01 de julio de 2026
Hoy el tiempo se cuenta en olas, no en eras. Esas olas son simultáneas, ninguna prevalece, y muchas se contraen para retornar con más fuerza. De las grandes décadas a los tsunamis intermitentes, de las épocas con nombres y apellido a estas innombrables, escurridizas. Y cuando hablamos de Francisco, y de Jorge Mario Bergoglio, esta constatación encierra la forma de una paradoja, porque podría decirse que fue consciente durante todo su papado de este fenómeno que a su vez padeció.
Para muestra vale recordar los altos y bajos de la relación que tuvo con su propio país, y que su país tuvo con él: de la celebración máxima, cuando la casta suponía que iba a nombrar a dedazo puro y desde Roma hasta el último concejal de pueblo, hasta el desinfle de esa misma ilusión infundada. En la gente, en el argentino de a pie, su pastoreo pasó también por todos los vaivenes y rupturas de una sociedad rota y harta de desilusiones. Del Papa nos salva al Papa no sirve para nada, del amor pasional al respeto distante, de pedirle todo a no esperar ya nada.
Decíamos que Francisco fue autoconsciente y esto se cifraba en una de sus máximas fundamentales, aquella que sostenía que “el tiempo es superior al espacio”. El espacio, el poder que se ocupa -físico, Roma, Santa Marta, las fotos, las selfies, los mensajes cifrados, las roscas y los discursos- tienen un punto final definitivo con su muerte. El tiempo, en este caso, sólo puede ser el testamento, lo que dejó y sembró en ese pastoreo temporal y que puede o no sobrevivirlo. La cosecha de esa siembra. Como escribió Borges en su poema “Cristo en la cruz”, tampoco a Francisco le está dado ver su teología.
En la gente, en el argentino de a pie, su pastoreo pasó también por todos los vaivenes y rupturas de una sociedad rota y harta de desilusiones
Quienes buscaban su “dedo”, su bendición política, su “guiño”, sólo parecían pretender la absorción por contagio de sus atributos, porque, como hemos dicho más de una vez, nadie se tomó el trabajo de llevar a la práctica algunos de sus mandamientos (ni su austeridad, ni su estilo de pensar procesos, ni la búsqueda de respuestas prácticas, ni su rechazo al populismo, ni el darse la paz al final del día). Y, sobre todo, eso de que “la unidad es superior al conflicto” era leído como la pura retórica de una frase grabada en piedra, inadmisible para la dinámica argentina. Como una interpretación secretamente dualista (“¿cómo va a haber unidad si la política es conflicto?”, pensaban), cuando la esencia de ese mensaje era dialéctica: la unidad es una síntesis superadora de los conflictos necesarios.
Pasados los homenajes, las celebraciones, la hagiografía, los tweets de los presidentes y todos los elementos más o menos formales o más o menos hipócritas del culto a su personalidad pública, pasada la ola, se abre un silencio. Francisco hablaba de la gracia del silencio: “Dios”, decía, “quiere tomarse su tiempo, y nuestras pretensiones deben acomodarse a Él”.
Un silencio creador, este, que permite volver a pensar, ya no en Francisco como figura y biografía, sino como legado. No en la persona, sino en lo que inspiró y a quienes inspiró. El agua franciscana que se infiltra en ideologías, acciones, prácticas y también, y fundamentalmente, en personas. Abordar no ya qué hace Francisco con nosotros, sino qué hacemos nosotros con él.
Este dossier, que se publicará en dos domingos consecutivos, pretende acercar una serie de textos y entrevistas para primerear y arrancar, muy humildemente, un debate y una reflexión que sólo acaba de comenzar. Presentar opiniones y personajes menos obvios que a los que el francisquismo oficial, con sus exégetas tradicionales, nos tiene acostumbrados. Ir a las periferias de un legado que puede observarse mejor desde los bordes.
¿Qué hacemos con Francisco?



