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24 de diciembre 2023

Lisandro Varela

SAQUÉ A MI PADRE DE LA CÁRCEL A LOS 16

Tiempo de lectura: 5 minutos

Todo pasó con la velocidad un poco acelerada. Hay una versión en Youtube de una versión de Guitarra Negra de Zitarrosa rápida por un error de reproducción, prefiero esa, que suena más moderna a las otras, redonda de las primeras cuerdas de la guitarra.

No me acuerdo que mes era pero había sol de octubre a las ocho de la mañana. Dos señores en vaqueros y mocasines negros preguntaron por mi padre, que dormía. Hablaron con él cuando arrancó apurado. Al rato mi padre se fue con ellos, con un bolso de mano. Los policías me dijeron que no me preocupara, que en unas horas estaba de vuelta.

Cómo no sabía que hacer fui al gimnasio, en el Barrio Obrero de Pinamar. Me pareció que por unos días no iba a poder ir así que hice unas series de piernas, pecho y espalda. Por la forma en que me trataron, exageradamente amable, me pareció que ya sabían lo que había pasado.

"Mi padre era el presidente de la cooperativa de agua y luz del pueblo. Su enemigo era el intendente, Altieri, que se juntaba con Yabrán cuando era un fantasma poderoso y desconocido, todavía no había pasado el crimen de Cabezas."

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Mi padre era el presidente de la cooperativa de agua y luz del pueblo. Su enemigo era el intendente, Altieri, que se juntaba con Yabrán cuando era un fantasma poderoso y desconocido, todavía no había pasado el crimen de Cabezas. Los compañeros políticos de mi padre eran un grupo de desprolijos que se dedicaban a comer asados y decirle a todo el mundo que iban por la intendencia. Hacían una declaración de principios de ser como protagonistas de una película italiana, un día les denunciaron la contabilidad y el tema prosperó.

Mi padre y los otros miembros del consejo directivo de la cooperativa estuvieron en la comisaría hasta el mediodía. Un periodista con rating alentó que fuera gente a repudiarlos. Cuando salieron hacia Dolores, donde están los juzgados de la zona, se fueron chiflados y con la cabeza cubierta, salvo mi padre, que le dijo al comisario que salía sin taparse o no salía.

Sentí la euforia de estar en operaciones. Le pedí a mi amigo Gastón que me llevara a Dolores, pero me dijo que la madre, que era muy cercana a mi padre, no le prestaba el auto. Me pareció que no quería quedar involucrada en el tema, ser culpable del delito de prestar un Renault Once rojo. Entonces le pedí a mi amigo Juan, compañero de Karate y de aventuras permanentes y no tuvo problemas.

A las dos horas me reuní en Dolores con el abogado de mi padre, un señor formal con el que habiamos comido varias veces. Me dijo que mi padre estaba incomunicado en la comisaría de Castelli y que no fuera porque no iba a poder verlo. Le dije que iba a poder.

La comisaría de Castelli era un edificio criollo de principios del siglo veinte blanqueado a la cal, que resplandecía al sol. Entré y pedí hablar con el comisario. Me atendió un policía bonaerense como uno se podría imaginar. Le dije que le daba cien dólares si me dejaba hablar con mi padre, me hicieron pasar a un cuarto, enseguida apareció mi padre, conmovido con que yo estuviera ahí. Yo no sentía nada. Mi padre mi dijo que vaya a ver a su amigo Roberto, en su campo en Altamirano, cerca de Brandsen, que él me iba a dar la plata para pagar la fianza si es que el juzgado habilitaba esa posibilidad para liberarlo.

Juan tenía que volver a Pinamar. Le dije que iba a ir al campo a dedo y que me dejara en la ruta. Llegué enseguida hasta el cruce de las rutas que van a Brandsen y a La Plata. Después me levantaron unos cazadores que iban con una perra chiquita a cazar liebres sin permiso a campos de la zona. Me dio la sensación de que estaba un poco en riesgo, pero me dejaron a un par de kilómetros de Altamirano, un pueblo mínimo al lado del tren, donde había ido en verano y me había puesto casi de novio con la Chili, una adolescente con la piel de Penélope Cruz hija de Obdulio, el dueño del almacén de ramos generales.

Entré al campo de Roberto y caminé hasta el casco por un camino de Platanos antiguos. Roberto no me esperaba y se enteró por mí de lo que había pasado. Me dijo que al otro día ibamos a Buenos Aires a conseguir la plata. A la tarde llamé al abogado y me dijo que el juzgado había habilitado que mi padre salga bajo fianza. Había que pagar diez mil dólares. Volví a sentir euforia. En el campo estaban vacunando vacas, ayudé meterlas en la manga, a los gritos, igual de atolodrado que el ganado en alerta.

"Los compañeros políticos de mi padre eran un grupo de desprolijos que se dedicaban a comer asados y decirle a todo el mundo que iban por la intendencia. Hacían una declaración de principios de ser como protagonistas de una película italiana, un día les denunciaron la contabilidad y el tema prosperó."

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Al dia siguiente fuimos a Buenos Aires. Yo no tenía ropa para cambiarme pero no me molestaba. En el departamento de José llamamos al Ingeniero, un señor color gris que siempre decía que había sido parte de la columna Norte de Montoneros. El Ingeniero me dio la plata y Carol, la mujer de Roberto, me cosió el bolsillo con la plata adentro para que no me robaran. La mujer del Ingeniero decía que era medium, pasamos la comida hablando de vidas pasadas. Después me llevaron a la estación de omnibus de Retiro, para que me tome un colectivo a Dolores. Dormí con un ojo abierto pero descansando como una computadora que hiberna, llegué a Dolores cuando se hacía de día.

Le llevé la plata al abogado, que salió de fiador bajo su palabra y la usó para cobrarse honorarios en velocidad. Al mediodía fui a buscar a mi padre en el auto de Alvarito, el hijo de uno de los de la cooperativa que también había estado unos días detenido. En el camino paramos en una parrilla a planear la venganza inminente que nunca llegó.

En mi casa mi padre me pidió disculpas y yo le dije que no tenía de que disculparse, se dió una ducha caliente y larguísima porque dijo que tenía frío en los huesos.

Después vinieron muchos años en picada, con la precupación permanente por un expediente que no fue a ningún lado salvo a ser una piedra áspera en su zapato. Para mí deben haber  sido cinco días en total de aventura.

Ahora me miro en el espejo del bar y veo una versión más hermosa y resplandeciente de mi mi padre, la misma nariz, otros ojos. Debía tener mi edad de ahora cuando pasó esto.

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