19 de julio de 2026
Tránsfugas, héroes, conversos, traidores, convencidos, luchadores, oportunistas. (La facilidad de otorgar categorías es inversamente proporcional a la dificultad de interpretarlas)
Cuando, en la mañana del 29 de abril de 1945, los habitantes de Milán se encontraron con varios cadáveres colgados en el espacio de la gasolinera de la Piazzale Loreto (Plaza de Loreto), por las noticias previas y por su fisonomía inconfundible —a pesar de estar colgado cabeza abajo— pudieron identificar que se trataba del Duce, Benito Mussolini, capturado unos días antes por partisanos al mando del llamado “coronel Valerio” y fusilado el día anterior, muy cerca de las orillas del lago de Como.
No existen datos precisos sobre la cantidad de fusilados sin juicio legal alguno el 28 de abril de 1945 conocidos como los “Dongo 16”. Sin embargo, se supone que, además de Mussolini y su mujer Claretta Petacci -ejecutados juntos en el pequeño pueblo de Giulino di Mezzegra-, fueron asesinados cerca de 16 cabecillas del Partido Fascista Republicano: Ferdinando Mezzasoma, el rector de la Universidad de Bolonia Goffredo Coppola, Alessandro Pavolini (poeta sí, pero también secretario del Partido Fascista), Francesco Barracu (ex combatiente mutilado de guerra, famoso por su valentía en batallas de la 1GM), Paolo Zerbino, los ministros de la República de Saló Augusto Liverani y Ruggero Romano, el lombardo Paolo Porta, el asistente del Duce Vito Casalinuovo, el militar de la Fuerza Aérea Pietro Calistri y un hermano de Claretta, Marcello Petacci (quien murió ahogado cuando escapaba nadando del pelotón de fusilamiento), entre otros. Luego, todos los cuerpos fueron trasladados a Milán y arrojados sobre las baldosas de la plaza de Loreto donde algunos de ellos fueron colgados boca abajo como forma de intensificar la humillación aún después de la muerte.
Un caso para destacar es el del exsecretario general del Partido Nacional Fascista y uno de los máximos dirigentes del gobierno de Mussolini, Achille Starace quien, caído en desgracia para el régimen desde un par de años antes, fue abandonado por la estructura política del fascismo y vivía en Milán alejado de la política. En horas de la liberación fue reconocido mientras “corría gimnásticamente” por las calles de la ciudad el 29 de abril y fue llevado a la Piazzale Loreto y, al ver el cadáver de su exjefe, hizo el saludo fascista mirando el cuerpo del Duce. En ese mismo lugar, fue fusilado y colgado al igual que los cadáveres que ya estaban del día anterior.
Este breviario histórico enmarca a un protagonista, hasta acá no mencionado, pero que fue fusilado el mismo día que los demás y contó entre uno de los cinco o seis colgados de la Piazzale Loreto.
Dos datos acaecidos en esas 24 horas hablan de él. Fue el único que, al enfrentar el pelotón de fusilamiento, no murió gritando “¡Viva Italia!” como hizo la mayoría, sino que sus últimas palabras fueron “¡Viva el socialismo!”. Luego, ya en la deshonrosa posición de su cuerpo en la Piazzale Loreto, fue el único cadáver al que le colocaron un cartel que decía “Supertraditore” (súper traidor) lo que revelaba la clara identificación que sus ajusticiadores tenían de él.
Así murió Nicola Bombacci.
¿Por qué el que alguna vez fue conocido como el “Papa Rojo” y el “Lenin di Romagna”, fundador del Partido Comunista italiano, amigo personal de Lenin y en dos períodos diputado de la izquierda italiana, terminó en ese lugar?
Y ¿por qué el coronel Valerio (Walter Audisio), llegado especialmente a Milán para matar a Mussolini, desoyó un acuerdo de los Aliados de 1943 que pedía su entrega para su juzgamiento y, por el contrario, se amparó en una supuesta orden “para la administración de justicia” emitida unos días antes por el Comité de la Liberación Nacional de la Alta Italia (CLNAI), incluyendo en forma especial a Bombacci entre sus objetivos?
Los propios partisanos tuvieron su “interna”, ya que Luigi Canalí (alias Capitán Neri) quería cumplir con los términos del armisticio de 1943 con los Aliados, que exigía la entrega del Duce para su juicio. Sin embargo, Valerio y los altos mandos comunistas de Milán ignoraron esta cláusula legal.
