Un momento...

16 de julio de 2026

16 de julio de 2026

16 de julio de 2026

LO (EX)CELSO Y UN OPERATIVO CÓNDOR II (EN LA CANCHA)

Nicolás Pichersky

@NicoPichersky
La pelota no se mancha
Tiempo de lectura: 3 minutos


Hablar de Malvinas siempre es caminar sobre un terreno escarpado. Es convivir con una memoria que, por un lado, carga con el dolor de los pibes enviados al frente por una dictadura que intentaba salvar su propio pellejo y, por el otro, con un reclamo de soberanía que a veces termina cautivo de mezquindades de nuestra política interna. Un nudo que se resiste, que no termina de desatarse. En la Argentina Malvinas nunca es solo Malvinas.


Pero ayer la escena tuvo otra resonancia. Fue un símbolo, una picardía criolla —que no viveza argentina—, algo casi lúdico: el ingenio de esconder una bandera, como quien entra banderas a un recital. Jugado: desafiar al poder.
Es un gesto que sorprende en esta Selección de la que se dice que nunca dice, declara ni mira nada. No fue lo de ayer. Y lo mejor: el poder que se desafió, en realidad, no fue el del país donde se jugaba. Ni el del rival.
La mayoría de las crónicas sobre el palpitar de los ingleses en vísperas del partido coinciden: no les preocupaba en absoluto una isla de 3.000 habitantes a 12.000 kilómetros de Londres. Sino algo más tangible, peligroso y competitivo: el recuerdo de Maradona y su Mano de Dios.
Para ellos, este episodio no es el centro del debate, más allá del muy derechoso The Sun, que en su primer scroll —eso antes conocido como primera plana— empujó un reaccionario Argie’s arrogance: “arrogancia argenta”.
Diario que hoy, pésimos perdedores, reproduce las palabras del gobierno británico: “La Copa del Mundo puede que no sea nuestra, pero las Islas Malvinas definitivamente sí”.

En la Argentina Malvinas nunca es solo Malvinas. Pero ayer la escena tuvo otra resonancia. Fue un símbolo, una picardía criolla, algo casi lúdico: el ingenio de esconder una bandera, como quien entra banderas a un recital. Jugado: desafiar al poder.

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Pero la bandera que interesa es otra, al filo del dolor, así, invisible: la de la desobediencia.
Y no es contra los ingleses, sino contra la zumbona, ridículamente apresurada y alcahueta decisión de la ministra de Seguridad de salir a prohibir. ¡Otra vez proscripciones de palabras y símbolos, justo en este país, Ministra! ¿No sabe usted del ingenio que hubo en estas tierras para que loros domésticos recitaran la marchita o para que la juventud cantara, sobre una escalera, no hacia el cielo, sino hecha con los huesos de un dictador?


Esa bandera en el césped anglo tuvo otra resonancia: el Operativo Cóndor, esa patriada extraña que este año cumple 60 años, en la que unos “imberbes” —el término se lo robé a un presidente— secuestraron un avión, lo desviaron a Malvinas e hicieron flamear la enseña nacional.


La gesta es contradictoria, más lírica que heroica; tiene un lado de izquierda y otro de derecha. Literalmente. De ahí salieron fundadores del ERP y Montoneros, pero también personajes de la ultraderecha más execrable, herederos de Tacuara y futuros de la CNU (Concentración Nacional Universitaria).
Es que la historia argentina es un espejo luminoso de sus propias contradicciones. Hay una serie sobre el Operativo Cóndor —Cóndor Uno Cero Cinco, todavía disponible en Canal Encuentro— que recupera esa mezcla tan sesentista de militancia, juventud y erotismo. María Abadi y Nicolás Mateo parecen salidos de ese cine. El de Olivier Assayas. El de Godard. El de Zabriskie Point. Ese momento en que la revolución también era una forma de seducción. El mismo que Walsh captura cuando escribe a Vicky, en camisón, ametrallando a los militares que venían a matarla. La encarnación de aquel afiche del Mayo Francés: «Besá a tu amada sin soltar el fusil».


Lo de ayer fue sólo y nada menos que deporte. Pero el gesto final, con Lo Celso sosteniendo la bandera -en una selección a la que se suele correr por ser callada- también enseña que la historia avanza a los tumbos. De arriba abajo. Con saltitos.

Y es que, como grita la tribuna, “el que no salta es un inglés”

La pelota no se mancha