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31 de enero 2024

Daniel Wizenberg

SARA, LA INDESTRUCTIBLE

Tiempo de lectura: 12 minutos

Sara Rus sobrevivió al holocausto primero y a la última dictadura argentina después. Pero el nazismo mató a su padre y los militares argentinos desaparecieron a su hijo. Sara murió este 24 de enero, un día antes de su cumpleaños, la misma semana en la que se conmemora el Día Internacional del Holocausto y en la que Israel fue imputado por genocidio en la Corte Internacional de Justicia. 

Daniel Wizenberg mantuvo con Sara Rus esta conversación en 2017

***

Los días que sus nietos la iban a visitar, Sara Laskier de Rus bajaba a comprar palmeritas en la panadería de la esquina, en el coqueto barrio Barrancas de Belgrano, en Buenos Aires, a metros de la casa de Vera Kovacs, una húngara que, como Sara, también había sobrevivido al Holocausto.

Sara también pasaba por esa panadería los domingos a la tarde -su momento favorito de la semana- cuando jugaba al Burako con sus amigas. Vivía sola y hacía tiempo había vendido la casa que compró con el amor de su vida, Bernardo Rus, cuando se instalaron en Argentina.

Una tarde de 2017 la entrevisté en el living de su casa en donde ocupaba un lugar destacado un portaretratos con la foto en blanco y negro de su hijo Daniel. La misma foto que se hizo cartel y bandera en las marchas de la memoria todos los 24 de marzo.

Sara me contó que antes de mudarse había tenido que vender muebles grandes, duraderos, clásicos, de los que se consiguen como vintage en los mercados de pulgas y que se mudó a ese departamento de menos de cien metros cuadrados para empezar de cero. Una de sus nietas se lo amuebló: “me gusta como quedó, es simple, espacioso, práctico, moderno, no necesito más”. 

Sara tenía la voz atravesada por el acento polaco, hablaba y vivía como una típica bobe, que espera Rosh Hashaná y Pesaj para cocinarle a su familia. Su vida quedó marcada por dos terrorismos de Estado:  el nazismo mató a su padre y la dictadura militar argentina desapareció a su hijo. “Había llegado a la Argentina buscando refugio, un lugar seguro”, me dijo, con voz ligera y lánguida, como la de alguien que ha sufrido una estafa. 

Sara tenía la voz atravesada por el acento polaco, hablaba y vivía como una típica bobe, que espera Rosh Hashaná y Pesaj para cocinarle a su familia. Su vida quedó marcada por dos terrorismos de Estado: el nazismo y la dictadura argentina

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***

—Sara, entonces, todo empezó en Łódź , Polonia, en 1927. 

—Yo era una niña rubiecita de trenzas. Mi padre era sastre, tenía el taller en el frente de la casa. Y tenía muchos amigos músicos, uno de ellos, violinista, siempre me decía que yo había nacido con un oído dulce, cada vez que pasaba por casa les insistía a mis padres: ¿por qué no le compran un violín a esta chica? Hasta que un día me lo compraron.

—¿Cómo es tu primer recuerdo del nazismo?

—Un día gris, de principios de la década del 30, mi padre entró a la casa  con unas cintas en la mano, que no eran para la sastrería sino un nuevo requisito obligatorio que de allí en más debían portar todos los judíos en el brazo. 

En Łódź había unos cuantos judíos practicantes, la mayoría reformistas -como la familia de Sara- y otros tantos ortodoxos. 

—¿Y qué recordás de la vida cotidiana a partir de entonces?

–Mira, por ejemplo, yo he visto una vez a un grupo de ortodoxos con sus barbas largas, sus talit, y sus sombreros caminando por la calle y de repente unos reaccionarios los pararon, los hicieron arrodillarse en medio de la calle y los empezaron a patear, a plena luz del día, un día de semana, lleno de gente la calle, pero pasaban y miraban como si nada. 

Otro día gris, pero a principios de 1940, los alemanes que habían invadido Polonia en septiembre del año anterior, entraron a la casa de los Laskier. Sara tenía 12 años. 

—El violín es un mal recuerdo al final porque lo primero que vieron los de la Gestapo cuando entraron fue eso. “¿Quién toca el violín?” preguntaron. 

