Un momento...

14 de junio de 2026

14 de junio de 2026

28 de diciembre de 2024

MI ÚNICO HÉROE EN ESTE LÍO

Pablo Marchetti González

@marchettipablo
DE FRENTE MAR
Tiempo de lectura: 12 minutos

Yo quería ser Caparrós.

No el Caparrós escritor consagrado, no la pluma virtuosa y todo terreno, no el cronista fenomenal, no el polemista. O sí, pero eso vendría después. No quería ser Caparrós con la profundidad y el cálculo que dan los gustos literarios. No, yo quería ser Caparrós con la furia adolescente que sólo puede desatar el rocanrol. Yo quería ser Caparrós como quería ser Luca Prodan o el Indio Solari. Y quería ser Caparrós antes de querer ser Luca o el Indio.

Caparrós fue mi primer héroe del rocanrol. El primer tipo que me hizo ir a un estudio de radio para ver lo que pasaba, más allá de lo que escuchaba cada noche en la radio. Y lo que se vivía allí, en Radio Belgrano, en 1984, era un pogo descontrolado. (Después de eso, el único que iba a lograr eso de hacerme ir a un estudio de radio sería Alejandro Dolina. Pero Caparrós estuvo antes que Dolina, como estuvo antes que Luca o el Indio.)

Cuando empecé a leer Antes que nada, el maravilloso libro de memorias de Martín Caparrós, deseaba que llegue EL momento. Ese en el que Caparrós cuenta sobre Sueños de una noche de Belgrano, que condujo junto a Jorge Dorio en 1984. Aquel programa de radio bisagra en mi vida, aquella aparición que me iba a cambiar para siempre:

A mediados de enero (de 1984), un editor, Daniel Divinsky, el dueño de Ediciones de la Flor -Quino, Fontanarrosa y mucho más-, que había estado preso en la dictadura antes de exiliarse en Venezuela, fue nombrado interventor en una radio del estado, LR3 Radio Belgrano. No sé cómo decidió llamarme para proponerme algún programa. Nos conocíamos muy poco; él, como tantos, conocía a mis padres, era del barrio -de ese barrio en sentido más cultural que geográfico que había estado suspendido por la represión y se reconstruía en esos días. A mí la propuesta me encantó”.

Supongo que quería hacerlo, antes que nada, porque nunca lo había hecho. Ese siempre fue un argumento irresistible para mí. (…) Pero también porque tenía ideas que quería probar y más allá, supongo, porque me iba a dar un espacio, un lugar para hablar: terminar de volver a la Argentina”.

Me cuesta aceptarlo, pero sospecho que, de algún modo, creía que en la Argentina tenía que ser “alguien”. En Francia y en España, en lugares que no fueran “mi” país, podía no intentarlo. Tras el tiempo entre paréntesis llegaba el verdadero, el que se escapa sin piedad. Un corolario idiota: la ilusión de que fuera de su lugar la gente no se muere, que morirse es algo que se hace en tu lugar de origen”.

Es raro pensar que, al final, probablemente me muera en otro lado.

Pero no entonces, por supuesto. Entonces estaba feliz con la posibilidad y se me ocurrió proponérsela a Jorge Dorio: él también aceptó alborozado. A partir del 1 de marzo empezamos un programa que Divinsky bautizó Sueños de una noche de Belgrano: salía de lunes a viernes y duraba dos horas muy nocturnas, de medianoche a dos -en una época en que la tele se terminaba hacia las doce y no había nada más.

Sueños tenía una estructura simple y complicada: cada programa era monográfico sobre los temas más diversos, y en general los desgranábamos con la ayuda de 10 o 15 temas musicales que no eran una interrupción sino parte de nuestros relatos. Los elegíamos en aquellas reuniones de los sábados a la tarde donde, en un bar, con nuestros “productores”, Fabián Lebenglik y Guillermo Kuitca, hacíamos las listas de canciones. Guillermo tenía veintitrés años pero ya era un pintor cotizado, aquel niño prodigio: parte del chiste consistía en tratar de quedarse con las servilletas que dibujaba todo el tiempo -y que rompía cuidadosamente.

Ya en el programa, Dorio y yo hablábamos y hablábamos y hablábamos. Creo que éramos graciosos y ocurrentes y no del todo estúpidos -o hacíamos como si. Nos complementábamos de una manera sorprendente: descubrí que decía cosas más interesantes si las decía con él, y que muchas veces pensábamos a coro. Y parecíamos “transgresores”. No era muy difícil: la radio argentina estaba tan anquilosada que, a la mañana siguiente del primer programa, recibimos una comunicación del “gerente artístico” -un sobreviviente de la administración militar- comunicándonos que debíamos cambiar el cierre del programa. La despedida, nos decía, debía ser “muy buenas noches estimados oyentes” o algo semejante pero, en ningún caso, eso que habíamos dicho nosotros: “chau, hasta mañana”. Así era, entonces, la radio. Y, quizá, muchos otros meandros de aquella sociedad; por momentos parecía que romper las reglas era lo más fácil del mundo: consistía solamente en ser normal, una persona.

