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RICARDO, TESIS SOBRE LA MUERTE

Tiempo de lectura: 10 minutos

I

Uno de los mejores momentos del verano para dejar salir la muerte a jugar es tipo siete y media, ocho, cuando comienza a bajar el sol pero todavía es completamente de día. Uno se puede sentar, por ejemplo, en una reposera, el aire te da en la cara, el atardecer se pone la piel de película de Wes Anderson, y te quedás contemplando la nada, con un mate o un alcohol en la mano. Existencialismo indie, nihilismo con sabor a americano gancia, o sencillamente, simpleza argenta. En todo caso, es ahí donde se puede asir parte de la vida  (al menos, la crónica cotidiana), tomarla por un instante y escanearla, como en los aeropuertos, hacerle una micro auditoría mientras los rayos naranjas del crepúsculo inundan los párpados. Se piensa con las tripas, angustia, deseo, ensoñación, puro caleidoscopio, se prende un fuego y ya todo tiene un sabor tremendo a Martin Fierro.

Sin lugar a dudas que con la muerte de Ricardo Horacio Iorio el 24 de octubre del 2023 se nos fue uno de los mejores compañeros de esos ocasos reflexivos alrededor de las llamas. El gran poeta de los fogones, el burlesque definitivo del crepitar, el acompañante de la más básica de las comunidades organizadas que tenemos en nuestra extensión nacional, la que mezcla Pampa, fierros y leña (o carbón). Se fue el tío loco, el Maradona del metal autóctono, que podía avergonzarnos con los comentarios más complejos del condado, tanto como tenernos en un puño con solo tres o cuatro estrofas. En definitiva alguien que a las generaciones surgidas entre la Dictadura y su final nos acompañó (dejó que lo acompañáramos) prácticamente toda nuestra vida     .

II

Antes de alojarse en nuestro cuerpo y su metabolismo, la muerte se acomoda en nuestras cabezas. Se prepara. Nos ronda, con formas diferentes de acuerdo a la edad y demás variables, nos persigue a lo largo de nuestros días todos los días. Cruza nuestras ideas y las tiñe. Aparece así como gran miedo, insumo, proyecto, escape o mera nostalgia. La nostalgia, de hecho, es un poco como una gragea, como una muestra gratis, salchichita con escarbadiente en la góndola del supermercado, pero de muerte. Enunciación rumiante de lo que ya fue, de lo que no será. Rumiar es uno de los principales derechos humanos de los que envejecen, la historia la escriben los que rumian.

No hay foto de Iorio en soledad en la que no parezca en actitud reconcentrada, como mirando para atrás, repasando una vida tan excepcional. En sus últimos recitales hablaba con bastante desenfado de la muerte, “puede ser el último año que toque, me puedo morir”, pero no en plan frenar nuevos proyectos (que los tenía), si no en una posición contemplativa de todo su, fucking, recorrido. Un poco como el Johnny Cash de Hurt, estaba en plan de saldar sus cuentas.

III

Uno de los edificios donde la nostalgia tiene más amenities, acaso por toda la carga vital que conlleva, es la adolescencia. Hay miles de relatos al respecto, de anotaciones antropológicas sobre los ritos de iniciación, de repasos sobre el despertar hormonal (La última noche de verano de Erskine Caldwell y el tórrido relato de un joven sobrino con su tía nos brinda un gran ejemplo, entre miles). Todos esos cuadros quedan sobre impresos en la memoria del rumiante, que luego volverá una y otra vez a recordarlos, a sobreimprimirlos, a agigantarlos, a malversarlos, durante todo el resto de su existencia

"Se fue el tío loco, el Maradona del metal autóctono, que podía avergonzarnos con los comentarios más complejos del condado, tanto como tenernos en un puño con solo tres o cuatro estrofas"

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La nostalgia de la juventud nos dibuja un carnaval en la cabeza, y allí, la música. La cultura, plebeya, rupturista, mercantil, mainstream, en pose y esnobista, toda ella nos viene, se nos suma. El sentir en esos años está muy estructurado por consumos que, si bien cambian y mutan en cada centuria, en cada década, en cada lustro, son relevantes generación tras generación. ¿Quién no se acuerda de la publicidad de su alfajor preferido?, ¿del tema del verano que le tocó bailar, del tipo de jean de moda en ese momento? En una fase en modo crisálida de la existencia, cuando todo es incerteza subjetiva, siempre estarán un disco, un libro, una tribu urbana, ahí prestos a darnos un suelo donde afirmarnos. Somos lo que leemos, vemos, escuchamos, y ese conjunto de consumos nos genera, de nuevo, una suerte de comunidad organizada ad hoc.