Toda la familia de Sara hablaba alemán además de polaco. La madre de Sara contestó, orgullosa, a lo idishe mame : “¡mi nena! Ella toca muy bien”. Las madres judías enaltecen a sus hijos aunque enfrente tengan a la Gestapo. Se los llevaron a todos. Los nazis armaron un gueto en Łódź y metieron a todos los judíos de la región dentro.  

—Montaron una ciudad y enfrentaron judíos contra judíos. En ese gueto los acomodados eran judíos también: los carteros eran judíos, los policías eran judíos. Y al mismo tiempo me acuerdo que todos los días veía pasar camiones que en la parte de atrás tenían cuerpos apilados de judíos, homosexuales y gitanos.

Cuando los alemanes llevaron a los Laskier al gueto, la madre de Sara estaba embarazada. 

—Todos los días en el campo de concentración, a las 5 AM, la Gestapo habilitaba una fila para embarazadas, pero a mi mamá el embarazo le traía mucho dolor y no podía moverse, entonces yo hacía la fila por ella. Pero casi nunca le daban comida: “si no está embarazada, ¡lárguese!”, me decían. Así que mi mamá no pudo comer casi nada, el bebé nació y al poco tiempo murió de desnutrición.  

Sara, además de hacer filas en nombre de la madre, también hacía el trabajo que los nazis le habían exigido a las dos. 

—Eran tareas diferentes cada día, trabajo esclavo. El punto es que cada persona que trabajaba tenía un talonario. La que no trabajaba, nada. Con los cupones de ese talonario te repartían un pedacito de pan y un poco de verdura, así que yo hacía el trabajo de mi madre para tener un cupón más.

Su padre se puso a dialogar en el campo de trabajos forzados con un joven llamado Bernardo de unos 28 años (once más que Sara) y se hicieron muy amigos. Así que lo llevaba siempre al galpón que compartía su familia con otras decenas de familias. 

—Yo le clavé la mirada desde el primer día. Me sedujo su inteligencia y el optimismo que conservaba, Bernardo era una Coca-Cola en el desierto. Nos gustamos mucho, pero: ¿qué podíamos hacer ahí, rodeados de muerte?. 

Yo le clavé la mirada desde el primer día. Me sedujo su inteligencia y el optimismo que conservaba, Bernardo era una Coca-Cola en el desierto. Nos gustamos mucho, pero: ¿qué podíamos hacer ahí, rodeados de muerte?

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Un día, mientras la familia y el joven se repartían unas migas de pan Bernardo le preguntó a toda la familia ¿Cuando se termine la guerra a donde irán ustedes? A Palestina, respondió el padre de Sara.  No, yo tengo un hermano en Argentina, así que vamos a ir a Argentina corrigió su madre. Entonces Bernardo se acercó a Sara y le dijo al oído: “escúchame bien, esto pronto se terminará, nos encontraremos el 5/5/1945 en el edificio Kavanagh de Buenos Aires, me han dicho que es muy alto, bello, muy francés, nos encontramos en la puerta al mediodía e iremos a una confitería. Y seremos felices para siempre en Argentina”. 

El Kavanagh, en la zona de Retiro cerca del Río de La Plata, fue durante décadas con sus 120 pisos el edificio de hormigón armado más alto de Sudamérica y el primero en tener un sistema de aire acondicionado central. 

—Bernardo sabía todo eso, se las rebuscaba para leer tanto, no importa si estaba en un pueblito perdido de Polonia o en el medio de un campo de concentración nazi, él leía y leía.

Al tiempo, los hicieron tomar un tren hacia un campo de exterminio. Hanna Arendt dijo que los que manejaban los trenes eran el ejemplo de la banalidad del mal, los que se iban a dormir tranquilos a la noche como si fueran oficinistas. Los que declararon en Nuremberg: “mis jefes mataron a los judíos, yo sólo obedecí órdenes, yo sólo conduje el tren”. 

—A ustedes los llevaron a Auschwitz ¿no? 

—Sí, y un poco más allá de Auschwitz era Birkenau así que ahí nos separaron. ‘¡Vos! a la derecha ¡y vos! a la izquierda, ¡vamos! todo así a los gritos, era un caos eso. 

