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07 de julio 2024

Tomás Di Pietro

PAELLA Y FRUSTRACIÓN

Tiempo de lectura: 11 minutos

Las elecciones europeas poseen un fuerte carácter simbólico y anticipatorio. Como ocurre con las legislativas argentinas, el complejo y lejano sistema de poder de la UE brinda la oportunidad de votar despojado de presiones, disminuyendo el efecto “sentido de la responsabilidad” que suele envolver a unas elecciones generales. Esto les da un carácter de termómetro social. Fue en las europeas de 2014 donde irrumpió el fenómeno Podemos, obteniendo cinco escaños cuando las encuestas pronosticaban solo uno, y también fue en ese mismo año que funcionaron como trampolín nacional para Ciudadanos, partido hasta entonces regional, gracias a los dos inesperados asientos conseguidos en la Eurocámara. Tras aquellos resultados España supo que algo temblaba en su sistema post transición.

¿Qué ocurrió esta vez? El Partido Popular Europeo ha vuelto a ganar las elecciones, y aumentó en 10 sus diputados. Los Socialistas siguen segundos, pero pierden escaños.  La tercera y cuarta posición queda en manos para los partidos anti establishment. Los centristas socioliberales (perdieron 22 diputados), los verdes (19) y la izquierda (2) han sido los derrotados. La foto se repite en prácticamente todos los países.

En resumen, la democracia cristiana se consolida, los nuevos conservadores, nacionalistas y tradicionalistas crecen.

El incremento de representación que han conseguido las agrupaciones Identidad y Democracia (I&D) y los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), –ya sean euroescepticas o eurófobas– no es suficiente como para tener gran incidencia en la toma de decisiones. Por ahora. Pero la tendencia va en aumento. Harán que su discurso sobre inmigración, contra las políticas verdes de la UE y la nostalgia de soberanía de cada uno de los países esté más presente que nunca desde la creación de la comunidad.

Este aumento de votantes anti casta a lo largo de todo el continente no se vio reflejado de la misma forma en España. Mientras que estos partidos alcanzaron la primera posición en dos países del G-3 –Francia e Italia–, y en Alemania fueron segunda fuerza, Vox mantuvo la tercera posición. Consiguió el 9,6% de votos, lo que representa una mejora en europa, de 4 a 6 eurodiputados, ya que en 2019 había sacado el 6,2%, pero un retroceso respecto a las recientes elecciones generales de 2023, donde había obtenido el 12,3%. La novedad aquí es que ese voto se ha diversificado: Alvise Pérez, un bizarro troll andaluz, ha creado un “movimiento” llamado Se Acabó la Fiesta (SALF), y ha obtenido el 4,6%, por lo que tendrá tres diputados en el Parlamento Europeo.

Perez es un fenómeno de redes 100%. Toda su comunicación ocurre en Tik Tok y sobre todo, en Telegram, donde entendió y supo explotar como nadie la herramienta Canal de la plataforma para difundir sus mensajes públicos a grandes audiencias. Telegram es fundamental para difundir narrativas alternativas. La plataforma permite generar alta viralidad de manera gratuita sin tener que invertir en costosas producciones de vídeos o de imágenes. Además, a diferencia de otras redes sociales, todo lo que allí se dice goza de absoluta impunidad. La libertad champagne es así.

"Perez es un fenómeno de redes 100%. Toda su comunicación ocurre en Tik Tok y sobre todo, en Telegram. Su llegada a Bruselas representa la primera vez que un eurodiputado no necesita pisar ni un solo plató de televisión en campaña ni tampoco usar X (ex Twitter), de donde lo echaron en 2022, para conseguir el objetivo."

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X (ex Twitter)

“Sin recursos, sin cobertura alguna y con total desprecio y descrédito por parte de políticos y medios, hemos logrado que un puñado de ciudadanos libres alcancen un resultado histórico”, dijo tras conocerse los resultados Alvise. Su llegada a Bruselas representa la primera vez que un eurodiputado no necesita pisar ni un solo plató de televisión en campaña ni tampoco usar X (ex Twitter), de donde lo echaron en 2022, para conseguir el objetivo.

