Un momento...

07 de junio de 2026

07 de junio de 2026

7 de junio de 2026

MUCHO MÁS QUE SU REPUTACIÓN

Pablo Marchetti

@marchettipablo
DE FRENTE MAR
Tiempo de lectura: 4 minutos

El hecho maldito del rock burgués. William Burroughs para millones. El Indio es nuestra gran anomalía. No es el mito que vino del barro y conquistó el mundo gambeteando miseria, como Diego. No es el genio que inventó un mundo porque inventó un rock del país y un país del rock, como Charly. El Indio nació a contramano de todo eso. Esquivando el fútbol y escupiendo el asado del rock.

Hay que volver a los orígenes para entender eso. Durante la dictadura, Los Redondos crearon un mundo secreto, hermético, minúsculo, disparatado. Con la llegada de la democracia vinieron para anunciarnos que la contracultura estaba aquí. Y que en aquella primavera democrática (con su otoño nihilista), todo era posible. Fue así que el circo surrealista y beatnik se volvió parte del gran circo del rock. Y se adueñó de ese circo.

El Indio viene del fondo del barro del reviente críptico, de la elegancia de la desesperación. La distopía permanente. La poesía más allá de la poesía. Y logró lo que parecía imposible: que todo eso se volviera masivo sin dejar nunca de ser un secreto, una seña de identidad, la marca maldita.

El Indio logró lo que parecía imposible: que todo eso se volviera masivo sin dejar nunca de ser un secreto, una seña de identidad, la marca maldita.

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La independencia ya no era un enunciado romántico: si la pegabas, como le pasó a Los Redondos, podía convertirse en un gran negocio. Mientras tanto, el tipo seguía creando versos que se cantaban como mantras. La masividad le daba a esas letras crípticas, certeras, de alto vuelo, su justa revancha poética. Del pasacalle al tatuaje, de las paredes al meme. Pero antes de todo eso, la mugre en donde nació la leyenda.

La leyenda de Los Redondos, la leyenda del Indio. Las leyendas personales que creaban Los Redondos. Un nosotros hasta hacer de esa leyenda nuestra leyenda. Nuestro mito fundante era un mito hecho en el pogo, a las piñas, en esa tensión en el ambiente que parecía ser la continuidad natural de aquellos rocanroles. Y nuestro mito está armado de mitos personales. El mito del Indio está cercado por la literatura del yo de quienes lo narran, lo narramos.

En Satisfaction me ligué un par de piñas. Pero el pogo era algo demasiado sensual como para esquivarle el culo. En el Xirgu volaron butacas. En el Fénix de Flores esperamos tanto que creíamos que el show se había cancelado. El infierno estaba encantador aquellas noches. Se jugaba como se tocaba. Una pepa en forma de banda, de canción. La vida, nuestra vida, que ya nunca sería la misma.

Soy de la quinta que los vio en el Parakultural, que estuvo en Palladium para la presentación de Oktubre. Soy de los 80. Vi a Luca subir al escenario de Cemento como invitado de Los Redondos para Criminal mambo. Mi Tratado de Yalta de pelados. La certificación de que un pibe que sufrió alopecia psicológica y perdió el pelo hasta las cejas a los 15 años, no sólo tenía un lugar en el mundo. También podía flashear con pararse en el centro del mundo.  

Cuando finalmente pude conocerlos ya estaba fuera de juego. Fui a Racing y recién volví a verlos en vivo en River. Después de allí, nunca más vi en vivo al Indio. Lo entrevisté tres veces, las tres con Skay y Poli, entre 2000 y 2001. Paradójicamente, la última vez que lo vi no fue en vivo, sino personalmente. En 2001. Un segundo antes del tsunami. De la banda, del país, de todo lo que andaba por ahí, por aquí.

El Indio podía expulsarte de aquello en lo que se habían transformado sus shows en vivo. Las ganas de dejar de ir a misa. La necesidad de participar de una comunión tiene tanta fuerza como la necesidad de abandonarla. La fe y la herejía, dos caras de un mismo credo, de una misma pasión. Pasa con las misas, pasa con las oraciones. Pasa con las iglesias, con las religiones. Pasa con el Indio.

Una obra, muchísimas vidas. Elige tu propio Indio. Vive tu propio Indio. Tal vez se pueda separar la obra del artista. Lo que no se puede es separar la obra, esta obra, de nuestras vidas. Por eso este dolor.

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Solari podía alejarte de su shows multitudinarios, en lugares imposibles. Podía hacerte tomar distancia de ciertas imposturas personales (su intención de negar a Skay, por ejemplo). Pero su obra siempre estaba ahí, empujándote, provocándote. Recordándote que quien estaba atrás del mito, del marco teórico, de los análisis al paso, era uno de los artistas más contemporáneos, populares y profundos que dio este país.

El Indio. La vida misma. Nuestras vidas atravesadas, formateadas, moldeadas a imagen y semejanza de la obra única, irrepetible, del hombre que acaba de morir. Una obra, muchísimas vidas. Elige tu propio Indio. Vive tu propio Indio. Tal vez se pueda separar la obra del artista. Lo que no se puede es separar la obra, esta obra, de nuestras vidas. Por eso este dolor.

No es el dolor de ya no ser. Tampoco el de haber sido. Es nada más ni nada menos que el dolor de saber que se nos va la vida. Esta vida que se fue es esta misma vida que se nos va. La vida que pasa. Esa que, vivirla, sólo cuesta vida.

DE FRENTE MAR