Es discutible la ejecución sin juicio de todos los jerarcas fascistas –aunque puede comprenderse en el contexto extremo del momento, marcado por la liberación total de Italia del dominio nazi y el odio acumulado durante más de 20 años de gobierno represivo y autoritario-. Pero resulta imposible de justificar es el claro femicidio cometido en la persona de Claretta Petacci, ejecutada solo por su rol de compañera afectiva del Duce, sin ostentar cargo ni responsabilidad alguna en los tiempos del gobierno fascista. Fue un acto vergonzoso y despiadado. Recién en 1956 su familia pudo recuperar el cadáver que bajo el nombre de “Rita Colfosco” fue enterrada en un cementerio de Milán.
La muerte de Mussolini sirvió como plataforma electoral para Walter Audisio (el coronel Valerio) para llegar al Parlamento italiano. En 1947, durante un acto proselitista en Roma, fue presentado como “el hombre que mató a Mussolini” recibiendo la ovación de más de 50.000 personas y, por supuesto, siendo elegido como senador representando al Partido Comunista Italiano.
Nicola Bombacci, que fue revolucionario siendo socialista y luego pasó por el comunismo (que no dejó de serlo cuando entendió que el fascismo cobijaba su rebeldía), nació en 1879 en Civitella di Romagna, en la provincia de Forlì. Tras un breve paso religioso por el seminario, se formó como maestro mientras que participaba activamente en el mundo sindical desde muy joven, siempre con la vocación de ser útil a los trabajadores italianos. Con menos de 30 años ya integraba el Consejo Nacional de la Confederación General del Trabajo, la CGDL. En gran parte del norte italiano, entre Piacenza y Cesena, su nombre era conocido y respetado.
Nicola Bombacci, que fue revolucionario siendo socialista y luego pasó por el comunismo (que no dejó de serlo cuando entendió que el fascismo cobijaba su rebeldía), nació en 1879 en Civitella di Romagna, en la provincia de Forlì.
Como gran parte de la izquierda italiana de la época, tuvo su recorrido inicial por el socialismo y, durante la Primera Guerra Mundial, se convirtió en líder indiscutido de ese espacio en las localidades donde trabajaba. Su trayectoria militante incluye cargos como secretario de la Cámara de Trabajo , jefe de la sección socialista de Módena y director del diario socialista Il Domani. Ya en 1919, y siendo numen e ideólogo de la fracción maximalista del PSI, fue elegido secretario nacional del partido y, ese mismo año, resultó electo diputado por Bolonia en las primeras elecciones de la posguerra.
Al año siguiente, con cierta ingenuidad parlamentaria, presentó un proyecto para crear Soviet (al estilo ruso) en Italia. Ese mismo año fue el primer socialista italiano que se reunió con bolcheviques rusos en un encuentro en Dinamarca y participó en el II Congreso de la Internacional Comunista realizado en Rusia. A su regreso, impulsó la Fracción Comunista del PSI y, junto a Gramsci, Amadeo Bordiga y otros dirigentes, protagonizó la ruptura del PSI en el XVII Congreso Nacional, dando origen al PCI e integrando su Comité Central.
Vayan teniendo en cuenta todo esto para interesarse cómo es que este hombre termina colgado junto a Mussolini en 1945.
En 1921 Bombacci fue reelecto diputado, esta vez por Trieste, pero su espíritu libre e insurrecto comenzó a chocar con cierto hermetismo del comunismo italiano, al que consideraba como un partido sectario e ideologizado. Esta tensión derivó en su progresivo aislamiento dentro de la cúpula partidaria, sobre todo cuando criticó abiertamente la postura del PCI respecto de la ocupación de Fiume por Gabriele D’Annunzio. Mientras el partido repudiaba ese episodio, Bombacci -siguiendo la lectura de Lenin- sostuvo que D’Annunzio “era un revolucionario”.
Como consecuencia, Bombacci es apartado del poder partidario, lo quitan del Comité Central y, a pesar de ser uno de los fundadores, se le prohíbe la entrada a la sede del PCI. Finalmente, como muchos de los temas complejos del comunismo internacional, su caso se resolvió en Moscú: las altas esferas soviéticas piden al PCI que Bombacci sea expulsado del partido (un dato no menor, y para seguir con el entresijo de esta nota, es que esta decisión no fue consultada con la Internacional Comunista).

