Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

20 de julio de 2026

OTRO ARGENTINO PARA COMPARTIR LA TRISTEZA

Jazmín Bazán

@jazminbazanok
La pelota no se mancha
Tiempo de lectura: 3 minutos

Vi la final del Mundial en un bar de Nueva York, en el corazón descorazonado del sueño americano. Justo en el epicentro de la excolonia careta, devenida imperio decadente, que ya no sabe lo que es oír el ruido de rotas cadenas.

Vi a los estadounidenses, espectadores de soccer, alentar a los Muppets en el entretiempo; a Messi, consumido como un producto (descartable, como todos). Ellos, ubicados por puro determinismo aspiracional, del lado del ganador cantado, sin entender el juego. Con su comida frita, sus ganas de protagonizar y deglutir todo aquello que no comprenden.

Tampoco quiero ser injusta con la ciudad que hoy vio nuestras lágrimas. Fue Walt Whitman, un neoyorquino, quien, tras el fallecimiento de Lincoln, escribió los versos que hoy aplican mejor que ningunos al único prócer argentino vivo: “Oh, Capitán, mi Capitán –decía- levántate y escucha las campanas; por ti ondea la bandera, por ti trina la corneta y se agolpan las costas. Por él llama hoy la masa que se balancea, buscando con ojos ansiosos al padre herido en la batalla”. A diferencia del protagonista del poema, con 39 años, Messi –máximo asistidor en la historia de los Mundiales y segundo goleador histórico, con ocho anotaciones solo en este torneo– demostró la vigencia de su llama. Timonel de barco, lo llevó hasta la última intancia; sin alcanzar, esta vez, la Copa, pero con el deber cumplido y ante una multitud desbordante. ”¡Exultad, oh costas, y repicad, oh campanas!”.

Whitman hubiera entendido por qué, aunque la posibilidad nunca fue argentina, la esperanza sí. De ahí el impulso de apretar los dientes y acompañar a nuestros héroes en su Termópilas de desenlace anunciado. Ellos no pudieron darnos el fútbol de 2022, entonces eligieron brindar sacrificio, corazón, hidalguía.

Existe un pasaje de Corintios que en Estados Unidos usan hasta el hartazgo, en casamientos y postales: “El amor es paciente, es bondadoso; no es envidioso ni presumido ni orgulloso; no se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Nosotros volvimos a ponerle el cuerpo a ese significante que ellos vaciaron. Hoy en Nueva York se sintió eso: siendo menos en el deporte, fuimos más en todo.

Para nosotros esto no se trata de ellos, se trata de este equipo, del cuerpo técnico, del agradecimiento eterno y de nuestro capitán, cuyo lenguaje nunca pudieron colonizar. Vayan pa allá, bobos

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Si les contáramos a los yankis que incluso hay algo de ellos en nuestro fútbol local… que la Asociación Atlética Argentinos Juniors nació en 1904 de la fusión de Mártires de Chicago y Sol de la Victoria, o que Chacarita Juniors fue fundado dos años después, un 1° de mayo, en un local del Partido Socialista. Pero la historia acá parece disolverse en un presente que persigue siempre la próxima novedad, el próximo consumo, el próximo show.

El día previo a la final, los argentinos –desde los que se hospedan en el Upper East Side, hasta el chabón en cuero con la gorrita de Boca– coparon los puntos céntricos de Nueva York. En procesión compacta, avanzaron juntos hacia Times Square, bajo el diluvio, con pilusos, banderas, redoblantes, parlantes con cumbia, imágenes de Maradona.

También después de la derrota allí se mostró esa marea sin entrada, como su Selección, jurando con gloria morir. Mirando de frente a los españoles que recién llegaban a copar las avenidas, con una victoria que se sentía a echada en cara. Asomando la cara solo cuando el triunfo estaba asegurado. Para nosotros esto no se trata de ellos, se trata de este equipo, del cuerpo técnico, del agradecimiento eterno y de nuestro capitán, cuyo lenguaje nunca pudieron colonizar. Vayan pa allá, bobos.

En el subte, entre la masa de soledades apiladas, alguien con la camiseta celeste y blanca me gritó: “Ellos tienen dos estrellas y nosotros tres”. Quizás vio un desconsuelo que, como compatriota, no podía dejar pasar. No sé cómo llegó hasta acá. Quizás de casualidad, como yo. No parecía de esas personas que de un día para el otro pueden sacar un pasaje a Estados Unidos. Esa cara orgullosa, endeudada, la conozco bien.

La pelota no se mancha