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20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

30 de marzo de 2025

NO EXISTE EN OTRO LADO DEL MUNDO

Gabriel Plaza

@gabyplaza
Mundo
Tiempo de lectura: 8 minutos

La agrupación candombera Valores no está tocando sólo por el premio, que finalmente quedará en manos del conjunto Cuareim 1080, durante el concurso anual del “Desfile de Llamadas”, que se realizó en febrero y en el que participaron cuarenta y seis comparsas. Valores, está tocando por algo más importante, algo que los trasciende, la transmisión de una voz ancestral que late en esos cueros, la transmisión de una cultura afro, que se refleja en esos rostros morenos. Porque lo que importa, en definitiva, es otra cosa: la fidelidad a una espiritualidad y a una forma de vida heredada de siglos atrás y traída a la fuerza desde un lugar tan lejano y tan distinto a este Montevideo.

El “Desfile de Llamadas”, que se hace una vez al año durante la época del carnaval y donde se miden las mejores comparsas del candombe, solo se puede hacer en este único lugar, el más importante para el género, el más importante para la cultura afro, el lugar donde nació, creció y se desarrolló una música que no existe en otro lugar del mundo, que se cocinó acá en esta ciudad de más de un millón de habitantes en el barrio Sur de Montevideo en Uruguay, y que se proyectó al mundo como la base de nuevos estilos que desarrollaron artistas como Rubén Rada, Jaime Roos, Eduardo Mateo y el grupo Opa de los Hermanos Fattoruso, entre muchos otros.

Foto: Sofía Torres

La comparsa Valores, que ganó este año el desfile inaugural del carnaval que se realizó en la avenida 18 de julio a fines de enero, y que el año pasado se llevó por primera vez en su historia el premio al mejor conjunto en el certamen carnavalero en el Anfiteatro de Verano (este año salió segunda en ese mismo certamen a seis puntos de la primera), está representando toda una historia del barrio de Palermo.

Los 150 integrantes están desfilando nuevamente para que esos tambores con el toque Ansina (una de las ramas del árbol candombero, la otra es el toque Caureim), suenen en estas cuadras, donde originalmente fue el punto cero del candombe.

“Acá a media cuadra estaba el conventillo Medio Mundo que tiró abajo la dictadura y más allá vamos a pasar por nuestro barrio en la calle Ansina, donde nació este toque que tiene 200 años”, dice Gabriel Skliro, uno de los productores artísticos de la comparsa Valores, surgida en 2014, como si fuera un geolocalizador del lugar donde empezó la historia de esta familia del candombe, que tiene en la activista afro uruguaya Chabela Ramírez, a una de las grandes referencias culturales del barrio.

“Esto es clave: es cierto que las llamadas pasan cerca del conventillo Mediomundo porque de ahí viene el nombre de Cuareim 1080 que es la dirección donde estaba el conventillo con la familia Silva, pero donde termina el recorrido de las llamadas es prácticamente donde estaba el conventillo de Ansina, creado por el madrileño Emilio Reus en 1887. De ahí, viene la gente de Valores. Desde ahí los barrios de Palermo y Sur son rivales y hermanos”, cuenta el periodista Mintxo de La Diaria, con gesto enciclopédico y el recuerdo fresco de su afición a las llamadas.

Las lonjas de cuero son castigadas sin piedad, sin respiro. Es el llamado a la memoria adormecida de una nación afro, con toda esa carga de espiritualidad reprimida por las instituciones, que despierta

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La historia de rivalidad y hermandad se repite en el toque de estos tambores que resuenan con la clave Ansina y la clave Cuareim, que conversan y libran su propia batalla cultural, para que esos ancestros que vinieron como esclavos no se olviden. Son tambores que recuerdan su historia y la de sus descendientes, que primero estaban hacinados en la periferia de la Montevideo amurallada. Después en el siglo XVIII ocuparon los terrenos más ventosos y cercanos al Río de la Plata, donde hoy están el barrio Sur y Palermo. Luego fueron víctimas de otro exilio interno en la década del setenta.

Desalojados por la última dictadura militar la comunidad afro montevideana fue obligada a desplazarse de los conventillos del barrio Sur y Palermo, hacia barrios más lejanos y hostiles, con hogares precarizados, en la zona de Capurro y Cerro Norte, dejando atrás familias y trabajos cercanos. Muchos de los hijos y nietos de esos afro-descendientes desplazados todavía siguen reclamando por volver al Barrio Sur y Palermo.

“Ninguna de las autoridades de los gobiernos y partidos de todos los colores se han hecho cargo de eso hasta el día de hoy. Actualmente están más cerca de volver porque hay una asociación que los está ayudando. Los viejos que estaban originalmente en el barrio Sur y Palermo se murieron sin poder volver a su casa. ¿Qué pasó con todo esto? Toda esa gente que fue desplazada por todo el territorio se llevó sus tambores y hoy se toca el tambor en todo Montevideo. En esa peregrinación los afro-descendientes llevaron sus raíces por todos lados. Eso provocó que finalmente esa cultura se expandiera”, dice Mintxo. 

Foto: Sofía Torres

Los tambores suenan en las calles y esquinas de Montevideo todos los domingos, pero durante el carnaval más largo del mundo -más de cuarenta días- esas llamadas tienen un sabor a revancha porque la música del candombe cobra otro protagonismo en la agenda cultural de la ciudad y los medios.

