27 de julio de 2026
25 de julio de 2026
SEIS ESTRELLAS
Jorge Resina
Es profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro “La izquierda después de la izquierda” (Comares, 2026).
Comienzo por situar a quien escribe. Soy español, con pareja argentina desde hace más de una década y apasionado del fútbol, de esos que son capaces de ver un IK Junkeren vs. Hønefoss BK de la segunda división Noruega a las once de la noche de un viernes cualquiera.
Vaya por delante este descargo para entender que, como suele suceder, las identidades nunca son monolíticas: mis afectos se sitúan a ambos lados del Atlántico, en estos años mis amistades argentas alcanzan prácticamente el cincuenta por ciento del total, al igual que mi familia, a la que ya no puedo entender si no es hispano-argentina, disfruto comiendo empanadas fritas, milangas, tortilla de patatas y pulpo a la gallega, anhelo tanto comer choripanes previos a un buen asado como degustar una paella de mariscos (pelados, eso sí) en algún chiringuito perdido a orillas del Mediterráneo. Me gusta el fernet, el Malbec y el Ribera, la Quilmes y la Mahou. Y así podría seguir: en mi lista de música conviven Leiva con Milo J., Lali con Rosalía, María Becerra con C. Tangana. Escucho Perros de la Calle casi a diario, sigo a María O’Donnell y a Ernesto Tenembaum, con el mismo interés con que sintonizo a mis compañeros de Radio Nacional de España o me deleito con las columnas de Manuel Jabois.
A estas alturas ya habrán podido imaginar que están ante una de esas personas que forma parte de ese grupo (nutrido, mucho más de lo que parece) que nos identificamos como los más argentinos de entre los españoles, y los más españoles de entre los argentinos. De igual manera, ya se habrán figurado el dolor que me provoca todo aquello que está sucediendo estos días, en una vorágine delirante que no aporta nada bueno. Es por eso que me he animado a escribir estas letras, sin esconder sentimientos y en primera persona, porque ante todo me resisto a pensar que tengo que optar por un lado o por otro, defender bulos a favor o en contra, o atrincherarme en una posición que no me representa.
Este Mundial ha incumplido muchas reglas, y no me refiero precisamente a aquellas pseudohistoria surrealistas que circulan por redes, sino a las que han condicionado, e incluso adulterado, la competición (no puedo olvidarme de la arbitraria anulación de la tarjeta roja al estadounidense Folarin Balogun, previa llamada a Infantino). Aunque por encima de todas, se ha quebrantado el valor más sagrado para aquellos que amamos el fútbol. La primera de entre todas las normas: la pelota no se mancha. Y, para nuestra desgracia, el balón comenzó a rodar algo más que embarrado. Mientras se celebraba el Mundial, el gobierno de EEUU seguía bombardeando a uno de los países participantes (Irán), al tiempo que, puertas para adentro, la actuación del ya temido ICE recrudecía su actividad frente a ciudadanos cuyo origen era otra de las sedes, México, cuya selección, por cierto, dejó una de las mejores imágenes en lo futbolístico (aparte de, probablemente, una de las mejores secuencias del Mundial, con el “eh, Gordon, f**ck you” del vasco Aguirre, ya para la historia). De igual manera, parte de las delegaciones, así como cientos de aficionados de algunos países se quedaron en puertas, sin poder acceder al país, al negarles el visado o, simplemente, negarles la entrada por motivos étnicos y raciales, en un claro ejemplo de racismo institucionalizado. Duele. Pero más duele que ante estas muestras de impunidad no se elevasen más voces de denuncia. Ay, Diego, cuánto te extrañamos.
Mis amistades argentas alcanzan prácticamente el cincuenta por ciento del total, al igual que mi familia, a la que ya no puedo entender si no es hispano-argentina, disfruto comiendo empanadas fritas, milangas, tortilla de patatas y pulpo a la gallega, anhelo tanto comer choripanes previos a un buen asado como degustar una paella de mariscos en algún chiringuito perdido a orillas del Mediterráneo
Este Mundial ha sido también el primero en el que hemos vivido de pleno las dinámicas de polarización emocional a las que tan acostumbrados estamos en política. Las provocaciones y las teorías de la conspiración han pasado a primer plano. Los discursos de odio se han propagado a la velocidad con que Tagliafico o Pedro Porro corren la banda y los ánimos se han alterado más que cuando esperamos la inquietante decisión desde la sala VAR. Esto nos muestra qué tan vulnerables somos, y qué tan expuestos estamos a las dinámicas de unos algoritmos cuyo funcionamiento desconocemos, pero de los que sabemos sus efectos demoledores, al premiar la viralización de nuestras más bajas pasiones. No olvidemos que detrás de esto hay un inmenso lucro, y que con cada scroll estamos engrosando el poder de personajes tan ruines como Elon Musk, Peter Thiel o Mark Zuckerberg. Es muy fácil, además, picar el anzuelo y compartir fuera de estas redes lo que vemos y oímos en ellas, con el grave riesgo de darle carta de legitimidad y, como ha pasado, terminar más pendientes de lo que circula en las mismas que de lo realmente importante: lo que sucede en el campo y las historias maravillosas que siempre acompañan al bote del balón.
Y a eso quiero volver. Empecé el Mundial pensando que lo peor que podía pasarme era una final España contra Argentina, Argentina contra España. No sabía cómo iba a llevarlo, ni cómo sería vivirlo con mi pareja, compartirlo con mis amigos o, incluso, manejar las propias contradicciones internas. En el Mundial de Qatar no tuve este conflicto, entonces apoyé decididamente a Argentina, por razones varias, pero sobre todo por justicia al fútbol. Aunque secretamente (soy un madridista acérrimo) me era inconcebible que alguien como Lionel Messi, el jugador -humano- más grande de todos los tiempos, se retirase sin haber ganado una Copa del Mundo. Y la magia se dio y el astro, llevado de la mano de D10S, le regaló al país la tercera estrella que el fútbol le debía, y lo festejé con todas mis fuerzas en la Puerta del Sol, como un argentino más.