Para ir dilucidando parte de la compleja trayectoria de Bombacci creo importante asignar a la interpretación política un papel de cierta categoría historiográfica junto a los datos, al documentalismo y a la tradición oral. Esta nota intenta eso, interpretar.
Existen dudas acerca de si Bombacci dijo realmente, en 1923, que había que unir las “dos revoluciones, la bolchevique y la fascista”. Pero, más allá de haberlo dicho o no en ese momento, todo indica que esa posición fue transcendente de ahí en adelante.
La popularidad de Bombacci entre los trabajadores, sectores humildes y antifascistas de Italia era enorme. Tanto así que los escuadristas del fascismo callejero reservaban sus cantos más insultantes únicamente para él, al que llamaban el “Cristo de los obreros”. El más conocido decía: “Con la barba de Bombacci haremos spazzolini (cepillos)/ para abrillantar la calva… de Benito Mussolini” (“Con la barba di Bombacci, faremo spazzolini, per lucidare la pelata di Benito Mussolini.”)
Aunque estaba fuera del poder local del comunismo, Bombacci mantenía relaciones con el representante diplomático en Italia Nikolai Iordansky y, por pedido de éste, impulsó la firma de un acuerdo económico entre Italia y la URSS, muy deseado por el Kremlin para salir del aislamiento en que se encontraba el gobierno bolchevique. Es más, en enero de 1924, Bombacci viaja a los funerales de Lenin donde se reúne con Grigori Zinoviev, dirigente máximo de la Internacional comunista, quien decidió que el italiano regrese al PCI. Pero una vez vuelto a su tierra, Bombacci no se suma a las tareas del partido y se limitó a cumplir funciones de enlace con la embajada soviética.
En este punto aparece un personaje clave: Adolf Joffe , diplomático soviético que representó a la URSS en muchas negociaciones europeas y, sin ser embajador en Italia, pudo tener encuentros con Mussolini y también con Bombacci. Joffe fue un amigo cercano de Trotsky y un seguidor leal suyo; junto con él, y también con Zinóviev, integró la llamada “oposición de izquierda”, enfrentada a Stalin y Bujarin.
Entonces, Bombacci, en sintonía con Joffe y Zinoviev, bien pudo no tanto abrazar el trotskismo como ir desarrollando una aversión al estalinismo, que luego formaría parte de su convicción revolucionaria. Si trasladamos esta lectura a 1945 y vemos el interés del Coronel Valerio (Walter Audisio), miembro destacado del estalinismo hermético y su papel en la muerte de Bombacci, se puede suponer que el exdiputado comunista no fue fusilado por su cercanía con Mussolini sino que la causa de su muerte habría que rastrearla muchos años atrás, como parte de las complejas internas del propio comunismo y del odio nunca extinguido de Stalin hacia el trotskismo
En 1925, Bombacci crea la revista L`Italo-Russa y, bajo el mismo el mismo nombre, fundó una sociedad de exportación e importación. Dos años más tarde, la conducción del PCI desde el exilio define su expulsión definitiva.
Su posición sostenía con entusiasmo un acercamiento entre Italia y la URSS. Entendía que una buena relación entre los dos países ayudaba a la URSS que se encontraba aislada internacionalmente y colocaba a Italia en cierta órbita revolucionaria que él consideraba estaba ocurriendo en su país: una verdadera revolución solo que fascista en lugar de comunista.
Entendía que una buena relación entre los dos países ayudaba a la URSS que se encontraba aislada internacionalmente y colocaba a Italia en cierta órbita revolucionaria que él consideraba estaba ocurriendo en su país: una verdadera revolución solo que fascista en lugar de comunista.
Bombacci planteaba una clara reivindicación del concepto de Nación sin renegar de la lucha de clases. Lo expresaba diciendo que “hay que superar lo nacional pero no destruirlo sino hacer una Nación más grande para que sea el lugar de los trabajadores y los agricultores”. Asimismo, no negaba la idea de Patria de la cual decía que era el “derecho incontestable y sacro de todo hombre”. Impulsaba con cierta audacia intelectual una vía nacional revolucionaria donde podrían convivir el socialismo con el fascismo.
Siempre recordaba que, en su viaje a Rusia en tiempos de Lenin, éste le había dicho que “en Italia solo había un socialista capaz de guiar al pueblo hacia la revolución: Benito Mussolini”.
