experiencia en el arte de profetizar. Bíblicamente, la profecía no es un arte adivinatorio, sino una advertencia. “El profeta advierte a Israel acerca del juicio de Dios y promete la salvación del mismo Dios. Tanto la advertencia como la promesa son condicionales. Dependen de la libre respuesta del pueblo de Israel”, dijo alguna vez el sacerdote Albert Nolan. Que los Dinosaurios, los milicos, iban a desaparecer: profecía de un Charly que sabía que, aun cuando estuviesen condenados a ello, había algo que dependía de otros. ¿Hubieran desaparecido sin rondas de las Madres, sindicalistas críticos, ciudadanos hartos, militantes que volvían del exilio con la bronca entre los dientes?

En 1984, apenas a la salida de la dictadura, ese Charly que es siempre todos los Charlies, cantaba la canción con todos de la democracia. Una canción a cara lavada: dale para adelante, pero sin caretas. “Aquí para ser un ideólogo tenés que ser una persona ejemplar, un buen padre de familia, un chico bueno y controlado. Es todo una gran mentira tipo boy scout, somos todos buenos. A mí me gusta mostrarme entero, con mis partes buenas y malas”, le decía a Pipo Lernoud en la revista Cantarock. Mientras, le confesaba que había llegado a pensar “en un delirio, en ponerle acompañamiento de rock sinfónico al Manifiesto Comunista de Marx. ¿Te imaginás? Proletarios del mundo, uníos sonando tipo Yes. Los psicobolches se hubieran escandalizado”. Se cayó la dictadura, se está por caer el muro, pero los muros mentales y las dictaduras espirituales todavía están ahí.  “Yo quiero sacarme todo de adentro: la profesora de piano, el colegio, los militares, toda esa culpa que llevamos. Es un BASTA enorme: bancate ese defecto. (…) Está lleno de policías de la mente que nos vigilan las conciencias y no dejan vivir en paz. Llega la democracia, se supone que se van los milicos, pero el milico interior de cada argentino sigue ahí. Ante eso, el rock tiene que decir: váyanse a freír mondongo, loco. No hay más espacio para hacerse el careta a la sombra de los misiles (…). Hay que vivir nuestra vida, aunque sea de prepo”.

La religión era –podía ser— otra de esas policías. El rock argentino, que tradicionalmente la había visto con recelo, había guardado para ella esa dosis de misterio y cercanía que producía, en los sesenta y los setenta, una escena variopinta en la que, vaya a saber por qué, curas, pastores y monjas, también se plantaban. Si la fusión entre religión, peronismo e izquierda había dado lugar a una versión propia de la Teología de la Liberación, la fusión entre cristianismo y rock había incubado una teología mística que combinaba hippismo, Cristo y liberación nacional y espiritual. ¿Cuál de las dos revoluciones era más fiel al espíritu? Gorrión con su Rock de la Misa Criolla, Vox Dei con su Biblia, Invisible y su Durazno Sangrando, Porchetto con su Cristo Rock. Salvadora a veces, opresora tantas otras, la religión también es un objeto no identificado del rock nacional.

¿Y Charly? El pibe que había debutado en el Cristo Rock de Porchetto, que había creado Sui Generis, sacaba en el 87 un disco inexplicable. Parte de la religión. “No tener una religión es también una religión”, le decía, ese mismo año, a Eduardo Berti y Jorge Warley en la revista El Porteño. “El disco se llama Parte de la religión como podría llamarse Parte de las costumbres o Qué le vas a hacer…”. “Yo trato de escapar a esquemas de pensamiento rígidos tipo Bueno, yo soy marxista y toda mi vida voy a pensar igual, nadie me conmoverá ni me hará cambiar. Quiero estar abierto, como digo en una canción, ir a la derecha, a la izquierda, pero siempre adelante”. La religión, que en los sesenta y los setenta, podía aparecer como liberación, ya se mostraba, a fines de los ochenta, como una rigidez. No era fe: era dogma. García quería desterrarlo. Pero solo se puede desterrar aquello que se conserva.

En Parte de la religión, Charly parece decir: “miren, es esto”. Mentir, sentir culpa, hasta matar. ¿Es parte? Claro. Y también el martirio: Rezo por vos como cumbre de la fe. Abrazar la cruz, cargarla y llevarla. Encenderse de amor. De amor sagrado. Es parte de la religión. Y de la vida misma.

Hay una colección de temas de misterio. No religiosos, no teológicos: de misterio. En definitiva, la fe –que es el verdadero fundamento, no la religión, no las instituciones— consiste en encontrarse primero con ese territorio.  De “Nuevos Trapos” a “Ojos de videotape”, hay un repertorio. No hablan de eso, pero hablan de eso. Lo que te interesa y te inquieta, siempre está en la canción que te gusta. Al final, a la hora de interpretar, todos somos Capusotto diciendo “está hablando del fazo”. Bueno, a veces Charly, también “está hablando de Dios”.