En medio de ese caos perdió de vista a sus padres 

—No aparecían por ningún lado. Entonces me acerqué enfurecida a una de las bestias alemanas con rebenque y le exigí 

—¿Le exigiste?

—Sí, les dije: ¡Decime ya mismo dónde está mi familia! y el tipo me dice ¿Cómo te atreves? Me sacaste a mi mamá y mi papá, le respondí. ¿Qué te hicieron ellos? Los alemanes, a veces, eran un 0,000001% más comprensivos con los judíos que hablaban alemán porque este al final me dijo: Mira, ve a buscar a tu madre. Ve y busca en ese galpón, si tu madre está en algún lugar, es ahí.

Cuando Sara entró al galpón encontró miles de mujeres desnutridas. desnudas y rapadas. Las fue mirando una por una. Entonces tropezó con una señora mirando la nada. 

—Era ella, tenía los ojos idos, la piel de la cara pegada a los huesos. 

Nunca encontró a su padre.

"Desarraigo". lustración de Alina Najlis.
“Desarraigo”. lustración de Alina Najlis.

***

Las oficiales judías que trabajaban para los nazis seleccionaron mil personas al azar y les tiraron unos vestidos de la gente que ya habían asesinado. Podían usar eso en vez de los trajes a rayas. A las que repartían la ropa las llamaban “capas” judías. 

¿Cómo eran esas “capas”? 

—Trataban a los judíos igual que los alemanes, pensaban que podían salvarse. 

A Sara y a la madre les tocaron unos zapatos chicos que les rompían los pies y unos vestidos brillantes de fiesta. Así deambulaban por el campo de concentración y por las zonas de trabajos forzados.

Las llevaron a trabajar a una fábrica de aviones y armas, a unos kilómetros de Berlín:

—Mi trabajo era como con unas mechas, era agujerear chapas de acero y después colocar tuercas. Imaginate todos desnutridos haciendo eso. Era para arreglar aviones que después nunca volaron porque la guerra estaba por terminar. Esas fábricas las dirigían tipos que no eran SS, sino un poco más humanos, digo, a mi madre la pusieron a limar chatarra pero sin darle latigazos. 

Un día Sara se tropezó con un riel, se cayó y se cortó. La llevaron a una enfermería y había una médica. Me va a tratar mejor que los tipos, pensó. 

—Pero no. Peor que los alemanes. ¡Me cosió sin anestesia! Y después como salí caminando sola la tipa les ordenó a las enfermeras que no me ayudaran.  

Sara se arrastró hasta una habitación del tamaño del living que ahora tiene en Buenos Aires y que compartía con otras 20 mujeres durmiendo en catres de 3 pisos.

—Al rato vino un oficial al galpón y dice: ¿Quién tuvo el accidente? Yo levanté la mano. Te lo hiciste a propósito ¿crees que te vas a salvar del trabajo? Acá hay que trabajar igual, me dijo. 

Sara, se enfureció, le contestó que sí, que se lo hizo a propósito pero lo descansó un poco, le dijo que se le fue la mano, que no sabía que iba a perder tanta sangre. El tipo dio un portazo y salió del lugar. 

—Nos van a matar a todos ahora por tu culpa, me gritaban todos. ¡Mi hija está loca! Oy, oy, oy, nos van a matar a todos, me decía llorando mi madre. 

Al día siguiente fue una asistente del oficial y preguntó: ¿Quién era la accidentada? Mira, el jefe te está mandando este plato con pan. 

Hacer lo que no había que hacer podía significar un premio o un castigo, como una apuesta al color en la ruleta. El plato con pan era el paréntesis de la maldad. 

—Igual me mandaron a trabajar. Otro día uno de los oficiales vio que yo  no podía estar parada y me concedió trabajar pelando papas, no te digo que eran un poco más humanos que los militares. 

Sara se sentó y lo primero que hizo fue comerse una papa, así nomás, cruda. 

—Tenía un gusto hermoso, no te imaginas. Era algo tan importante, comer algo otra vez: masticar otra cosa que no sea pan. 