Qué difícil es, en los medios, ser una persona.

Ser fan de Caparrós es casi un oxímoron. ¿Cómo expresar un fanatismo por un tipo que está a las antípodas de la idea del fanatismo, de cualquier clase de fanatismo? Insisto, un fanatismo que fue rockero, antes que literario. Pero que se volvió literario. Aunque, en un principio, no fan literario de Caparrós. Eso vendría más adelante y con un fanatismo menos intenso, no adolescente.

Mi primer fanatismo literario fue el que sentí por Juan Gelman. Escribe Caparrós sobre su partida al exilio:

Sólo tenía espacio para un libro y tuve que elegirlo. Fueron las Poesías escogidas de Juan Gelman, que había publicado la editorial Corregidor en un tomo de tapas pardas y papel silvestre. Eran días en que lo leía con fruición, con hambre; eran días en que escribir, para mí, era no escribir como Juan Gelman -y no solía conseguirlo.

Gelman como la puerta de entrada a la poesía, a la literatura, a la adultez. Gelman como una revelación y también como un espíritu que se apodera de vos y no te suelta, no te deja escribir de otra manera. Gelman como aquello que parece tan sencillo, y lo sencillo es copiar tics, imitar burdamente.

Caparrós demuestra que Gelman puede ser sólo una puerta de entrada. Y que se puede salir de Gelman. ¿Se puede escribir poesía después de querer ser Gelman? Caparrós viene a demostrarnos que sí. No sólo eso: también se puede ser poeta después de toda una vida en prosa.

Para Caparrós, el terreno literario incluía las novelas, los relatos, las crónicas, el libro, las revistas, los blogs, la tele, la radio y las redes sociales. Lo que nadie sabía era que, además, Caparrós era un poeta

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Antes que nada, de Martín Caparrós es un libro descomunal, entre otras cosas, porque es un libro poético. No en sentido metafórico (o poético): no, en sentido literal. O prosaico. Un libro realmente poético. Más aún: naturalmente poético.

Antes que nada es un libro de memorias de un escritor desbordante, inclasificable y muy prolífico, al que le fue diagnosticada una enfermedad terminal. Una enfermedad llamada ELA, que significa Esclerosis Lateral Amiotrófica. Pero que bien podría llamarse Enfermedad Literaria Argentina. Porque de esa misma enfermedad que padece Caparrós murieron Ricardo Piglia y Roberto Fontanarrosa.

Todos sabíamos que Caparrós era un tipo que ampliaba el campo literario, que expandía los límites. Para Caparrós, el terreno literario incluía las novelas, los relatos, las crónicas, el libro, las revistas, los blogs, la tele, la radio y las redes sociales. Lo que nadie sabía era que, además, Caparrós era un poeta. Un muy buen poeta.

Había un antecedente muy curioso, que está consignado en el libro: el discurso que dio cuando en 2023 le entregaron el Premio Ortega y Gasset por su trayectoria periodística. Un discurso hecho en versos octosilábicos, alternando décimas y sextinas hernandianas.

La décima es una forma poética que, al igual que Antonio Caparrós (el padre de Martín), nació en España y se reprodujo en la Argentina. O en Hispanoamérica. O en Ñamérica, como la llama Caparrós.

La décima (diez versos octosilábicos con estructura ABBAACCDDC) fue inventada en 1591 por el poeta y músico español Vicente Espinel. Pero logró mayor repercusión del otro lado del atlántico, donde hubo grandes cultores de este formato, como el peruano Nicomedes Santa Cruz o la chilena Violeta Parra.

La décima está presente en varias formas populares de improvisación. Como la mejorana en Panamá. En la Argentina (y en todo el Río de la Plata) la décima está vinculada a la payada, que también es verso improvisado. Y musicalmente, a la milonga, pues los versos se cantan sobre una estructura armónica y melódica fija, que se toca en la guitarra.

La sextina hernandiana es una simplificación de la décima, reducida a seis versos (con rima ABBCCB), que creó José Hernández para escribir el Martín Fierro. La elección métrica de Caparrós en sus versos es toda una declaración de principios y geografías: la décima hispano-criolla y la sextina gauchesca.

La rima y la versificación rígida tiene hoy un efecto risueño. Hay mucho humor en esos versos del discurso de Caparrós. Un humor que arranca por la elección de ese tipo de versificación para dar un discurso.