¿Escuchan el teclado? Es un riff. Uno de esos conocidos. Una melodía dulce, casi circular, con aire de hit oscuramente hipnótico. Es la introducción de Adela en el Carrousel. Es Charly abriendo un show en Montevideo en el 87. Un Charly joven pero maduro, con esa presencia escénica sólida y casi prolija que caracterizaba a los recitales de fines de los 80. En el Palacio Peñarol de Montevideo, el público y Charly conectan bien. Las palmas se sincronizan con el tema y la cosa parece un culto, una misa, una reunión religiosa. Un rato más tarde, Charly improvisa un tango. La gente no lo sigue, no lo arenga, no corea. Y García se frustra:  “Ni sus propias canciones conocen”, “¿nadie la conoce?” – les tira, en un reto al borde de la indignación. Después afloja y con una mueca de risa se calza la guitarra para el próximo tema: “no se los voy a enseñar porque no hay tiempo y porque por lo visto el tango pega a los 35, antes no”, manda. El público se ríe. Todos salimos ganando cuando somos nosotros mismos.

Durante un tiempo, a inicios de 1990, Charly parodió la religión cantando con el delirante Pipo Cipolatti. Bajo el nombre de “Los Parroquia” entonaban las estrofas de Vamos juntos, vamos ya, un tema de humor sano, según palabras de García.

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Durante un tiempo, a inicios de 1990, Charly parodió la religión cantando con el delirante Pipo Cipolatti. Bajo el nombre de “Los Parroquia” entonaban las estrofas de “Vamos juntos, vamos ya”, un tema de Los Twist que, de modo improvisado e histriónico, respondía al discurso de los primeros pastores que se plantaban de mañana, de noche y de día en la todavía oscura Plaza Miserere. Como dos salvadores de almas, Charly y Pipo entonaban: “Yo bebía mucho para ser feliz/ Todo tipo de licores / Vodka, ron y anís! / Pero hallé a Jesucristo / Y ahora canto así (…) Yo era mujeriego, también jugador / En las chicas y en los naipes / Buscabas la solución / Pero un día fui a misa / Y Cristo me iluminó”. Paradójicamente, lo cantaban en la mítica “Capilla del Rock”.

Pero Charly iba a decir más. Al año siguiente, en Tango 4, su disco con Pedro Aznar, volvía a escucharse el sonido de Dios. Pero sin sorna. Si en Parte de la religión suena  un viernes santo –lúgubre, dulce y misterioso— que se mueve entre la creencia y el escepticismo, en Tango 4, se abre una mañana clara de domingo de resurrección donde ese misterio ya no es un problema: es un espacio sobre el cual construir y delinear nuevas preguntas espirituales sobre el sentido de la vida y de las cosas. Es, en definitiva, la fe.  El disco incorporaba Solo Dios Sabe un cover de los Beach Boys (¿Qué sabrá Dios sobre aquella mañana en la que Charly apadrinó a los gemelos Cipolatti en una iglesia en retiro? ¿Qué sabrá Dios de las profecías de Charly en los Dinosaurios o de la comunión de García cuando conectaba con su público como nunca nadie en el comulgar de sus recitales?). Incluía, también, 30 denarios, un tema que revisitaba la experiencia de Judas y Cristo, y en el que Alfredo Alcón interpretaba un versículo del Evangelio de Lucas y dos textos del libro de los Salmos. “He sido Jesús y también Judas” – le decía Charly a Guillermo Allerand en una entrevista de ese mismo 1991. Y remataba “Judas no era tan malo, estaba cumpliendo un papel”. “En el futuro ya no va a haber más traidores. (…) Uno podrá manifestar lo que quiera —tal vez suene un poco utópico— sin tener que hacer el papel de traidor o el papel de mártir, porque va a haber otros papeles… Papeles un poco más sanos”.

“He sido Jesús y también Judas” – le decía Charly a Guillermo Allerand en una entrevista de ese mismo 1991. Y remataba “Judas no era tan malo, estaba cumpliendo un papel”.

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Charly hizo su propio papel: un poco Judas, un poco Jesús, un poco cada uno de nosotras y nosotros. Se construyó a sí mismo y nosotros lo construimos a él. Ubicado en el panteón de los semidioses paganos, se colocó en ese territorio sagrado en el que lo humano y lo divino pueden fundirse en lo que llamamos fe. No hay nada más divinamente humano que un panteón de Dioses populares. Encontramos fe en uno que puede no tenerla, buscamos un símbolo de paz en uno que se plantaba y se planta en pie de guerra contra todo, incluso a veces contra él mismo. Escuchar a Dios en un tema de Charly no es difícil: al fin y al cabo, para el que cree, Dios puede hablar por boca de todos.

En esta “pascua garcística” hay resurrección porque hay transformación.  En la vida de Charly entran muchas vidas en una. Nuestras vidas cobran un sentido particular cuando son transformadas. Charly lo hizo, no sólo con la suya: también y sobre todo con las nuestras.

No es necesario llevar a Charly a las iglesias, aunque sería bienvenido que un día fuera así. Cantemos juntos: “Si estas palabras te pudieran fe, si esta armonía te ayudara a creer, yo sería tan feliz en el mundo que viviría arrodillado a tus pies”. Repitamos juntos: “Y aunque cambiemos de color las trincheras, y aunque cambiemos de lugar las banderas, siempre es como la primera vez. Y mientras todo el mundo sigue bailando, se ven dos pibes que aún siguen buscando, encontrarse por primera vez”. Entonemos juntos: “Desprejuiciados son los que vendrán y los que están, ya no me importan más, los carceleros de la humanidad no me atraparán dos veces con la misma red”.

Feliz cumpleaños. ¿Y amén?

70 años de García | Dossiers

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