Un momento...

20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

17 de enero de 2026

LECTURAS A GRANEL

Silvana Aiudi

@Silvana.aiudi (IG)
Literatura
Tiempo de lectura: 5 minutos

Muchas veces una se entera de algo cuando alguien lo comenta. A partir de ese comentario, que se puede dar por medio de una charla, un intercambio en alguna red social o por parar la oreja en el colectivo, empezás a notar que una simple pregunta se está transformando en un hecho en sí. Actos que deben ser mostrados y, si no se ven, no existen. Algunos llaman FOMO o fear of missing out al miedo de quedarse fuera de ciertas experiencias. Y como todo hace un tiempo consiste en tener una experiencia –frase sofisticada dentro de un voraz consumidor–, la lectura y las fotos de libros apilados nos muestran la experiencia de lo que es ser un gran lector.

“¿Cuántos libros leés por año?”, fue la pregunta que me hicieron hace un tiempo. “No sé”, respondí. “¿Cómo que no sabés?”, me dijo este lector empedernido y obstinado con el número. Su ansiedad fue tan grande que, al segundo de hacerme la pregunta, tiró su número: “yo, 172”. Como no suelo sublimar la lectura en relación con la ficción, literatura del yo o autoficción, un nuevo género apasionante, pensé: bueno, claro, puede ser, la mayoría de la gente lee por placer, curiosidad o distracción, se puede leer en la playa de Mar de Ajó, en el colectivo, subte, en el tren Roca en hora pico o en la cama después de ver alguna serie.

Pero me pasó que, seguido a ese comentario, empecé a ver en las redes que se hacían hilos de twitter con el número de libros que el usuario iba leyendo en el transcurrir de los meses hasta que, finalmente, en Instagram, se subían fotos de una pila de libros que determinada persona había leído durante el año y otra de los que iba a leer al año siguiente. ¿Bajo qué criterio de selección se amontonan esos libros? ¿Cuánta plata lleva comprar esa cantidad? ¿Cómo hacen para leer tan rápido? Las fotos, por supuesto, incluían las novedades y, tal vez, algún clásico como para quedar bien y que alguien dijera: oh, qué buen lector, leyó a las hermanas Brontë, Tolstói o Mary Shelley, se nota que sabe.

La lectura, un acto solitario e individual, ahora pasa a ser un deseo de los otros, cuyo foco está puesto en sumar libros a la vida cotidiana

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En esas fotos de distintos usuarios, veía la misma torre de libros que hay que leer, tal vez con algún otro cambio, tal vez en diferente orden. Los mismos autores, las mismas editoriales, los mismos temas. Máquinas repetidoras con recomendaciones, frases de señalador destacadas y alguna emoción como leyenda. La mayoría, novedades compartidas con cierta intensidad: «lloré», «me voló la cabeza», «nada va a superar este libro», «no voy a poder leer otra cosa después de esta obra maestra de [complete aquí con su género o autor favorito]». Son los libros imprescindibles en los que, además, la velocidad de lectura es un valor: «lo leí de un tirón». Novelas cortas, libros de cuentos que empiezan todos iguales y se parecen bastante entre sí en su estructura narrativa, un siglo de oro literario que, aparentemente, está pasando sobre nuestras narices.

Las imágenes muestran que ya no alcanza con leer, se consumen libros a granel, un challenge de quién lee más. Ser un lector performativo al ritmo de las redes sociales consiste en apilar kilos y kilos de novedades para no quedarse fuera de este maravilloso auge de la literatura. Pero resulta que la mayoría de esas novedades, al igual que el radar de novedades de Spotify, suele ser intrascendente.