El repiqueteo de los tambores se puede escuchar a más de cinco cuadras donde sucede el desfile de comparsas. Entre las casas bajas y la calle angosta del primer tramo de Isla de Flores, el sonido de los tambores se amplifica todavía mucho más. Crece y retumba envolviendo a las bailarinas y bailarines, que van al frente de la comparsa. Los siguen otros personajes centrales del espíritu candombero de la comparsa: la Mama Vieja, que representa la sabiduría y ancianidad, el Gramillero, que lleva un maletín con sus yuyos de curandero, y El Escobero, el chamán, que con su bastón va abriendo caminos. Delante de la línea de tambores se posicionan las vedettes. Todos avanzan a paso firme las diez cuadras del recorrido, entre las calles Zelmar Michelini y Mansilla, desbordado de gente.

La percusión es el motor de la comparsa. Cada tamborilero lleva el rostro pintado de blanco, azul y naranja como si portaran una máscara, utilizan unos gorros que terminan en punta y con el adorno de unos flecos dorados como la cola de un caballo, están vestidos con una casaca y un pantalón blanco hasta la rodilla, una pechera multicolor y cruzado llevan la correa de la que cuelga el tambor: caminan con la actitud guerrera de un grupo a punto de lanzarse a una batalla, dispuesto a todo.

Es una masa humana cohesionada con los instrumentos, una máquina del ritmo guiada por Diego Paredes el director musical de la comparsa. A veces suenan como un tren imparable, un magma atronador que va subiendo las pulsaciones del público hasta que se frenan de golpe en perfecta sincronización, antes de un nuevo cambio de ritmo que enloquece a todo el mundo.

Cada tamborero camina balanceando su cuerpo de un lado a otro. Los brazos acompañan con un latigazo insistente de la mano derecha sobre el tambor y el golpe del palo sobre el casco del instrumento. Las lonjas de cuero son castigadas sin piedad, sin respiro. Es el llamado a la memoria adormecida de una nación afro, con toda esa carga de espiritualidad reprimida por las instituciones, que despierta.

La historia de rivalidad y hermandad se repite en el toque de estos tambores que resuenan con la clave Ansina y la clave Cuareim, que conversan y libran su propia batalla cultural, para que esos ancestros que vinieron como esclavos no se olviden

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En el desfile toda esa energía se libera en estas cuadras que recorren las comparsas y que atraviesan el barrio Sur y el barrio Palermo. Allí se concentra como por un túnel esa vibración cósmica que sube por los talones y se apodera de todo el cuerpo en una suerte de trance que quita las penas, hace olvidar el paso del tiempo y los achaques de la edad. Todo, absolutamente todo, queda tomado por el sonido del tambor. No se piensa. Se baila.

Los gritos. Esos gritos no parecen de este lugar, de estas calles de cemento, sino de un lugar lejano, de otra tierra. Es como un grito de guerra, un grito ululante, inconsciente, un grito entre el éxtasis y la victoria, un grito salvaje, un grito que podría sonar aterrador, y un grito que es como un llamado de un lugar lejos de toda civilización, y que responde al repicar de esas lonjas, de esos cueros calentados al fuego con restos de cajones de manzana un rato antes en una esquina, un grito que se escucha al paso de la comparsa y que mujeres y hombres, acompañan con un gesto del cuerpo hacia adelante y con los brazos estirados como si quisieran atrapar esa energía, esa vibración que los vuelve locos, que los hipnotiza, que los lleva hacia ese otro lugar ancestral, trepados a las barandas que los separan de la cuerda de tambores.   

La vedette principal, vestida con sus plumas de color naranja, baila con gracia al frente de la cuerda de tambores hasta que se detiene y mira hacia el público, entonces arquea el cuerpo voluptuoso bañado en sudor tirando de un hilo invisible entre ella y la gente. Es como si tomará la energía del público (entre los que se escuchan gritos de familiares y amigos) y luego la expulsara con más fuerza hacia adelante a través de sus brazos extendidos en un movimiento repetido y espasmódico, que se acelera al ritmo del tambor. Es una danza hipnótica que por unos segundos quita la respiración. Lo que sigue es la apoteosis.

Los que están sobre las veredas bailan extasiados, algunos con sus vasos de cerveza en la mano, salpicando a los que tienen a su alrededor, con un frenesí desatado como si ellos mismos estuvieran desfilando en la comparsa, en una coreografía natural y desfachatada, libre de prejuicios. Es todo un barrio expresándose a través del candombe, a través del lenguaje del cuerpo. Hay familias enteras -abuelos, madres, hijos- bailando.

Los siguen otros personajes centrales del espíritu candombero de la comparsa: la Mama Vieja, que representa la sabiduría y ancianidad, el Gramillero, que lleva un maletín con sus yuyos de curandero, y El Escobero, el chamán, que con su bastón va abriendo caminos

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Desde una terraza tiran bengalas de color rojo y verde que estallan en el cielo y dejan flotando un humo gris con perfume a pólvora. Los turistas extranjeros observan toda la escena desde los balcones y las terrazas, que le alquilan a las familias que todo el año viven sobre la calle Isla de Flores y que durante un fin de semana hacen su pequeño negocio.

Hay personas que se paran sobre las sillas de plástico, -por las que pagaron por una mejor ubicación-, sin miedo a romperlas. Otros se abalanzan sobre las vallas como si estuvieran en una cancha de fútbol, tirando su cuerpo hacia adelante y queriendo tocar a la cuadrilla de candombe con la punta de los dedos, pero en realidad lo que quieren tocar es la música.

El ritmo acompasado del toque Ansina parece flotar sobre esas polirritmias del 6 x 8, o retumbar y agigantarse en ese marcato que todos los que están acá ya saben cómo acompañar con las palmas: trá-trá-trá- tratrá. Es un latido sincronizado con el pulso cardíaco que todo uruguayo trae desde la cuna. Es una clave musical, una brújula de identidad, que puede reconocer en cualquier parte del mundo donde esté y que si alguna vez estuviera perdido sólo tendría que seguirla para poder regresar hasta su casa.

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