El sentido poético profundo de Caparrós en Antes que nada va mucho más allá de esos versos en rima, bien logrados y divertidos. Antes que nada está plagado de versos. Versos libres, que así se llaman, en un libro que parece venir a recordarnos qué era aquello que solíamos llamar libertad. Antes que nada es memoria, es crónica de vida, y es también verso libre.

A veces versos extensos, como sucede con una serie de poemas que hablan de distintas épocas y que tienen el título común Mis muertes, cada una con un año, cada una referida a un momento en el que la muerte estuvo cerca. Aunque no tan cerca como ahora.

Hay otra serie en medio de las memorias, varios capítulos que llevan el título común La enfermedad. Como un recordatorio del presente, de aquello que hizo que el escritor escribiera el libro.

La elección métrica de Caparrós en sus versos es toda una declaración de principios y geografías: la décima hispano-criolla y la sextina gauchesca

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Los distintos capítulos que llevan por título La enfermedad conforman el momento más existencial de un libro profundamente existencial. Y también los momentos más poéticos, estén o no escritos en verso.

En Antes que nada, el verso aparece permanentemente en el libro, sin avisar, sin una lógica aparente, como suele pasar con la buena poesía.

Yo ahora,

tan tan provisorio.   

Versos así, de la nada, en medio de un relato.

(Escribir, está claro,

es leer descuidado. No seguir

al pie de la letra cada letra, permitirles

que se vayan ordenando de otros modos.

Escribir es romper

lo que está dado.)

Caparrós va hilvanando versos en medio de sus memorias,

Posible es la palabra, le mot

d’ordre. Posible

es la frontera.

del relato de su vida.

Como si tu cuerpo te dijera

Idiota, te creías:

¿qué boludeces te creías?

Porque cuenta su vida y porque

Idiota, te creías

que era fácil.

este parece ser el libro de su vida,

Refugiarme

otra vez

en la ignorancia.

su obra maestra. O su obra sin límites.

Aquellos viajes me enseñaban cosas

que yo, tonto de mí

creía que sabía.

Su obra que es todas las obras.

Creer que ya sabía es la manera

más penosa de no saber nada.

O tal vez el contar su vida no sea más que el pretexto para llegar a esos versos, a ese estado de experimentación total que es Antes que nada. Caparrós no dice nada al respecto, pero da pistas:

(Cuando escuchaba hablar de Hemingway o Faulkner siempre pensé en Dos Passos. Su Trilogía USA es uno de los libros más modernos que se escribieron nunca, uno de los últimos efectos de la vanguardia antes de su caída. Es el gran fresco de un país enorme, el aprovechamiento de tantas formas de contar, un lujo de relatos).

Caparrós reivindica a John Dos Passos, el maldito, el militante, el experimental, el tipo que también escribió sus memorias, en las que aparecen sus amigos Hemingway, Scott Fitzgerald, e.e.cummings.

La Trilogía USA es un monumental collage de textos, en el que Dos Passos intercala noticias de diarios entre relatos de varios registros. Es imposible pensar en este experimento fenomenal sin relacionarlo con la profunda amistad que unía a Dos Passos con e.e. cummings. (Así, en minúscula, que es como lo escribía).

e.e. cummings fue uno de los poetas más radicalmente experimentales del siglo XX. La deconstrucción total del texto y de la palabra. No es poesía visual, no es poesía onomatopéyica: es la desnudez del alma humana. Un viaje. Un cuelgue. Arte.

Caparrós está en ese viaje. Mientras tanto, sigue opinando en X. Así de vasto, así de complejo es su mundo, ese mundo que sigue creando. En su cuenta está recontra activo y le responde a cada libertario que lo bardea. Como solía hacer con cada kirchnerista o macrista que lo bardeaba. Porque siempre hay alguien que lo bardea y él siempre estuvo ahí para responder, para dar pelea.

Ahora la acusación es insólita: que apoyó a Alberto Fernández porque lo invitaron a una reunión de la Mesa contra el Hambre. A Caparrós lo invitaron porque escribió un libro llamado El hambre. Un libro que intercala ensayo y crónica de viaje. Un magnífico blend caparrosiano. Y el tipo fue. ¿Por qué no iba a ir? Le había dedicado varios años de su vida al tema, ¿cómo no iba a ir?

Caparrós está empeñado en construir un mundo. No se trata de una obra, se trata de una obra y de un lugar donde habite esa obra. Un mundo literario, poético, comunicacional

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La foto hoy suele mostrarse como si se tratara de un “escrache”, de una imagen secreta. Pero así funcionan las redes y así replican muchos usuarios de redes. Que agradezca Caparrós que al menos no lo vinculen con la pedofilia, como a otros. Esto no es verso.

Caparrós sigue rockeando como entonces, con una actividad twitera intensa, comparable a la de Andrés Calamaro. Tanto por la intensidad como por el grado de provocación. Aunque con un punto de partida ideológico bien distinto: Caparrós sigue siendo un tipo de izquierda, aún cuando esa categoría no signifique mucho o nadie sepa qué es.