IV

Ahora bien, siguiendo esta idea rectora, podemos decir que miles de jóvenes que dieron el salto del tigre entre los años finales de la dictadura, el menemismo y todo el vodevil del 2001 fueron V8, fueron Hermética, fueron Almafuerte. En efecto, un sector no menor de los adolescentes que por entonces no se sintieron convocados por el tan en auge Rock Nacional fueron atrapados por el naciente, y ardiente, metal. Alejados tanto del hipismo sinfónico argento y su grandilocuencia, como del satanismo irreverente y nobiliario del heavy internacional, vieron cómo en el campo del rock duro autóctono se gestó otra cosa, un thrash arrabalero de machaques, vino y cuestión social. Playlist de la vida de una franja importante de la generación post dictadura que tenía bastante macroeconomía para sentirse como el orto. Así, el heavy argentino dio luz a una agenda marcadamente distinta a la de la Primavera Democrática y su continuidad, con más presencia del nacionalismo (del que un poco abjuraba el alfonsinismo a la Brandoni, al que dicha ideología todavía le sabía mucho a milicos), de los efectos de la inflación y la pobreza en las barriadas populares, y del vínculo poco amable con las agencias de seguridad. El que le dio letra a aquel campo cultural cimarrón, muy por debajo de los radares de entonces, fue Ricardo. No lo hizo en soledad, claro, pero él fue el gran letrista del dolor y de la inconformidad. Toda la deriva posterior (más Seineldín que Peter Gabriel, si), no le quitará jamás ese mérito, el de haber sido el demiurgo oficial de la rabia, de nuestra rabia. 

V

Ricardo fue el gran poeta de finales del siglo XX de la geografía nacional. Él fue el que escribió sobre recorrer el país, y especialmente sobre ese carácter excepcional que adquiere quien está de viaje. En un país donde toda la literatura al respecto ha sido de punta, especialmente en el siglo XIX, Iorio se mostró como un activo continuador del tropo. Lucio V. Mansilla del Conurbano, dandie de la mersada, dueño de una sensibilidad especial a la hora de pintar un paisaje, que es mucho más que describirlo, que es casi sangrarlo.

Por momentos lo que Ricardo transmitía podía pensarse como una película, una clase B, sucesión de cuadros un poco fuera de escuadra, con sujetos errantes que, si bien saben que mucho de su destino está ya escrito, acometen una y otra vez a la empresa de torcerlo, como en el Alvar Mayor de Trillo y Breccia. En su prosa estuvo, como en ningún contemporáneo, narrada la odisea, pensada no solo como el recorrer kilómetros (que también), sino como ciclo vital. Vivir en las rutas, tanto como pasar de golpe y fugazmente por las calles de Liniers, experiencia cinética, vertiginosa, como lo es la vida, el gran viaje. En su prosa, Ricardo imaginó de distintas maneras una suerte de camino de la redención, que nunca le llegó del todo (a nadie le llega). Curiosamente, o no, la muerte lo encontró en el medio del campo, con la ambulancia a medio llegar, viajando.

" En su prosa, Ricardo imaginó de distintas maneras una suerte de camino de la redención, que nunca le llegó del todo (a nadie le llega). Curiosamente, o no, la muerte lo encontró en el medio del campo, con la ambulancia a medio llegar, viajando."

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VI

Un poco por todo el tema de domar el hinterland es que entre Ricardo y la Patagonia (a la sazón, el gran stock de kilómetros cuadrados de la Argentina) siempre hubo un vínculo especial. La pampa, la barda y la montaña como un continuum de paisajes y sentires del alma a los que Ricardo decidió cantarles más de una vez (eso sin contar con que Allá en Tilcara haya sido el más logrado de sus temas geolocalizados). El viento como música de fondo y la inmensidad como un estimulante, algo de lo que intelectuales de la talla de Mansilla, como Joaquín V. González, ya habían escrito a finales del siglo XIX. El sur como el lugar del nuevo futuro, el espacio vital, la energía vigorosa. Está claro que las letras de Ricardo, especialmente entre Hermética y Almafuerte, tuvieron ese deslizamiento casi organicista en donde el más allá del Salado adquirió una entidad casi de El Dorado. La soledad devenida fuelle, palanca para mover el mundo, la angustia y el escape como combustible.

Sin embargo, y he aquí el riesgo, a veces la tristeza se puede volver algo tan necesario, tan fuerte, como el opio, más en este país, que vive con saudade cada tango, cada película de Darín. Sin conocer del todo la persona, cosa que jamás pudimos hacer (y tampoco es que debimos), el de Ricardo parece haber sido el caso.

VII

Se murió Ricardo. En el marco de las redes sociales y sus algoritmos en general se recorrió todo el espinel, desde el lamento sentido pasando por el silencio respetuoso hasta el festejo. “Se fue otro nazi más”. Dicha sentencia incluía en muchos casos el desagregado con los múltiples dichos y hechos en los que Ricardo dio carnadura a tal afirmación (con el mítico apretón de manos con Biondini como epitome). Todo cierto, todo comprobado. Nadie duda del corrimiento torpe que hizo Ricardo, al menos desde el final de Hermética, cada vez más a la derecha.

Y sin embargo, había algo en la frase que hacía ruido. “Un nazi más”, tiene esa cosa de listado, de numeración (“que Dios me perdone pero uno menos”, como supo decirse en algún foro no muy garantista sobre la muerte de los ladrones) que parece un poco forzado en este caso. Como en ese bolero de Juan Gabriel, que dice, “soy honesto con ella y contigo, a ella la quiero a ti te he olvidado”, y uno sonríe para sus adentros y sabe que no la olvidó, sino para qué le haría tremendo temardo, así pasó esas semanas con tanta necesidad de aclarar lo austro germano que era Ricardo por gente que acaso a duras penas recordaba su existencia, por algún escándalo, algún sticker de WA.