Sara pensó en sus compañeras que estaban en la fábrica: yo acá comiendo papas y ellas sufriendo. Había conseguido un tapado de piel entre la ropa de los asesinados que les habían repartido: escondió algunas papas en el forro del tapado y se las llevó a sus compañeras. 

Ellas miraban esas papas crudas, cerraban los ojos y se imaginaban que era un plato: “esto son knishes en un banquete de Pesaj”. 

Entrado 1945 los nazis los llevaron a otro campo de concentración, en Mauthausen, Austria.

Había un largo camino entre el sitio en el que los dejaban los trenes y el nuevo campo. La madre, agotada, dejó de caminar y cayó al piso. Sara no tenía fuerza para levantarla ni para arrastrarla. Una custodia alemana le dijo a otra: llévate a la niña, yo me encargo de la vieja. 

Había un largo camino entre el sitio en el que los dejaban los trenes y el nuevo campo. La madre, agotada, dejó de caminar y cayó al piso. Sara no tenía fuerza para levantarla ni para arrastrarla. Una custodia alemana le dijo a otra: llévate a la niña, yo me encargo de la vieja

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—No era vieja, tenía 40 años. Primero me matás a mí antes de matar a mi madre, le dije. 

Sara fue a buscar agua de un arroyo que pasaba por ahí y le tiró en la cara a su madre, esta pudo a duras penas recuperarse y llegaron hasta el campo de concentración. En ese momento a la guerra no le quedaban más que horas. 

El 5/5/1945, la fecha que Bernardo le había prometido encontrarse en Buenos Aires, los americanos los liberaron del campo de Mauthausen.   

Sara pesaba 26 kilos, la madre 28. Los americanos les ponían sueros y les daban comida. A muchos de los que les dieron comida murieron porque su cuerpo ya no podía procesarla, recordaba Sara. 

La madre consiguió dos ollitas que todavía están hoy en su casa de Buenos Aires y que Sara llevaba siempre en un bolsito para mostrarlas cuando iba a dar charlas. Las usaban para cocinar cualquier cosa, por ejemplo, una papa. Eran las ollitas de la victoria.

***

Cuando los americanos las llevaron a un campo de refugiados cerca de Berlín, en Schaltze, un sitio de playas, Sara se reencontró con Bernardo. 

–Cuando lo vi me desmayé. Bernardo me propuso vivir juntos, pero mi madre le dijo: No, si no se casan, no. 

Así que un amigo de Bernardo se ofreció para casarlos: “al Kavanagh ya habría tiempo de ir pero lo importante es que estábamos juntos”.

***

Por medio de la Cruz Roja contactaron al tío de Sara que vivía en Argentina. Era el año 1948.  El tío no pudo conseguir los papeles para que migren a Argentina pero sí para que vayan a Paraguay. Sara, su madre y Bernardo se encontraron con el tío en Asunción y fueron hasta la frontera, cruzaron en bote el Río Paraguay de manera “ilegal” hasta la provincia de Formosa. Los descubrió la policía, los detuvo y los devolvió a la costa paraguaya.

—A Bernardo se le ocurrió escribirle una carta a Eva Perón. No sabía español, así que la escribió en polaco.

Una semana después, cuando ellos estaban en Asunción tramitando una visa que parecía imposible, les llegó una respuesta de puño y letra de Evita: “No se preocupen, crucen por la frontera normalmente, me ocuparé de que los dejen pasar”. 

Una semana después, cuando ellos estaban en Asunción tramitando una visa que parecía imposible, les llegó una respuesta de puño y letra de Evita: “No se preocupen, crucen por la frontera normalmente, me ocuparé de que los dejen pasar

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Al poco tiempo, en Buenos Aires, en 1950, nació Daniel Lázaro, el primer hijo de la pareja. Bernardo consiguió un trabajo de anudador en una fábrica textil. Cinco años después, el año que derrocaron a Perón, nació Natalia, la segunda hija del matrimonio. 

Con el tiempo Bernardo armó su propia fábrica de textiles y le fue muy bien. La mamá de Sara trabajaba con él.