Hasta 1936, Bombacci permaneció prácticamente al margen de la vida política. Ese año fundó la revista La Verità (La Verdad), donde comenzó a acercarse a las posiciones fascistas “más de izquierda” y a los planteamientos originales y revolucionarios de esa fuerza, valorando positivamente la idea corporativista y las leyes sociales del gobierno de Mussolini. Nunca se afilió al PNF ni ocupó cargos formales; solo era fiel a su deseo revolucionario para Italia y creyó ver en el fascismo un instrumento de esas aspiraciones.
En 1937, definió claramente su anti estalinismo escribiendo que “la Rusia bolchevique de Stalin se convirtió en una colonia del capitalismo”. Aclaraba que no renunciaba a sus ideales, sino que “Stalin y sus secuaces habían traicionado la revolución”, en una clara similitud a las palabras de León Trotski. Denunció, además, las míseras condiciones de vida en la Rusia soviética. Bombacci continuó elevando la figura de Lenin y acusaba a Stalin de haber destruido los logros del socialismo leninista. Ya en 1943, y con una cercanía a Mussolini más personal que de adhesión al fascismo, el exdiputado comunista comparaba hechos históricos y se preguntaba “¿Cuál de las dos revoluciones, la fascista o la bolchevique, marcará el siglo XX y quedará en la historia como la creadora de un nuevo orden de valores sociales y mundiales? ¿Cuál de las dos revoluciones resolvió el problema agrario, entendiendo de verdad los deseos y las aspiraciones de los campesinos y los intereses económicos y sociales de la comunidad nacional?”
En otra posición intelectual, muy cercana a los que expresaba el trotskismo, afirmaba que “en Rusia el gobierno está en manos de la burocracia bolchevique, una nueva clase que en realidad es peor que la clase capitalista porque, sin ningún control, maneja el trabajo, la producción y la vida de los ciudadanos”.
No era fascista, pero defendía ciertas medidas del gobierno y sobre todo a la figura de Mussolini. Es importante aclarar que nunca renegó de su origen comunista. Creía, sin embargo, que el Estado corporativo sostenido en la creencia fascista era la mejor realización del socialismo. En un birlibirloque político defendía su comunismo y su forma de ver el fascismo: “El fascismo ha hecho una grandiosa revolución social, Mussolini y Lenin. Soviet y Estado fascista corporativo, Roma y Moscú. Mucho tuvimos que rectificar, nada de qué hacernos perdonar, pues hoy como ayer nos mueve el mismo ideal: el triunfo del trabajo.”
No era fascista, pero defendía ciertas medidas del gobierno y sobre todo a la figura de Mussolini. Es importante aclarar que nunca renegó de su origen comunista. Creía, sin embargo, que el Estado corporativo sostenido en la creencia fascista era la mejor realización del socialismo.
Desalojado el Duce del poder total de Italia y sostenido por los nazis en la fantasmagórica República de Saló (a la cual Bombacci soñaba con convertir en la “República de los trabajadores), Mussolini pide ayuda a Bombacci para que redacte un programa que ayude a transformar la economía italiana. Bombacci, entusiasmado por haber desaparecido la influencia monárquica de los Saboya, intentó poner en marcha un plan de “Socialización fascista”. Mussolini, aparentemente regresando a sus tiempos de joven socialista, afirmó que las presiones de la guerra le habían impedido implementar su programa revolucionario original, que era anticapitalista y anticomunista. Sin embargo, este intento de retomar viejas posiciones izquierdistas de treinta años atrás quedó en nada.
A pesar de la guerra y de la visualización de la derrota del fascismo, Bombacci no dejaba de propagar sus ideas. Hasta fines de 1944 recorría cordones obreros del norte italiano hablando a los trabajadores quienes manifestaban en gran medida apoyo a sus palabras. Bombacci no dejaba de decir que el fascismo “era la única y verdadera revolución que mostraba el triunfo del trabajo”. El trabajo y los trabajadores, su respeto social por los sujetos que lo practicaban marcaron la vida de Bombacci. No le importaba desde qué sustento ideológico se buscará mejorar la calidad de vida de los obreros italianos.