"Había algo en la frase que hacía ruido. 'Un nazi más', tiene esa cosa de listado, de numeración (que Dios me perdone pero uno menos, como supo decirse en algún foro no muy garantista sobre la muerte de los ladrones) que parece un poco forzado en este caso. Como en ese bolero de Juan Gabriel, que dice, 'soy honesto con ella y contigo, a ella la quiero a ti te he olvidado, y uno sonríe para sus adentros y sabe que no la olvidó"

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VIII

La paradoja de multiplicar al personaje con el solo expediente de nombrarlo muchas veces, la proliferación de discursos, como nos contó tan pillo Foucault. ¿Por qué esa necesidad de cerrar la evaluación para un personaje a las luces complejo y contradictorio? Por un lado, obvio, porque cultura de la cancelación, separar al artista de la obra, etc, “me gusta el Diego como jugador pero no persona”, todo el temita. Pero por el otro, creo que funciona algo más profundo (que igual es la contracara), que es el peso relativo de Ricardo en la cultura popular, incluso en la vida de los que más o menos se fueron reconociendo dentro de algo así muy amplio que denominaríamos antisistema. ¿Cuántas postales de la cultura de izquierdas en los noventa pueden verse sin que aparezca una remera, un grafitti de la H, un “V8 no murió”? Sin dudas, solo alguien como él, con su potencia poética, pudo generar tantos debates, tantas necesidades de despegarse y aferrarse. Terraplanista, malvinero, ajeno al tiempo y a nuestras ansiedades. Se murió, pero no era uno más, y por eso estamos acá, ablandando la milanesa ideológica.

IX

Lo cierto es que su Rise and Fall, su paulatina transformación a meme, fue algo doloroso para el público metalero, que vive a todo o nada cada cosa que le pasa a sus bandas, a sus ídolos. En un punto ese fanatismo, termo, rústico, también fue modelado a imagen y semejanza de Ricardo, que hizo de su música, y sobre todo de su performance, algo agrio, enojado, con la guardia siempre alta. Esgrimista en el aire con sucesivos interlocutores imaginarios hasta romper las pelotas.

El itinerario que él mismo fue dibujando, peleas y dedicatorias a sus ex compañeros incluídas, bloquean la posibilidad de leerlo solo en clave artista. Ricardo fue todo y más a la vez, fue una fuerza de la naturaleza, un hombre renacentista nacido en un país que se da vuelta cada tres años. No necesita ser embellecido con su muerte, no requiere de un recorte a medida para mostrar sus lados amables. Alcanza con despedirlo como se pueda, incluso insultándolo, dándole una vez más al play. Se fue un meme, el de los diálogos desopilantes con el Beto Casella, pero también el que en su arte nos dio un respiro entre tanta orfandad, entre tanta maldad, entre tanto Occidente en ruinas.

"Ricardo fue todo y más a la vez, fue una fuerza de la naturaleza, un hombre renacentista nacido en un país que se da vuelta cada tres años. No necesita ser embellecido con su muerte, no requiere de un recorte a medida para mostrar sus lados amables"

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X

Hay una etapa, más o menos entre Luchando por el Metal y Víctimas del Vaciamiento (groso modo la década que va desde 1983 a 1993) en que Ricardo fue el hombre más hermoso del país, con sus hipnóticas fotos con esos rulos interminables y sus profundas letras y composiciones. En un punto es como que ni él entendió del todo lo que significó el metal en la vida de tanta gente, esa sobredosis de belleza oscura en el alma, cuya historia está siempre por escribirse.

Quedará para ulteriores polémicas, cuando las ganas sean de debatir y no de velar, cuando el nudo esté en la doxa y no en el estómago, el poder pensar que si toma el proceso de traslación a la derecha que él vivió y cómo abjuró de cosas como su indigenismo en parte podemos sintetizar mucho de las cosas que le sucedieron a la Argentina en esa décadas. Final de la Dictadura, Malvinas, Primavera Democrática, Hiper, Menemismo, todo eso se imprimió en ese cuerpo que se fue deshilachando con sus consumos. El Ricardo que se cortó el pelo, de alguna manera fungió de sinécdoque de la realidad nacional, siempre tan pendular, siempre tan dolorosa. Tal vez eso también fue parte de su viaje, del de todos.

XI

Hasta luego, Ricardo. Nos vas a hacer falta, medio que incluso putearte nos ponía más despiertos, más activos, nos permitías también disminuir nuestras propias deudas morales, nos dejabas incluso tratar de embellecernos al apartarte como el loco del pueblo. Para el final, citarte (y por supuesto a Ana), porque imposible despedirte sin usar tus palabras. “Sigo intentando andar el camino, para el cual me formaste. Y aunque sin vos se ha tornado muy duro, no me dejaré vencer. No te fallaré!”. Que en paz descanses, Loco.

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