Perez, de 34 años, había formado parte de UPyD, Ciudadanos y también coqueteado con Vox, siempre con el objetivo de “romper el bipartidismo”. Durante la pandemia se distanció del partido de Abascal defendiendo una posición anti vacunas. Ha conseguido capitalizar el voto conspiranoico y también comerle a Vox –que a su vez había comido a Podemos– el voto indignación.

Alvise se inspira en referentes similares: sorteará su sueldo como Milei, y como Bukele, promete construir una cárcel en Madrid para meter presos a un estimado de “40.000 delincuentes de bandas y corruptos”. También ha dicho en otras oportunidades que los deportará a países progres.

Perez ha conseguido llegar a las instituciones europeas sin un programa político. Simplemente ha hablado toda la campaña de “casta” y de un “sistema corrupto” que incluye a todos los partidos políticos y jueces; denunciando pedofilia, y un largo etcétera de galimatías inentendible que dificulta decifrar hasta donde llega la convicción y dónde empieza el meme oportunista.

Según datos del CIS, el voto de ‘Se acabó la fiesta‘ fue transversal, pero mayor en municipios con menor edad media, en ciudades intermedias –fuera de las grandes urbes– y donde se registran mayores niveles de desempleo. El perfil de su votante es un hombre joven y desocupado. ¿Shockeados?

“España se ha convertido en la fiesta de los corruptos, mercenarios, pedófilos y violadores. Mano dura contra el crimen y la corrupción”, asegura el flamante eurodiputado. Ha lanzado acusaciones falsas contra varios políticos y agitado buena parte de las teorías conspirativas que circulan por España, también todas fake, pero qué carajo importa. La verdad está sobrevalorada. Se la ha asociado confusamente al concepto de información. La información, describe Deleuze, es un sistema de control, en tanto que es la propagación de consignas que deberíamos de creer o hacer que creemos.

Según estudios en España, un 35% de la población asegura que prefiere no ver, leer o escuchar noticias en medios tradicionales. La cifra se dispara entre los menores de 25, que optan en amplia mayoría por obtener información de “redes visuales” como Instagram o TikTok. La tendencia es similar en todos lados, incluyendo Argentina.

El escritor e investigador cubano-estadounidense Martin Gurri explica en su libro La rebelión del público: la crisis de la autoridad en el nuevo milenio, que la llamada quinta ola de innovación tecnológica ha permitido rebeliones públicas en redes digitales que reniegan de jerarquías. Igualitarias hasta el límite de la disfuncionalidad, se mantienen unidas por un poderoso punto de referencia que funciona como centro de gravedad y principio organizador de la acción: oponerse ferozmente a algo. Si la jerarquía idolatra el orden establecido, la red cultiva el nihilismo.

"El núcleo de la era del individualismo tirano es la abolición progresiva de todo cimiento común. La sociedad no está fracturada: no hay sociedad. En la era de la polarización la mesura es élite y el odio vulgaridad."

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El homo informaticus, advierte Gurri, pone a todos los gobiernos sobre el filo de una navaja. Cualquier chispa puede hacer volar por los aires a cualquier sistema político, en cualquier momento, en cualquier lugar.

En misma sintonía, el libro La era del individuo tirano. El fin de un mundo común, del filósofo francés Éric Sadin, incorpora otro matiz. Lo explica muy bien aquí Maria Daniela Yaccar. Por un lado, las personas ya no se sienten dueñas de sí mismas, no llegan a fin de mes, la desigualdad se agrava, disminuyen los servicios públicos y la solidaridad. Por el otro, están equipadas con tecnologías que les hacen más fácil la existencia, les dan acceso inmediato a la información, les dan voz, habilitan la expresión de la propia opinión, otorgan una sensación de autonomía. El núcleo de la era del individualismo tirano es la “abolición progresiva de todo cimiento común”. La sociedad no está fracturada: no hay sociedad. En la era de la polarización la mesura es élite y el odio vulgaridad.

“África empieza en los Pirineos”

Algo novedoso está ocurriendo en la economía europea: los países del sur que estuvieron a punto de romper el bloque monetario del euro durante la crisis financiera de 2012, Grecia, España y Portugal, están creciendo más rápido que el resto y evitando que la eurozona se caiga. Los rezagados se han convertido en los motores del crecimiento.

