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27 de noviembre 2021

Marcos Mizzi

MIS RUINAS: BREVE RELACIÓN DE LA INSEGURIDAD EN ROSARIO

Tiempo de lectura: 6 minutos

DONDE UN RAYO ROJO TE ASESINA

La anécdota es válida en tanto simboliza una idea. O explica un síntoma.

El verano de 2016 tuvo, para mí y para muchos, noches largas y mañanas muy cortas. El cuatro de enero no fue la excepción. Me levanté con el tiempo justo: en diez minutos tenía que estar sacando fotos a la marcha por el primer aniversario del asesinato de Jonatan Herrera. Corrí. Llegando a la parada, vi que venía un 120 embaladísimo. Dándolo por perdido, frené el pique y puteé en voz alta. Pero me salvó el semáforo. Subí al bondi, agradecido. Acerqué mi tarjeta al lector. El aparato chilló: sin saldo. Mostrándole la mochila, le pedí al chofer que me dejara pasar, que estaba yendo a cubrir una marcha de gatillo fácil y que no podía esperar hasta el próximo coche. 

“No puedo papu” me dijo, y elaboró un curioso trabalenguas: “Menos si vas a defender a esos negros todos drogados que te matan por droga.”

 “Pero mirá que a la marcha que voy es la de ese pibe que estaba lavando el auto y pasó la cana y lo amasijo.”

La respuesta del colectivero fue drástica:

“Ah, pero ese era de los nuestros. Leí la noticia hoy a la mañana… Pasa entonces. Si viene el chancho no te preocupes yo le explico.”

"Para fines de los 80s, los narcos eran unos giles. Nadie los respetaba. Eran considerados poco más que kiosqueros. Unas lauchas. El último escalón en el mundo del hampa."

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COMO UNAS PELÍCULAS VENCIDAS

El origen de la violencia en Rosario se remonta al siglo 19, cuando la Ciudad No Fundada era todavía una posta de caminos. Con la llegada del Progreso, la cosa se acentuó. Detrás de las luces, la sombra creció. No hay mansión neoclásica del Centro o del Sur que no guarde recuerdos de contrabando, que no haya sido construida con la sangre de los paraguayos y argentinos derramada en la Guerra de la Triple Infamia.

Con la inmigración, vinieron más muertes. Y la Mafia y la Zwi Migdal regentearon gente en Pichincha mientras los gringos vendían maíz en los puertos y los sirios y los judíos sembraban tiendas por todas partes.

A la llegada del peronismo, la Ciudad cambió. Tuvo otro rumbo. Que duró poco. Porque enseguida la violencia se hizo política. La represión durante los 18 años de Proscripción fue atroz. Y en los años siguientes, cobró ribetes dantescos.

En esa época entró la droga. No fue de golpe, no fue fácil advertirlo. Pero el cáncer ya estaba instalado.

Para fines de los 80s, los narcos eran unos giles. Nadie los respetaba. Eran considerados poco más que kiosqueros. Unas lauchas. El último escalón en el mundo del hampa. Estaban por debajo de los contrabandistas, debajo de los falsificadores, de los rateros, de los corredores de apuestas, de los cuatreros. Incluso venían detrás de los fiolos, que desde el ocaso de Pichincha fueron tolerados a duras penas. La aristocracia del crimen estaba conformada de ladrones. Los hubo legendarios. El Colorado Legiasi. El Tuerto Flores. Pechocho. Benavente. Gente cruel, pero con ley. Asaltaban blindados, bancos, camiones, departamentos de lujo, grandes comercios. No se metían con los laburantes. Eran respetados. Respetables. Y respetaban.

Pero de a poco, empezó la metástasis.

"Con la Convertibilidad, los traficantes de droga de Argentina pasan a manejar dólares en lugar de pesos. Un diferencial para con toda la región, que atrae inversores. Recordemos que el negocio narco es uno de los pocos sectores de la economía, si no el único, que se maneja completamente en plata líquida"

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TODO LO QUE CREO PUEDE SUCEDER

Hay distintas versiones. Es probable que todas tengan parte de razón. La que tomamos nosotros trata de abarcar varias aristas.

Con la Convertibilidad, los traficantes de droga de Argentina pasan a manejar dólares en lugar de pesos. Un diferencial para con toda la región, que atrae inversores. Recordemos que el negocio narco es uno de los pocos sectores de la economía, si no el único, que se maneja completamente en plata líquida. Taca taca. Ese flujo de dinero constante y sonante compra de a poco pero sin pausa voluntades civiles, políticas, judiciales y policiales, que a su vez se “independizan” y abren su propia PYME ilegal, que a su vez compra más voluntades, etc. En ese hacer, la droga también va quebrando toda la jerarquía delincuencial. Incluso a los viejos chorros. Como pasó entre los Neanderthales y los primeros Homo Sapiens, la supervivencia del más apto se impone

Breves cálculos garapateados en una servilleta de bar nos sirven para que esto se entienda mejor. Veamos. Para reventar un blindado se necesitan un mínimo de 10 personas. Uno de estos vehículos lleva, se dice, unos 30 millones de pesos. Estos figurados ladrones, a la hora de repartir ganancias, se llevarían 3 millones de pesos cada uno. Eso, que podía significar buena plata en algún momento, hoy ese es el valor actual de un auto de gama media. Un Chevrolet Ónix, bajo riesgo de matar o ser muerto. No cierran los números.

