Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

25 de octubre de 2025

NOTAS DESDE LOS BALCANES

Tomás Di Pietro

@tomidipietro
Mundo
Tiempo de lectura: 9 minutos

El turismo en las grandes capitales de Europa occidental se ha convertido en una experiencia estandarizada, cara, y, en buena medida, desagradable. La pandemia disparó los precios de vuelos y hospedajes, mientras que la gentrificación y el turismo masivo de las últimas dos décadas devoraron cualquier vestigio de identidad local.

Las ciudades mainstream se transformaron en espacios saturados e indiferenciados. La tradición y costumbres locales fueron reemplazadas por una amalgama de modas globales carentes de todo sentido: café de especialidad, bubble tea, smash burgers, comida thai y empleados precarizados importados de China, Pakistán o Bangladesh… Todas las grandes ciudades occidentales son la misma ciudad. Visitarlas se tornó una experiencia bobina, de ganado.

Muchos argentinos que repiten visita a Madrid, París, Londres, Roma o Berlín disfrazan de interés cultural su verdadero objetivo: aprovechar los precios bajos para comprar ropa en las grandes tiendas internacionales, tales como H&M, Zara o Uniqlo. “Amortizo el viaje”, me explica un amigo que me visita en Barcelona prácticamente cada año.

En ese contexto, los países balcánicos —Serbia, Montenegro, Albania, Macedonia del Norte, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Bulgaria, Kosovo, Rumanía, Grecia, y la Tracia Oriental turca— se ofrecen como un oasis para el turista, una ventana al siglo XX, al mundo pre globalizado.  Aquí no hay grandes marcas: las ciudades están plagadas de tiendas de ropa de segunda mano. Son el último refugio europeo para viajar y encontrarse con algo aún no procesado, no producido de forma compulsiva. Y a precios agradables. Una habitación de hotel digna para una familia de cuatro personas oscila entre 30€ y 50€ por noche. Una buena cena entre 10€ y 20€ por persona. Un placentero camarote privado de cuatro literas en tren nocturno para viajar de una capital a otra, oscila los 25€ por persona.

Tienda de ropa de segunda mano en Sofía.

Los Balcanes comprenden, en pocos kilómetros, identidades varias compuestas por lenguas diversas, monedas, alfabetos y nacionalidades. Al acercarnos al Este, ingresamos en zona de influencia rusa. La paz aquí siempre ha sido temporal, y jamás será permanente. Son tierras signadas por divisiones étnicas, religiosas y políticas. La convivencia es frágil, amenazada por viejos rencores.

Por estos días ocurre en Bosnia y Herzegovina la posibilidad de una nueva guerra. La crisis se centra en la Republika Srpska, una región con cierto grado de independencia –un encaje análogo al del País Vasco en España–, donde su líder Milorad Dodik ha sido inhabilitado judicialmente, pero desafía al Estado central, negándose a acatar la sentencia y avivando el fuego secesionista que busca la independencia de esta entidad y su anexión a Serbia. El Parlamento serbobosnio, controlado por su partido, ha rechazado la sentencia, declarado inconstitucional la revocación de su mandato y convocado para el 25 de octubre un referéndum destinado a legitimar su desobediencia y reforzar su narrativa soberanista.  Dodik mantiene el respaldo de la policía local, del Parlamento regional y de aliados exteriores como Rusia, Hungría y sectores del gobierno serbio, que advierten del riesgo de una guerra civil si Sarajevo intenta intervenir por la fuerza. En respuesta, la Unión Europea, que apoya al gobierno central, ha reforzado el despliegue de EuFOR y la OTAN mantiene su compromiso con la integridad territorial del país. La posición de Trump sigue siendo deliberadamente ambigua. Cualquier intento de ejecutar las sentencias judiciales o impedir el referéndum podría detonar todo por los aires. Bosnia se aproxima cada vez más a una división fáctica del Estado.

Café de especialidad, bubble tea, smash burgers, comida thai y empleados precarizados importados de China, Pakistán o Bangladesh... Todas las grandes ciudades occidentales son la misma ciudad. Visitarlas se tornó una experiencia bobina, de ganado.

Compartir:

Las capitales de los Balcanes comparten todavía hoy un rasgo extinto en los centros urbanos del oeste: el localismo. Ninguna de sus ciudades ha sucumbido ante el arrasador impulso del turismo descontrolado. Ni siquiera las excepciones de Grecia, Croacia y Estambul, atravesadas por el turismo de masas, han visto corroer su identidad. Incluso allí uno puede comer comida local mientras es atendido por una persona local y se ve en la obligación de aprender algunas palabras del idioma local para hacerse entender. La hospitalidad y la alegría forman parte del encanto de estos pueblos, pese a las vulnerabilidades económicas crónicas. Mucha carne de vaca y cordero, vinos de cepas autóctonas; mucho encuentro con amigos, risas, hablar a los gritos: con sus enormes diferencias, los balcanes me recuerdan siempre a la Argentina. Cuando los visito me siento otra vez en casa.