Sin embargo, este Mundial ha sido distinto, y no caeré en el tópico de decir que tenía el corazón partido, sino más bien dos corazones. Pero reconozco que, a medida que avanzaba la competición, el blanco (con cuya equipación España jugó buena parte de sus partidos, y en busca de la cual recorrí junto a mi mujer -eso es amor- medio Madrid a casi cuarenta grados para intentar conseguirla) se fue imponiendo al albiceleste. Y no, el motivo de que uno de esos corazones latiera más rápido que el otro no se debió a la conspiranoia creciente, ni siquiera a la repugnancia que me provocó ver a Netanyahu manchando la camiseta argentina (especialmente doloroso en el país del Nunca Más, donde por primera vez en la historia una Junta Militar fue juzgada por un tribunal civil y condenada por crímenes de lesa humanidad), sino a otro motivo, que interpelaba directamente a España, y del que estos días se ha acusado a Argentina: el racismo.
Al tiempo que se jugaba el Mundial, en España se estaba instalando un discurso impulsado por la extrema derecha, el de la prioridad nacional. Una idea por la cual habría españoles de primera y de segunda categoría según su origen o su color de piel, y con el que se pretende restringir el acceso a derechos a una parte de la población, además de cerrar el paso a quienes -en muchas ocasiones en condiciones dramáticas- llegan al país a buscar una legítima oportunidad de ganarse la vida. Como pueden imaginarse, este discurso de odio encontró fácil acomodo en redes y pronto contaminó a la selección, poniendo bajo sospecha a varios de sus jugadores (algo que, por cierto, ya han vivido otras selecciones, como Francia, pero que en España no había todavía pasado), circunstancia que llevó incluso a que algunos de los sectores más reaccionarios vieran con buenos ojos una derrota de España. Algo inaudito, cuando la selección siempre ha sido mucho más problemática para los sectores progresistas por la difícil solución que siguen teniendo los símbolos patrios (bandera, himno, monarquía) en un país que es, además, claramente plurinacional.
De ese universo maravilloso de idas y venidas, de nostalgias y reencuentros, o de ayuda mutua (el exilio, la crisis y otras tantas…), en donde hablamos un idioma común, y no, no me refiero al lenguaje, sino a algo mucho más fuerte, el de los afectos
Y es aquí donde me sitúo, en ese espectro conflictuado (por si fuera poco, ya no solo entre dos países, sino también al interior de uno de ellos) de quienes vimos que la selección española podía ser una oportunidad para resignificar la identidad del país (ya la España del tiki taka en 2010 fue un preludio, cuando se rompió con la casposa herencia de la “furia española”), en un contexto donde cada vez más sentimos sobre nuestra nuca el pérfido aliento de la extrema derecha. Que la selección tenga como estrella a un chico (casi un adolescente) nacido en un barrio humilde de Barcelona, hijo de marroquí y ecuatoguineana y que tras cada partido se arrodille para celebrar el triunfo (es musulmán) es, probablemente, el mejor antiséptico que podemos tener. Por no hablar del caso de Nico Williams, cuya madre -como tantas otras- cruzó a pie el desierto del Sáhara embarazada de ocho meses de su hermano Iñaki (quien, por cierto, jugó este Mundial con la selección de Ghana), para sortear la alambrada que separaba África de España, entrar y estar a punto de ser deportada.
Esa es la España que me hizo latir, al igual que la que representa Borja Iglesias, un futbolista al que se ha acosado sistemáticamente en redes por romper con el canon de la masculinidad y haber renunciado durante un tiempo a jugar con la selección, hasta que no se depuraran responsabilidades en la Federación Española de Fútbol tras la vergüenza que acompañó al triunfo mundial del equipo femenino (¿recuerdan aquel “venga, un piquito” del entonces presidente de la Federación? Ah, y por cierto, ¿recuerdan que las chicas también ganaron el último Mundial?, ¿es que ellas no merecen su estrella?, ¿por qué el Mundial femenino no es retransmitido en igualdad de condiciones al masculino?, ¿acaso ellas no representan también la identidad nacional de los países? Para reflexionar). Ni que decir tiene que, por supuesto, también podemos encontrar muchos y grandes ejemplos similares en la selección albiceleste (¡cómo olvidar aquel “Memoria, verdad y justicia del Licha Martínez!).
Explicados los motivos y con mis contradicciones a cuestas, vuelvo a lo que decía antes, cómo mi mayor miedo al arrancar el Mundial era que se enfrentasen las dos selecciones. Una sensación que, sin embargo, se fue diluyendo a medida que se acercaba el inicio del partido, cuando comencé a sentirme cada vez más feliz, consciente de lo afortunado que soy por formar parte de ese país propio que conforman García Lorca, Rodolfo Walsh, Mercedes Sosa o Margarita Salas, por poner algunos de entre tantos ejemplos. De ese universo maravilloso de idas y venidas, de nostalgias y reencuentros, o de ayuda mutua (el exilio, la crisis y otras tantas…), en donde hablamos un idioma común, y no, no me refiero al lenguaje, sino a algo mucho más fuerte, el de los afectos.
Y para terminar me permito un consejo (que pienso aplicarme): desconecten de las redes por un tiempo, salgan a las calles, paseen y abracen (metafóricamente, aunque en algún caso pueda ser literal) a cualquiera con quien se crucen que lleve una camiseta blanca o albiceleste, porque juntos sumamos más estrellas que nadie (seis, no lo olviden, las de las chicas también cuentan).