España creció un 2,5% en 2023 mientras que la UE sólo un 0,4%. Según las previsiones, este año crecerán en torno a 2% y 1% respectivamente. Pedro Sánchez nos lo recuerda cada vez que puede, aferrado al dato: “Estamos creciendo cinco meses más que la media de la zona euro”. La desocupación estructural de España –el precio que paga por estar dentro de la UE–, sigue siendo alta pero continúa disminuyendo. El año pasado el número de empleados alcanzó un récord histórico (21 millones de trabajadores), alejado de su peor marca histórica de 2013 (17 millones). La inversión y las exportaciones van al alza, pero el crecimiento es sostenido en mayor medida por el consumo. Y el anabólico de este consumo es el turismo desbocado. Por su contribución al PIB (14,6%) y al empleo (2,8M), la industria turística es la más importante del país. España es la discoteca de Europa.

Pero una economía atada al turismo no es exactamente una economía soñada. Provoca distorsiones, especulación, desculturización, contaminación, transforma las ciudades y territorios, subordina la vida económica y social a las actividades turísticas, impacta en la calidad de vida de los residentes y genera malestar. Quien visita Barcelona por primera vez se enamora de Las Ramblas y el casco antiguo. Quién vive aquí los detesta y los evita. Son tierra arrasada.

La inflación, por su parte, que lastimó tanto al viejo continente empujada por la guerra en Ucrania y que llegó a ser del 11% anual, cayó al 3,3%. Pero su remedio, las altas tasas de in­­­terés, es decir, el encarecimiento del crédito, afecta a empresas, gobiernos, y ciudadanos. Es decir, la inflación baja, pero el árbol no tapa el bosque.

Visto de cerca todo tiene matices.

"La inversión y las exportaciones van al alza, pero el crecimiento es sostenido en mayor medida por el consumo. Y el anabólico de este consumo es el turismo desbocado. Por su contribución al PIB (14,6%) y al empleo (2,8M), la industria turística es la más importante del país. España es la discoteca de Europa."

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Antes de 2022, justo antes de comenzar la invasión rusa, la gasolina costaba 1,22€ el litro. Tras haber casi duplicado su precio durante el primer año del conflicto, hoy cuesta. 1,65€, lo que representa un aumento del 35%. El precio de la gasolina impacta en todos los bienes y servicios en los que interviene, es decir, en demasiados.

El precio de los alimentos subió de media un 23% en los últimos dos años. La carne de cerdo, protagonista de la dieta ibérica, acumula un 50% desde antes de la guerra. La lubina y la dorada, los pescados más baratos y altamente consumidos, ya suman un 34% de subida. Y no todo es culpa de Putin. Las políticas de cambio climático de la UE también han afectado de manera radical al sector primario y parte del secundario, lo que también empuja la subida de precios y agrava la situación del sector agrícola. La feroz sequía que azota a la península ha derrumbado la producción del imprescindible aceite de oliva, llevando su precio desde 3,35€ el litro en 2019 a casi 10€ el litro hoy. Una tragedia cultural que cuesta comprender desde la distancia. Los precios de la electricidad se están estabilizando en unos niveles que duplican a los previos a la pandemia y a la guerra de Ucrania.

Millennials descubren en Europa algo que los argentinos sabemos por pasaporte: la inflación puede bajar, pero los precios nunca retroceden. Lo que subió, subió.

En cuanto al mercado de la vivienda, tras la interrupción en las constantes subidas durante la pandemia, estamos otra vez viviendo una auténtica psicosis de precios. La alta demanda de extranjeros aumenta el alquiler y la venta. El 15% de las compras son de personas de fuera de España. Alquilar un piso en Barcelona cuesta en 2024 un 10% más que hace un año, según datos oficiales.⁠ Los españoles destinan un 43% de sus ingresos al pago de un alquiler de una vivienda de 80 metros cuadrados.⁠ Vivir solo es un privilegio de pocos. Una familia debe destinar 7,3 años de su renta bruta para costear la adquisición de una vivienda, lo que supone más del doble que hace tres décadas. Hay que tener en cuenta que las hipotecas suelen financiar el 80% del coste total de una vivienda, lo que requiere tener ahorrado el 20% restante, más un 12% para los gastos asociados. El precio medio del metro cuadrado en España actualmente es de 2.138 €, y en las grandes ciudades –donde quieren vivir los jóvenes– más del doble. Es decir que para comprar a crédito a 30 años un piso de 80 metros en alguna de las grandes capitales se tiene que tener ahorrados unos 100.000€. El salario mínimo es de 1.050€ y el 95% de los españoles gana menos de 3.500€ por mes. “No vas a tener una casa en la puta vida”, explicaba con didactismo una pegatina que se puso de moda en el 15M.