Caparrós es un habitante de una izquierda que no puede contenerlo. Algo que a veces puede parecer egoísmo o egolatría. La caricatura de Caparrós es la de un tipo presumido y vanidoso. Pero no, nada que ver.

Caparrós está empeñado en construir un mundo. No se trata de una obra, se trata de una obra y de un lugar donde habite esa obra. Un mundo literario, poético, comunicacional. Su proyecto es desmedido, enormemente ambicioso. ¿Cómo relajarse frente a eso? ¿Cómo fingir humildad o sencillez?

Cuando se murió Beatriz Sarlo circuló una foto de la presentación de No velas a tus muertos, primera novela que escribió Caparrós, pero la segunda que se publicó. La presentación de No velas a tus muertos fue en diciembre de 1986, en el segundo piso de Pippo, el templo del tuco y pesto. Allí se puede ver a Sarlo junto a Caparrós.

Lo que no trascendió tanto en X es que además de Saer, quien también le propuso al joven Caparrós tener un encuentro sexual fue Fernando Savater

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Caparrós escribió en eldiarioar un texto titulado La época Sarlo, que arranca así:

Una época de la Argentina se acaba. Es lógico, las épocas se acaban, pero es duro, cuando es la tuya, verlo. Beatriz Sarlo fue un pilar de esa época que creció en la esperanza sesentista, se acurrucó frente al horror de los setentas y desplegó lo que pudo desplegar a partir de 1983, nuestra fallida democracia. Fue un largo recorrido, más de medio siglo, en que la cultura argentina todavía creía que podía influir en la Argentina y lo intentaba.

Fueron, en general, personas que habían creído en formas muy directa de hacer política y que de un modo u otro reconocieron su fracaso pero siguieron creyendo que valía la pena empujar de otras formas. Beatriz creía en esas cosas; Ricardo Piglia, Juan José Saer, Charly García, Horacio González, Fogwill, también creían en esas cosas.

Es curiosa la inclusión de Charly en esta lista. Pero en realidad, Caparrós es un poco como Charly García. Mi descubrimiento adolescente del ídolo rockero puede llevarme a exagerar en ese punto. Pero insisto, hay algo similar entre ambos, en eso que parece arrogancia y es simplemente la forma de comportarse de alguien que está construyendo un mundo.

Un mundo tan grande que contiene muchos mundos. Por eso Antes que nada puede ser leído como un monumento poético. Pero también como una gran crónica de una época, por parte de un cronista que logra cameos memorables y featurings imposibles:

Perón, López Rega, Norma Arrostito (fue su maestra de jardín de infantes), Rodolfo Walsh, Pino Solanas y, por supuesto, Saer. La lista es inmensa. E incluye también el lado Intrusos en la literatura, la noticia que generó memes. ¡Memes con Caparrós! Lo que fue tendencia en X. ¡Caparrós tendencia en X! Sí, cuando cogió con Juan José Saer.

“Terminamos revolcados en ese colchón, desnudos y enlazados”, escribe Caparrós, sobre su encuentro sexual con Saer en París, cuando él tenía 22 y Saer 42. Caparrós dice que no recuerda que haya sido penetrado, aunque tampoco podría negarlo. Pero lo más importante es por qué lo hizo:

El seductor era, en ese momento, mi escritor preferido y, además, me parecía tilingo y reaccionario resistirme. En esos días de experimentos y aperturas hacer esas cosas era mucho más moderno que no hacerlas, y ser moderno era mucho más atractivo que no serlo.

Lo que no trascendió tanto en X es que además de Saer, quien también le propuso al joven Caparrós tener un encuentro sexual fue Fernando Savater. “Pero él no era, ni de lejos, un escritor que yo admirara, así que se quedó con las ganas de comerse un jovencito”, escribe.

Caparrós es la versión Charly García de Beatriz Sarlo. La literatura Clics modernos, de una modernidad que incluye sexo con Saer, “el escritor consagrado”, como lo llama. Pero es también un poco nuestro David Bowie literario. Antes que nada es a Caparrós lo que Blackstar es a Bowie. Un testamento artístico, una obra extrema y conmovedora.

¿Se puede hacer arte cuando ya no importa nada? Sí. Y no sólo arte: también vida.  Antes que nada es un libro sobre la muerte, para hacer como si la muerte no existiera: algo mucho más difícil que hacer la revolución.

Poesía y lucha armada.

Izquierda y psicofármacos.

Psicoanálisis y revolución.

Exilio y periodismo.

Viajes y contradicciones.

Literatura y rocanrol.

Yo quería ser Caparrós.

Yo quiero ser Caparrós.

DE FRENTE MAR