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21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

28 de marzo de 2026

¿POR QUÉ LA DICTADURA GANÓ?

Gamal Jorge

#MedioSiglo
Tiempo de lectura: 4 minutos

Hace algunos años leyendo una entrevista a Rubén Cucuzza, él comentaba que cuando se inició en la vida adulta observaba los cuadros de Ricardo Carpani con perplejidad. Los obreros allí retratados ostentaban brazos fornidos, cuerpos contorneados y una altura desmesurada. Muy distinto al obrero gordito y retacón que era su padre y se desempeñaba como operario en el extinto Jabón Federal.

Esta semana se cumplieron cincuenta años del último golpe de estado y el golpe parece no pasar. ¿Cuánto duran las tragedias colectivas? ¿En el prospecto se consigna el vencimiento? ¿Cuánto tardamos en olvidarnos de la Semana Trágica, del golpe de Uriburu o la Patagonia Rebelde? La convocatoria/movilización a Plaza de Mayo fue masiva como suele suceder, cuesta salir del subte, holgura al atravesar Lima y nuevamente a ensardinarse cuando se estrecha Avenida de Mayo.

La plaza te espera y no te pide nada a cambio. No recuerdo a nadie que conozca la lista de oradores o que respete el horario de la convocatoria. Una “gran romana” donde cada uno pone lo que es y lo que puede.

Claro está que la convocatoria no es homogénea y la asistencia igualitaria. Ir encuadrado te brinda otros estatus ciudadano/militante en una movilización donde lo que prima es un colectivo de individuos. En el 24 todavía respira el sueño transversal en la Argentina polarizada. Un “ayudín” brindado por Milei, donde las movilizaciones vienen con un subtítulo que dice “qué gobierno de mierda” para quienes el resto de los 364 días del año tienen una experiencia militante de baja intensidad. Los últimos años pareciera que las plazas vienen con dress code, remeras alusivas, termos Stanley, birritas en la vereda, una foto comiendo un chori. Del ritual a la performatividad. Decime cuál, cuál, cuál es tu IG.

La remera, la foto, el objeto, el gesto: marcas de pertenencia en una trama donde la organización ya no garantiza identidad

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Caminando con mi hijo, mi hermano y mi cuñada, codeaba azorado a ésta para señalarle una leyenda: “tote”. No era tótem. ¿Desde cuándo nuestras arrimadas al fogón donde todos podíamos bajar la guardia y perdernos en las llamas se volvieron eventos estetizables? ¿Por qué esto decantó en que estemos acariciando la culata del Iphone 17? Todos estos toppings serían fácilmente olvidables si pudiéramos evadirnos del gran ausente de la movilización: los trabajadores organizados.

Entre los múltiples objetivos que la dictadura detentó, existe uno que es madre y fuerza del resto. Disciplinar al movimiento obrero organizado. No fue una declamación, la mayoría de los desaparecidos no fueron músicos o escritores, ni siquiera célebres políticos. Las listas las engrosaban delegados gremiales, comisiones internas que disputaban una mejora material en sus condiciones de vida frente a la patronal. Más lejos de Piero y más cerca del monumento al obrero desconocido.

Cabe preguntarnos entonces por qué los trabajadores organizados están sub representados en la movilización que los tuvo como principal enemigo mientras que la clase media progresista, menos lesionada en términos de terrorismo de estado, está sobrerepresentada. ¿Desde cuándo naturalizamos que la convocatoria no rebalse de obreros del SMATA o de TELEFÓNICOS? La dictadura no sólo se propuso eliminar físicamente a una generación de militantes sindicales; operó, con una eficacia silenciosa, sobre las condiciones de posibilidad de ese sujeto colectivo. No se trató únicamente de represión sino de una reconfiguración más profunda: fragmentar, individualizar, volver excepcional lo que antes era cotidiano. Allí donde había organización, instalar la intemperie. Allí donde había conflicto, promover la gestión.

Porque si algo dejó como saldo no siempre visible es una transformación duradera del mundo del trabajo: precarización, tercerización, debilitamiento de las formas clásicas de representación. La figura del delegado, de la comisión interna, del conflicto como herramienta legítima, fue lentamente desplazada por otras gramáticas más compatibles con un orden social que aprendió a desconfiar de lo colectivo. No es sólo que los trabajadores no estén; es que, en muchos casos, ya no pueden estar del mismo modo.

Los últimos años pareciera que las plazas vienen con dress code, remeras alusivas, termos Stanley, birritas en la vereda, una foto comiendo un chori. Del ritual a la performatividad. Decime cuál, cuál, cuál es tu IG

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Ese vacío no es neutro. Se llena. Y lo que aparece en su lugar no es necesariamente una ausencia de política, sino otra forma de presencia. La movilización como escena, como experiencia compartida, como momento de inscripción identitaria. De ahí que la performatividad no sea apenas un desvío superficial sino un modo de habitar lo político en tiempos donde los anclajes materiales son más débiles. La remera, la foto, el objeto, el gesto: marcas de pertenencia en una trama donde la organización ya no garantiza identidad.

Tal vez por eso la plaza sigue llenándose. Porque incluso en su versión estetizada, incluso atravesada por lógicas de consumo y exhibición, algo del ritual persiste. Pero ese resto convive con una mutación: ya no es el mismo sujeto el que se moviliza, ni por las mismas razones, ni con las mismas herramientas. Donde antes había cuerpos organizados disputando condiciones de vida, hoy hay, muchas veces, individuos que se reconocen en una causa, pero no necesariamente en una estructura.

Los ausentes, entonces, no son sólo los que no están en la plaza, sino también los que ya no pueden reconocerse en ella. Aquellos para quienes la política dejó de ser una práctica cotidiana para convertirse en una escena ocasional. Aquellos cuya experiencia del trabajo, fragmentada y precaria, dificulta la construcción de un nosotros sostenido.

Una pregunta inquietante y que nadie quiere responder es si la actualidad nos brinda otros modos de comunicar la convocatoria. ¿Es posible construir otras gramáticas militantes?,  o debemos aceptar que todos estamos jugando en la misma cancha un poco más acá o un poco más allá y que debemos resignarnos a criticar este estado de situación con menos followers.¿Se podrá comunicar un sentir o una reflexión sin tantos filtros cognitivos?

La dictadura ya ganó. O tal vez, para decirlo de otro modo, ganó en aquello que no siempre miramos: en la forma en que se desarmaron los lazos que hacían posible que esos cuerpos, los de Carpani, no fueran una exageración estética sino una expresión material de una fuerza colectiva. Ganó en haber convertido a ese obrero improbable en una figura casi inverosímil, más cercana a la pintura que a la vida

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