Estación central de tren de Sofía, Tsentralna Gara.

La herencia comunista sigue presente, evocada a veces por el alfabeto cirílico —empleado en Bulgaria, Macedonia del Norte y Serbia, principalmente—, pero sobre todo en el omnipresente cemento. Enormes bloques de viviendas y edificios públicos que, con su carácter monolítico y funcional, encarnan la planificación centralizada y la construcción masiva que definieron gran parte del paisaje urbano balcánico durante la segunda mitad del siglo XX. A su lado convive la recargada impronta iconográfica de las catedrales ortodoxas y la verticalidad de los altos minaretes de las mezquitas, huellas visibles de siglos bajo el Imperio Bizantino y, más tarde, otomano. Escenas que desmienten la visión simplificada de Occidente que omite la riqueza cultural y arquitectónica que prolongó la herencia del Imperio Romano tras la caída de Roma.

Edificios construidos durante el comunismo en Burgas.

Nos encontramos ahora en un taxi en Sofía, capital de Bulgaria, rumbo al hotel, tras un día largo.

–¿Qué opinás de la situación política búlgara?–, pregunto al conductor.
–No me interesa la política, soy libre. Tampoco veo las noticias, no hace falta. Vivimos una época en la que si algo pasa nos enteramos rápido.
–¿En qué año naciste?
–1992.
–Sos hijo de la democracia.
–No viví el comunismo pero sé de qué se trató. Las cosas no cambiaron mucho desde entonces. Siguen en el poder los mismos ladrones comunistas, o sus hijos. Nueva casa, mismos ladrones. Todo sigue igual.

Bulgaria es un país pequeño, apenas más grande que la mitad del territorio de Uruguay, pero con el doble de su población: 7 millones. Es el país más pobre de la UE. El comunismo aquí no fue tan brutal como en Albania o Rumanía, y tuvo más éxito económico. Muchos adultos mayores sienten nostalgia por el régimen socialista debido a la seguridad laboral y estabilidad económica que brindó durante sus mejores años. Los jóvenes, en cambio, en su mayoría, anhelan la  modernidad liberal-occidental.

Los países balcánicos —Serbia, Montenegro, Albania, Macedonia del Norte, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Bulgaria, Kosovo, Rumanía, Grecia, y la Tracia Oriental turca— se ofrecen como un oasis para el turista, una ventana al siglo XX, al mundo pre globalizado.

Compartir:

Como muchos de sus vecinos, Bulgaria apenas está preparada para albergar al turista foráneo, y ese es quizás su mayor atractivo. La región no entra en el radar del viajero que busca un viaje lúdico-formativo por Europa. Aquí no hay Monalisas ni Guernicas, ni tampoco tiendas de diseño. El turista debe armar su propia aventura.

Los taxis son realmente baratos, con 10€ podés viajar durante una hora aproximadamente. Es de noche, acabamos de cenar en un restaurante de comida tradicional excelente (Staria Chinar) y paramos un taxi por la calle. Un hombre de unos 60 años conduce. Me pregunta en un inglés rústico por nuestra nacionalidad, y entonces exclama:

– ¡¿Argentina?! Lionel Messi.
– Correcto.
– Y no solo Messi, el tango.
– Y Diego Maradona– añado en modo autómata, acostumbrado a tener esta charla, no reparo en que el tipo acaba de mencionar al tango y que eso podría abrir una conversación interesante. Continúa:
– Maradona fue un gran jugador, pero su personalidad… las drogas… no me gusta. Messi sí. Messi es bueno para la familia, para los chicos…
– ¿Naciste en Sofía?–, lo interrogo.
– No, en Burgas–. Se trata de una ciudad industrial y costera, junto al mar Negro. “La mar del plata búlgara”.
– ¿Y cómo está Bulgaria?
– Muy mal. Corrupción por todas partes. En Rumanía se quejan porque allá la corrupción contamina al 50% del país, ¡pero acá es el 100%!. Y el gobierno nos da la espalda. Hace unos años tuve un problema en la rodilla y tuve que operarme. Saqué un crédito para poder pagar la intervención, entonces llegó el Covid y la economía murió. El gobierno no nos dejaba trabajar. No pude pagar el crédito y el banco me quitó la casa. Mi mujer y mi hijo se fueron a vivir con mis suegros, pero yo no, eso no lo puedo aceptar. No podemos vivir todos en un departamento tan pequeño, no es digno. Yo les dije que no se preocupen por mí. Soy hombre, tengo que luchar…–.
En este momento hace una pausa, sus ojos se humedecen.
– ¿Y ahora dónde vivís?
– Aquí–, señala hacia abajo.
– ¿En el taxi?–. Una cara como de terror invade su rostro. No es miedo, es angustia. Se quiebra, no puede seguir.
– Perdón–, dice en voz de falsete. Rompe en llanto.
– No te preocupes–respondo tocando con mi mano sobre su hombro mientras conduce. Su relato me destruye. Continuamos en silencio.
Al finalizar el viaje, me dice:
–Tus hijos tienen buena voz, buen timbre. Estudié música cuatro años en la escuela militar durante la era comunista. Teníamos profesores excelentes, ahora no. Ahora los padres presionan a los profesores para que no pongan malas notas, y los profesores lo aceptan. Cualquier cosa. Antes no, antes los profesores eran excelentes.