Los imprescindibles y los pendientes

La pregunta que me hago, entonces, es ¿realmente se lee? En el caso de que la respuesta sea afirmativa, ¿cómo se lee? Hace poco vi un reel. En los segundos que dura el video en Instagram, una chica señaló como imprescindibles cinco libros que supuestamente había leído y, mientras los sacaba de una caja, sus reflexiones eran: «cuestiona el amor», «me dejó sin aire», «lo leí en una noche», «no lo pude soltar». Entre ellos, figuraba uno de ensayos, cuya recomendación tenía una sola frase «me dejó pensando». También, habló de una de las autoras con un resumen de contratapa o hecho con IA, breve, rápido. Estas imágenes de lectura nos indican que importa más mostrar haber leído que leer.

Pero acá no termina la cosa. A los libros imprescindibles se les suman los pendientes. Muchos son novedades y otros, clásicos u obras que recibieron algún Premio Nobel. La propaganda literaria –separemos los términos propaganda de crítica que prácticamente no hay– viene dada, también, por medio de famosas. Sin ir más lejos, Dua Lipa, a través de la plataforma Service95 y su cuenta de Instagram, recomienda libros, unge autores y autoras que luego entran en la lista de imprescindibles o pendientes. Además, hace reseñas llenas de adjetivos, sentimientos y un breve resumen del libro. El podcast de Sevice95 se presenta como un sitio de «conversaciones sinceras, inspiradoras y profundas» al estilo revista Cosmopolitan (digamos todo: le pone un poco más de trabajo a la cosa).

Una lectura lenta, solitaria, paciente. La lectura que se perpetúa en el tiempo. La que descartamos. La que recordamos. Esa que elegimos por el motivo que sea: por diversión, la del verano, para detenernos, para pensar, para disfrutar del lenguaje

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La lectura, un acto solitario e individual, ahora pasa a ser un deseo de los otros, cuyo foco está puesto en sumar libros a la vida cotidiana. Si no hago esa experiencia, si no estoy en esa comunidad, quedo afuera, no soy parte de ese grupo identitario.

Quiero creer que, detrás de toda esta pila de libros tan imprescindibles y pendientes, todavía nos queda el placer y el goce por la lectura: esos libros que, como dice Roland Barthes, leemos recorriéndolos, levantando la mirada para pensar, que nos desafían, perforan el sentido, en los que nos perdemos. Una lectura lenta, solitaria, paciente. La lectura que se perpetúa en el tiempo. La que descartamos. La que recordamos. Esa que elegimos por el motivo que sea: por diversión, la del verano, para detenernos, para pensar, para disfrutar del lenguaje.

En su libro Primeras luces, el poeta Carlos Battilana dice: “Jorge Luis Borges construyó la figura del lector en términos de héroe. Una actividad silenciosa, anónima que –podríamos decir– admite una especie de ética en las formas de estar y mirar; de subrayar; de anotar una frase en los márgenes del libro. El ritmo de la vida, o por lo menos parte significativa de ese ritmo, parece estar en función de la lectura y, a su vez, la lectura parece adecuarse a esa cadencia vital. Leer nunca corresponde al rubro de las actividades suntuarias; en mi caso no puede ser el complemento afable de otras labores. Es un hecho irreductible (…). Deseamos leer. Con nuestra mochila al hombro, extraemos un libro en trenes, subtes y ómnibus. Nos acercamos al bar, buscamos una mesa tranquila para estar solos, para leer fuera de toda molestia, lejos de todo contratiempo y, sin embargo, simultáneamente deseamos estar rodeados de ese rumor mundano (…). Creemos que algo sucederá mientras leemos. Que algo fascinante sucederá no solo en las eventuales representaciones poéticas y narrativas del lenguaje sino, sobre todo, en el mismo acto de leer. Evento físico y cognitivo. Acto emotivo. La experiencia de la lectura se abre al orden simbólico (…) Buscamos el tiempo pleno. Y aunque acechen amenazas y dificultades, interferencias y cortes, nos arreglamos para hacer lugar al acto de la lectura casi como un oxígeno porque sospechamos, creemos religiosamente que ese tiempo pleno sucederá”.

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