Bombacci no fue un tránsfuga político, sino que creyó ver en el modelo fascista, sobre todo en el esquema del corporativismo. Esa comarca tan deseada que buscaba desde su socialismo. Y no fue el único: destacados dirigentes de la izquierda italiana sumaron su voz al mismo discurso. Exsindicalistas revolucionarios como Walter Mocchi, Alibrando Giovannetti y Giovanni Bitelli, comunistas como Angelo Scucchia, Giovanni Di Legge, Giovanni Guidi y Mario Malatesta lo acompañaron en lo que fue la “sinistra fascista”, el fascismo de izquierda.
Y, no es raro que, estudiosos como Giuseppe Parlato encuentran ideas comunes en el fascismo y la izquierda como el antiburguesismo, el anticapitalismo, el espíritu de socialización, la idea de la política como revolución y el rechazo a la democracia liberal .
No fueron pocos los socialistas que, en 1925, se quedaron en Italia, sin marchar al exilio, y apoyaron al fascismo. Gianpasquale Santomassimo los llama los “fiancheggiatori” (algo así como “los partidarios”).
Sería injusto encasillar a Bombacci en un hombre que se acercó al fascismo por las necesidades económicas y por las dificultades que enfrentaba por los gastos de salud de su hijo Wladimiro que precisaba costosas curas por su enfermedad . Es cierto que nunca pidió un puesto rentado y solo aceptó unas pocas subvenciones que utilizó para el tratamiento de su hijo. Bombacci estaba convencido de que su lucha por la clase obrera italiano debía transitar un sendero al lado del fascismo.
A todo le hallaba sentido desde su antimperialismo feroz que oponía a las “potencias plutocráticas” como Francia, Estados Unidos e Inglaterra. En un extraño razonamiento, apoyó la intervención italiana en Etiopía en 1935 quitándole todo carácter colonial y situando esa acción en el eenfrentamiento entre los países proletarios y los capitalistas. Conquistar Etiopía para Bombacci sería una conquista proletaria para derrotar a países capitalistas y eso lo consideraba “fundamental para la liberación de las personas de color que todavía están bajo la opresión del capitalismo más brutal”.
En 1943 le escribe al Duce: “Estoy hoy más que ayer totalmente con usted, la traición del rey y Badoglio ha traído la ruina y la vergüenza a Italia, pero lo ha liberado de todos los compromisos pluto-monárquicos del 22. Hoy el camino está libre y, en mi opinión, solo se puede seguir por el camino socialista. Primero: la victoria militar. Pero para asegurar la victoria, hay que tener el apoyo de la clase obrera”.

Cuando Mussolini enfrentaba la inminente caída y era considerado un hombre acabado, Bombacci, un idealista persistente, lo acompañaba. El jefe del fascismo de izquierda es una figura majestuosa, con la barba larga y una oratoria brillante que mostraba su aprensión a ser encasillado o percibido como aburguesado. No aceptaba prebendas ni vendía sus ideas. Intenta sí asesorar personalmente a Mussolini para acercar nuevas bases trabajadoras al Partido Fascista Republicano. Impulsó la creación de comités sindicales, abiertos a los que no eran fascistas (una verdadera herejía para los viejos camisas negras como Roberto Farinacci ) y promovió elecciones sindicales libres. Viajó por las fábricas del norte industrializado (Milán-Turín) explicando la revolución social del nuevo régimen y por qué se unió. Bombacci rejuvenece en esa práctica militante, y así le escribe al Duce en diciembre de 1944 luego de un acto en Verona: “He hablado una hora y 30 minutos en un teatro lleno y entusiasta… la gente, en su mayoría obreros, vibró gritando: Sí, queremos luchar por Italia, por la república, por la socialización…“
Con fidelidad hasta el fin no se aparta de Mussolini en los momentos que todo estaba irremediablemente perdido. En su última aparición ante obreros de Salò, en marzo de 1945, insiste casi como un profeta, en sus conceptos más arraigados:
“Hermanos de fe y de lucha… yo no he renunciado a mis ideales por los que he luchado y por los que, si Dios me deja vivir más, lucharé siempre. Pero ahora estoy en las filas de la República Social Italiana, y he venido otra vez porque ahora sí va en serio y es verdaderamente decisivo reivindicar los derechos de los obreros…”
Como si fuera una gaffe, Bombacci explica desde donde sigue peleando por los mismos de siempre, “ahora estoy…”, aclara.
Su objetivo es el mismo, los derechos de los obreros, solo cambió su lugar de lucha.