Los antiguos pistoleros pasan entonces a ser socios, en el mejor de los casos, o patas de plomo, en la mayoría, de aquellos a quienes habían despreciado. El tejido social del delito, que cubría como un manto protector a los barrios, se rompe.

“Quedamos en manos de unos giles que nos convencieron que la guita vale más que la aventura” nos decía hace un tiempo uno (¿el último?) de los ladrones legendarios.

NO RESULTÓ: TE DI LAS RUINAS

El muy documentado libro Los Monos (Sudamericana, 2017) se detiene demasiadas páginas en la onomástica y pocas en las causales que transformaron a una familia de culatas en empresarios ilegales. Esta deformación profesional, por otra parte muy característica del periodismo, oficio tentado siempre al name dropping, encaja bien con el sentido común de gran parte de la intelligentzia local y nacional: parecería que de un día para otro, como en una novela de Saramago, nos levantamos y todos en Rosario eran narcos.

Haciendo esta salvedad, y otras que no vienen al caso porque no ponen en discusión el saber hacer de Lascano y De Los Santos, sus autores, el best seller reúne de forma práctica para los profanos un compendio de los principales hechos de las dos primeras décadas del siglo.

¿Y qué pasa hoy que asoma la tercera?

La nueva generación de delincuentes, nacida y criada en un sitio en descomposición, conserva los peores rasgos de sus ancestros, los ladrones legendarios, y pocas de sus virtudes. Impera el si nos matamos nos matamos, perro. Hay tendencia a desenfundar demasiado rápido, y una obsesión por el gasto superfluo y ostentoso. Mientras tanto el valor de la palabra, el respeto por “los de afuera” y la regla de nunca pero nunca transar con la cana, son cosas puestas en duda, cuando no tildadas de tonterías. Resumido: ya no hay más códigos. O los que hay, son los de la selva. Estamos encerrados en una sala llena de pibes que son como bombas pequeñitas.

Algo gravísimo, pero manejable desde la acción social, si no fuera porque detrás hay pirómanos dispuestos a lo que sea con tal de no perder. La legalización de las drogas (de todas las drogas) es potable en la mesa del café. Pero inviable en la práctica. El sistema económico actual, sin el ingreso de guita cash que representa el mercado ilegal de estupefacientes, se caería. Por eso sus principales accionistas, apuestos a todos, no lo permitirán.

"Con los últimos hechos se visibiliza nacionalmente una foto, pero esta película hace casi una década volvió irrespirable todas las esquinas, y por eso, cuanto más humilde el barrio, más mano dura se pide."

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Y hay otro vector, que a veces, acostumbrados al análisis canchero rumiado con el escarbadientes en la boca, y que siempre tiene como base al vento, subestimamos. Para muchos y muchas, el narcotráfico es rentable no tanto por las ganancias generadas por la compra y venta de sustancias, si no por la propia violencia que produce ese comercio.

Si es así, el Estado está en problemas. Porque para enfrentar la situación necesita lo que carece: inteligencia. En el doble sentido del término. Falta inteligencia policial. Escasea la inteligencia política. Y eso entre la gente, los de a pie, o el eufemismo que quiera usarse para no hablar de pueblo que queda mal, eso se olfatea. El descreimiento es total. Pero queda una certeza. Los callejones sin salida no existen: si se entró, tiene que haber una forma de salir. Aunque no siempre sea la más amable. Entre la espada y la pared, hay una que al menos ofrece posibilidad.

Con los últimos hechos se visibiliza nacionalmente una foto, pero esta película hace casi una década volvió irrespirable todas las esquinas, y por eso, cuanto más humilde el barrio, más mano dura se pide. Salvo desde la izquierda contextualista, todos, todas y todes lo dicen a gritos: hay que avanzar. Caiga quien caiga. Ya no hay distinciones políticas, ni ladrones o policías, ni diferencia alguna entre rateritos que roban bicicletas para drogarse y sicarios que matan civiles por estar drogados. Todos entran en la misma bolsa. El colectivero aquel 4 de enero diferenció claramente: son los nuestros y los de ellos. Y la mecha está corta.

Eso los delincuentes, los sádicos de visera y moto y también los perversos de saco y corbata, lo saben. Por eso actúan como actúan. Las balaceras que se suceden a troche y moche son amenazas en potencia. “Las balas que vos vas a tirar van a volver” gritan, mientras que ambos grupos esperan que alguien, quien sea, haga lo que tiene que hacer. Aunque prefiriera no. Si no es el Estado, la suma de los nuestros, será un primus inter pares de ellos. Pero los equilibrios, como el silencio o los encendedores, están hechos para romperse. Bum.