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20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

21 de abril de 2026

PIES DESCALZOS: UN AÑO SIN FRANCISCO

Federico Berardi

@FedeBerardiOk
Política y Religiosidad
Tiempo de lectura: 5 minutos

El último libro que escribió Francisco se llama Esperanza. Empieza con una frase que nos lo pinta de cuerpo entero:

“El libro de mi vida es el relato de un camino de esperanza que no puedo imaginar separado del de mi familia, de mi gente, de todo el pueblo de Dios”.

En un gesto circular, el primer libro de Bergoglio, que escribió en 1992, se llamó “Reflexiones en Esperanza”. Este primer aniversario de su partida nos invita a ese rumbo. A acercarnos al gran misterio de la fe cristiana: la esperanza en la vida eterna.

DESCALZARSE

El Antiguo Testamento tiene una imagen muy bella: descalzarse para entrar en lo sagrado. Moisés camina sin rumbo cuando escucha una voz que le dice: “sacate las sandalias, porque el lugar donde estás es Tierra Santa”. Segundos después, el profeta se encontrará ante la zarza ardiente.

Este acto, que parece aleatorio, casi un capricho, encierra una profunda carga simbólica. El acto de descalzarse no es simplemente un acto físico, sino un gesto de humildad y actitud de reverencia y reconocimiento de la santidad de un lugar.

Recordemos el gesto oriental de dejar los zapatos en la puerta de las casas. Recordemos las noches del 5 de enero cuando millones de chicos y chicas de todas partes del mundo ofrendan sus zapatillas a los Reyes. Recordemos que, antes de instaurar el sacramento de la Eucaristía, Cristo descalzó a sus apóstoles y les lavó sus pies.

Francisco entendió eso. Por eso nunca necesitó los zapatos rojos, símbolos del poder: le alcanzaron unos mocasines negros.

El Papa del Fin del Mundo fue un fenómeno de masas y una de las figuras públicas más importantes del siglo 21. También fue una anomalía. En un mundo que convierte todo en espectáculo, logró algo más difícil: volver visible lo invisible.

Pero, por sobre todo, fue un puente a Dios. El suyo fue un liderazgo, ante todo, religioso. Recordemos que la religión es lo que liga los símbolos con la Trascendencia. Religión es lo que nos anuda a Dios.

Este dato es una llave para interpretar por qué su Papado tocó tan a fondo el corazón de la humanidad. La evidente sed de trascendencia, que hoy es uno de los motivos de la época, desde el disco de Rosalía a la discusiones en redes sobre si ser cristiano está de moda, es un efecto natural a un liderazgo de esa talla.

Recordemos el gesto oriental de dejar los zapatos en la puerta de las casas. Recordemos las noches del 5 de enero cuando millones de chicos y chicas de todas partes del mundo ofrendan sus zapatillas a los Reyes. Recordemos que, antes de instaurar el sacramento de la Eucaristía, Cristo descalzó a sus apóstoles y les lavó sus pies.

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CABEZA, MANOS, CORAZÓN

En la orfandad política global a Francisco se le pedía mucho, o todo. Y bastante hizo mirando de frente a los retos de la contemporaneidad. Eso tal vez puede desviar y darle a su figura un acento sociológico, político o hasta pop. Un Francisco canchero, con anteojos de sol y mate en mano.

Pero lo central, repetimos, es su peso religioso. Eso en Francisco tiene un núcleo simple, profundamente humano y espiritual a la vez: de una manera sencilla hablaba del lenguaje de las manos, de la cabeza y del corazón. La armonía entre los tres.

Su lenguaje de la cabeza: supo construir una agenda tenaz hablando de tres temas medulares que tomó de San Francisco de Asís, a quien honró al elegir su mismo nombre: los pobres, la paz y la fraternidad. Y no solo entre el género humano sino con toda la creación. Evangelii Gaudium, Laudato Sì, Fratelli Tutti. A lo Marechal, en su nombre estuvo su misión, el hombre cumplió.

