21 de julio de 2026
Veo a mi hija. A mis amigos. A esos miles peregrinando en la noche. En otras ciudades. En cada lugar donde los celulares, las redes y la televisión capturan algo. ¿Qué es? Esa felicidad, ese ruido, esos cantitos que rapidamente volvemos himno de época y contraseña de consanguinidad, esos chicos peregrinando en la noche, embanderados y embadurnados de celeste y de blanco, esa señora y la abuela que van a a esquina del barrio a cantar y a ser parte. ¿Pero qué es? Por una vez, no nos une la carencia y el pedido sino el derroche, el deseo de dar y decirles, a ellos, a los que vimos jugar como gladiadores y deportistas de lo más alto y en lo más alto, decirles no solo que los queremos y que nos han hecho del corazón el músculo que bombea llanto y risa, decirles que les queremos devolver lo que nos dieron. Todos los que no veo pero intuyo, todos los que veo y todos los que me rodean estamos en estado de saciedad porque nos nutrieron y nosotros también les queremos dar, agradecerles. Esta vez fue un mes y medio, pero ya nos vienen dando todo durante años. ¿Era así? ¿Será que será así el sentirnos plenos de vivir acá, de tener este fútbol y tenerlo a Messi con nosotros, tanto tiempo, regalándonos y regalando sin saber que hay millones que nunca lo van a conocer, pero lo aman porque sienten que les da siempre, lo amamos no solo por esa combinación de genio y de humildad, de persistencia y fe, de inocencia y disciplina, sino porque cuando lo da todo, nos da todo? La palabra agradecer la reinstaló este equipo y nos obligaron a desenterrarla, porque nos desacostumbramos a usarla y de pronto todos se arremolinan al lado de la cámara, apuran sus posteos, escriben, dicen porque necesitan no vaciar sino compartir, hacerles saber todo lo que nos dieron. Nos desesperamos por decirles que nosotros también. Y entonces se sale a festejar mucho antes de la final, un octavo o un cuarto de final porque no es el partido lo que importa sino hacerles ver, hacer ver al mundo si tiene ganas de vernos y si no que se jodan, ellos se lo pierden, contarles que nos desentumecieron el orgullo de vivir acá y de decirles que son los únicos que logran unirnos y producir un sentimiento compartido, y que nosotros también los queremos, que les queremos retribuir todo esto. No creo que haya un momento de la vida argentina en el que haya leído, escrito, dibujado, aerosoleado y viendo traducida tantas veces la palabra gracias. Si no se lo decimos algo nos estalla adentro, porque por una vez nos sobra y podemos invitar a todos, los de acá y los de afuera, que vengan a compartir nuestro agradecimiento, ese exceso del bueno, vitaminas a base de risas y lágrimas que, aunque nos vaciemos, aunque les agradezcamos una vez y otra vez y otra vez igual dejarán una marca. Y cada vez que veamos una sola imagen de todas las que nos dejan guardadas, una sola imagen va a estremecernos y decir, para adentro o moviendo los labios, otra vez y siempre, gracias.