Büyükada, principal isla del archipiélago de las Islas de los Príncipes, frente a Estambul.

Viajar por Europa del Este es transitar las ruinas de una sociedad extinta pero que sigue ahí, con desayunos marcados por el olor a tabaco proveniente de la mesa de al lado, un verdadero escupitajo en la cara para occidentales del siglo XXI.

Bucarest, otrora “la París del Este”, es hoy un gran esqueleto de ballena comunista. La ciudad es un museo a cielo abierto, con bloques grises, hospitales, escuelas, oficinas y parques para la clase trabajadora, y un centro cívico dominado por edificios burocráticos. Los nuevos emprendimientos se montan sobre las viejas estructuras del socialismo, reproduciendo una integración de capitalismo entre ruinas. Rumanía es el segundo país más pobre de la UE y Bucarest una capital sin dinero, aunque estadísticamente segura. La democracia trajo expectativas que no se cumplieron; un viejo proverbio local dice que “Rumanía es el país que no termina de explotar”. A diferencia de Berlín o Moscú, los países balcánicos aún no invitan a “descubrir su pasado comunista” en el mercado pop: las Imágenes de Ceaușescu, Tito o Enver Hoxha son muy difíciles de encontrar.

Nos encontramos ahora en un taxi en Sofía, capital de Bulgaria, rumbo al hotel, tras un día largo. –¿Qué opinás de la situación política búlgara?–, pregunto al conductor. –No me interesa la política, soy libre.

Compartir:

Más de 500 hectáreas de Bucarest fueron arrasadas para construir el centro cívico y el segundo edificio más grande del mundo después del Pentágono, el gran proyecto faraónico de Ceaușescu: El Parlamento, bautizado “la casa del pueblo”. Desde 1982, el país volcó todos sus recursos a ese sueño de 320.000 m2. El “genio de los Cárpatos” dejó una huella imborrable.

Un hombre que había vivido en España y hablaba nuestro idioma me dice:

–Antes acá no había hambre. Con Ceaușescu no había hambre. Ahora sí ves hambre–. [Nota: En los 80s el país atravesó hambrunas y Ceauşescu implementó un “Programa de Alimentación Racional” para reducir las calorías diarias a niveles muy bajos].

–¿Qué te ha parecido la anulación de las elecciones que ganó Georgescu [nacionalista prorruso] el año pasado y la prohibición de participar en la repetición?–, le lanzo como anzuelo. 
–Una mierda. Yo voté por él, habíamos ganado. ¿Esto es la democracia?

Catedral de la Madre de Dios, Plovdiv.

Estambul es un kilombo hermoso, un hervidero a cielo abierto. Punto turístico de un volumen comparable al de Roma o París, pero con un estilo único. Ubicada sobre dos continentes, Europa y Asia, es punto de enlace entre Oriente y Occidente.  Podría encontrar diversos argumentos por los cuales hay que volver a Estambul: su historia de múltiples imperios que le ha legado un patrimonio impactante, su atmósfera callejera que la hace mucho más viva que cualquiera de las ciudades-museo del oeste, simplemente para observar su skyline navegando por el Bósforo –experiencia poderosa–, y más. Pero el primero, sin dudas, es el kokoreç: un plato típico que consiste en un gran nudo de chinchulines de oveja o cordero, asado lentamente a las brasas hasta dejarlo bien crujiente, para comerlo entre panes. Podríamos definirlo como un chinchupan de cordero con limón.

Un viejo proverbio local dice que “Rumanía es el país que no termina de explotar”. A diferencia de Berlín o Moscú, los países balcánicos aún no invitan a “descubrir su pasado comunista” en el mercado pop: las Imágenes de Ceaușescu, Tito o Enver Hoxha son muy difíciles de encontrar.

Compartir:

Un pibe de unos 30 años, de aspecto cuidado y vestido con ropa para trekking, se me acerca con curiosidad mientras caminamos por las callejuelas al sur del Gran Bazar, en el barrio Fatih. Me habla en buen inglés.

–Hola, ¿de donde son?

–De Argentina

–¡Oh, que bien! ¿Qué tal con Milei? Sé que está haciendo cosas muy buenas.

–Contame vos, ¿qué sabés sobre él?

–Sé que está librando al país de la inflación. Aquí también tenemos mucha inflación. Es un desastre.

–¿Qué te parece Erdogan?

–Una mierda. Aquí no hay libertad. Soy médico, pero quiero ser influencer para divulgar estilos de vida saludable, deporte y bienestar. Ahora tengo casi 70 mil followers. Cuando consiga más me voy a ir.

Una avenida al noreste de Sofía.
Mundo