Su lenguaje de las manos: un gesto vale más que mil palabras. La pedagogía de la gestualidad fue de un silencio ensordecedor en un mundo que grita. Otra parábola circular lo grafica: al asumir, pidiendo la bendición del Pueblo cuando fue elegido; y al despedirse, en esa misma plaza 12 años después un domingo de Pascua. En el medio un recorrido plagado de gestos para una humanidad que tuitea, clipea y promptea. Francisco habló con gestos. Y los gestos duraron más.

Su lenguaje del corazón:  en la tumba de San Francisco de Loyola hay un epitafio. Non coerceri a maximo contineri tamen a minimo divinum est, dice.  Lo que es divino es tener ideales que no estén limitados ni siquiera por lo más grande, y que estén al mismo tiempo contenidos y vividos en las cosas más pequeñas de la vida. Francisco frecuentaba ese lugar, y recomendaba esa referencia. La plasmaba en un modo de armonizar los grandes ideales y las pequeñas cosas de la vida, integrándolos. Fuerza y ternura.  Un corazón que cobijó grandes ideales para el mundo entero que estuvieron  al mismo tiempo vividos en las cosas más pequeñas de la vida.

Los tres lenguajes, núcleo medular de su liderazgo universal son un desagregado de esa tierra sagrada a la que hay que descalzarse antes de entrar. Cambia la imagen, pero el fondo es el mismo. Perder defensa. Es reconocer que hay algo que no controlamos. Algo más grande que nosotros mismos.

YO SOY SOLO UN PASO

El último capítulo de Esperanza se llama así. Con la sabiduría premonitoria de un hombre sabio, termina las páginas diciendo que “para los cristianos el futuro tiene nombre, y ese nombre es esperanza”.

Y la esperanza se encarna, en medio del trigo y la cizaña. Así como Francisco fue un paso que continuó con la tradición de la Iglesia en general y lo fructífero del Concilio Vaticano II liderado por Pablo VI en particular, también continúa hoy con León XIV, blanco de ataques en este momento de un cambio global profundo, y quien convocó al consistorio de los cardenales tanto en enero como en este junio próximo, y en ambos casos puso Evangelii Gaudium como material de lectura previo a los encuentros. Delimito la hoja de ruta desde ese documento programático.  

En una época que confunde libertad con indiferencia, Francisco insistió en algo más exigente: la fraternidad. Es continuidad y novedad en la vida de la Iglesia, no hay que pararlo por fuera de eso cuando el nos lo dijo “yo soy solo un paso”.

Así como Francisco fue un paso que continuó con la tradición de la Iglesia en general y lo fructífero del Concilio Vaticano II liderado por Pablo VI en particular, también continúa hoy con León XIV, blanco de ataques en este momento de un cambio global profundo

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LA MUERTE NO ES EL FIN DE TODO SINO UN NUEVO COMIENZO

Su último libro se llamaba Esperanza, pero su último escrito fue un prólogo para una obra de Angelo Scola, arzobispo emérito de Milán.

Eso nos dice mucho de quién era Francisco. Sus “últimas palabras” no fueron con él como centro, sino como complemento de las palabras de alguien más.  El prólogo se llama “En espera de un nuevo comienzo”. Con “Las edades de la vida” de Romano Guardini de fondo, y con una lucidez y entereza que pocos pueden ostentar, a un mes de su partida, Francisco reflexionaba: “la muerte no es el fin de todo”.

Dicho así, suena simple. Hasta cursi.  Vivido, no lo es.

DON Y TAREA

Es linda la comparación del uso de las palabras según varían los idiomas. Francisco respecto a la esperanza se detenía a reflexionar sobre el verbo “esperar”. Decía que reúne dos significados: esperar como detenerse, aguardar. Y esperar como confiar, creer: tener esperanza.

Haber sido contemporáneos a Francisco es un don. Fuimos testigos de esperanza. Lo que hagamos con eso, es una tarea. Organizar la esperanza. Descalzarse frente a lo sagrado para caminar mejor.

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