"Como describió Malamud estos días: tener una vida digna con un sueldo mediocre, eso fue Occidente. Con la guita justa, pero siempre con un horizonte de mejora. Si ganabas 100, podías gastar 99 y guardar 1. Nuestra generación, en cambio, es deficitaria. Se está quemando la herencia. Lo único rentable hoy es no tener hijos. Y no es que se viva muy mal en España, al menos no todavía, pero es que los jóvenes esperaban más"

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Lo hemos dicho en otras columnas y lo seguiremos repitiendo: el siglo XXI frenó el progreso en Occidente. Se rompió el juguete. El impacto es enorme. Las expectativas menguaron, y detrás de ello, llegó la rabia. “La esperanza es la confusión del deseo de una cosa con su probabilidad”, escribió Schopenhauer. La probabilidad ha disminuído, y tu cuerpo lo sabe. La consecuencia es una rebelión contra el establishment. La UE se ha sostenido durante décadas sobre una promesa sólida como el acero: los hijos podrán vivir mejor que sus padres. Promesa cumplida desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el 2008. Como describió Malamud estos días: tener una vida digna con un sueldo mediocre, eso fue Occidente. Con la guita justa, pero siempre con un horizonte de mejora. Si ganabas 100, podías gastar 99 y guardar 1. Nuestra generación, en cambio, es deficitaria. Se está quemando la herencia. Lo único rentable hoy es no tener hijos. Y no es que se viva muy mal en España, al menos no todavía, pero es que los jóvenes esperaban más, porque las generaciones anteriores obtuvieron más. Están frustrados. Es una cuestión de horizonte. Las expectativas de mejora son la sal de la vida de la clase media. Y Europa es un continente de clase media. La población decrece año a año. Desde el año 2012, el número de nacimientos ha descendido un 27,6%. El número medio de hijos por mujer bajó hasta 1,16. Como escribió Comte, el tamaño y la composición de la población de un país determinarán su futuro. La inmigración, legal e ilegal, se reproduce el doble de rápido que los nativos, y esto por ahora sostiene la economía pero hace sentir amenazadas a las culturas autóctonas.Cuando el cinturón aprieta la gente busca refugio en su identidad primaria.

El modelo económico de Europa está en jaque. Su población envejece y disminuye. Los jóvenes ven negro el futuro y se mantienen al margen, hasta que la situación empeora y una narrativa entra por los canales adecuados. Entonces arma un kilombo. “Una de las principales paradojas culturales de nuestra época anida en esta cuestión de la edad” escribe el analista político y consultor Pablo Pombo. “El electorado es un público. Y el público está fascinado con el culto a la juventud. Por ahí pasa el espectáculo. Desde 1968, en todo Occidente, ser lo nuevo es mejor. En medio de toda esta decadencia, esta chorrada resulta todavía más dominante. [Los nuevos líderes] comunican en otro código porque comprenden mejor que nadie que el tiempo de atención de su público termina a los siete segundos. Llegan a donde no lo hace el resto, y al hacerlo, llevan a las urnas también a quienes no suelen votar”. De momento son tercera fuerza, y de momento los demócrata-cristanos funcionan como garantía de estabilidad.

Si Trump gana la presidencia a fin de año y efectivamente retira el financiamiento de armas a Ucrania, la victoria rusa será un hecho. Los países europeos que limitan con Rusia ya no pueden dormir imaginando la invasión que se acerca. Meloni gobierna Italia y la estrategia electoral fallida de Macrón deja a Le Pen cada vez más cerca de El Palacio del Elíseo. El plan de Putin avanza a velocidad crucero: el proceso de desintegración de la UE se asoma en el horizonte. Mientras tanto, España se pide una paella en la playa y aguanta.