El hermano de Bernardo, médico, también llegó a la Argentina y le contagió a Daniel el amor por la química. Daniel obtuvo el mejor promedio en el colegio secundario y estudió física nuclear en la universidad pública. Ya egresado, entró a trabajar en la Comisión Atómica Argentina, la misma que Milei ahora quiere desmantelar. Daniel también amaba la política. Era militante peronista. 

Cuando llegó la dictadura militar en 1976  Daniel estaba en una lista negra. Bernardo quería enviarlo a Uruguay o a Israel, sacarlo del país, pero Daniel les contestó: ¿Por qué me voy a ir? ¿Qué les hice? Soy importante para la comisión, no me voy a ir del país por ser peronista. 

El 15 de julio de 1977, nueve días antes de cumplir 27 años, Daniel no volvió a casa. 

Cuando llegó la dictadura militar en 1976 Daniel estaba en una lista negra. Bernardo quería enviarlo a Uruguay o a Israel, pero Daniel les contestó: ¿Por qué me voy a ir? ¿Qué les hice? No me voy a ir del país por ser peronista

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—En la Comisión no sabían nada. Así durante una semana: lo buscamos en hospitales, comisarías, en todos lados. Terminamos en la Plaza de Mayo, donde había otras mujeres dando vueltas alrededor de la pirámide central reclamando por sus hijos desaparecidos y me sumé a la ronda. Desde ese día es que soy una Madre de Plaza de Mayo. 

Le dieron un pañuelo blanco para ponerse en la cabeza y ella tejió el nombre: Daniel Rus.

Un amigo de Bernardo consiguió el teléfono de alguien, un contacto, que trabajaba en el Ministerio del Interior. Probaron suerte.

—¿Usted podría averiguar a dónde se llevaron a mi hijo?, pregunté. ¿Está segura que su hijo no se fue con alguna novia señora? ¿no andaba en nada raro?, me contestaron. 

Buscaron en todos lados. Se cansaron de pedir ayuda: 

—Las instituciones judías como la DAIA y la AMIA tampoco nos recibieron, no sé si por cómplices o por miedosos.

Cuando llegó “la liberación”, como llama Sara a la vuelta de la democracia en 1983, Bernardo dijo que le daba seis meses al nuevo gobierno para encontrar a Daniel, “que no iba a poder soportar ese dolor mucho más”. 

Bernardo murió a mediados de 1984.

Buscaron en todos lados. Se cansaron de pedir ayuda.'Las instituciones judías como la DAIA y la AMIA tampoco nos recibieron, no sé si por cómplices o por miedosos

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Sara me contó que estaba contenta porque su madre murió “con una vida nueva” en 1992. 

—Conoció en Buenos Aires un judío que llegó de Rusia y se volvió a casar. 

En esa época Sara comenzó a dar charlas en escuelas, centros culturales, universidades, en la televisión. 

—Buena parte de estas historias que me contó las ha repetido de manera idéntica en cientos de sitios, a miles de personas, durante más de tres décadas. ¿Por qué?

—Lo he hecho para que no se olviden del Holocausto y la dictadura. Porque para mí lo que pasó acá es el mismo bichito de allá, que picó acá. 

Sara nunca sintió odio, ni sed de venganza. Me dijo que en Argentina no todos los militares fueron juzgados y que había que tener cuidado. 

—Así como encontraron nazis en Bariloche, hay defensores de la dictadura escondidos en todos lados.

En 2002 volvió a Polonia para recorrer los campos de concentración en los que estuvo, pero también para ir a los sitios donde su padre la solía llevar a comer salchichas con chucrut. No se sintió polaca, dijo, cuando volvió a Buenos Aires.

Para Sara, que murió esta semana, el 24 de enero de 2024, un día antes de cumplir 98 años, Argentina era al mismo tiempo el país que le quitó a su hijo “este era un lugar de oportunidades hasta que llegaron los asesinos” y el país de su hija -que vivía pendiente de ella- de su nieta diseñadora de ambientes, de su nieta filósofa, de sus bisnietos, de las palmeritas de la panadería de la esquina, del Burako, de sus compañeras en Madres, de mucha gente que a donde Sara iba a hablar, escuchaba su historia y, cuando terminaba de hablar, la abrazaba fuerte.

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