28 de junio de 2026
El 20 de octubre de 2011, la organización ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada. Los abertzale (la izquierda independentista vasca) se encontraban entonces frente a un nuevo desafío: la política electoral.
Los nacionalistas vascos de izquierda tenían ya una larga tradición de representación electoral. Pero esta tradición siempre estaba condicionada por el accionar de ETA. Si ETA estaba activa, los abertzales sacaban muy pocos votos. Pero si ETA llamaba a un alto el fuego, se transformaban en una fuerza electoral importante. Y entonces, desde el estado español, los prohibían, por considerarlos “terroristas”.
El adiós a las armas de ETA significaba, para la izquierda abertzale, plantearse la posibilidad de ganar las elecciones de la comunidad autónoma (o país), de tener al lehendakari. Un puesto que siempre había sido ocupado por el PNV, el nacionalismo vasco “de derecha”, por decir algo. (El PNV y los abertzales hoy forman parte del acuerdo que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia del estado español.)
A Bielsa le dicen “el loco”. Un apodo que tiene que ver con su carácter obsesivo, riguroso, perfeccionista. Sin embargo, él usó una palabra distinta para definirse: “tóxico”
Al constatar que esta vez iba en serio, que ETA iba de dejar de hacer atentados, los representantes de la izquierda vasca comenzaron a buscar acuerdos políticos. Tenían una carta fuerte: el cese el fuego, la paz. Y la paz es un asunto que genera consensos amplios. Todo el mundo está a favor de la paz.
En 2012, un representante abertzale viajó a la Argentina y comenzó a recorrer despachos en Buenos Aires. La idea era conseguir a figuras importantes de la política argentina que avalaran el acuerdo de paz. Y cuanto menos estuvieran identificadas estas figuras con la izquierda, mejor.

Un funcionario argentino se ofreció a ayudar a su colega vasco. Y le pasó una lista de posibles figuras con las que hablar. El funcionario argentino enumeró: Menem, Duhalde, Bielsa… En ese momento, el abertzale lo interrumpió, con una sonrisa enorme, cargada de esperanza: “¿Marcelo Bielsa?”, preguntó. El funcionario no entendía nada de fútbol. Y quedó un poco desconcertado. “No, Rafael Bielsa. Fue canciller”. “Ah”, dijo el abertzale, muy decepcionado.
No estaba mal tener la firma de un ex canciller argentino. A su fuerza política le venía bien. Pero todo quedó en un segundo plano cuando apareció la posibilidad de tener a su hermano, el director técnico. Por ese entonces, Marcelo Bielsa era técnico del Athletic de Bilbao. Uno de los dos clubes grandes del país, pero el único en el que sólo juegan futbolistas vascos.
Marcelo Bielsa estuvo dos temporadas y dejó un gran recuerdo en Bilbao. Un recuerdo muy a lo Bielsa. No ganó títulos y perdió dos finales: Copa del Rey y Copa UEFA. Pero logró un triunfo histórico contra el Manchester United en Old Trafford, probablemente el triunfo internacional más importante del Athletic en su historia.
Uno de los jugadores de aquel Athletic fue Ander Herrera, que se acaba de ir de Boca. Y por supuesto, Herrera habló maravillas de Bielsa. Lo mismo que otro vasco en Argentina: Iker Muniain, que también formó parte del plantel de aquel Athletic y que acaba de ser nombrado DT de San Lorenzo.
Hay un desfasaje entre Bielsa y la percepción de Bielsa. Quienes lo aman, lo hacen sin importar si gana o no. Porque saben que es más probable que no. A él, en cambio, eso parece obsesionarlo y volverlo más tóxico
Hasta este Mundial, todos los jugadores que tuvieron a Bielsa hablan maravillas del DT. Tal vez la única excepción sea Hernán Crespo. Y también estaban los que no fueron convocados. Es imposible no mencionar que Bielsa no llevó al Mundial 2002 a un Juan Román Riquelme superlativo, que un año antes había bailado al Real Madrid en Tokio. Pero el consenso es (casi) total. Lo mismo entre los técnicos. Para Guardiola, Bielsa es un referente. Para Scaloni, también. Lo mismo para Pocchetino.
Bielsa representa en la Argentina una paradoja fascinante, una excepción, una anomalía: la del tipo que es idolatrado sin triunfos. Por supuesto que el consenso que tiene Bielsa entre sus dirigidos y colegas no es el mismo que el que logra entre el público en general. Ahí la cosa está bien dividida. La grieta Bielsa.
Esto vuelve más intenso a un bielsismo acrítico, incondicional, capaz de justificar cualquier cosa. Como dos empates contra Cabo Verde y Arabia Saudita. Pero claro, después de eso, Bielsa. La palabra de Bielsa, la gestualidad de Bielsa.
Hacía tiempo que Bielsa había dejado de dar entrevistas. Sólo conferencias de prensa. Atendía a todos por igual, sin favoritismos. Pero las reglas de la FIFA le cambiaron el libreto. Bielsa tuvo que salir a hablar mano a mano, después de los partidos, porque así eran las reglas. Entonces él, que siempre se había distinguido por dar respuestas largas, optó por los monosílabos.

Pocas palabras, la mirada perdida. Bielsa dejó de mirar al frente. La foto famosa, posando para Uruguay, mirando al piso, es una declaración de principios. Pero esa misma postura la adoptó para el resto de sus apariciones públicas. No mira a nadie en las conferencias de prensa. No es soberbia: da la impresión de ser un tipo atribulado.
A Bielsa le dicen “el loco”. Un apodo que tiene que ver con su carácter obsesivo, riguroso, perfeccionista. Sin embargo, él usó una palabra distinta para definirse: “tóxico”. Sí, Bielsa se considera tóxico porque cree que su obsesión puede traerle problemas en su relación con las personas.
Hay un desfasaje entre Bielsa y la percepción de Bielsa. Quienes lo aman, lo hacen sin importar si gana o no. Porque saben que es más probable que no. A él, en cambio, eso parece obsesionarlo y volverlo más tóxico. Pero tóxico consigo mismo. El bielsismo se construye sobre la derrota. Una derrota que Bielsa padece y sufre. Una derrota que a Bielsa no le interesa y hasta parece odiar.
Ganar es algo muy distinto para Bielsa que para el bielsismo. Ganar la paz, ganar las elecciones, ganar confianza. Esa fue la huella que dejó Marcelo Bielsa en Bilbao, en el País Vasco, en un lugar que necesitaba ese tipo de triunfos. Pero a veces, con eso no alcanza.
Bielsa representa en la Argentina una paradoja fascinante, una excepción, una anomalía: la del tipo que es idolatrado sin triunfos
Sus otros lugares en el mundo son pequeños reductos de un bielsismo real, no teórico, muy parecidos a la aldea gala de Astérix: Chile, Leeds, Liniers y, por supuesto, Rosario, el Parque Independencia, su casa. Además de Bilbao. Pero en Bilbao no ganó nada. En Chile tampoco.
¿Seguirá Bielsa? ¿Habrá más Bielsa? Las últimas imágenes nos muestran a un tipo solo, mirando hacia abajo, gritando de bronca. Un tipo que parece no haber alcanzado los consensos de entonces entre sus dirigidos. Un tipo atormentado, más allá de su leyenda y su marco teórico.
Bielsa desnudo, sin bielsismo. Un tipo que da la impresión de estar buscando la paz. Con lo fácil que es pronunciarse a favor de la paz. Con lo difícil que es encontrar la paz.



