Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

18 de febrero de 2026

REFORMA LABORAL

Diego Valeriano

@corderoeditorok
2 Minutos
Tiempo de lectura: 4 minutos

Una lástima, porque venía bien. En serio, venía bien. Cuando se quedó sin laburo pensé “listo, otra vez”, pero no. No se quedó quieto, no hizo giladas, ni inventó esas cosas raras que siempre inventa. Agachó la cabeza, agarró la moto y empezó con Rappi a la mañana, Didi a la tarde. Iba y venía todo el día. Cansado, pero con la cabeza ocupada y haciéndose cargo de las cosas. Y cuando parecía que más o menos se acomodaba, pum. Le roban la moto acá nomás, a unas cuadras, después de la avenida. En el forcejeo se cae y se quiebra la muñeca. Todo junto le pasó. Venía bien… y en un segundo se va todo a la mierda. Y para peor me parece que empezó a tomar de nuevo. Eso es lo que más miedo me da. Hace como una semana que no sé nada de él y no quiero escribirle a Meli porque me va a reclamar que se borró con Lucia. Ni sé de dónde saca la plata para tomar. No quiero ni pensarlo. Ojalá no vuelva a chorear, ojalá no lo agarren.

El comentario -“¿cómo me vas a ir así de atrás? Me podés lastimar”-, que escuchás una o dos veces en un picado cualquiera, hoy cobra una dimensión dramática.

LA BU RAN DO, separa en sílabas dentro de su cabeza como para confirmar lo que cree. No da más pero cree

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Para seguir viviendo más o menos igual, cuando le sacaron horas extras, viáticos y comisiones, empezó a pagar solo el mínimo de las tarjetas y a pedalear el resto. “Hasta que la cosa mejore”, se mintió. Prefirió no decirle nada a Valen; sabía que no iba a estar de acuerdo. Empezó a vivir en esa ilusión ciclista: siempre a punto de llegar, siempre debiendo una vuelta más, siempre esperando que el viento lo empuje. Cuando ella descubrió que estaba endeudado en cuarenta y pico de millones, le hizo el bolso y lo rajó. Sin épica, sin escándalo, sin gritos. Un corte seco. Ya habían discutido demasiado otras veces, ya había hablado demasiado, ya estaba cansada. Ahora se queda en lo de la vieja, en Lomas del Mirador, en la que era su pieza de cuando era pibe. “Hasta que la cosa mejore”, se miente mientras mira el techo de machimbre, rodeado de cajas, ropa vieja y el póster de Viejas Locas que le regalaron los amigos cuando cumplió quince.

Cuando se empiezan a chicanear en el grupo de WhatsApp del asado de los miércoles, Martín no escribe, pero piensa: “A mí no me cambia nada, yo mañana tengo que ir a laburar igual”. Y, si bien le divierte cómo discuten y se deliran en el grupo entre kukas y mileistas, él prefiere, en este tema, mantenerse en silencio. Para él, de verdad, ya no cambia nada.

LA BU  RAN DO, así tiene que ser, así le enseñaron. Mis viejos me dieron poco pero por lo menos me dieron la cultura del trabajo. LA BU RAN DO, separa en sílabas dentro de su cabeza como para confirmar lo que cree. No da más pero cree. Está trabado en la autopista, a la altura de la cancha de Vélez, ya no llega al turno de las veinte que tiene para jugar al paddle. Le entra un mensaje del jefe: Mañana todos a las 7, va a ser un día largo y tenemos que terminar el proyecto. El jefe es un pendejo de mierda que hace media hora salió de la Austral. La autopista está imposible, ve en el waze y está rojo hasta pasando la bajada de Castelar, con suerte llega a las 9. LA BU RAN DO le rebota en la cabeza como mantra. Le manda un audio a Gabi que cenen sin él, que se le hizo tardísimo y todavía no salió del trabajo. Agarra General Paz como puede, después Panamerica y después no se acuerda mucho más. De repente está en la YPF de Baradero camino a Rosario, mira el teléfono y tiene 23 notificaciones, lo pone en modo avión y sigue camino. 

Todo junto le pasó. Venía bien… y en un segundo se va todo a la mierda. Y para peor me parece que empezó a tomar de nuevo. Eso es lo que más miedo me da

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Subíamos al tren después de la marcha y escuchamos clarito cómo nos gritaban desde el otro andén: “Ahora van a tener que laburar”. Nos miramos entre nosotros, murmuramos algo, pero no contestamos nada. No daba. Tal vez en otro momento sí daba, andábamos con otros ánimos. Pero ahora estamos demasiado cansados.

De lunes a viernes corre el 269 que lo lleva a la estación de San Miguel y de ahí se toma el tren a Villa del Parque, donde está el taller en el que trabaja. La vuelta es distinta, no corre tanto, se baja en Bella Vista, a veces se compra una lata y se sube a uno de los autos que van al barrio. Pero por las mañanas no es que corre el bondi porque se duerma ni porque ande justo, ni porque cuelga. Se levanta una hora antes, se baña, se hace unos mates y se queda mirando videos en el teléfono. Cuando suena el despertador a las cinco piensa “unos buenos mates” y casi que se levanta entusiasmado. Esa hora es de él. Nadie le habla, nadie le pide nada. Todavía no empezó el día. No es por falta de tiempo que corre el 269, lo hace por miedo a los pibes. Sabe que, si espera en la parada aunque sea unos minutos, aparecen de no sabe dónde y lo roban. Aparecen en moto, en auto, bici o caminando y lo roban. No sabe de donde aparecen, pero aparecen. Entonces, cuando más o menos calcula que está por ser la hora en que pasa el 269, agarra la mochila, mete el tupper con el almuerzo, se pone en la puerta y, cuando lo escucha doblar, arranca a correr.

Cuando se aprobó la reforma laboral que tanto pedía y necesitaba, ya se había fundido.

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